Nadie se salva solo
Claro que somos un país subdesarrollado, no pretendo ocultarlo ni ponerlo en discusión. De hecho, en mi país hay mucha gente mala, que hace que todo sea más difícil en lo cotidiano. No obstante, en este cuento, voy a sacar la bandera celeste y blanca, y voy a defender al argentino más hermoso, el más necesario: el que está en los momentos claves, en los extremos.
A mi me parece interesante el concepto de “extremos”, habla mucho del gen argentino, esta cosa de aburrirse en los medios, en lo cotidiano. El argentino promedio (exceptuando el hincha de Newell’s y Central) llena la cancha cuando va a salir campeón, pero, llena la cancha también cuando se está por ir al descenso, extremos. Cuando está en mitad de tabla le parece más de lo mismo, se aburre.
Basándonos en este principio que llamaremos a partir de ahora “Principio de los extremos”, se puede analizar casi cualquier situación social que involucre a un argentino, ya sea en la peor de las tragedias o en el pico máximo de felicidad. Otro ejemplo perfecto bien podrían ser las tragedias, donde todos los argentinos se unen bajo el manto de la solidaridad. Inundaciones, incendios, muertes, cuando la cosa se pone fea fea, de repente somos todos hermanos. Espalda con espalda. A mí no me lo contó nadie, yo lo viví acá en Rosario cuando explotó el edificio de calle Salta, fueron dos meses de hermandad entre todos los rosarinos. Me acuerdo que hasta la gente hablaba bajito, para que se mantenga un silencio constante y los rescatistas pudieran escuchar algún posible sobreviviente entre los escombros . En un momento, desde las propias autoridades pidieron por favor que la gente no se acerque más a ayudar, que ya eran muchos. A eso llegamos, a eso nos empujó el principio de los extremos.
Así también, podemos ubicar los triunfos: el mundial, donde hubo más gente en las calles que adentro, el papa Francisco, que nos hizo sonreír hasta a los más ateos, el Oscar a El secreto de sus ojos, que mantuvo a todos frente al televisor para hacernos gritar como un gol cuando lo anunciaron. Ahí estamos, todos, el argentino está cuando se lo necesita, cuando se lo llama, cuando es por algo importante, porque el argentino es importante, el más importante del mundo, por eso, en el extremo, estamos.
Hace algunas noches estabamos comiendo en la casa de mi papá, en familia, mi viejo vive en un departamento en el centro. Llegamos a eso de las nueve de la noche, justo antes que se largue la tormenta. Una tormentita común y corriente, las de siempre, las que da un poco de gusto escucharlas desde adentro.
-Está relampajeando
-Va a lloverga
-Y yo dejé el paraguasca arriba de la repija.
Claro, se empezaron a escuchar todas las frases de El eternauta, recién terminábamos de verla, estábamos en la cresta de la emoción, y como buen argentino, presumíamos nuestra obra, inclusive entre nosotros mismos. De nuevo, el principio de los extremos, en esta cresta, estábamos todos, presumiendo que en Japón aprenden a jugar al truco, que la serie era la más vista en el mundo, que se habían multiplicado las consultas de identidad a raíz de la desaparición del creador de la historieta. El eternauta nos puso en modo mundial, no era para menos.
Esa pequeña tormenta que parecía pasajera, duró un buen rato más. La caída de agua se intensificaba segundo a segundo, ya temblaban las ventanas, las rejillas no daban a basto, y el agua empezaba a salir por todos lados. Decidimos hacernos los distraídos un rato, hablar de otras cosas. Pero la cosa empeoró aún más y la tormenta pasó a ser de categoría “grave”. En ese momento, entramos en el extremo de argentinidad pura, la piel se empezó a teñir de celeste y blanco, ese sentimiento inexplicable, como la transformación en una especie de increíble Hulk patriótico.
Llegaron los primeros cruces de mensaje con la familia: “¿están todos bien?” “¿les entró agua?” “¿tienen luz?” Después nos empezamos a acordar de segundas líneas, amigos, conocidos: “¿Cómo estará Pepito que hoy se juntaba a comer un asado en la bajada España?” En ese momento, todos pasan a ser hermanos, se borran las sonrisas, y brota la solidaridad. En medio de todo esa necesidad de ayudar, llega el mensaje perfecto, como si se encendiera la mecha de una bomba de estruendo amoroso: “¿alguien puede ayudar a Jorge del 1° B? Se le está metiendo toda el agua". Mi viejo tiró la nafta cuando agregó: "Jorge es un viejito que vive en el departamento de enfrente, tiene como 85 años y lo cuida una señora”. No hubo más palabras, nos sacamos las zapatillas y las medias, nos arremangamos el pantalón, agarramos secadores de piso y cruzamos.
La escena era realmente triste, el departamento entero tenía dos centímetros de agua, la señora que cuidaba a Jorge sacaba agua como podía, no hubo tiempo para charlas, empezamos a trabajar en equipo. Traíamos el agua desde las habitaciones y la pasábamos de secador en secador hasta tirarla afuera por las escaleras, una especie de pasamanos de agua. Empezaron a venir más vecinos, todos ayudando, sacando a relucir el verdadero espiritu argentino, el que no entienden afuera, incluso el que aún no entienden algunos pocos nuestros.
En un momento lo vi a Jorge, lo encontré en una habitación chiquita, parecía que era de una hija o nieta, tenia fotos de una mujer joven. El hombre estaba lagrimeando, intentaba mover algunos muebles para quitar el agua acumulada.
-Deje, Jorge. Yo me encargo, siéntese- le dije.
El hombre después de unos segundos de silencio, me dijo con un hilo de voz:
-No sé como voy a hacer para agradecerles esto.
Ahí también está el gen argentino puro, el tipo estaba en plena crisis en su hogar y lo primero que pensaba era como agradecernos, tenía la imperiosa necesidad de agradecer, no se aguantaba. Tanta muestra de amor te obliga inmediatamente a querer devolverla. Sin mirarlo y mientras movía una estantería muy pesada, le dije:
-Nadie se salva solo.
Cuando me di cuenta que no me estaba hablando más, lo miré: a Jorge se le caían las lágrimas pero sonreía, sonreía genuinamente. Con esa sonrisa, me dijo:
-Como el Eternauta.
Ambos reímos. En medio de la crisis, el caos, la pérdida y el peligro, otra vez lo argentino, el Eternauta nos sacaba una sonrisa, nos unía en una tácita complicidad de fantasía. Nos acordamos de algo lindo, algo nuestro. Pudo haber sido un comentario de cualquier otra serie o película, tipo “Todos para uno y uno para todos” o “al infinito y más allá “ no se cualquiera, pero no iba a tener ese impacto. Los dos, sentimos con la frase de nuestra serie algo que no se compra afuera ni lo tienen en todos lados: orgullo.
Aquella noche será inolvidable para mí. No se cuanto más vivirá Jorge, no se si se le volverá a inundar el departamento, ni se si se va a acordar de mi cara, pero estoy seguro que en su corazón, igual que en el mío, va a perdurar un solo sentimiento, el más autentico del argentino: el amor. El amor y la solidaridad, los sentimientos más viejos del mundo. Y lo viejo, funciona.

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