La Elfa

 



Esta historia se remonta a la antigüedad. Pero no a la antigüedad que nosotros conocemos, ni tampoco la anterior, ni la que le sigue, mucho antes. Cuando el mundo no era el que es hoy, ni siquiera el universo se parecía, las distintas razas y variedades de especies se esparcían a lo largo y ancho del basto terreno, nacía la vida misma y surgía la muerte.

No importa cuan lejos nos vayamos en los libros, ni cuanto investiguemos, hay algo que existió siempre: el amor y el bien. Y así como existió el amor, también tuvo que existir el odio y el mal. El equilibrio constante de las energías, no podía existir una sin otra, ambas se repartían en forma equitativa y amplia: donde había mal, había bien que lo contrarreste, y viceversa. En aquellos tiempos se lo llamó luz y oscuridad.

Una de las primeras especies de vida existente fue la de los Elfos, criaturas maravillosas que habitaban una parte escondida para el ojo regular. Tras navegar infinitamente los mares salvajes, y detrás de un muro de neblina espeso como la misma sal, se encontraba su tierra, un lugar lleno de magia. Se dice erróneamente que los Elfos son inmortales, ocurre que aquella especie, vivía una cantidad de años fuera de lo común, mucho más que los humanos, incluso más que los propios árboles. Los Elfos vivían siglos enteros. Sin embargo, tenían un fin, como todos.

Cada Elfo nacía con una pequeña luz, una que debía mantener encendida el mayor tiempo posible. Esa luz solo se apagaría si el Elfo portador se corrompiera, es decir, cuando la oscuridad profane la luz del Elfo, solo restaría que el propio cuerpo deje de funcionar, y ahí vendría la inevitable muerte. Los Elfos vivían en esa gran comunidad, con todo a su alcance, en un paraíso, con agua, frutas, animales, sol y luna. Vivir en esas tierras hacía que mantener la pequeña luz encendida sea una tarea menos dificultosa.

Un día, en aquella comunidad, algo cambió para siempre, una nueva vida. Una Elfa nacida desde las entrañas del mismo universo, concebida por la propia naturaleza, arrullada por las nubes y coloreada por las estrellas. Tenía el pelo del color del fuego y los ojos miel. Todos los Elfos, sin saber por qué, la nombraron Nina.

Nina, no era como el resto de los Elfos, ella tenía una particularidad: su luz era la más grande que jamás se había visto. Aquella Elfa no podía ser corrompida por ninguna fuerza de la oscuridad, y tendría un amor infinito dentro suyo. Tanta era esa luz, que en su tierra, los propios Elfos, casi no podían acercarse a ella. Por eso, Nina, decidió que aquella luz que debía cuidar, la tenía que repartir.

Así, Nina fue la primera Elfa en abandonar sus tierras y recorrer los diferentes mundos, viajó durante siglos e intentó repartir la luz en todos los seres corrompidos. Su misión, aunque no estaba del todo clara, era no quedarse quieta, lograr que aquella luz sea repartida, y que haya más seres iluminados, Nina había decidido no proteger la luz, si no, compartirla.

En cada tierra que llegaba, todos sabían su nombre, como si la estuvieran esperando, la recibían como una hija pródiga, y aunque en cada lugar deseaban venerarla y convertirla en reina, ella solo pasaba, repartía y seguía.

Un día, Nina comprendió que lo que estaba haciendo no iba a lograr iluminar toda la oscuridad, ni que tampoco debía hacer eso. Por eso, tras pensar mucho, entendió que lo que tenía que hacer con su luz, no era dividirla, si no multiplicarla. La Elfa elegida volvió a su tierra natal, esta vez, todos los Elfos pudieron verla.

Todos aquellos que conservaban su pequeña luz, vieron a su líder iluminada apagarse por propia voluntad, pero antes de eso, la Elfa tomó la decisión más sabia: toda aquella luz tan poderosa, sería regalada nuevamente al universo, con la condición de ser repartida en partes iguales. Nina entendió que la mayoría de las especies no sabrían administrar esa luz y la corromperían, por eso, tomó la decisión de regalársela a seres que vivieran poco tiempo en cada instancia de vida: los animales.

Así, al día de hoy, millones de años más tarde, cuando un animal va a nacer, es bendecido con una pequeña porción de la luz de Nina, que le alcanza para dar amor eterno a quienes estén cerca, sin oscuridad, sin pedir nada a cambio. Y al morir, devuelven su luz al mismo universo, para seguir repartirndola en otros animales. Esa fue la intención de aquella Elfa, que decidió multiplicar su luz, por el resto de los siglos, a través de los seres más puros. Por eso, los animales vuelven una y otra vez a nuestra vida, con distinta forma, pero con la misma luz.


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