El ave Fénix




El reino llevaba 556 jornadas nubladas y con lluvias. Ni un rayo de sol asomaba sus narices sobre los días y noches de aquel lugar. Cualquiera podía enloquecer con ese panorama, pero el rey Malvín no, él se regodeaba con la situación, amaba la calma y el orden que provoca la falta de luz, detestaba ver a la gente en las calles, aborrecía los gritos y las multitudes, bregaba por el silencio, la comodidad, la oscuridad.

El rey se paseaba en su carruaje negro, tirado por seis caballos también negros como sombras guías. Sus secuaces caminaban a paso lento con los corceles alrededor del aparatoso carro. Malvín miraba a todos los habitantes hacer sus quehaceres diarios, buscaba con ambición ver los ojos tristes de sus súbditos aburridos y temerosos, le llenaba el alma saber que su reino no corría peligro, que nadie haría temblar su trono. La tristeza de su pueblo, era el alimento de su sangre.

Al llegar al palacio, luego de cada ronda, Malvín se sentaba en su trono lúgubre, cerraba los ojos y oía el silencio mientras sonreía. Cuando la lluvia caía era aún más feliz. Todo lo que él miraba, estaba por debajo de su palma, y tenía el poder de cerrarla cuando quisiera. Con ese pensamiento, el rey descansaba casi todos los días de su vida.

Claro, ningún pueblo por más asustado que esté, puede vivir en la absoluta obediencia y calma, por eso, los habitantes construyeron una leyenda popular. Todos los 17 de octubre, religiosamente, caminaban hacia la colina y allí armaban una gran fiesta para celebrar al ave Fénix que vivía en la cima. Aquellas jornadas se teñian de ron, música y bailes, no importaba la lluvia, el frío, ni la oscuridad, ese día, el pueblo entero soltaba sus cadenas, vencía sus miedos y era feliz. El rey, inevitablemente, debía tragar su odio, pues por más ejercito que tuviera, nunca podría hacer callar a todo un pueblo. Ese día, el rey sufría en silencio.

-¿Qué festejan?- murmuraba entre dientes desde su alcoba- No tienen nada, no son nada, celebran por un pájaro, nadie sabe si existe, si es bueno o malo, son tontos, son simios, los odio- El rey tenía 364 días felices, pero ese, el único en que su pueblo reía, él lloraba. Y eso no podía soportarlo.

Un día, Malvín decidió terminar con la locura de su pueblo, organizó a sus hombres y les ordenó subir junto a él con todo su armamento a la colina para dar caza al Fénix. Así ya no habría más fiestas, no habría más risas ni bailes, el único hombre feliz del reino sería él.

-Recuerden, quiero viva a la bestia, tenemos que enjaularla y llevarla hasta abajo, si en verdad existe, quiero quemarla con mi propia antorcha frente a todos, para que nadie pueda decir después que sigue allí arriba.

Los hombres que rodeaban a Malvín no podían pensar por sí mismos, ni siquiera hacían el intento de razonar. Todos ellos deseaban estar lo más cerca posible del poder, quizás algún día, ya que el rey no tenía hijos, les podía tocar a ellos. Por eso obedecían, incluso traicionando a sus propios compatriotas.

El ascenso a la colina les llevó tres días completos, el frío y la lluvia se cobraron la vida de una decena de hombres, quienes dejaron sus cuerpos en la mitad de la colina, muriendo felices obedeciendo a su rey. Finalmente llegaron, los que quedaban, Malvín iba atrás de todos, temía a la bestia, aún cuando él decía que no existía.

-Veo algo, entre la bruma- dijo el hombre del frente. Se acercaron un poco más y la vieron: bajo la lluvia incesante se erguía la majestuosa figura de casi cuatro metros de alto. De color rojo como el magma, con garras afiladas. La bestia abrió sus alas y duplicó su tamaño. Los hombres retrocedieron apresurados y la valentía ya solo era un viejo recuerdo. El rey sacó su espada pero la mano le temblaba. Tenía diez hombres de cada lado preparados con cuerdas para amarrarla. Con la voz temblando gritó:

-¡Lancen las cuerdas! ¡atrápenla! ¡se los ordeno!

El grupo de su derecha obedeció, y con el primer tiro lograron enlazar la cabeza, tiraron fuerte, el rey moría de miedo, pero algo lo sorprendió; el Fénix no oponía resistencia alguna, simplemente los miró. Malvín se sintió empoderado y ordenó al segundo grupo enlazar las patas. Al cabo de unos minutos, la bestia estaba amarrada y sometida ante el rey. Malvín sonrió, caminó lentamente y se paró sobre su enemigo. Levantó su espada y gritó fuerte al cielo tormentoso. Uno de sus hombres juró que iba a inmortalizar en una pintura aquel momento épico de su líder triunfador.

Tardaron varios días más en bajarla, el peso era importante y las fuerzas se multiplicaron, así como las muertes en la colina. Solo el rey y cuatro hombres llegaron con sus últimas fuerzas al llano arrastrando al Fenix. Allí todo el pueblo esperaba, incrédulos, tristes y con temor.

-Yo, el rey Malvín, he cazado al imponente Fénix de la colina, ese que tanto daño nos ha causado y que ha alterado el orden público por tanto tiempo. Ahora ante la mirada de mis amados súbditos, lo quemaré vivo con mi antorcha y así yo seré su dios para siempre.

El rey se acercó al Fénix con la mirada desorbitada y sonrisa esquizofrénica. La gente retrocedió y miró como su líder intentaba quemar el último resto de felicidad que ese pueblo tenía. Cuando Malvín levantó su antorcha, algo aún más increíble sucedió: el sol apareció abriéndose paso entre las nubes ante la mirada incrédula de todos los presentes. Instantáneamente el Fénix se incendió por completo junto con el rey Malvín que no tuvo tiempo de retroceder.

Nadie se movió de aquél lugar, como si aquella enorme fogata fuera hipnótica. Todos se quedaron a esperar que se apagara la última llama, cuando esto sucedió pudieron ver como nada quedaba. Sin embargo, el pueblo sabía muy bien la leyenda, esa que el rey no conocía porque no podía ver más allá de su propio ombligo. De las propias cenizas, el Fénix renació, más grande, más fuerte y hasta más joven. Voló alto hasta la cima de la colina junto con los aplausos de la gente que le brindaba su amor incondicional.

Muerto el rey, el pueblo decidió ir todos los días a la colina, para amar a quien siempre los hizo felices. De las cenizas del odio, renació y se multiplicó el amor, el Fénix se quedó siempre ahí, igual que el sol, para iluminar cuando todo parezca oscuro.


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