Olas de sangre (novela)
PROLÓGO : LAS PARDELAS
Los pueblos con costa marítima tienen un encanto especial. La combinación
perfecta entre paisaje y tranquilidad. El silencio acogedor interrumpido sólo
por el golpear de las olas sobre la arena.
Las Pardelas tenía todo esto y además un enorme bosque, repleto de diversa
vegetación y fauna. Un lugar perfecto para vacacionar, en familia, en pareja o
incluso en soledad.
Los casi 800 habitantes del pueblo se movían a pie por las calles de tierra y
arena, a excepción de las fuerzas de seguridad y emergencia, que por obvias
razones contaban con vehículos de tracción mecánica. El resto de los autos y
motos llegaban con la temporada de verano y el arribo de turistas. Hasta ese
momento, Las Pardelas, era un lugar libre de contaminación, tanto sonora como
del aire.
El paseo céntrico del pueblo presentaba los negocios esenciales durante el año
regular, y desde diciembre a marzo aproximadamente, sumaba variedad
gastronómica y de entretenimiento. Esos negocios que sólo funcionaban en
temporada, eran propiedad de empresarios que vivían en la ciudad de Arenas
Blancas, que quedaba a unos 20 kilómetros de Las Pardelas.
Los habitantes de Las Pardelas, solían ubicarse en la parte central del pueblo,
y sobre la primera calle paralela a la costa, podían observarse grandes casas,
que por lo general eran alquiladas sólo en temporada alta.
La madera en todas sus derivaciones, predominaba en el espectro arquitectónico,
y las casas con techos a dos aguas parecían reproducirse en todas las
cuadras.
La playa, el gran fuerte del pueblo, presentaba arena blanca ( igual que en la
ciudad homónima próxima) , y un agua que bordeaba el color turquesa. El clima
cálido y las bajas ráfagas de viento completaban un escape turístico casi
perfecto. El paraíso completo se veía interrumpido por la gran cantidad de
lluvias que azotaban la zona. Tormentas que complicaban cualquier día playero
planeado.
Pasar algunos días en Las Pardelas era un emocionante desafío. A la
incertidumbre climática se le sumaba el nulo trato de los y las habitantes del
pueblo. Una especie de indiferencia, ni amor ni odio, todo aquel que no viviese
regularmente allí, sería mirado con distancia, como si guardaran un secreto
conjunto, como si todos fueran cómplices de algo. En Las Pardelas, el turista
no sólo era turista, era un extraño.
Las personas llegan al mundo con una misión, con un propósito. Algunos
descubren rápidamente quienes son y por que están acá, otros, tardan algún
tiempo. Los menos afortunados se despiden sin encontrar las respuestas, y sin
cumplir su misión. Estos últimos, tienden a repetir eventos de vidas pasadas,
hasta cumplir su meta.
Tarde o temprano, cada quien llega a destino, empujado por su propia voluntad o
fortuna, o por los hilos que se encuentran tejidos sobre su alma. Estos hilos,
invisibles al ojo humano, nos conducen por el camino marcado, siendo así,
imposibles de esquivar ciertos hitos en cada uno a lo largo del camino.
Torcerlos momentáneamente es una opción. Peligrosa, pero opción al fin.
Al torcer un hilo, se genera un nudo. Ese nudo provoca un estado de automatismo
o supervivencia. Es decir, vivimos porque vivimos, sin encontrar un rumbo
claro. El hilo está anudado , y hasta no desatarlo, no encontramos la meta
urgente. Perdemos lo que nos mantiene vivos: el propósito.
Partiendo de la idea que indica que existe el bien y el mal, estas metas o
propósitos pueden equilibrar o desequilibrar el mundo para uno de esos estados.
Cuando una o más personas se proponen desatar sus nudos por un propósito del
bien, suceden los milagros, las epopeyas, los sentimientos mas hermosos, la
magia. Pero cuando el desate es por un mal, la oscuridad reina en el ambiente,
el peligro puede ser intenso, y las calamidades se suceden una tras otra,
provocando las desgracias mas profundas e inexplicables que nuestras cabezas
son capaces de entender.
Vivir es aprender, y la mejor enseñanza nos la da la relación humana. A veces,
un otro, nos ata y nos desata nudos. El Cabo Juan Manuel Garcia, fue anudando
hilos propios, durante sus 35 años. La desgracia tuvo que invadir su vida para
comenzar a desanudarlos. Perder a su esposa, a su compañera de vida, lo llevó a
vivir en Las Pardelas en el momento exacto para poder encontrarse, y así mismo,
lograr, como en un efecto dominó, que otras personas encuentren sus rumbos,
para bien o para mal.
CAPITULO I: De mi misma sangre

El pueblo de Las Pardelas fue azotado una y otra vez por desgracias individuales
y colectivas: inundaciones, accidentes laborales casi ridículos, o malas
temporadas turísticas, eran los males menores. Los decesos de personas de
manera prematura e inesperada, eran las desgracias fuertes. La desaparición de
niños y pre adolescentes, completaban la descripción perfecta de un sitio
"maldito".
El 8 de diciembre del 2002, a un año de la desaparición de Luciano De Bernardi,
y cuando parecía que nada peor podía suceder en Las Pardelas, el horror se hizo
presente. Aquella tormentosa noche, en donde era menester estar bajo un refugio
por miedo a otra inundación, el diablo se instaló de manera definitiva en el
pueblo.
Hacía poco menos de un año, Sara Valdez, llegó a Las Pardelas con una
personalidad tan misteriosa como cautivante. Su aspecto intensamente pálido, su
rostro delgado y ojos grises transmitían dolor y cansancio, a menudo ocultado
por un cabello largo y negro, desalineado y enredado. Vestía todos los días la
misma ropa, y solo salía para comprar comida. Para completar la atracción, Sara
llegó a Las Pardelas con un embarazo de tres meses y medio.
Se instaló en la vieja casa de los Krupsky, donde hacía varios años no se veía
a nadie. El último en habitarla fue Claudio Krupsky hijo, quien se fue a vivir
a Arenas Blancas pocos meses después del fallecimiento de su padre con quien
compartía el hogar, y aquello había ocurrido hacía ya unos diez años.
La imponente casa se ubicaba en una esquina de la primera calle paralela al
mar. Ocupaba casi media cuadra de ambas intersecciones. La entrada dejaba ver
un tapial de no más de un metro, todo de piedra y una tranquera de madera del
mismo tamaño (la misma no cumplía funciones de seguridad si no más bien de
decoración, ya que se podía abrir fácilmente desde afuera). Pasando la
tranquera, un vasto jardín repleto de plantas de todos los tamaños y colores.
Por el medio del jardín, un caminito empedrado que llevaba a la galería de
entrada. Ahí un farol antiguo iluminaba la enorme puerta negra que podía
abrirse en dos partes, con ventanas pequeñas que también podían abrirse. Detrás
de los dos pisos de casa, otro jardín, también resguardado por un tapial no muy
alto. Allí, los Krupsky tenían su famosa huerta, protegida por gazebos para no
ser lastimada por los vientos, el frío o la sal. Era bastante común que los
chicos del barrio saltaran el tapial y robaran algunas verduras o frutas, más
aún desde el abandono de la casona. Durante ese tiempo, una vez por semana, el
jardinero del pueblo iba a cuidar las plantas, por eso, la huerta nunca dejó de
estar activa.
En la comisaría, el cabo Juan Manuel García se preparaba para la guardia
nocturna, aquella jornada le tocaba quedarse durante toda la noche, siendo un
pueblo pequeño, no dejaban a nadie más en esas horas. Manuel (como él pedía que
lo llamasen) acomodó su silla cerca de la única mesa desvencijada que había en
la comisaría, se sirvió un café e intentó sintonizar en el viejo radio alguna
estación que milagrosamente superase el temporal y le permita escuchar algo de
música.
Manuel era un hombre sumamente supersticioso y asustadizo, en gran parte por la
dura historia que le tocó vivir. Así mismo, gozaba de una valentía admirable
para superar todas las trabas que su frágil conciencia le presentaba. Encendió
todas las luces, cerró las ventanas y trabó la puerta de entrada. En la radio
sonaban unos tangos viejos y con mucha interferencia, no era la música ni el
sonido preferido del cabo, de todas maneras le dio rosca al volumen, para no
escuchar esos ruidos que mezclados con la soledad podían perturbarlo
fácilmente.
El viento cobró una fuerza descomunal. Los arboles parecían gritar de dolor, se
empezaron a escuchar los primeros ruidos de ramas caídas, y el cielo ya rugía
truenos intensos que se entrelazaban con el sonido de las olas golpeando a toda
fuerza con la costa. Manuel tarareaba lo que sonaba en la radio, aun sin
conocer la letra, y además sin entenderla.
El esfuerzo del hombre por no dejarse caer en el pánico tuvo que doblarse
cuando la radio y las luces comenzaron a bajar su intensidad. Manuel rezaba en
silencio un padre nuestro, pedía por él y por la gente del pueblo, que la
tormenta no sea trágica. En ese momento, la luz se apagó por completo. La
comisaría se quedó a oscuras y en silencio. El cabo respiró profundo y se
levantó lentamente de la silla en dirección a la percha donde había colgado su
campera con una linterna en el bolsillo.
El viento parecía cada vez más fuerte, los pasos de Manuel eran lentos pero
seguros, conocía el recinto aún en la penumbra. Una de las ventanas a su
izquierda se abrió con todas las fuerzas, rompiendo el vidrio. Apretó el paso y
llegó al perchero. Tomó la linterna e intentó encenderla. La pila parecía mala
y la luz parpadeaba mientras él le daba pequeños golpes con la palma de su
mano.
En la entrada se escuchó un ruido fuerte, como algo o alguien golpeando. El
cabo miró y apuntó con la luz parpadeante. Otro golpe, esta vez más fuerte.
Lejos de retroceder, y empoderado en su valentía, Manuel caminó lentamente
hacía la puerta. Otro golpe, y otro, y otro, cada vez más rápidos e intensos.
El picaporte giró lentamente, lo que confirmaba que detrás de esa puerta había
alguien.
-¿quien está ahí?- preguntó el cabo con el poco aliento que tenía. Los golpes
ya sonaban segundo a segundo.
-¡¿quien anda ahí?!- repitió, esta vez con volumen más alto. Del otro lado se
escuchaba una voz incomprensible que parecía gritar algo.
Se acercó hasta al lado de la puerta y pudo escuchar con más claridad:
-¡Soy yo, tonto! ¡soy Ángel! ¡abrime la puerta antes que me vuele la tormenta!-
Rápidamente, Manuel, ya con todos los sentidos recuperados y la tranquilidad
corriendo por sus venas, abrió. Entró casi cayéndose su robusto compañero con
unas bolsas.
-¿Que haces acá? ¿Estás loco?- preguntó preocupado el cabo mientras hacía
fuerza contra el viento para cerrar la puerta.
-¿Así recibís a un amigo que te viene a hacer compañía en una noche como esta?-
contestó Ángel mientras dejaba las bolsas en el piso y ayudaba a Manuel con la
dura tarea de volver a cerrar la puerta- estaba en mi casa, sólo, vi que se
venía una noche de esas que se cae el mundo, me acordé que mi compañero Manuel
el cobarde tenía que hacer la guardia, y dije "le aparezco con unas ricas
empanadas, una gaseosa y un mazo de cartas para jugar al truco" ¿que te
parece? ¿Estuve bien?-
Manuel puso su mano en el hombro de Ángel y lo apretó, en una mezcla de enfado
por el susto que le hizo pegar y agradecimiento por el gesto. Terminaron de
cerrar la puerta y avanzaron en la oscuridad a paso lento en dirección de la
mesa.
Antes que pudieran apoyar las bolsas, la luz volvió a encenderse, junto con la
radio a todo volumen, completando el panorama ahora favorable.
