¿Quien quiere ser millonario?
Acá en el pueblo todos conocen la historia de Fabio Simonetto, es una leyenda, la siguen contando de generación en generación. La cuentan como un chiste, como una pavada al pasar, la cuentan en tono burlesco. Pero yo sé la verdad, porque a mi, esta leyenda no me la contó nadie, y debo ser de las pocas personas que al día de hoy sabe donde está Fabio Simonetto.
Hijo del tano Orlando, dueño y fundador del mítico "Panchirolli" un puestito de panchos que se ubicaba en la esquina en diagonal a la plaza. Todos los habitantes del pueblo alguna vez comieron un pancho en Panchirolli. Yo era ayudante del viejo Orlando, fue mi primer laburo, me encantaba, armar los panchos, ver los ojos de ansiedad en los clientes, contemplar su expresión de placer al darles el primer mordisco, yo estaba feliz. Eso si, desde aquel momento y hace ya veinticinco años, no como más panchos.
Orlando se fue haciendo viejo, lógicamente, de hecho, ya era viejo. Orlando era de esas personas que siempre fueron viejos, como Emilio Dissi. Fabio, su hijo más grande, decidió tomar las riendas del puesto de panchos más famoso del pueblo, y lo transformó en una cadena de comida rápida que hoy tiene sucursales en más de cincuenta ciudades de todo el país.
No me quiero adelantar tanto. El primer día que vi a Fabio, solté una carcajada, el tipo llegó al puesto vestido de saco y corbata. Claro en ese momento mi bullinómetro explotó por completo y casi que no pude trabajar en toda la jornada, lo miraba y me reía. Hoy lo entiendo, al tipo le daba lo mismo si tenía un puesto de panchos o una casa vejatoria, él tenía alma de empresario, ya era un pequeño millonario y por tanto se vestía para la ocasión. Nosotros, los pobres mortales, aún no lo sabíamos.
Fabio se pasó meses sin tocar una salchicha, anotando todos los movimientos contables, buscando precios en distintos proveedores y ajustando las cantidades ofrecidas en cada pancho. Orlando y yo éramos mulitas, agachábamos la cabeza y laburábamos, estábamos acostumbrados a eso.
Una noche, después del turno del boliche, estábamos guardando las cosas para cerrar el puesto y Fabio (que era un hombre de pocas palabras) dijo:
-Este es el último día que estamos en el puesto. Así como está lo voy a vender.
Lo miré a Orlando, que no paraba de guardar cosas, pero no obtuve respuestas, sentí pánico, ese sudor helado que se siente cuando tu trabajo está en peligro.
-Alquilé el local de la otra cuadra, vamos a poner mesas y heladeras, además compré una plancha, para que hagamos hamburguesas. Vos sos mi cocinero, si te interesa.
Lo miré otra vez a Orlando. Tuve una mezcla de sentimientos. Claro, era un cambio positivo, pero el puesto tenía historia, la historia de Orlando Simonetto.
-Papá ya no va a venir más, se va a ir a descansar, lo merece después de tantos años, por lo pronto vamos a ser vos y yo. Cuando el negocio crezca, tomaremos más personal.
Me asombraba la frialdad con la que hablaba. A mi se me estrujaba el corazón al ver a Orlando limpiando los utensilios con la misma dedicación del primer día, sabiendo que era el último. Pero Fabio era distinto, se le notaba.
Las primeras dos semanas, pensé sinceramente en renunciar, creí que Fabio la había pifiado fuerte, no entraba nadie, incluso pocos sabían que el puesto se había mudado, ni siquiera teníamos cartel. De hecho, yo me paraba en la puerta y miraba a la plaza, había gente buscando el puesto. Pero Fabio no hacía caso a nada de esto. El hombre se pasaba horas detrás del mostrador de atención al público con calculadoras, hojas de papel y lápices de colores. Alguna vez hasta lo vi con una regla, trazando un gráfico. Eso si, cuando entraba alguien a comprar, se paraba y se transformaba en el vendedor más carismático y amable del mundo.
Fabio era bueno, en aquel entonces. Yo lo recuerdo bien, me trataba con amabilidad y respeto, era mutuo. Los días del traje y la corbata habían quedado atrás, seguramente había leído algún libro de las empresas del futuro y ahora ya venía en bermudas y remera. El negocio empezó a repuntar, la gente se acercó y probó las hamburguesas, me salían ricas. Los panchos seguían siendo la atracción. A los dos meses compró el cartel, y ahí todo fue en subida.
Un año después de que Fabio tomara las riendas de Panchirolli, ya contábamos con cuatro empleados, y habíamos ampliado las mesas de la vereda. No dábamos a vasto, era impresionante, la gente no paraba de entrar, algunos comían dos veces en el mismo día. Al tiempo pasamos a estar abiertos las 24 horas, ya éramos una pequeña empresa, diez empleados, razón social, página web. Y lo más importante: los panchos seguían siendo los más ricos de la región.
