El inmortal
Yo lo conocí al Diente. Desde que era chiquito. Tipo 6,7,8 años, esa edad imposible de recordar, y al mismo tiempo inolvidable. Nadie sabe bien que hace o deja de hacer en esos años, pero tenemos un contexto, a grandes rasgos, sabemos lo que pasó.
En ese momento jugábamos a la pelota en la puerta del taller de al lado de mi casa. Era un taller de tapicería, pero a las seis de la tarde se transformaba en el arco donde jugábamos al 25, el golentra y al mundialito. Era nuestra vida, y posiblemente también, era el escape de los adultos, los que transitaban la vida que luego íbamos a conocer, la verdadera, la que no tiene juegos.
Una vez se fue la pelota casi hasta la esquina, al tapial naranja, ese que visitábamos muy poco. Me la alcanzó el viejo, con camisa celeste, pantalón tiro alto y ojos azules, con mirada distante pero conocida. Parecía inalcanzable pero estaba ahí. A simple vista lucía malo, pero me alcanzó la pelota. El tipo tenía un físico privilegiado: los pectorales parecían pelotas de rugby, los bíceps eran cerros cortando la llanura de la piel. Las piernas eran de jugador de fútbol, al menos yo solamente las había visto ahí. ¿Cómo tenía ese cuerpo? Era un viejo, de eso no había dudas, más viejo que mi papá seguro, y quizás más viejo que mi abuelo. Pero se veía mejor que ellos.
No cruzamos palabra, casi no nos miramos al mismo tiempo, pero los dos supimos que éramos vecinos. Que yo era el pibe que jugaba a la pelota y él era el viejo que no quería que los chicos se diviertan en su espacio. Al menos eso creíamos con los chicos, quizás no era tan así, pero estábamos acostumbrados a que todos los viejos y viejas nos echen de sus puertas. Hoy, siendo adulto, los comprendo y los abrazo con intereses incluidos.
En ese momento, para mí, el hombre era un militar, o médico, o abogado. Algo grande, una autoridad incuestionable. Pero no, era carpintero, y mediocre, sin demasiado talento, un carpintero cumplidor. Hacía arreglos básicos y no le gustaba tanto trabajar, eso, viéndolo en perspectiva, tal vez también era un factor fundamental en su físico privilegiado.
Le conté a mi viejo que lo había conocido:
-¿Quien? ¿El diente? ¿El viejo de la esquina? Lo conozco desde que yo era chiquito- me dijo.
"El diente". Lo entendí. En todo ese rato que pude mirarlo, el hombre nunca dejó de sonreír. Eso explicaba su apodo. Me reí. Mi papá no entendió por qué, él ya estaba empapado de la vida del Diente, lo daba por conocido, era parte de su cotidianeidad. Nunca se puso a pensar en ese viejo risueño de la esquina, simplemente estaba ahí. Siempre estuvo ahí.
Me volví adolescente. Fumábamos marihuana a escondidas de nuestros padres apoyados en el tapial de la esquina, el del Diente. Cada tanto salía, no nos regañaba, pero uno podía notar su incomodidad. Quizás no estaba en contra de la idea de que los chicos experimenten. Pero estaba en contra de cualquier cosa que podía alterar el buen funcionamiento del cuerpo humano.
Cuando tuve veinte lo empecé a entender: el hombre estaba sano. No tomaba, no fumaba, no comía con grasa ni frito, no se drogaba, no se desvelaba y no tenía estrés. Por eso era el diente, por eso sonreía todo el tiempo. Era el hombre más sano del mundo. Regio, pulcro, recto y obediente. Hacía ejercicio como un atleta profesional. Había sido campeón en todas sus disciplinas. Nunca fue infiel, nunca jugó a la ruleta, nunca desobedeció a sus padres. Nunca faltó al colegio, ni se quedó con un vuelto, nunca se despertó después de las 6:30, y aunque no le gustaba mucho trabajar, aprovechaba el día por completo. El Diente hizo todo para cumplir con los mandatos que nos permiten vivir sin contratiempos.
Unos años después quedó viudo, y sus hijos se fueron a vivir a Norteamérica. Quedó solo, y ya los chicos del barrio no jugábamos a la pelota, no tenía ni eso, el ruido molesto del correr y gritar y la pelota golpeando su tapial. Cualquiera podría pensar que la moraleja de la historia es: "el hombre que tuvo todo y no entendió que la vida eran sus afectos". Pero no, el tipo siguió como si nada, sonriendo, mostrando el diente.
A los treinta y pico lo fui a buscar, le toqué la puerta una mañana en la que había pasado de largo, a las ocho. Lo invité a fumar porro, tomar whisky y escuchar los Guns N Roses. El viejo no entendía nada, no me reconocía, aunque de todos modos me presenté, con la dicción que tenía a mano. Sorpresivamente accedió, no rechazó nada. Claro, un hombre que en su vida tomó alcohol, después del primer vaso era fácil de convencer para todo lo demás. Me contó que entrenó toda su vida, que siempre se alimentó bien. Que no probó drogas, que no tuvo tentaciones ni dudas. No tuvo conflictos ni proyectos. Cuidó sus años, y su conciencia, fue esclavo de lo establecido.
Terminó vomitando y durmiéndose sobre el piso, vestido. Aunque parezca cruel, no me arrepentí. Volamos juntos, vi al Diente como nunca antes: mostrando una sonrisa justificada.
Cualquiera podría pensar que la moraleja de esta historia es: "cuando se dio cuenta lo que era realmente vivir, se murió". Pero no. El tipo al otro día fue a la carpintería como si nada. No tuvo arrepentimientos, no tuvo orgullo, ni felicidad, ni adrenalina. No sintió nada. Siguió sonriendo, entrenando y cuidando su cuerpo.
Lo sigo viendo al día de hoy, y pienso que mi papá me dijo "el viejo de la esquina". Era viejo para él y es viejo desde que yo soy chiquito. El viejo se sigue sonriendo, sólo, corriendo, saliendo a la puerta a exhibir su cuerpazo. Los pibes ahora no juegan a la pelota pero reproducen videos a todo volumen en el tapial de su casa.
Hoy en día, pienso que El Diente es el primer hombre inmortal en la tierra. Pobre.

👏👏👏👏
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