-¡Bajá el volumen de eso! ¡encima tango! ¿¡algo más deprimente no tenías para
poner?!- exclamó Ángel.
El cabo siempre tímido y con su tono pacifico le respondió con una risa y
apagando el aparato. No hacía falta aclararle que la música estaba puesta a
modo de compañía, ambos lo sabían.
Las horas pasaban, y la tormenta no cesaba, variando sus intensidades. Manuel y
Ángel, ya en la sobremesa, jugaban a las cartas y conversaban sobre la vida:
-No entiendo Manu ¿como un tipo como vos pudo llegar a ser policía? De todas
las profesiones que podías elegir, tuviste que elegir esta. Con lo cobarde que
sos, que manera de castigarte sólo-
-Ya te dije Ángel, mi papá era policía. Yo vivía viendo lo que hacía, me
fascinaba todo esto, salir a las calles, impartir justicia, atrapar a los
malos, ser un héroe. Además cuando a él lo mataron, fue lo que necesitaba para
terminar de convencerme, casi que me obligué a mi mismo a terminar lo que él
había empezado. No se como explicarlo bien. Además yo ya te conté (aunque no me
creas) que no siempre fui así. De pibe era distinto yo. Todos estos problemas
que tengo con mis miedos empezaron desde... bueno, ya sabés, desde lo de Clara-
culminó el cabo con la mirada fija en la mesa y un nudo en la garganta.
-Si, ya sé. Perdoname que te molesto siempre con los mismos temas. Ya se que lo
de Clara a vos te marcó y mucho, lo decís siempre. Lo que pasa es que sos un
tipo tan bueno Manuel, que uno trata de despertarte, de ayudarte, por eso
también estoy acá. Siento como una obligación de verte haciendo cosas
importantes, al final eso es lo que siempre quisiste, y me da mucha impotencia
verte así...tan...quedado- dijo Ángel.
-Ya lo sé. Valoro mucho los gestos que tenes conmigo, y los que tuvo todo el
pueblo desde que llegué. Es un proceso, trato de adaptarme a los cambios y a
este nuevo lugar, dale jugá- cerró Manuel señalando las cartas.
El reloj parecía estar trabado, las horas avanzaban muy lentas y los hombres,
después de haber jugado decenas de partidos de truco, ya se miraban las caras.
En eso, rompiendo con el ruido de la tormenta, sonó el teléfono de la
comisaría. Se miraron, ninguno tenía la intención firme de contestar, no podían
ser buenas noticias a esas horas.
-Dale Manu, atendé vos, es tu guardia esta, yo estoy de acompañante nomás-
El cabo atendió y del otro lado se escuchó una voz femenina gritando, pero la
señal no era buena, y todo se tornaba confuso. Manuel se tapó un oído para
intentar escuchar mejor. Ángel acercó su cabeza al teléfono haciendo un
esfuerzo por escuchar algo de lo que salía del otro lado, pero sólo pudo
distinguir gritos. En un momento la cara de Manuel cambió por completo. Tiró el
seño hacia arriba y abrió los ojos. Ángel se preocupó e intentó acercarse
nuevamente, el cabo lo frenó estirando el brazo izquierdo.
-¿Está segura de lo que me dice? ¿No le habrá parecido?- preguntó Manuel. Luego
hizo una pausa- bueno, ahora vamos para allá a ver que pasa, tranquilícese-
colgó el teléfono y miró a Ángel sin decir una palabra, acto seguido tanteó el
aire detrás suyo con la mano, encontró la silla y se sentó.
-¿Que? ¿Que pasa?- preguntó Angel preocupado. El cabo no hizo otra cosa que
guardar silencio, como si no lo escuchase.
-¡Manuel reaccioná carajo! ¡si pasa algo, estos minutos no los podemos perder!-
gritó Ángel al mismo tiempo que zarandeaba al cabo con las dos manos en sus
hombros. Por fin Manuel reaccionó y soltó las palabras en tono pausado:
-Era...era... Susana, la señora que vive al otro lado de la casona Krupsky.
Dice... dice que no ve hace varios días a la chica que vive en esa casa...Sara
creo que se llama- Angel intentó interrumpir con un gesto algo aliviado. Pero
antes de que hable, Manuel agregó la peor parte:
-Dice que hace unas horas, el bebé que vive con su madre allí en esa casona no
paraba de llorar, y que después... después escuchó dos o tres golpes muy
fuertes y el bebé no se oyó más-
En ese momento, a Ángel le recorrió por la espalda el mismo escalofrío que le
había recorrido segundos antes a Manuel. Estos hombres, que se dedicaban a
patrullar calles, estaban recibiendo una alerta totalmente fuera de lo
común.
Manuel, llevaba viviendo más de un año y medio en Las Pardelas. Tras la muerte
de su esposa Clara en la ciudad capital, el cabo, se vio sumergido en una
depresión abismal. Durante meses no salió de su casa, y poco después fue
diagnosticado con un principio de agorafobia. En ese momento, su psiquiatra le
recomendó que se mude de ciudad, que se aleje de las grande urbes para
asentarse en un pueblo más tranquilo. Las Pardelas, pareció en aquel entonces
el lugar perfecto, no sólo por la lejanía y la tranquilidad, si no también por
el dato no menor del amor que Manuel le tenía al mar.
En el tiempo que el cabo llevaba viviendo y ejerciendo su profesión en el
pueblo, no había tenido conflictos mayores. Cuanto mucho alguna pelea en la
playa en épocas de pico turístico, o una disputa ridícula entre vecinos que
estaban aburridos de no tener problemas. Por eso, esta llamada, este relato,
era un puñal revolviendo sus más profundos miedos, y obligándolo a
enfrentarlos.
Para Ángel, la situación fue algo distinta, pero no menos fuerte. Él era
oriundo de Las Pardelas, policía desde los 18 años. A Ángel le había tocado
participar en la investigación de la desaparición de Luciano, el último de los
cinco jóvenes perdidos en el plazo de diez años. Aquellos meses fueron muy
intensos, todo el pueblo buscó por cielo, tierra y mar a ese muchacho, pero
nunca apareció. No hubo culpables ni acusados, a Luciano se lo tragó la tierra,
igual que a los otros cuatro chicos.
Ángel, conocía bien toda la historia del pueblo, sabía que eso que parecía
haberse ido, estaba de vuelta. Todo ese mal que invadía a Las Pardelas, estaba
a punto de manifestarse en su peor forma. Eso fue lo que sintió Ángel con la
llamada a la estación.
Manuel, canalizó su miedo moviéndose. Caminaba de un lugar a otro de la
comisaria. Agarraba su abrigo, lo volvía a dejar, tocaba sus bolsillos cerciorando
tener todas sus pertenencias, agarraba su arma reglamentaria y la apoyaba en un
lugar distinto. El cabo intentaba parecer, más que hacer.
Mientras tanto, Ángel, clavado en un silencio sepulcral, miraba fijo el teléfono,
y sentía como su estómago se revolvía. Sin quitar la vista del teléfono
interrumpió los inútiles movimientos de su compañero:
-Manu, quedate vos acá en la comisaría, yo agarro mi uniforme y voy. No se con
que me voy a encontrar, pero sea lo que sea creo que estoy más preparado que
vos-
-¿Estás loco Ángel? Esta es mi guardia, es mi trabajo y es mi responsabilidad
asistir a la llamada. Demasiado si dejo que me acompañes- (valiente, pero no estúpido)-
Además, no tengo dudas que esto va a ser menos de lo que pensamos, seguramente
el ruido que escuchó la señora Susana fue la caída de alguna rama o algún golpe
propio del temporal, y justo eso coincidió con que la mujer de la casona hizo
dormir a su bebé- por fin preparó todas sus cosas y encaró a la puerta.
Ángel, no iba a dejarlo sólo bajo ninguna circunstancia, así que se preparó
también y salió detrás de su compañero.
El temporal era inusualmente fuerte. Al salir a la calle, la arena y las
piedritas diminutas golpearon las caras de los oficiales. Pusieron sus manos
adelante para intentar cubrirse, pero no era suficiente. La lluvia era lo menos
grave de la situación, caía agua, pero quedaba opacada detrás del viento
devastador.
Se quitaron las camperas y las pusieron en sus cabezas, armando una especie de
túnica que protegiera sus caras. Manuel fue directo al móvil policial, pero Ángel
lo frenó con buen tino. Era imposible hacer andar un coche con las calles en
ese estado, Ángel lo sabía muy bien. La arena y la tierra arrasadas por la caída
del agua generaban un barro profundo, y el auto se estancaría al llegar a la
primera esquina, sumando más problemas que soluciones.
El pueblo era chico y las distancias por lo general cortas, la casona Krupsky
quedaba a unas cinco cuadras de la comisaría, así que los oficiales emprendieron
un trote cuasi caminata rápida, mirando cada paso que deban para no tropezar
con nada. La luna, el farol natural del pueblo, estaba desaparecida en acción,
y las pocas luces que había en la vía pública no funcionaban o estaban
directamente caídas.
-¡Última cuadra Manu! ¡Ahí ya se ve la casona!- gritó Ángel tomando la
delantera e intentando hacerse escuchar por sobre el viento.
Llegando casi a la entrada pudieron ver la casa completamente a oscuras, e
intuyeron que allí también se había ido la electricidad. Las persianas de
madera del segundo piso estaban abiertas y golpeaban constantemente contra las
paredes. La tranquera estaba abierta, iba y venía de atrás a adelante
incesantemente. Manuel tomó la iniciativa y cruzó corriendo el jardín saltando
unos pequeños charcos, directo a la puerta. Golpeó una vez: -¡Señora soy el
cabo Manuel! ¡Necesitaría que nos abra!- pero nada se oyó, ni el más mínimo
sonido. Probó varias veces más, golpeando y gritando cada vez más fuerte.
Manuel se dio vuelta en busca de una respuesta de su compañero. Pudo verlo aún
detrás de la tranquera, parado mirando la lluvia, como hipnotizado. Sin
embargo, sin bajar la cabeza dijo en un tono muy calmo:
-Entremos por atrás, por la huerta, seguro que es más fácil abrir-
Manuel que estaba en la puerta de la casa, no escuchó muy bien lo que decía Ángel,
entonces volvió corriendo para oírlo mejor.
-Saltemos el tapial y entremos por atrás, por la huerta, seguro que está
abierto- recién ahí, Ángel, dejó de mirar al cielo. Bajó la cabeza y miró a los
ojos a Manuel, con la mirada fija, y la cara empapada, transmitiendo la
seguridad de alguien que no tiene nada que perder.
Bordearon la casa por la primera calle paralela a la playa. Manuel corría, Ángel,
por su sobre peso, trotaba un poco más lento. La marea había crecido tanto que
parecía no haber dejado rastros de la playa y las olas golpeaban contra los médanos
que separaban la calle asfaltada de la arena. El horizonte en el océano se
había teñido de un color violeta intenso.
Llegaron al fondo de la casona, un tapial bajo de material se interponía. El
cabo Manuel lo saltó casi sin problemas, con algún raspón mínimo en la rodilla.
Ángel, un poco más grande y con mucho menos estado físico, ni siquiera lo
intentó. Le ordenó a Manuel que se interne en el patio, y que intente ingresar
por la puerta de atrás, o por alguna ventana a la que tenga acceso, mientras
tanto él seguiría probando con la entrada principal. Manuel, una vez más
llenándose de miedo, obedeció.
El cabo cayó en la oscuridad de la inmensa huerta, nada se veía, apenas las
gotas de agua sobre las hojas de las plantas resaltaban algún as de luz mínimo.
En el centro del terreno se percibía la inmensidad de un gazebo blanco que
cubría la huerta principal.
