El tipo

 



Claro, si, mi papá no sabía si tenía amiguitos en el jardín, no sabía si me había adaptado del todo. Mi papá trabajaba, estaba todo el día “haciendo cobranzas”. Sin embargo, el tipo llegaba a casa y yo lo esperaba con una especie de pista de juguete con muñequitos y autos, y él había entendido lo mismo que yo: era una estación de servicio. Jugábamos a eso, los autos cargaban nafta. Parece una estupidez, pero el tipo usaba lo que conocía para entretenerme.

No me lo olvido, yo lo esperaba con todo armado. Cada playero en su lugar, cada auto en el “surtidor”. Jugábamos juntos, se sentaba en canastita al lado mío y fingía ser parte de un mundo de fantasía que había creado yo. Eso, en ese momento no lo vi, pero estaba, y está.

Cuando tuve edad para pensar un poco más, mi viejo lo vio, se hizo el tonto, pero despacito metió la garra. Ponía Seru Giran y me miraba, imagino que habrá visto mi cara de fascinación. Esto no me lo cuenta nadie, yo lo veía. En algún punto creo que empezó a sentir orgullo. El orgullo de un tipo que está viendo como su hijo disfruta de lo mismo que él. Si lo pienso en frío, me emociono yo también.

Pero eso no quedó ahí, pudo haber quedado, pero no. Un día me sentó en el living y puso un recital en vivo de Charly, ahí lo vi por primera vez. Caminaba por el escenario, tocaba ocho teclados a la vez, cantaba lo que quería, era libre. Eso me mostró mi viejo, de que se trataba la libertad. Y ahí no pude parar. No había vuelta atrás. “Papá quiero tocar los teclados como él” le dije. El tipo no lo dudó, fue y me compró el primer Casio de estudio.

Ocho clases fui. Contadas. No es una forma de decir. No obstante, él vio que yo tocaba. Se hacía el boludo, calculo que lo superaba la idea de que su hijo tenga el don de la música. "Papá, no quiero ir más a clases", le dije, “me aburre estudiar partituras”. Claro, no me había contado todavía, pero a él le pasó lo mismo. Se aburrió y dejó de estudiar para poder sentir.

Así avancé, solito, sin levantar la perdiz. Yo sabía que mi viejo quería que sea músico, pero no me presionaba. Así, un día, sin planearlo, entró a la pieza, yo enchufé el teclado, y sin decir “agua va” toqué entero, de punta a punta “Cuando ya me empiece a quedar solo” de Sui Generis. Aquel fue el primer día en que creo que los dos supimos que transitábamos por los mismos caminos. Aquel momento, fue el primero en el que lo vi llorar. El otro fue cuando murió su mamá, mi eterna abuela Pepa.

¿Y ahora? Nos preguntamos. Ahora sólo queríamos compartir. Y eso hicimos. Me mostró un video de Rick Wakeman. Me voló la tapa de los sesos. Me llevó a ver a Charly en el 2000. Me llevó a ver a Spinetta varias veces, aunque sabía que me iba a aburrir. Él entendía que era una semilla, que era algo que le iba a agradecer por el resto de mi vida. Me llevó a ver a Cerati, a Yes, a Miguel Mateos, a los Rolling. Compartió su alma conmigo.

¿Qué importa todo lo otro? ¿Acaso se puede ser perfecto? Me llevó a la cancha a ver a mi Newell’s querido. Sabiendo que era una maldición. Que iba a sufrir más de lo que iba a disfrutar. Pero sabía que esa parte, esa pequeña parte en la que celebrábamos, iba a ser exquisita. Y así fue. Festejamos juntos dos campeonatos. Llorando, como si los dos volviéramos a ser esos chicos jugando a la estación de servicio.

Hoy, yo lo invito a tocar conmigo. A que “me acompañe”, porque es el tipo que más admiro en el mundo, y no tiene comparación.

No me escucha, porque confía en el viento. Así, sin escucharme, me dio una hermana que no esperaba y que se clavó en mi eternidad. Me dio familia, música, amor, contención. Ahí está ahora para recibirme en lo que hizo toda su vida. Porque aunque no haya sido perfecto, fue el número uno. Fue el Charly que tocaba algo que yo no podía entender. Fue el Spinetta que se clavó en mi alma. Fue el Rick Wakeman que miré llorando. Hoy es lo que miro, lo que admiro, con quien quiero jugar, a lo que él pueda, a lo que quiera, a lo que le alcance. Porque lo que dio, hoy ya es infinito.


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