Mientras tanto, el café se enfría

 


Me levanté temprano. Siempre me levanto temprano. Esta vez fue peor ¡ni siquiera había claridad!. Me volví a meter en la cama, en un rato pasaría Flavia con su ronda y si me llegase a ver fuera de la cama, quien sabe que castigo me tocaría. Hoy, además, hay bingo temprano, no me lo quiero perder.

Antes me gustaba estar en cama, era un lindo lugar para reflexionar, poner la mente en blanco. Después de un día pesado de trabajo, la cama es una meta. Ni hablar de las otras cosas que se podían hacer ahí cuando mi reina tenía ganas o en tiempos anteriores, cuando alguna casual señorita curiosa me regalaba “el ticket dorado válido por una noche, diversión solamente entre las sábanas”. Que tiempos. De todos modos, a esta altura no estoy seguro de lo que estoy recordando.

La cama ahora es mi enemiga, duele, en todos los sentidos de la palabra. Duele la espalda, duele el aburrimiento. Sobre todo, se le esquiva por el reposo, nunca falta un gracioso que justo pasa por la puerta cuando uno se resigna a descansar, y te dice: “¿practicando?”.

En medio de todos esos pensamientos que van y vienen, parece que me dormí un poco, porque en un abrir y cerrar de ojos, se hizo de día. Por fin, a través de esa persiana agujereada, ingresaron los primeros rayos de luz que iluminaron el extremo de mi cama. Todos los días, mis pies son los primeros en avisarme que ya se puede comenzar a vivir, son los que sienten ese pequeño beso de calor en la mañana.

El proceso de inicio es largo, no voy a decir que no, pero el tiempo se percibe de distintas maneras. Yo lo tomo como un desafío, parecido a ir al gimnasio, siento que mientras más largo es, más premio tengo. Mover todo este cuerpo, sacarlo de la cama, levantarlo, vestirlo. Yo disfruto de ese ejercicio diario, por más largo y tedioso que sea. 

El primer baño de tantísimos de la jornada, también es un periplo. Al rutinario combate contra el orín que no desea salir, se le suma el lavado de dientes, a veces facilitado por el temblequeo (un chiste que me gusta hacer) y eventualmente una afeitada que requiere la concentración de un maestro ajedrecista. Hoy no podía faltar ese último paso. No sólo eso, hoy es día de crema, de corte de uñas, de hilo dental, de perfume. Hoy es jornada doble turno en el baño matutino.

Miré el calendario. Ya lo había mirado ayer. Y el día anterior, creo. Por las dudas lo volví a revisar, estaba marcado con un círculo rojo, no había dudas. En realidad siempre hay dudas, no sería la primera ni la última vez que me olvide de tachar el día vivido antes de irme a dormir o que tachara dos veces pensando que no lo había hecho. No obstante, decidí confiar en la buena racha mental.

Entró la enfermera, pero no era Flavia, ni Susi, ni Silvia, ¿de quien era esa cara?. Me asusté, la miré con recelo, no por ella, pobre muchacha, por mí, por mi memoria, por el calendario, porque quizás no era hoy. Tal vez faltaban unos días más, o peor aún ¿y si ya había pasado?

-Buen día, yo soy nueva. Aquí le dejo la medicación del día.

Que palabras tan hermosas. Nueva ¡era nueva! Que alivio, no había lagunas ni agujeros de tiempo, el plan seguía en marcha. Hacía mucho tiempo que no tomaba tan contento la medicación. Por las dudas, antes de que se vaya, señalé con todas mis fuerzas el calendario. Aprendí a manejarme mucho con señas, muchas veces la voz no sale con claridad, o quizás los demás aprovechan el bajo volumen para hacerse los distraídos, pero yo por las dudas actúo y gesticulo mucho. La señorita nueva me lo confirmó, el día estaba correcto. 

El bingo es todo un acontecimiento, el que saca quintina puede elegir el canal para ver en la televisión y el que saca bingo, un café. Parece absurdo, lo sé, pero no nos dejan tomar mucho, altera el sistema nervioso, y lo último que quieren es tenernos muy despabilados. Ese premio para mí es el oro, soy un amante empedernido del café, además, a diferencia de otras cosas, los sabores no se olvidan.