Manuel sacó su linterna, intentó encenderla y otra vez le falló, la luz
parpadeante llegó a alumbrar unos metros. Un roedor pasó corriendo a toda
velocidad frente a sus ojos. En otro momento, aquel animal hubiera sido una
amenaza para el cabo, pero la situación era mucho más grande que el miedo
irracional a un indefenso animal asustado.
Con paso lento y firme, Manuel empezó a caminar hacia la parte de atrás de la
casa, con la luz intermitente de la linterna alumbrando de a ratos el camino.
El cabo caminaba con una palma extendida al frente, por si la oscuridad lo
traicionaba con algún obstáculo imprevisto.
Llegó a la casa. Lo primero que hizo fue dirigirse a una de las dos ventanas
que estaban a los costados de la puerta, la misma presentaba barrotes de metal
que impedían la entrada por completo. Sin embargo por allí llegó a ver que la
penumbra de la casa era total, y que solo en una habitación a lo lejos podía
verse un mínimo reflejo, que podía ser una vela o peor aún algún foco mínimo de
incendio.
Fue hasta la puerta y se paró frente a ella, entre cerró los ojos como si eso
ayudara a ver mejor entre la lluvia. Una parte de él quería que la puerta esté
sin llaves y poder entrar a la casa, pero la parte más sincera quería que el
ingreso se haga imposible, que la señora Sara conteste intempestivamente desde
adentro que todo estaba bien, y volver a la comisaría a hablar de cualquier
cosa con su amigo. Tomó el picaporte redondo de bronce, cerró los ojos y lo
giró, "trac", se escuchó, y la puerta se abrió.
-Señora Sara. Hola ¿Está en casa? Soy de la policía, no se asuste-
El cabo decía cuantas cosas se le cruzaban por la cabeza para evitar el
sepulcral silenció que flotaba en la casa, hasta los truenos parecieron cesar
para agregarle tensión al momento. A lo lejos un escueto sonido parecía hacerse
presente, difícil de descifrar, parecido a un roedor comiendo alguna sobra de
comida. Manuel pensó primero que el ratón que se había cruzado en el terreno de
atrás no era el único y que la sudestada había movido a varios de ellos en
busca de refugio y comida.
Paso a paso fue avanzando, haciendo resonar el parquet flojo del piso antiguo,
la linterna parecía estabilizarse y alumbrar cada vez más, las intermitencias
de luz eran casi nulas. Pasó por la entrada de un pequeño baño de servicio, la
mínima luz que había podido percibir desde la ventana se encontraba en el
amplio living que estaba pasando las escaleras que llevaban a la planta alta.
Pudo entender que aquella iluminación era una vela, o más de una, pero no había
olor a quemado. El olor que había era otro, uno mucho peor, olor a sangre y
descomposición.
Más avanzaba Manuel y más crecía el sonido del roedor masticando. La luz de la
linterna ya encendida de manera constante alumbraba el estrecho pasillo que
separaba al cabo de la escalera que antedecía al living donde la luz de la vela
se hacía cada vez más grande. Manuel intentó una vez más esperar una respuesta
y volvió a preguntar: -¿Señora Sara? Por favor responda-
Un leve susurro empezó a salir de la habitación. Aún inentendible, pero cada
vez más claro conforme el cabo avanzaba. Cuando el susurro aparecía, el sonido
del roedor se iba y viceversa. El murmullo tomó forma y el cabo creyó
escucharlo con claridad, parecía la voz de Sara, pero distorsionada, algo
quebrada, como superpuesta por otra voz: "de mi misma sangre, y a mi
sangre, el diablo dentro de mí". La oración se repetía intercaladamente
con el ruido del roedor masticando que crecía en intensidad.
A punto de llegar a la escena, un nuevo sonido irrumpió: el golpe estruendoso de
la puerta principal seguido por el grito desesperado de Ángel pidiendo que la
abran, una vez atrás de la otra, intentando derribarla.
Manuel llegó al living algo mareado, el aire parecía viciado. La vela alumbraba
toda la habitación de manera tenue, la figura de Sara se encontraba en el
centro de la habitación, de espaldas, sentada en el piso en forma de canastita,
con un camisón blanco y los brazos cruzados delante de ella como sosteniendo
algo, hamacando su torso de atrás hacia adelante. El cabo sintió algo húmedo
bajo sus botas, miró ya con un mareo intenso y pudo ver que estaba pisando
sangre. Apuntó con la linterna en dirección a Sara, la luz se apagó por
completo, tanto de la linterna como de la vela. De fondo, Ángel seguía dando
topetazos a la puerta y gritando en busca de respuestas.
En penumbra, Manuel se agachó para tocar a Sara. Vio que ella se agachaba hacia
adelante y pudo sentir con toda nitidez el sonido del mordisqueo que no era
ningún roedor... la mujer tenía entre sus brazos el cuerpo sin vida de su bebé,
completamente cubierto de sangre y lo estaba masticando. Mordió un pedazo del
brazo ante los ojos paralizados de Manuel. Levanto la cabeza y con la boca
repleta de sangre lo miró a los ojos, sonrió y le dijo: "de mi misma
sangre y a mi sangre, el diablo dentro de mí "
Manuel sintió que su cabeza explotaba y cayó rendido al piso. Antes de
desmayarse pudo ver como Ángel derribaba la puerta y entraba a toda velocidad.
Sin mediar palabras le reventó la cabeza de una patada a Sara y le sacó el bebé
de los brazos. Lo último que pudo escuchar Manuel antes de perder del todo la
conciencia fue el llanto desconsolado y desesperado de Ángel pidiendo ayuda y
la carcajada distorsionada de Sara ya tendida en el suelo, paralela a él, mirándolo.
CAPITULO II: Dios no está aquí.

Manuel abrió los ojos, fueron segundos de
desconcierto absoluto. Un pitido fuerte le perforaba los tímpanos, un dolor
insoportable en la cabeza le crecía en intensidad. Se esforzaba por entender
donde estaba, pero una luz blanca lo cegaba por completo. Por un momento hasta
llegó a pensar que se encontraba en una especie de limbo.
-¿Acaso este será el purgatorio y mi vida
entre los mortales llegó a su fin? ¿Todo lo que viví en este último tiempo fue
parte de este proceso? ¿Fue real? ¿Fue un sueño?-
Sin embargo, la imagen de todo lo vivido en
la casona apareció en total claridad en la mente vulnerable del Cabo. El olor,
la sangre, el bebé...la risa de ese demonio...
Fue ahí cuándo Manuel entró en pánico, todo
volvió, sintió que se asfixiaba y soltó un grito de terror mientras se movía en
lo que ya identificaba como una cama.
Un sonido apareció en la escena, una voz...
una voz grave, aguardentosa, calmada. El cabo la reconoció, era la voz del
comisario, quien lo había acogido en sus fuerzas desde el primer día que llegó
a Las Pardelas.
Fabio Alsamendi fue comisario del pueblo
desde muy joven, casi ningún habitante de Las Pardelas recuerda la institución
sin él. Más allá de las tragedias no resueltas, Alsamendi, jamás fue señalado
ni cuestionado. Por el contrario, su porte elegante, e imagen de eximia
pulcritud lo enaltecían entre la gente del pueblo, sobre todo por el público de
la tercera edad, que incluso hasta lo llegaba a aplaudir ante su inusual
aparición por las playas del lugar.
El comisario Alsamendi tenía una forma de ser
muy peculiar, un hombre con un tacto personal casi nulo, incapaz de demostrar
un gesto de cariño o amor, y mucho menos una palabra de aliento. De poco
hablar, escueto y directo en sus enunciados, confiado de sus capacidades. Frío
como el viento sur en el invierno de Las Pardelas.
Manuel identificó el rostro arrugado y
perfectamente bronceado del comisario parado frente a la cama. Seguido de eso
se miró a sí mismo, ahí pudo ver un suero conectado en su brazo izquierdo. El
desconcierto era total y la desesperación lo llevaba a patalear y jadear en la
cama, transitando un temible ataque de pánico.
-Cabo, necesito que se tranquilice- dijo el
comisario mientras se llevaba los dedos índice y pulgar hasta el centro de los
ojos cerrados, con un evidente gesto de frustración, preocupación o cansancio.
-Estamos en el hospital de Arenas Blancas,
usted anoche sufrió un shock traumático, se descompensó y cayó desmayado al
piso golpeándose la cabeza contra el suelo, por eso lo tenemos aquí en observación.
Se despertó varias veces durante la noche y le dieron sedantes para que se
volviera a dormir porque estaba mucho más alterado que ahora- Manuel no paraba
de llorar y moverse en la cama y parecía no escuchar lo que su jefe le
decía.
-Ahora yo lo que necesito es su colaboración-
continuó Alsamendi mientras se sentaba en los pies de la cama -Le cuento
rapidito el panorama. Me llama el jefe comunal a eso de las cinco de la mañana
a mi teléfono personal, me despierta, me dice que hay un revuelo tremendo de
todos los vecinos en la casona Krupsky. Llamo a la comisaría, no atiende nadie,
me apronto en la casona en cuestión y me encuentro con el siguiente panorama:
una mujer inconsciente con un tremendo golpe en la cabeza, un bebé aparentemente
asesinado brutalmente y a medio comer. Usted que era mi hombre de guardia,
desmayado en el suelo y para completar, el oficial Osorio (que nada tenía que
hacer ahí porque no estaba en labores) parado en un rincón mirando toda la
escena en estado catatónico, sin decir una palabra inclusive hasta este
momento-
El poco tacto de Alsamendi y la crudeza en
sus palabras hacían que Manuel sintiese todo el horror recientemente vivido a
flor de piel. Miraba hacia los costados, intentaba encontrar explicación a lo
que había visto y lo único que encontraba era el apático rostro de su jefe presionándolo.
-Cabo, yo lo que necesito es que usted me de
una respuesta, me encantaría tenerla de Osorio, pero es un bloque de hielo. Yo
preciso decirle algo al señor jefe comunal. Por suerte, pudimos taparlo un poco
de la prensa y los vecinos en general. Se sabe que hay un bebé muerto y eso es
lo grave, nada más. Dígame que pasó ahí adentro y yo le prometo que le vuelvo a
llenar el cuerpo de drogas así sigue durmiendo y guardando todo eso que vio-
Cada palabra pronunciada por el comisario era
una pequeña daga de recuerdo en la perturbada cabeza del cabo. Una tras otra
aparecían las imágenes de la traumática noche. Manuel se llevó las manos a los
ojos, presionando fuerte como intentando borrar todo. Tenía que contestarle
algo a su jefe, pero no pudo decir demasiado.
-No se bien que pasó señor. Lo que se vivió
ahí adentro fue un infierno, pero no es una forma de decir. Literalmente fue un
infierno, algo muy malo había ahí, lo sentí desde el momento en que pisamos esa
casa. Yo se que es difícil de entender, pero de verdad se lo digo comisario,
nunca pasé algo así- dijo entre temblequeos y pausas.
-Comprendo que esté en shock, que sea
creyente o que se le hayan metido en la cabeza todas las estupideces del
"pueblo maldito", pero yo necesito saber quien mierda mató a ese
bebé, y quien golpeó a la mujer y la hirió gravemente- dijo el comisario aún
sentado en la cama y perdiendo la paciencia lentamente.
El cabo una vez más se estremeció al escuchar
que nombraban a ese demonio con el que se había topado, a esa bestia que le
había estampado para siempre el peor trauma de su vida. Sin embargo, intentó
mantener la calma un poco más y saciar la curiosidad de su insensible superior,
así que fue escueto para terminar con la conversación:
-Al bebé lo mató la mujer, lo tenía muerto en
brazos cuando entramos, y se lo estaba... bueno, eso, usted sabe. Ella, todo
fue ella. Ángel me acompañó de casualidad, y fue él quien la detuvo, pero ya
era tarde- las lagrimas rodaban por las mejillas de Manuel, quién además
recordaba otras tragedias personales.
