El inmortal
Yo lo conocí al Diente. Desde que era chiquito. Tipo 6,7,8 años, esa edad imposible de recordar, y al mismo tiempo inolvidable. Nadie sabe bien que hace o deja de hacer en esos años, pero tenemos un contexto, a grandes rasgos, sabemos lo que pasó. En ese momento jugábamos a la pelota en la puerta del taller de al lado de mi casa. Era un taller de tapicería, pero a las seis de la tarde se transformaba en el arco donde jugábamos al 25, el golentra y al mundialito. Era nuestra vida, y posiblemente también, era el escape de los adultos, los que transitaban la vida que luego íbamos a conocer, la verdadera, la que no tiene juegos. Una vez se fue la pelota casi hasta la esquina, al tapial naranja, ese que visitábamos muy poco. Me la alcanzó el viejo, con camisa celeste, pantalón tiro alto y ojos azules, con mirada distante pero conocida. Parecía inalcanzable pero estaba ahí. A simple vista lucía malo, pero me alcanzó la pelota. El tipo tenía un físico privilegiado: los pectorales pare...