La distracción me llevó a pasar por alto dos números a los cuales no les puse el poroto encima y me perdí la chance de elegir mi canal, para hacer cartón estaba lejos, se lo ganó una señora que no recuerdo su nombre, quizás es nueva, no estoy seguro, las arrugas nos emparentan a todos, por momento nos veo como vacas en un ganado. Extraño los rostros diferentes, las expresiones. No obstante, hoy, eso no me preocupa, hoy tomaré café. Hoy viene Ramiro, y cuando él viene, me dan uno para mí y otro para él. 

Me senté en mi sillita preferida, una que hace un pequeño crujido cuando uno se mueve. Ahí lo esperé. Le pedí a una enfermera un espejito de mano, me miré y estaba churro. Me queda pelo, eso es bueno, me puedo peinar con gomina, como me gusta a mí. El olor a perfume perduraba aún con el paso de las horas, aunque el olor a viejo es difícil de maquillar. Miré el reloj, sólo eso me quedaba por hacer. Aún faltaban dos horas, lo miré y lo miré, hasta que las agujas coincidieron en el lugar exacto y a partir de ese momento, solamente restaba mirar por la ventana, para esperar que aparezca.

Llegó veinticuatro minutos tarde, como siempre. No salió a mi, “don puntualidad”. De traje, siempre, con su bronceado permanente aunque creo que afuera es invierno. Entró hablando por teléfono, mi enemigo número uno. Me palmeó la espalda, yo lo quise besar, pero estaba muy ocupado en su llamada, quizás no se dio cuenta. Lo primero que hizo fue preguntarle a una de las chicas cual era la clave. No sé de que hablan cuando dicen eso, pero debe ser algo importante. Las poquitas veces que salgo de paseo, todos los jóvenes se la pasan preguntando eso en cualquier lugar que entran.

Nos sentamos frente a frente. Me dolía mucho la mandíbula, quizás estaba sonriendo de más. Ramiro miraba su teléfono mientras yo le contaba banalidades de mi día a día. Yo no soy un tonto, sé que no es muy interesante escuchar la historia del bingo, o de la dentadura perdida o la señora que murió la semana pasada. Ya no soy su héroe, no tengo más historias divertidas ni épicas. Las tengo, las anécdotas no se pierden, pero no las recuerdo. Y si las recordara ¿Qué sentido tendría?. Ya no soy aquel. Nadie quiere volver a escuchar historias de alguien que ya no es nadie.

-Se te enfría el café, Ramiro- le dije una vez, pero creo que no me escuchó. Sus dedos se mueven a una velocidad inhumana en ese aparato, supongo que lo admiro. Siempre lo admiré, quizás esto es un poco de envidia, quisiera poder mover cualquier parte de mi cuerpo con esa velocidad, aunque no lo desperdiciaría en hacerlo sobre un pedazo de plástico. 

-Se te enfría el café, Ramiro- le dije dos veces. Quizás fueron tres.

Me tomé el mío, pero no lo disfruté tanto, porque Ramiro no tomó el suyo, ni un sorbo, ya no servía más ese café, estaba obsoleto, había perdido sus propiedades naturales, y aunque intentaran recalentarlo, ya no sería el mismo café. 

Dos palabras me dijo, sólo dos. Cualquiera podría pensar que eso es muy poco, pero cuando las caricias son pocas, se cuentan con entusiasmo:

-¿Vos bien?

Se preocupó por mí ¿Se preocupó por mí?. No importa, lo intentó. Disimular interés es un don notable, y lo admiro por eso también. Además me sirvió para poder seguir hablando. Hablé largo rato, le conté como estaba, lo que él me había preguntado. Pero no me escuchó, creo. Siguió mirando el aparato, no escuchó lo que me dolía, no escuchó lo que me pasaba cuando iba al baño, ni lo que me había dicho el doctor. Tampoco escuchó a las enfermeras cuando intentaron contarle. Supongo que lo que tenía entre sus dedos era más importante. Se llevaron su café entero, helado.

Imagino que de haber sabido que aquel encuentro iba a ser el último, Ramiro, me hubiese hablado un poquito más, pero ¿Quién soy yo para juzgar? Nadie sabe cuando puede ser la última vez que vemos a quien alguna vez creímos amar. O amamos, pero no lo recordamos.

En mi funeral, Ramiro, se tomó cuatro vasitos plásticos de café. En todos, se quemó la lengua.

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