Teniendo esa primera información, el
comisario Alsamendi dejó la habitación, sin despedirse de Manuel.
Después de estar dos días internado en observación,
el cabo continuó con la recuperación en su casa, y si bien la recomendación de
los profesionales de la medicina había sido no dejarlo sólo, el pueblo no
contaba con demasiado personal para ponerle un acompañante. El comisario
decidió así, darle licencia por tiempo indeterminado, hasta que el mismo Manuel
decidiera reincorporarse a su puesto.
El cabo transitó su infierno personal en la
soledad de su pequeña casa, durmiendo cortado, de a pocas horas, caminando
entre el living/dormitorio, la cocina y el baño, los únicos ambientes del
hogar. Todo le recordaba a ese momento, la imagen de Sara con su bebé en brazos
volvía una y otra vez, la angustia no le permitía estar despierto sin llorar.
La tristeza y el dolor se transformaron en odio, no hacia la mujer, sino a él
mismo. Las preguntas le caían de a una en su cerebro como alfileres clavándose
en cada segundo de aquella fatídica noche: ¿Y si no tardábamos tanto? ¿Cuanto
tiempo perdimos en la comisaría? ¿Ese bebé es otra víctima de mi cobardía? ¿Que
hago yo trabajando de esto? Si otro policía estaba de guardia ¿esto tenía el
mismo desenlace?
Manuel rompió el espejo de su baño con un
golpe de puño. No podía verse. Casi que no podía ver nada, estar despierto,
tener los ojos abiertos era dolor, del más profundo. Perdió la noción del
tiempo ¿cuantos días habían pasado ya? ¿Cuantos fueron en el hospital y cuantos
en su casa?
Sonó el timbre, chillón, estridente, Manuel
estaba sentado en los pies de la cama mirando el piso. Levantó la vista, fue
lentamente a la puerta, abrió y se encontró con el oficial Soldano, uno de sus
compañeros.
-Uhh Manuel, estás hecho un trapo de piso ¿No
tenes un espejo acá?- preguntó Soldano. Pero Manuel no respondió, solo se miró
la mano con la que había golpeado el espejo, vendada de forma improvisada.
Soldano cambió el semblante que traía, y pasó de intentar animarlo a
contenerlo, entendió que la situación era más complicada de lo que creían. Sin
pedir permiso, entró a la casa de Manuel, este se quedó unos segundos
intentando abrir los ojos en la puerta encandilado por el sol radiante
que no veía hacía bastante tiempo.
Soldano se encontró con un panorama que no se
condecía con la personalidad de Manuel. El desorden era total, platos
acumulados en la mesa con restos de comida, cucarachas subiendo y bajando de
los muebles, ropas tiradas por todos lados y vendas con sangre desparramadas
por doquier. La apariencia del cabo tampoco era alentadora, su siempre
impecable rostro afeitado presentaba en esta oportunidad una barba crecida y
desprolija, y las uñas largas en pies y manos completaban la desoladora escena.
El oficial Soldano tomó rápidamente cartas en
el asunto. Comenzó por abrir las dos ventanas de la casa dejando entrar la luz
natural que tanta falta le hacía a ese lugar y empezó a levantar el desorden.
Manuel no hacía otra cosa que mirar, sentado en una silla. Pero algo en toda
esa situación lo hizo reaccionar, pensó en la bondad de su compañero Soldano
ayudándolo, y automáticamente pensó también en Ángel, se volvió a sentir mal,
en todo su proceso de dolor, Manuel se había sentido completamente egoísta al
no pensar en su amigo, quien probablemente estaba transitando una situación
similar. Por primera vez en días, Manuel habló con otro ser humano:
-¿Y Ángel? ¿Como está él?-
-Bueno tenes voz al menos Manu, ya es buena
señal, pensé que ya no te iba a escuchar más- intentó descontracturar Soldano
mientras juntaba platos y los metía en la bacha.
-Ángel está... no se bien que decirte Manu,
me encantaría decirte que está bien... pero no. Ángel fue a trabajar
inmediatamente el día siguiente al episodio este de Sara- Cada vez que
escuchaba el nombre, Manuel cerraba fuerte los ojos, intentando evitar las
imágenes.
-Nunca se lo vio bien, es como si hubiese
absorbido por completo todo el episodio, no habló con nadie del tema, de hecho,
prácticamente no habló con nadie de nada, estaba como ido, con la mirada
perdida, así parecido a vos, con la diferencia que vos das más pena Manu
(sinceramente) y él... él daba una sensación de miedo, le cambió la expresión
de los ojos, todos sentimos lo mismo, y hace unos días se confirmó. Estaba
patrullando de rutina cerca del bosque y sin motivo alguno le disparó cuatro
veces a un gato que pasó por ahí. Después de eso, Alsamendi decidió quitarle la
reglamentaria y la placa, lo suspendió por tiempo indefinido y lo mandó a la
casa, eso fue hace dos días, más no sé- sentenció Soldano levantando una media
del suelo con la punta de los dedos.
Manuel, inmediatamente intuyó que las cosas
no estaban para nada bien. Él estaba viviendo en carne propia esa especie de
agonía constante, esas ganas de no estar en ningún lado, de desmayarse por
mucho tiempo para no recordar. Supo sin dudas que su amigo necesitaba
ayuda.
El letargo del cabo se terminó en un segundo.
Saltó como si su silla tuviese un resorte, y se vistió en tiempo record (de
manera muy poco elegante). Así, como un civil más, Manuel, salió casi trotando
por la puerta de su casa, olvidando a su compañero adentro, quién
inmediatamente salió atrás, dejando todo lo que estaba haciendo.
La casa de Ángel se ubicaba a unas 6 o 7
cuadras de distancia de la de Manuel, pueblo adentro. Lejos del mar. "El
gordo" como le decían los amigos a Ángel, no era muy amigo de la playa, el
agua y por sobre todas las cosas de mostrar su cuerpo.
Las veredas muy angostas obligaban a los transeúntes
de Las Pardelas a caminar por la calles que en su gran mayoría eran de arena y
tierra. En ese suelo dificultoso, el cabo intentaba mantener el paso firme para
llegar cuando antes a la casa de Ángel. Detrás, sin tanta adrenalina, Soldano
le seguía la espalda, preguntándole una y otra vez que pasaba. Manuel no
respondía y sólo pensaba en llegar y encontrar en buen estado a su amigo.
La vivienda de Ángel se encontraba dentro de
una especie de complejo pequeño. Una puerta grande blanca, al lado una pared
con todos los timbres. Pasando la puerta, un pequeño jardín, y detrás del jardín,
diferentes caminos de cemento conducían a las ocho pequeñas casas del complejo,
cuatro al frente y cuatro detrás.
Manuel miró los timbres, no recordaba cual
era el de Ángel. Sabía que era uno de los departamentos de atrás. Tocó los
cuatro para no perderse en su frágil memoria. Respondió el primero, voz de
varón:
-¿Quién es?-
-¿Ángel?-
-No, Ángel es el 3B-
El cabo no dudó y mantuvo apretado por varios
segundos el botón 3B. Cada instante en el que Ángel no respondía, la
desesperación aumentaba en el pecho de Manuel. Soldano, que no estaba tan
preocupado al comienzo, al ver los ojos cargados de su compañero, comenzó a
comprender que quizás, lo que estos dos policías habían vivido hacía un
tiempo, era muy peligroso para sus propias vidas. Comprendió que el trauma
provocado por aquella escena había escalado a niveles críticos.
-A ver, dejame probar a mí- dijo Soldano
mientras presionaba con más fuerza el timbre, intentando algo inútil.
Mientras tanto, Manuel, zamarreaba la puerta
intentando que se abriera y miraba para arriba a ver si algún techo era
accesible para saltar. Al no conseguir ninguna de las dos y ante la ausencia de
respuestas en el timbre, Manuel tomó la decisión más lógica: agarró de los
hombros a su compañero y lo corrió abruptamente para tocar de nuevo todos los
timbres y pedirle a quien había respondido antes que les abra la puerta
delantera. Pero antes de llegar a presionar los botones, se escuchó un ruido,
ese ruido que indica que del otro lado del aparato hay alguien, una especie de
ruido blanco, y una respiración, era él.
-¿Ángel? ¿Estás ahí?- preguntó Manuel con
cierto tono de desesperación. Pero del otro lado nada se oyó, sólo esa
constante inhalación y exhalación de fondo.
-Ángel, se que estás ahí, soy Manu, por favor
abrime, necesito hablar con vos-
Tras unos segundos más de silencio, por fin
se escuchó la voz de Ángel, con tono pausado y con voz quebrada dijo:
-Manu... no puedo verte. No puedo ver a
nadie. Nadie debe verme...- El cabo intentó interrumpir a su lloroso amigo,
pero este no dio espacio y continuó:
-Eso... lo que estaba ahí, vos lo sabes...
eso entró en mí. Lo sé , lo tengo, me lo pasó cuando me miró a los ojos... ya
nada es igual... esto tiene que morir conmigo.. - se oyó el corte del timbre y
por más insistencia de los oficiales ya nadie respondió.
El oficial Soldano no perdió ni un segundo.
Sacó su radio y llamó a la comisaria para solicitar que manden personal, en
especial una ambulancia, la única del pueblo. En tanto, Manuel, volvió a
presionar todos los timbres, esperando que alguien aparezca y abra la reja para
entrar al complejo.
El sol se iba lentamente allá a lo lejos, por
detrás del mar, y las nubes negras poblaban el cielo amenazando con llover. Esa
lluvia, esa maldita lluvia que se clavaba como alfileres en la memoria del
cabo. El mismo hombre respondió el timbre, esta vez Manuel fue más pragmático:
-Señor, soy el cabo García, necesito que me
abra con urgencia-
-Ya mismo- dijo la voz, y cortó la comunicación.
Manuel movía la pierna de manera eléctrica,
se mordía los labios y miraba el cielo, en una mezcla de plegaria y miedo.
Soldano ya se había comunicado con la comisaria y había solicitado el apoyo
correspondiente:
-Manu, ya hablé, la ambulancia está
disponible y viene para acá, pero tranquilo que va a estar todo bien, Ángel
debe estar asustado, es lógico que actúe así- dijo mientras apoyaba su mano en
la espalda del cabo.
-No, no entendés, esto es más que estar
asustado, es otra cosa es... ahí viene- Manuel se interrumpió a sí mismo viendo
que el vecino de Ángel venía a abrir la puerta.
-Pasen oficiales ¿ocurre algo?- preguntó el
vecino mientras se cubría la cara con la palma de la mano para no mojarse con
las primeras gotas de aguas que ya caían sobre el crepúsculo.
Manuel ni siquiera atinó a responder. Les
pidió, tanto al vecino como a Soldano que se quedaran afuera y entró al trote
en el complejo. El sol parecía irse con más rapidez que otras veces y cada paso
que hacía el cabo García oscurecía más el camino. Llegó a la puerta de Ángel,
una puerta de madera y una ventana del mismo material al lado, todo cerrado.
Manuel miró el cielo, se persignó, le pidió a Dios no volver a pasar por nada
parecido a lo que vivió en casa de Sara, le pidió por su amigo, se mojó la cara
con la lluvia que ya caía con más intensidad.
Golpeó la puerta una vez y llamó a su amigo,
no obtuvo respuestas. Esta vez no iba a perder tiempo, ni mucho menos iba a
dejar que la cobardía se apodere de él, sin dudarlo demasiado tomó cuatro pasos
de carrera y envistió con todo su cuerpo la puerta que se abrió por completo.
