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El inmortal

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  Yo lo conocí al Diente. Desde que era chiquito. Tipo 6,7,8 años, esa edad imposible de recordar, y al mismo tiempo inolvidable. Nadie sabe bien que hace o deja de hacer en esos años, pero tenemos un contexto, a grandes rasgos, sabemos lo que pasó. En ese momento jugábamos a la pelota en la puerta del taller de al lado de mi casa. Era un taller de tapicería, pero a las seis de la tarde se transformaba en el arco donde jugábamos al 25, el golentra y al mundialito. Era nuestra vida, y posiblemente también, era el escape de los adultos, los que transitaban la vida que luego íbamos a conocer, la verdadera, la que no tiene juegos. Una vez se fue la pelota casi hasta la esquina, al tapial naranja, ese que visitábamos muy poco. Me la alcanzó el viejo, con camisa celeste, pantalón tiro alto y ojos azules, con mirada distante pero conocida. Parecía inalcanzable pero estaba ahí. A simple vista lucía malo, pero me alcanzó la pelota. El tipo tenía un físico privilegiado: los pectorales pare...

Mientras tanto, el café se enfría

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  Me levanté temprano. Siempre me levanto temprano. Esta vez fue peor ¡ni siquiera había claridad!. Me volví a meter en la cama, en un rato pasaría Flavia con su ronda y si me llegase a ver fuera de la cama, quien sabe que castigo me tocaría. Hoy, además, hay bingo temprano, no me lo quiero perder. Antes me gustaba estar en cama, era un lindo lugar para reflexionar, poner la mente en blanco. Después de un día pesado de trabajo, la cama es una meta. Ni hablar de las otras cosas que se podían hacer ahí cuando mi reina tenía ganas o en tiempos anteriores, cuando alguna casual señorita curiosa me regalaba “el ticket dorado válido por una noche, diversión solamente entre las sábanas”. Que tiempos. De todos modos, a esta altura no estoy seguro de lo que estoy recordando. La cama ahora es mi enemiga, duele, en todos los sentidos de la palabra. Duele la espalda, duele el aburrimiento. Sobre todo, se le esquiva por el reposo, nunca falta un gracioso que justo pasa por la puerta cuando uno...

¿Quien quiere ser millonario?

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Acá en el pueblo todos conocen la historia de Fabio Simonetto, es una leyenda, la siguen contando de generación en generación. La cuentan como un chiste, como una pavada al pasar, la cuentan en tono burlesco. Pero yo sé la verdad, porque a mi, esta leyenda no me la contó nadie, y debo ser de las pocas personas que al día de hoy sabe donde está Fabio Simonetto. Hijo del tano Orlando, dueño y fundador del mítico "Panchirolli" un puestito de panchos que se ubicaba en la esquina en diagonal a la plaza. Todos los habitantes del pueblo alguna vez comieron un pancho en Panchirolli. Yo era ayudante del viejo Orlando, fue mi primer laburo, me encantaba, armar los panchos, ver los ojos de ansiedad en los clientes, contemplar su expresión de placer al darles el primer mordisco, yo estaba feliz. Eso si, desde aquel momento y hace ya veinticinco años, no como más panchos. Orlando se fue haciendo viejo, lógicamente, de hecho, ya era viejo. Orlando era de esas personas que siempre fueron vi...

La Elfa

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  Esta historia se remonta a la antigüedad. Pero no a la antigüedad que nosotros conocemos, ni tampoco la anterior, ni la que le sigue, mucho antes. Cuando el mundo no era el que es hoy, ni siquiera el universo se parecía, las distintas razas y variedades de especies se esparcían a lo largo y ancho del basto terreno, nacía la vida misma y surgía la muerte. No importa cuan lejos nos vayamos en los libros, ni cuanto investiguemos, hay algo que existió siempre: el amor y el bien. Y así como existió el amor, también tuvo que existir el odio y el mal. El equilibrio constante de las energías, no podía existir una sin otra, ambas se repartían en forma equitativa y amplia: donde había mal, había bien que lo contrarreste, y viceversa. En aquellos tiempos se lo llamó luz y oscuridad. Una de las primeras especies de vida existente fue la de los Elfos, criaturas maravillosas que habitaban una parte escondida para el ojo regular. Tras navegar infinitamente los mares salvajes, y detrás de un mur...

El tipo

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  Claro, si, mi papá no sabía si tenía amiguitos en el jardín, no sabía si me había adaptado del todo. Mi papá trabajaba, estaba todo el día “haciendo cobranzas”. Sin embargo, el tipo llegaba a casa y yo lo esperaba con una especie de pista de juguete con muñequitos y autos, y él había entendido lo mismo que yo: era una estación de servicio. Jugábamos a eso, los autos cargaban nafta. Parece una estupidez, pero el tipo usaba lo que conocía para entretenerme. No me lo olvido, yo lo esperaba con todo armado. Cada playero en su lugar, cada auto en el “surtidor”. Jugábamos juntos, se sentaba en canastita al lado mío y fingía ser parte de un mundo de fantasía que había creado yo. Eso, en ese momento no lo vi, pero estaba, y está. Cuando tuve edad para pensar un poco más, mi viejo lo vio, se hizo el tonto, pero despacito metió la garra. Ponía Seru Giran y me miraba, imagino que habrá visto mi cara de fascinación. Esto no me lo cuenta nadie, yo lo veía. En algún punto creo que empezó a se...

El ave Fénix

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El reino llevaba 556 jornadas nubladas y con lluvias. Ni un rayo de sol asomaba sus narices sobre los días y noches de aquel lugar. Cualquiera podía enloquecer con ese panorama, pero el rey Malvín no, él se regodeaba con la situación, amaba la calma y el orden que provoca la falta de luz, detestaba ver a la gente en las calles, aborrecía los gritos y las multitudes, bregaba por el silencio, la comodidad, la oscuridad. El rey se paseaba en su carruaje negro, tirado por seis caballos también negros como sombras guías. Sus secuaces caminaban a paso lento con los corceles alrededor del aparatoso carro. Malvín miraba a todos los habitantes hacer sus quehaceres diarios, buscaba con ambición ver los ojos tristes de sus súbditos aburridos y temerosos, le llenaba el alma saber que su reino no corría peligro, que nadie haría temblar su trono. La tristeza de su pueblo, era el alimento de su sangre. Al llegar al palacio, luego de cada ronda, Malvín se sentaba en su trono lúgubre, cerraba los ojos ...

Nadie se salva solo

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  Claro que somos un país subdesarrollado, no pretendo ocultarlo ni ponerlo en discusión. De hecho, en mi país hay mucha gente mala, que hace que todo sea más difícil en lo cotidiano. No obstante, en este cuento, voy a sacar la bandera celeste y blanca, y voy a defender al argentino más hermoso, el más necesario: el que está en los momentos claves, en los extremos. A mi me parece interesante el concepto de “extremos”, habla mucho del gen argentino, esta cosa de aburrirse en los medios, en lo cotidiano. El argentino promedio (exceptuando el hincha de Newell’s y Central) llena la cancha cuando va a salir campeón, pero, llena la cancha también cuando se está por ir al descenso, extremos. Cuando está en mitad de tabla le parece más de lo mismo, se aburre. Basándonos en este principio que llamaremos a partir de ahora “Principio de los extremos”, se puede analizar casi cualquier situación social que involucre a un argentino, ya sea en la peor de las tragedias o en el pico máximo de feli...