Dos años, cuatro meses y cinco días después de abrir aquel local, Fabio inauguró otro en el extremo opuesto del pueblo. Recuerdo muy bien ese día, porque fue la última vez que lo vi sonreír. Fabio se transformó en el tipo más amargado del planeta, vivía adentro de sus pancherías, pocas veces no estaba trabajando. Así y todo formó familia, tuvo esposa e hijos. No sé como, bueno en realidad si, dinero, el tipo ya era millonario, e iba en un camino directo a ser rico.
Cinco años después, Panchirolli contaba con cinco locales en el pueblo y tres repartidos en las ciudades cercanas más importantes. Yo seguía siendo cocinero del primero que se abrió, y si bien la paga era buena, yo extrañaba todos los días el puestito a la madrugada con don Orlando contándome anécdotas que entendía por la mitad, por su italiano mezclado con castellano. Fabio venía todos los días, no sé como hacía, pero estaba un poco en cada local. Entraba, cobraba, acomodaba las mesas, y hasta a veces venía a meter mano en la cocina. Tomaba el dinero de la caja y se iba.
Un tiempo después la cosa empeoró cuando dejó de hablar con sus empleados, solo conversaba por celular y con eventuales clientes. Yates, casas, autos de lujo, todo empezó a aparecer como si la vida fuese el mismísimo Monopoly. Ese dinero fue transformando a Fabio en un monstruo, al principio fue una forma de decirlo, luego fue real.
Aquel día me lo acuerdo bien porque me había hablado, después de muchos meses, me dijo "si haces dos hamburguesas más por minuto, podemos incrementar las ganancias en un 0, 001 % mensual". No le contesté, esa frase me deprimió muchísimo. Ya no quedaba nada del Fabio que yo había conocido, mucho menos de Orlando, que ya para ese entonces descansaba en paz.
Lo encaré y le dije que renunciaba, que me iba. No sabía bien donde, la mitad de mi vida la había pasado haciendo panchos y hamburguesas, pero era lo que tenía que hacer. Su cara se transformó, abrió la boca para gritarme y me señaló. Así como su boca se abrió, se quedó abierta al ver que el dedo con el que me apuntaba, era un billete de cien pesos.
Claro, esta es la parte en la cual nadie va a creer nunca, y menos lo que sigue, pero así fue, no se cómo ni por qué, me lo pregunté durante mucho tiempo. Su dedo era un billete. Nos asustamos mucho, se fue corriendo y yo me quedé pálido.
Al otro día fui a la panchería, aunque ya había renunciado, necesitaba saber si lo que había visto era real o producto de la alucinación por los humos de la cocina. Me senté en la puerta y lo esperé, no importaba como, pero iba a venir, nunca en todo el tiempo que yo estuve ahí adentro lo vi faltar.
Apareció con un sobretodo gris largo, sombrero, guantes y gafas, lo reconocí por su forma de caminar. Le toqué el hombro, se dio vuelta, y me dijo: "no te podes ir, no me podes dejar", acto seguido se levantó los anteojos y sus ojos eran dos monedas de un peso. Se sacó el sombrero y su pelo estaba hecho de billetes de 10 y 20. Se sacó los guantes y todos sus dedos eran billetes de 100. Me miró con horror. No quería que me quede porque me tenía aprecio, si no porque era el único que sabía lo que le estaba pasando. Accedí y me quedé un tiempo más.
Poco a poco, Fabio se fue convirtiendo en dinero, no se si fue una maldición o una mala jugada del universo, algo que salió mal, pero yo lo vi, yo solo. Cada vez que llegaba me pedía ayuda, me pedía que le rasque la espalda, yo lo rascaba y caían monedas, él las juntaba y temblaba de felicidad, como si fuera parte de su ser.
Una noche en el turno de madrugada un compañero me preguntó por Fabio.
-¿No lo viste? Creí haberlo visto entrando, pero no está por ningún lado, y nadie lo vio salir.
Yo imaginaba donde estaba. Fui a la parte de atrás, donde se guardaba la ganancia. Abrí la puerta y me encontré con el monstruo completo: una pila de dinero sollozando y suspirando, inhalando y exhalando. Desde esa pila emergió la voz de Fabio:
-Por favor, no dejes que me quede sin nada
No entendí, no sabía como reaccionar a semejante escena. Luego el monstruo gritó:
-¡¡¡Plata!!!
Yo tiré un billetito que tenía en el bolsillo sobre la parva de dinero parlante y esta pareció calmarse. Respiró más profundo y guardó silencio. Salí de la habitación en un trance absoluto y sin saludar a nadie me fui para nunca más volver.
Se cuentan todo tipo de leyendas sobre Fabio Simonetto: que se fue a vivir al caribe, que lo mataron en un ajuste de cuentas, que está internado en un psiquiátrico. Pero yo se la posta, una que algunos dicen jodiendo. A Fabio lo tengo yo, en el sótano de mi casa, ahí mantengo la pila de guita que habla. Todos los días tengo que llegar y tirarle algún billete para que lo absorba, si no grita mucho. Me da mucha lástima. A veces pienso depositarlo y transformarlo en una tarjeta, para que sea más práctico y poder sacarlo a pasear o llevarlo a ver el mar. ¿Gastarla? Na, yo ya soy millonario, tengo una vida.

Excelente,como todos tus cuentos!Genio!
ResponderBorrar