El departamento de Ángel era muy pequeño,
cocina y comedor en la entrada, una puerta al dormitorio y otra al baño. Lo
primero que percibió Manuel fue un olor nauseabundo, a putrefacción. El
ambiente estaba casi en oscuridad, un velador pequeño iluminaba a duras penas
la habitación desde una mesa pequeña frente al televisor allá en el final del
living. De frente al velador y el televisor un sillon de un cuerpo color gris
topo con respaldo alto, que le daba la espalda a la entrada y por ende a la
visión de Manuel. Ángel era muy alto, y por eso, por encima del respaldo,
asomaba una parte de su calva cabeza. Los brazos de Ángel caían uno de cada
lado del sillón y parecían sostener algo.
Manuel supo que obviamente algo no andaba
bien, Ángel no se movió ni con el estruendo de la puerta derribada. Esta vez se
acercó rápido, no quiso ni siquiera pensar. Apretó fuerte los dientes y una vez
más, esta vez en silencio, le pidió a Dios un milagro. Antes de llegar al
sillón, en los últimos metros, vio una de las paredes del living que estaba
escrita con lo que parecía ser un fibrón negro, a modo de respuesta a sus
plegarias: "Dios ya no está aquí". Las paredes parecían tener más
escrituras, pero sólo esa fue captada por la momentánea visión del cabo.
Al llegar al sillón, Manuel vio sangre, por
todo el suelo, en especial debajo de la mano izquierda de Ángel. Rodeó la
escena, lo miró de frente, y una vez más se encontró con el horror: el cuerpo
de su amigo sin vida y mutilado. El rostro sin ojos, sangre saliendo de las
cuencas, la boca extremadamente abierta y la cabeza apenas torcida hacia el
lado izquierdo. En el cuello un corte de lado a lado y con demasiada
profundidad, aún la sangre chorreaba a borbotones. En la mano derecha, una
cuchilla de carnicero, en la izquierda, algo apretaba... eran sus propios ojos.
El torso y las piernas desnudas completamente rojas, apenas el blanco de su
ropa interior hacía el contraste.
Manuel corrió nuevamente hacia afuera, no
pudo contener el asco, se arrodilló y vomitó sobre la entrada de la casa de
Ángel. El agua ya caía con fuerza y se llevaba todo. La mirada del cabo
permanecía en el piso, respiraba profundo y temblaba, aún no le salía el
llanto, ni el grito de auxilio, nada. Sintió como algo dentro suyo se movía con
fuerza, tuvo miedo, asco, dolor. Soldano entró corriendo al complejo, vio al
cabo tirado en estado de shock e inmediatamente enfiló en dirección a la casa
de Ángel. Aún en el estado que estaba, la preocupación por los demás afloró en
Manuel, se reincorporó y puso la mano en el pecho de Soldano. Movió la cabeza
de un lado a otro, sin poder hablar, pero intentando de todas las maneras que
su colega no ingresara a ver lo que había adentro. Soldano preguntó una y otra
vez que pasaba, pero Manuel no podía hablar, solamente negar con la
cabeza.
Una hora más tarde, con la penumbra nocturna
ya instalada en el pueblo, el comisario Alsamendi recibió un llamado en su
despacho que decía que algo terrible había ocurrido con el oficial Osorio.
Alsamendi era un hombre muy frío, en ese momento sintió algo de pena por el
hombre, pero más aún sintió que la calma del pueblo se le iba de las manos, y
que él era el responsable.
Al comisario no le gustaban los tiempos
muertos, detestaba estar sin hacer nada, sabía que si se dirigía de inmediato a
la escena del hecho iba a tener que esperar a que llegaran forenses, peritos, y
todo el circo burocrático, por eso prefirió usar ese tiempo para comunicarse
con el jefe comunal para ponerlo al tanto de la situación.
Alberto Canelo llevaba dirigiendo
institucionalmente a Las Pardelas por más de veinte años ininterrumpidos. Él y
el comisario Alsamendi eran muy amigos, compartían tiempo juntos, hasta
vacacionaban a los mismos destinos con sus familias. La relación era de mutuo
respeto y admiración, sin dejar de decirse las mayores verdades profesionales,
aunque estas, sean críticas de lo más hirientes.
Canelo no se salía mucho del estereotipo de
político clásico. Siempre de traje (gris por lo general, para combinar con su
cabello) sonriente, saludando a cada uno de los habitantes de su pueblo, y
tremendamente fotogénico. Además, el jefe comunal siempre estaba acompañado de
su perfecta familia de revista: mujer fitness diez años más joven, hijo varón e
hija mujer.
El hombre no estaba manchado por ningún hecho
de corrupción, o al menos no se le conocía nada. Tenía más el perfil de quien
deja pasar la mugre por un costado y se hace el distraído. Su principal defecto
era el irracional amor que sentía por su pueblo. Alberto era capaz de cualquier
cosa con tal de mantener limpio el nombre de Las Pardelas. Era inmensamente
feliz en la temporada turística. De chico soñaba con ser jefe comunal, luchó
hasta que lo logró. Por desgracia, por destino o por casualidad, desde su nombramiento,
las desgracias que acompañaban al pueblo se habían intensificado, y eso no lo
dejaba dormir.
Fabio Alsamendi sabía que Canelo solía
trabajar hasta tarde, a veces recorriendo las calles y otras en su despacho.
Intentó primero comunicarse allí, pero nadie respondió. Llamó entonces a su
domicilio, allí, sorprendentemente lo atendió:
-Hola-
-Hola Alberto ¿como le va?- aunque tenían una
relación personal muy estrecha, el jefe comunal y el comisario no se tuteaban,
tenían la idea que era desprolijo hacerlo frente a la gente, y para no perder
la costumbre, no lo hacían tampoco en la privacidad.
-Fabio... acá estamos. Me encontró en mi casa
de casualidad, recién entro. Espero no me llame por malas noticias...-
-Temo que si, Alberto. Otra desgracia...-
-¿Que pasó ahora?- preguntó con resignación
el jefe comunal.
-El oficial Osorio, uno de los que estuvo
presente en la casona Krupsky, parece que se suicidó en su casa. Y antes que me
diga que eso no es tan grave, debo decirle que aún no tengo los detalles
exactos, pero le aseguro que cuando los tenga, no los va a querer saber. Por lo
que se, es traumática la escena-
-La puta madre... otra vez esto. Bueno vamos
por parte Fabio. Necesito que vaya para allá y controle todo usted, me imagino
que va a llegar el equipo forense de Arenas Blancas o de la Capital, yo voy a
hablar con el intendente y el gobernador para tenerlos avisados de lo que pasó
y que por favor nos ayuden a guardar el hermetismo. Usted encárguese de todo
ahí en la escena, haga lo que tenga que hacer para que todo sea manejado con
discreción ¿Estamos bien?-
En momentos críticos, la amistad entre Canelo
y Alsamendi quedaba a un lado y los rangos jerárquicos prevalecían
necesariamente.
-Perfecto. Ya mismo salgo para allá, si
quiere lo mantengo al tanto más tarde-
-Por hoy no me llame, voy a estar ocupado con
esos llamados a mis colegas y después intentaré descansar. Lo espero mañana a
primera hora por mi despacho y nos ponemos al tanto con un café-
-Que así sea. Hasta mañana-
-Hasta mañana-
El comisario llegó una hora más tarde a la
escena. Para su sorpresa, las cosas no estaban como él las esperaba: una cinta
de precaución rodeaba unos cinco metros la entrada al complejo. Dos patrulleros
con luces encendidas en el medio de la calle y un grupo de cinco vecinos
curiosos intentando enterarse de que se trataba la situación.
Susana, una de las habitantes más longevas de
Las Pardelas, quien había sido la autora de la llamada de alerta por lo
ocurrido en la casa de los Krupsky, tomó la delantera y abordó al comisario con
dramatismo:
-¡Fabio, Fabio! Que tranquilidad verlo por
acá, por favor dígame que pasa. ¿Que es todo este circo? Se ven las luces de la
policía hasta en la playa-
Alsamendi, pragmático y políticamente
correcto, fiel a su estilo, inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos en
señal de preocupación, pero no por la situación, si no por la señora Susana.
-Susanita, disculpe el lío que le han armado
estos hombres, debo decirle que la mayoría son los vecinos de Arenas Blancas,
no son pardelences- esto último lo dijo en un cómplice susurro- Usted no se
preocupe por nada. Le voy a ser completamente sincero, sabe que soy incapaz de
mentirle, uno de nuestros oficiales aparentemente se descompensó en su hogar y
falleció. Y como justo es uno de los muchachos que estuvo hace un tiempo ahí en
el episodio de la casona, bueno, se desarrolló todo este protocolo innecesario.
Repito, no se preocupe, ya mismo yo me encargo de desbaratar todo esto-
Susana mostró un claro gesto de devoción por
ese hombre, por el protector del pueblo. No obstante, acto seguido se llevó las
manos a la boca, reaccionando a la información completa que había recibido:
-¡Ahhhh, no me diga que Ángel!- dijo, atando
cabos
-Si, el pobrecito de Ángel. Una tragedia.
¿Vio que era un hombre con claros problemas de salud? Bueno, lamentablemente
tuvo el peor final-
Ante el silencio y la sorpresa de Susana,
Alsamendi aprovechó y agregó:
-Yo lo que necesitaría pedirle a usted, que
colabora siempre de la mejor manera, es si puede dispersarme al resto de los
vecinos. Yo la autorizo a que les de la información que acabo de darle. Así de
a poquito dejamos todo como estaba-
-Enseguida Fabio, ya los saco a todos- dijo
Susana alejándose en dirección el resto de los civiles.
El comisario ingresó en el complejo con su
mejor cara de pocos amigos. El primero en recibirlo fue Soldano. Corrió desde
donde estaba para intentar ponerlo al tanto de todo.
-Comisario, disculpe el desorden, los
muchachos de Arenas Blancas llegaron y...-
-Me importan un carajo los muchachos de
Arenas Blancas o de donde sean, esta es mi jurisdicción, y usted sabe bien que
al jefe comunal no le gusta la parafernalia, ya vamos a hablar más adelante de
esto. Primero necesito ver la escena. Y necesito saber quienes están realmente
enterados de lo que pasó aquí adentro- Alsamendi hablaba bajo para no alterar
aún más la situación, sin embargo, su voz era tan grave y profunda que se entendía
con suma claridad cada palabra.
-Lo que hay adentro lo vio el cabo Juan
Manuel García solamente. Bueno, y ahora el equipo que está haciendo los
peritajes correspondientes, nadie más-
-¿Usted no vio la escena, Soldano?-
-No señor, yo iba a entrar justo después de
García pero él me frenó y me dijo que no entrara-
-¿Y usted recibió y acató órdenes de un
cabo?- preguntó Alsamendi sin cambiar un sólo músculo de su cara.
-No fue una orden señor. Intuyo que García no
quería que yo viera lo que había adentro. Me pareció prudente quedarme con él
afuera, me dio miedo dejarlo solo. Lo vi mal-
Alsamendi puso su mano en el hombro de
Soldano y cuando parecía que por fin iba a soltar una palabra amable dijo:
-Estas cosas me pasan solamente a mí. Si lo
cuento no lo creen. Lléveme con García por favor, a ver que me puede decir-
El cabo estaba sentado en un lateral del
complejo, sobre un cantero que resguardaba unas frondosas plantas verdes que
cumplían la función de decoración. La mirada al frente, y la mandíbula
apretada.
-García ¿me puede contar algo que pasó?-
preguntó el comisario mientras movía la cabeza intentando encontrar la mirada
de su subordinado.
Manuel no movió la vista, no respondió a la
pregunta, no hizo absolutamente nada. Parecía una de esas performances de
estatuas vivientes que se podían ver en la peatonal del pueblo en la temporada
de verano.
-Bueno, parece que no va a decir nada el
cabo- dijo Alsamendi enfilando hacia la casa de Ángel y dándole la espalda a
Manuel. Se detuvo un momento y por fin, mostró un ápice de compasión. Sin
mirarlo, le dijo:
-No va a estar solo cabo, ni un segundo. Esto
no es culpa suya, va a salir adelante. Cuenta con todo mi apoyo, tómese el
tiempo que necesite-. Ante esas palabras, Manuel, apenas movió las pupilas.
Antes de ingresar a la casa, el comisario le
realizó a Soldano una última consulta:
-Es grande el complejo este. ¿Cuantos
departamentos son?-
-Ocho, señor. Son cuatro los de aquí atrás y
cuarto los de adelante-
-¿Cuantos había ocupados en el momento que
ocurrió esto?-
-Solo dos. El de Ángel y un vecino, dos casas
al lado. El vecino se llama Alejandro, y es ese señor canoso que está allá
parado junto a la oficial Gutiérrez. Dice que no vio ni escuchó nada. Fue quien
nos abrió la puerta de ingreso al complejo. Colaboró hasta donde se le pidió.
Es propietario de su departamento aunque no vive regularmente acá, vino a pasar
unos días. El resto de los departamentos se alquilan en temporada, estaban vacíos-
-Por fin una buena- susurró el comisario
sacando un pañuelo del bolsillo de la camisa y llevándolo a su cara, tapando
boca y nariz, preparándose para ingresar.
El interior del departamento estaba
exactamente como lo había encontrado Manuel, apenas un poco más de luz,
ejercida por las lámparas de los forenses que despejaban la escena. Las
primeras luces apuntaban a las frases escritas en la pared: "No me
vean" "Dios no está aquí" y la que más llamó la atención de
Alsamendi: "De mi misma sangre y a mi sangre. El diablo dentro de
mí". Fabio se quedó mirando esta última, y recordaba que era una frase que
le oyó decir a Ángel previamente y que este repetía que la había oído de Sara.
Alsamendi avanzó más y se encontró con el
nauseabundo espectáculo del cadáver mutilado de Ángel. Soltó un comentario
inoportuno sin receptor designado:
-Bueno, parece que este tampoco me va a decir
nada- tras una leve recorrida visual agregó: -¿Que hiciste, gordo trastornado?-
Uno de los peritos que trabajaba en la escena
se vio en la obligación de intervenir en la conversación que el comisario
parecía mantener con el muerto, y decidió brindarle algo de información:
-La causa de la muerte es la pérdida de
sangre. Es un poco complicado aún tener una conclusión exacta, el cadáver está
muy maltratado, las condiciones no son las mejores, pero podemos asumir que el
hombre se sacó los ojos con el cuchillo que tiene en la mano derecha y luego se
cortó la garganta de lado a lado. En medio de todo ese proceso (aun no tenemos
claro en que momento) se pintó con sangre esa cruz en el pecho. Por el tiempo
que nos dijo Soldano que tardaron entre que contestó el timbre e ingresaron, la
muerte fue bastante rápida, no por eso menos sufrida. Parece una locura, de
hecho lo es, pero al no haber signos de alguien más adentro del hogar, es lo
único que podemos esbozar hasta el momento-
-Bueno, imagino que ya terminaron todo ¿no?
¿Les queda algo más acá?-
-No, ya estamos terminando. Ahora vamos a
trasladar el cuerpo al centro forense de la Capital y vamos a hacer una
autopsia más profunda-
-Muy bien. Cuando la tengan, me la envían por
fax- dijo Alsamendi. Luego levantó la voz para hacerse oír por toda la gente
que estaba trabajando en el lugar: -¡Todos afuera, se reúnen conmigo!-
Si bien Alsamendi era el comisario de un
pueblo muy chico, era también el protegido de Canelo, el jefe comunal, quien a
su vez era el protegido del gobernador. Por una cadena tácita de mandatos,
todos obedecían al comisario de Las Pardelas. Lo que se puede simplificar con
la palabra "poder".
El comisario se paró en la salida del
departamento de Ángel y todo el personal (a excepción de Manuel que no se movía
de su lugar) lo rodeó en un semi círculo contra la entrada. En un tono calmo y acompañándolo
de una exagerada gesticulación de manos les dijo:
-Esto que vieron no debe salir de acá. Hagan
su trabajo, nadie les pide que mientan, pero sí se les pide, abiertamente, que
omitan información a quien no se las pida. Pueden decir que el hombre murió,
pueden decir que el hombre se suicidó, me es indistinto, lo que nadie, ajeno a
nuestro equipo, puede conocer, son los detalles. Ahora lo tapan completo y lo
sacan sin que nadie lo vea. Si por alguna razón, alguien que no debía saber lo
que aquí ocurrió, viene y me brinda detalles que no debía tener, yo, meto todos
los nombres de ustedes en una bolsa, saco uno al azar, le reviento un sumario y
lo mando a trabajar a la concha de la lora con un sueldo de 2 pesos. ¿Estamos
de acuerdo?-
-Si, señor- respondieron todos, casi al
unísono.
-Perfecto, gran trabajo, vayan nomás- cerró
el discurso Alsamendi cuando la gente ya se dispersaba.
Por último, antes de retirarse, el comisario
le pidió a Soldano que lleve a Manuel a su casa, que se instale ahí y que no se
mueva de al lado ni por un segundo. Además le agregó que todos los días se
comunique a su despacho para pasar un informe de como seguía el hombre.
Alsamendi se subió a su Peugeot 206 color
azul metalizado (uno de los pocos autos que circulaban por el pueblo fuera de
temporada alta), desapareció detrás de los vidrios polarizados y partió rumbo
al hogar que compartía con su esposa en la entrada del pueblo, lejos de todo, a
unas 30 cuadras del mar.
Llegó cerca de las tres de la mañana, guardó
su auto en la cochera, entró a la casa, se sirvió un vaso de agua que bebió de
un solo trago, subió las escaleras y entró con mucho cuidado en la habitación,
procurando no hacer demasiado ruido y así no despertar a Graciela, su esposa,
quién todas las mañanas se levantaba a las 6 para viajar hasta Arenas Blancas,
donde tenía una exitosa inmobiliaria.
Fabio se sentó sobre los pies de la cama, se
desvistió silenciosamente, colgó sus prendas en el armario y se metió
cuidadosamente bajo las sábanas. Pocos segundos después, abrazó a su esposa por
detrás, cerró fuerte los ojos, apretó los labios y rompió en un silencioso
llanto. Graciela pudo sentir el pecho agitado de su marido, se despertó y se
puso boca arriba. Alsamendi se recostó sobre su pecho y dejó salir aún más
fuerte su lamento.
-¿Tan fea está la cosa?- preguntó Graciela,
acostumbrada a consolar a su marido.
-Muy fea mi amor, peor que nunca- fue todo lo
que pudo esbosar Fabio, temblando como una hoja. Tras un largo tiempo
recibiendo el afecto de su amada, pudo conciliar el sueño, al menos un rato.
A primera hora del día, tal y como habían
pactado, Alsamendi se reunió con el jefe comunal en su despacho, y lo puso al
tanto de todo. Tras escuchar los escabrosos detalles, Canelo sólo insistió en
la misma idea:
-Necesito que controle esto, Fabio. Por
favor, hable con su gente, deles una charla motivacional, agrande su plantel de
oficiales si es necesario, pero no permita que esto se repita ni que se
sepa. Por suerte yo hablé con el intendente de Arenas Blancas y ya está todo
arreglado, la autopsia fue rápida y discreta. El muchacho este no tenía familia
más que una hermana que vive en el norte y ni va a venir a averiguar nada.
Ahora usted haga su parte y dejemos de una vez por todas todo esto atrás-
Alsamendi se sorprendía de la frialdad de
Canelo para tratar el tema, sin embargo coincidía, y en algún punto, hasta lo
admiraba. Antes de dejar el despacho, Canelo, le dijo algo más:
-Por amor de dios Fabio, no deje solo ni un
segundo al cabo ese que ya viene de dos tragedias. Le diría más, si puede,
intente transferirlo a otra ciudad-
Alsamendi decidió ir directamente a la
comisaría y no a su despacho personal que se encontraba a unas pocas cuadras de
la misma, esto no refería a ningún aire de grandeza del hombre, simplemente era
una cuestión de espacios, la comisaría era realmente muy pequeña.
Al llegar, vio que lo estaba esperando la
oficial Gutiérrez en la puerta, lo cual no era una buena señal. Alsamendi
estacionó su auto casi en el medio de la calle y se bajó rápido. A esa hora el
sol se encontraba bien encima del pueblo, y el viento soplaba con intensidad.
El comisario se acercó a la oficial con su traje inmaculado y sus gafas de sol.
Se paró frente a ella, que entrecerrando los ojos para evitar la arenilla del
aire le dijo lo peor que podía escuchar: "Comisario, tenemos otro chico
desaparecido".
CAPITULO III: HAMACAS

-Comisaria de Las Pardelas, buenos días, soy
la oficial Mariana Gutiérrez ¿En que puedo ayudarle?-
-Hola Mariana, soy Soldano, llamaba para
pasar el parte del día de Manuel-
-Ahh ¿que haces Martín? ¿Como sigue eso? Te
digo que tenes una suerte bárbara de estar ahí, acá estamos invadidos por el
caos, todos con la soga al cuello, Alsamendi que no se ni cuando duerme, tres
días desde la denuncia de la desaparición del chico y ya trabajamos más que en
tres años, pero bueno. Decime-
-Me imagino, ya igualmente en unos días me
voy a reincorporar, no creo que me dejen mucho tiempo acá, más aún con todo
esto que pasa. Y Manu... bueno, Manu está acá sentadito al lado mío y sigue
igual: come, se baña, se lava los dientes, hace sus necesidades, duerme
bastante, pero sigue sin decir una palabra. Así qué, no se, supongo que ya se
le irá pasando y hablará-
-Bueno, mandale un saludo, decile que acá lo
extrañamos y nos hace falta. Decile que se recupere rápido que nadie hace los
mates como él-
-Le digo, seguro le va a hacer bien. Saludos
Mariana-
-Adiós-
Soldano cortó el teléfono, y de espaldas a
Manuel comenzó a relatarle los saludos de su compañera. Cuando se dio vuelta
para mirarlo, lo tenía parado a medio metro, mirándolo con los ojos bien
abiertos. Soldano dio un pequeño salto hacia atrás, y antes que pueda
reaccionar, el muchacho, por fin, habló:
-Necesito ir a la iglesia-
-¡Manu, que alegría escucharte otra vez!- respondió
rápidamente Soldano con tono festivo pero incómodo. Luego agregó: -¿A la
iglesia? ¿La parroquia del padre Miguel?-
Manuel asintió con la cabeza, y por primera
vez, cambió algo su expresión. A simple vista, parecía que detrás de ese hombre
abatido, crecía una pisca de esperanza. Soldano no lo dudó ni un segundo, nada
podía haber de malo en el pedido de su compañero. Se alistaron rápido y
partieron caminando en dirección a la plaza principal, donde se encontraba la
parroquia y la casa comunal, la comisaría por cuestiones de desorganización,
estaba a dos cuadras de allí.
En el camino, Soldano intentó charlar con
Manuel, le preguntó por que quería ir a la iglesia y como se sentía, pero el
cabo no respondía con palabras. De todas maneras, el panorama era alentador,
porque conforme avanzaba la caminata, y el objetivo estaba más cerca, la
sonrisa de Manuel crecía. Hasta en un momento llegó a palmear en la espalda a
su compañero, intentando demostrar a su manera el entusiasmo.
Cuando llegaron a la plaza, y solo debían
cruzar la calle para llegar a la parroquia, Manuel corrió, con suma urgencia de
llegar. Soldano corrió detrás, pero sin tanta prisa, pudo intuir que su
compañero estaba emocionado y que no había necesidad de entrar en pánico. Al
llegar a la puerta, el cabo arqueó su espalda hacia atrás y se frenó, como si
algo o alguien lo hubiese agarrado de la camiseta. Manuel entonces se asustó,
retrocedió dos pasos. Soldano lo alcanzó y le preguntó si estaba bien, el cabo
inhaló profundo y cerró los ojos buscando calma, intentó centrarse, una vez más
tuvo que vencerse a sí mismo. Apoyó la mano en la puerta doble de madera y
abrió.
La parroquia era muy pequeña, apenas diez
bancos de tres metros cada uno, el altar y una pequeña imagen de Cristo en la
cruz. No se necesitaba más que eso, la gente de Las Pardelas no parecía ser muy
creyente, de hecho, en ninguna misa se llegaron a llenar esos diez
bancos.
En el tercer banco estaba sentado el padre
Miguel, quien ya con sus 85 años, estaba dando sus últimas misas. No mucha
gente conocía realmente al cura, era un hombre solitario, casi no salía a las
calles y no tenía demasiado contacto por fuera de las ceremonias religiosas.
Sin embargo, Manuel ya había hablado algunas veces con él. El cabo era un
hombre muy creyente, y cuando lo necesitaba, acudía.
Al abrir la puerta, la luz del sol invadió
por completo la lúgubre parroquia. Miguel giró medio cuerpo para intentar ver
quien ingresaba tan sorpresivamente un día martes a esa hora en su templo. Se
hizo visera con la mano y recién pudo divisar al cabo cuando ya lo tenía a unos
metros.
Manuel se persignó con la mano un poco
temblorosa, mirando el símbolo religioso que se presentaba en el altar.
Agitado, miró al cura, se sentó a su lado, y sin que el hombre diga una
palabra, se fundieron en un abrazo. Miguel supo que el cabo lo necesitaba más
que nada en el mundo. El párroco ya estaba en una situación física muy frágil,
además que era muy pequeño de estatura, por eso, Manuel, de manera inconsciente,
lo abrazó suave, no pudo descargar toda la angustia en la fuerza del contacto
humano.
-¿Que le ocurre, hijo mío?- susurró con un
hilo de voz el padre Miguel mientras el abrazo se desarmaba lentamente.
Manuel intentaba afirmarse en su propia
persona, ponerle un dique a su llanto y poder hablar. Después de unos segundos
en los que el silencio de la iglesia se hizo dueño del momento, pudo hacerlo:
-No se como seguir, padre. Me siento mal.
Siento que todo en mí está fallando. Que desde que se fue Clarita, algo me
persigue- cortó su relato unos segundos para limpiarse la nariz y terminar de
calmar el llanto, siguió: -En realidad siento que ahí me empezó a perseguir,
que algo se hizo parte de mí y no me va a soltar. Siento que no soy yo, que soy
otra cosa, tengo visiones, recuerdos, hasta hay momentos del día que tengo
imágenes borradas, siento que me desmorono...- Miguel intentó interrumpir con
su frágil voz, pero Manuel pareció no escucharlo, y continuó con su relato,
incluso aun más fuerte. Su voz retumbó con ese eco particular de las iglesias:
-Vine a este pueblo pensando en dejar todo
eso atrás, pero no sólo me persiguió, sino que se multiplicó. No puedo dejar de
pensar que todo lo que pasa aquí lo traje yo. Muertes, desapariciones,
calamidades, es tan espantoso... siento que lucho con algo invencible, no tengo
más fuerzas...- apoyó los codos en sus rodillas, luego la cara sobre sus palmas
y nuevamente dejó salir las lágrimas.
El padre Miguel apoyó su mano en la espalda
del cabo, no sólo para intentar brindarle un gesto de consuelo, sino también
para que éste entienda que iba a hablar, a su tiempo y con sus fuerzas.
-Hijo, lo que dice es abrumador y tormentoso,
créame que lo entiendo. Pero con la ayuda del señor y con su propia fe, nada es
invencible, todos pueden salir adelante. Dejeme decirle además, que este pueblo
está maldecido desde mucho antes de su llegada. He vivido aquí toda mi vida, y
he dedicado todos mis días de sacerdocio a intentar guiar a todo este rebaño,
pero no he podido, la lucha contra la corriente me ha agotado, y ya son mis
últimas brazadas- bromeó- De todas maneras, lo que sí me inquieta un poco es lo
otro que me cuenta. Esto que siente que está adentro suyo, que crece, los
episodios en blanco, las visiones. Todo eso es mala señal, además, tengo
entendido que usted estuvo expuesto a situaciones muy oscuras, lugares de mucho
mal... dígame ¿Esto se repite muy seguido? ¿Ha tenido usted impulsos violentos?
¿Ha sentido que toma acciones o dice cosas que en otras circunstancias no haría
o diría?
Manuel se reincorporó lentamente, miró el
frente a un punto fijo, frunció el ceño intentando pensar, luego miró al padre
con la expresión que ya mostraba algo de miedo:
-No...creo que no. Yo no soy perfecto...-
Nadie lo es- interrumpió Miguel- No, claro, nadie-Pero lo que si puedo
estar seguro es que no he sentido impulsos de maldad, eso nunca, mi meta sigue
siendo hacer el bien, cuidar del prójimo-
-Bueno, entonces quizás estemos a tiempo de
tratar su situación y la del pueblo. Encontraremos la luz, estoy seguro, creo
saber como. De momento, le pido por favor, que se mantenga acompañado y lejos
de los casos de la policía. Yo me encargaré de ayudarlo-
-¿Que va a hacer padre?-
-¿Yo? No, yo nada hijo- rió y se ahogó un
poco tosiendo - Yo ya estoy muy grande. Pero conozco a alguien muy especial
para esta situación, es un viejo amigo mío, hicimos teología juntos, hoy en día
es un hombre muy importante en el Vaticano, aunque su nombre no está muy a la
vista. Es...digamos que es un sujeto muy especial, ha salvado a mucha gente. Ha
curado a mucha gente. Debería escribirle una carta, siempre nos mantuvimos al
tanto, y él siempre tuvo entusiasmo de venir a conocer el pueblo, creo que este
es el momento indicado. Cuando se lo explique, va a tomar el primer vuelo,
estoy seguro-
-¿Es un exorcista?- preguntó Manuel, alejándose
un poco, con temor.
-Si, podría serlo. Creo que lo es, no estoy
muy seguro. Es especial, ya lo va a conocer, y él se va a encargar de
explicarle todo, ¿está usted de acuerdo en que lo contacte? ¿Está dispuesto a
dejarse ayudar por él?-
-Estoy completamente perdido padre, dispuesto
a todo. No tengo nada que perder-
Manuel se levantó del banco y se dirigió a la
puerta. Antes de irse, oyó que el cura decía algo más:
-Manuel... rece diez padre nuestro y diez ave
María todos los días-
El cabo lo miró, forzó una mueca de sonrisa y
salió.
Afuera lo esperaba Soldano, quien al ver que
su compañero hablaba con el párroco, decidió no interrumpir. Vio que salía con
otro semblante, con un poco más de color, con algo más de vida. Mientras
cruzaban a la plaza, Soldano le preguntó:
-¿Querés que charlemos Manu?-
-Bueno. Vamos a sentarnos en las hamacas-
respondió el cabo enfilando hacia el juego, sin dejar mucho espacio a la
negativa. Se sentaron y por primera vez en mucho tiempo tuvieron una
conversación..
-¿Como estás?- preguntó Soldano.
-No sé. Sinceramente. Lo que me pasa es difícil
de explicar. Ahora que hablé con el padre estoy un poco más tranquilo. Aunque
coincidió conmigo en que necesitaba ayuda, y no un psicólogo ni ningún tipo de
terapeuta. No se, me dijo que iba a contactar a un amigo suyo, que
aparentemente es un tipo medio especial, y que va a venir a ayudarme. Es raro,
pero en este momento todo me sirve. No tengo otra opción que confiar-
-Pero Manu... ¿Que es lo que te pasa? Yo soy
muy respetuoso, estuve todos estos días cuidándote e intentando levantarte el
ánimo. Pero ¿Que es lo que sentís?-
Manuel guardó silencio, se movió de un lado
al otro en su hamaca, como haciendo un semi círculo con su cintura. Miró el
piso y la arena de la plaza volando, suspiró, se mostró perdido en la
conversación. Luego de unos minutos en donde sólo se oían las aves cantando, el
cabo soltó un intento de risa y sin mirar a su compañero le dijo:
-¿Podes creer que nunca aprendí a hamacarme?
De verdad te digo, mi viejo nunca me enseñó, y después cuando iba a la plaza
con mis amigos me daba vergüenza contarles que no sabía, así que evitaba
acercarme al juego, siempre dije que no me gustaba, y en realidad me encantaría
probar la sensación-
Nuevamente el silencio se presentó en la
escena. Manuel evidenciaba un claro temor a hablar o quizás, a su manera, decía
más de lo que podía, pero de maneras alternativas. Soldano no lo llegaba a
comprender del todo, sin embargo, hacía un gran esfuerzo por acompañarlo. No
supo bien que hacer en ese momento, así que respondió con toda su sinceridad e
inocencia:
-No es tan complicado. Hay que hacer fuerza
con el cuerpo y las piernas, cuando vas para adelante...-
-Ya sé como es la técnica, me la explicaron
varias veces. Pero no sé, siento que me da vergüenza intenrarlo. Hay edades
para todo, creo que me tengo que asumir como alguien que no se sabe hamacar, ya
está-.
-No estoy tan de acuerdo, yo decidí ser
policía hace dos años, cuando tenía 33, y mirá que ser policía no es un juego.
Pero siempre hay tiempo para animarse-.
Los dos se quedaron callados mirando al
frente. Soldano tenía pocas luces y también pocos filtros, no era un hombre que
se tomaba mucho tiempo para pensar si lo que tenía para decir estaba correcto.
La mayoría de las veces una característica así puede meterte en un problema, o
generar incomodidad, otras veces puede ser una salida rápida a un callejón sin
salida. En esta oportunidad, la falta de consideración de Soldano sirvió para
encontrar una de las puntas de el manojo de hilos que tenía anudado Manuel.
-Manu ¿que carajo tiene que ver el tema de la
hamaca con lo que veníamos hablando?-
Manuel, una vez más, pero está vez de una
manera más sincera y espontanea, sonrió.
-Todo tiene que ver con todo, Martín- al
pronunciar esas palabras, algo volvió en el cabo. Siempre fue un hombre muy
intuitivo, muy perspicaz, si aún tenía un rango bajo en la fuerza no era por su
falta de capacidades, si no por su nulo interés en el poder. Lentamente se
empezó a parar de la hamaca, miró a Soldano y repitió pero esta vez en forma de
pregunta:
-¿Todo tiene que ver con todo?-
El pobre de Soldano que no paraba de
sorprenderse con las actitudes de su compañero, otra vez, respondió con la
inocencia que lo caracterizaba:
-No se Manu. Yo te había preguntado como estabas
y vos saliste con todo este tema de la hamaca. Yo no veo que tenga mucho que
ver-
-No es eso, Martín. Digo en la vida en
general, hay veces que las conexiones están ahí, escondidas pero a la vista.
Mirá, pensemos un segundo ¿cuantas chances hay de que todo lo que está pasando
no tenga ningún tipo de relación? Gente que se suicida, que mata a sus bebés,
chicos desaparecidos. Todo eso además rodeado de un marco completamente
perturbador. Yo creo que de alguna manera todo tiene que tener una conexión, no
estoy tan convencido del cuento ese del pueblo maldito, es muy reduccionista-
Manuel, casi sin darse cuenta, habló de Sara
y de Ángel con todas las letras, sin eufemismos y sin visiones que lo persiguieran.
Sin detalles, pero al menos los nombró. Soldano notó eso, y se entusiasmó:
-Puede ser que tengas razón Manu ¿que
propones?-
-Necesito ir a la comisaria. Hablar con
Alsamendi, ponerme al tanto de la situación, creo que necesito volver un poco
al ruedo. Todo esto que está pasando me incumbe mucho, y creo que puedo
ayudar-.
Soldano pareció ponerse algo incómodo, las
palabras no le salieron con claridad y súbitamente dejó de mirar a los ojos a
Manuel.
-Puede ser Manu, pero hoy no. No nos
apresuremos, creo que estás haciendo un progreso enorme, todo muy de golpe,
pero bajemos un cambio. Mirá el día hermoso que hace, son los primeros
calorcitos, vayamos a disfrutar el día a la playa y mañana vemos si estás así y
capaz podemos...-
-¿Que pasa Martín? ¿Me estás ocultando algo?-
interrumpió el cabo persiguiendo la mirada esquiva de Soldano. Este no pudo
disimular mucho, no era un hábil actor y mucho menos evasor de problemas.
-Ayer cuando llamé a dar tu parte, me
pidieron por favor que no te acerques en este momento. Las cosas están muy
peludas en la fuerza y parece que el jefe no quiere sumarse un problema. Por
favor Manu, yo estoy dando lo mejor de mí en todo esto, pero necesito que hagas
esto vos también. Yo te prometo que mañana llamo a dar tu parte y les digo todo
el progreso que hiciste, voy a insistir para que te dejen volver ¿si?-
Manuel comprendió el esfuerzo que estaba
llevando a cabo su compañero, entendió que debía al menos en ese momento ser
paciente. Aceptó lo que propuso Soldano sin más. Un rato más tarde, partieron a
la casa de Manuel. El plan de Soldano de ir a disfrutar del aire libre era
tentador, pero Manuel necesitaba estar con sus cosas y empezar a trabajar con
sus pensamientos.
La casa de Manuel se ubicaba en el pleno
centro de Las Pardelas, justo al lado del mercado "La familia", el
principal del pueblo. Allí, el grueso de los habitantes se abastecían de todo
tipo de productos. Sobre la temporada alta, este comercio se colapsaba tanto
que Raúl, dueño el local, contrataba hasta diez empleados temporales. Para con
los habitantes del pueblo, el hombre tenía un trato diferencial todo el año,
incluso en esos meses de caos, permitía hacer encargos y retirarlos sin hacer fila.
Manuel tenía una relación con Raúl de mucho afecto, era normal en ellos
quedarse charlando hasta tarde después que el comercio cerrara.
Llegando el fin de la tarde, Manuel y Martín
llegaron a la morada del cabo, antes de entrar, este decidió ir a comprar algo
en el mercado: algunos artículos de limpieza que faltaban y comida,
especialmente fruta y verdura. Manuel llevaba adelante una dieta muy balanceada
que se regía especialmente por estos dos tipos de alimentos. En los días que
Soldano se hizo cargo del hogar, Manuel tuvo que comer lo que él decidiera,
incapaz de negarse.
El cabo entró al mercado con su mejor cara de
"aquí estoy, vivo". Raúl estaba en ese momento atendiendo la verdulería,
que estaba bien pegada al ingreso del mercado. Era muy común ver al dueño
trabajando a la par de sus empleados.
-¡Señor Manuel! Que alegría recibirlo por
acá, y que raro verlo vestido de civil- bromeó. El cabo casi siempre llevaba
puesto su uniforme policial, lo llenaba de orgullo y además creía que era útil
que el resto de la gente sepa a quien acudir ante cualquier inconveniente.
Soldano que entró atrás de su amigo interrumpió:
-Va a ser el último día que lo vean sin
uniforme, si Dios quiere, mañana ya se va a reincorporar al trabajo-
-Me alegro mucho Manu, espero estés bien, acá
sabes que contás con todos nosotros. Es más, ya te preparo un buen bolsón
variado de frutas y verduras. Le dije a tu compañero que lleve un poco de esto
cuando hacía las compras, pero bueno, me parece que no era su estilo- en el
fondo del mercado, Soldano se babeaba por el sector de alimentos congelados:
hamburguesas, bocaditos rebozados y toda clase de comida chatarra que en su
mayoría se cocina frita.
Con dos bolsas cargadas (una para cada gasto
personal) salieron del mercado hacia la casa de Manuel al lado. La casita era
bastante vieja, pero el cabo no era pretencioso, cualquier lugar que cubra las
necesidades básicas, sería un hogar. La entrada con una reja de hierro oxidada,
cubriendo desde el piso al techo. Unas maniobras para que la llave funcione
correctamente, un golpecito, y el rechinar de los caños daban la bienvenida a
unos breves metros de piso de cerámica colorado y techo de material. Ese sector
debería estar iluminado por una bombilla que se enciende al abrir la puerta,
pero dejó de funcionar tantas veces que Manuel desistió de arreglarla,
evidentemente persistía un problema eléctrico que desconocía. Pasando esos
metros, un espacio abierto cuadrado de unos 8x8 mts. Ese espacio desperdiciado
se suponía para un jardín con pileta, pero nadie se embarcó en esa
remuneración, así que simplemente era pasto y montones de hojas acumuladas. Al
final de todo, la casa, una puerta negra con mirilla, dos ventanas con rejas a
los lados y techo bastante elevado. Adentro todo se repartía en un solo
ambiente grande. Solo una puerta más que llevaba al único baño. De izquierda a
derecha: cocina y comedor separados por una barra con el revoque picado, luego
una alfombra con un sillón (que hizo las veces de cama de Soldano) y la cama de
dos plazas de Manuel.
El entusiasmo del cabo parecía crecer aún más
en su propia intimidad, o en este caso con Soldano, que al haber vivido todo el
proceso del dolor (desde el propio momento traumático) era parte de él también.
Manuel corrió a dejar la mercadería recientemente comprada sobre la mesada de
la cocina, giró y casi sin aminorar la marcha se dirigió hasta su cama, allí se
tiró al suelo, y de abajo del mueble sacó un pizarrón blanco no muy grande. Un
pequeño soplido bastó para quitarle el polvo que este había juntado, a Manuel
no le importó que toda esa tierra cayera sobre su cama. Entre la ventana que
estaba paralela al colchón de dos plazas y la puerta, había un espacio perfecto
para colgarlo, de hecho, ya había un clavo donde seguramente alguna vez hubo
algo adornando de forma inútil el ambiente. Manuel colgó el pizarrón y buscó en
su mesita de luz un fibrón negro, lo agitó un poco y funcionó. Sin tener mucho
material claro, decidió empezar por los nombres de las personas que habían
rodeado las desgracias en este tiempo. La lista incluía a: Sara, Ángel, Luciano
De Bernardi, Alsamendi, Canelo, Soldano, Susana y por supuesto él mismo. Al ver
su nombre en el pizarrón, desde el otro lado de la habitación, Soldano
preguntó:
-¿Soy sospechoso de algo yo? Digo, creo que
además de cuidarte y acompañarte, no hice más nada en estos días-.
Manuel notó rápidamente la incomodidad y la
molestia de su compañero y le explicó con una leve risa:
-No, tranquilo Martín, esto no es de
culpables ni sospechosos ni nada. Somos simplemente todos nosotros, fijate que
yo también estoy. Aquí aún no hay nada claro, simplemente quiero ubicarnos en
todo esto, empezar por algún lado. Pero si te molesta o te ofende, te quito-
-No, está bien, si te sirvo para algo, estoy
a tu disposición- respondió Soldano aún no tan convencido de la
situación.
Manuel, aún con más entusiasmo que antes, fue
hasta la bolsa de las compras, sacó una manzana roja, la lavó y volvió al
frente del pizarrón. Se dispuso a observar los nombres, comenzó a sentirse útil
nuevamente, mientras tanto, en la cocina, Soldano parecía preguntarle algo
sobre las compras o la comida. Pero parecía estar en un segundo plano para la
atención del cabo.
Con la mirada atenta a los nombres, le dio un
mordisco a la manzana, la saboreó como si fuera la primera fruta que había
probado en toda su vida. En ese momento, Manuel vio que las luces se iban casi
por completo, y un olor fétido invadía el ambiente. Sintió el cuerpo rígido,
las muelas apretadas y la vista clavada casi hipnóticamente en la manzana con
el hueco de la mordida. Sintió un movimiento en la manzana, vio como de ese
agujero empezaba a salir un gusano color rojo oscuro. El cuerpo del insecto
parecía contornearse conforme iba saliendo de la fruta. Al mismo tiempo
aumentaba su tamaño, tanto así que el cabo pudo divisar sus ojos, o donde
debían estar, porque al bicho le faltaban ambos. Manuel seguía rígido, no podía
moverse ni emitir sonidos, solo ver al nauseabundo insecto moviéndose de un
lado a otro con la cabeza hinchada y su parte trasera aun metida dentro de la
fruta, aparentando ser todavía más grande.
En medio del horror por lo presenciado e
incapacitado de mover un musculo, Manuel, comenzó a oír un susurro. Parecía
salir de las cuencas vacías de los ojos del gusano. La voz era la de Sara,
aunque por momentos se mezclaba con la de Ángel, en un momento también le
pareció oír su propia voz... Más rápido se movía el cuerpo del gusano y más
fuerte se oía lo que decía: "De mi misma sangre y a mi sangre. El diablo
dentro de mí". Se siguió moviendo, cada vez más rápido. La frase retumbó
en la cabeza de Manuel, las voces se metieron en sus oídos. El gusano creció
desproporcionadamente. Estalló en sangre. En el momento de la explosión, Manuel
reaccionó: dejó caer la manzana y soltó un grito corto y contenido.
-Manu ¿estás bien?- preguntó Soldano
corriendo hacía donde estaba su compañero
El cabo se quedó viendo la escena. Las luces
estaban encendidas, el único olor que se podía apreciar era el del aceite friéndose
en la cocina, y la manzana estaba apenas mordida. Manuel intentó disimular la
espantosa situación que había vivido, con la esperanza de no retroceder en su
proceso.
-Si, si. Me dejé llevar por la situación, no
te preocupes. Dale, vamos a cocinar- dijo con una sonrisa algo forzada.
Manuel pasó un segundo al baño para lavarse
la cara. Se miró al espejo, necesitó ver sus propios ojos. Desde allí escuchó
algo que le preguntaba Martín, no lo escuchó bien, salió y le pidió que le
repitiera. Soldano señalando el pizarrón le dijo:
-Eso te decía, que rara la frase que
escribiste, que es la misma que decía el pobre de Angelito los días posteriores
a lo de Sara. Me parece bien que la hayas anotado, algo tiene que tener. Eso
sí, seguí con la letra cursiva que te sale mucho mejor-
Efectivamente, cuando Manuel vio el pizarrón,
un escalofrío le recorrió toda la nuca. En letra imprenta mayúscula estaban
escritos todos los nombres, y en cursiva la frase: "De mi misma sangre y a
mi sangre. El diablo dentro de mí".
El cabo, una vez más, intentó disimular lo
que le estaba sucediendo. Sin embargo, sintió miedo por su compañero. No sabía
bien a que se exponían.
-Martín, si vos querés irte a tu casa, está
todo bien. Yo ya me siento mucho mejor, y mañana, si Dios me ayuda, me estaré
reincorporando a las tareas de la fuerza...- antes de poder terminar el
enunciado, Soldano lo interrumpió con su vozarrón:
-¡Pero no, Manu! Mirá si me voy a querer ir a
mi casa con mi mamá. Mientras me digan que tengo que estar acá, lo voy a hacer,
no quiero tampoco poner nervioso al jefe-
Sin más que hacer, Manuel aceptó y pasaron la
noche hablando de cosas intrascendentes. Manuel quería no pensar en lo que
había ocurrido, y Soldano, sin comprender mucho la situación, era una persona
especial para pasar el tiempo sin hundirse mucho en la profundidad del
razonamiento.
Al día siguiente, el olor a tostadas y café
despertó a Soldano muy temprano. Manuel, habiendo dormido muy poco e invadido
por la ansiedad ya estaba listo, cambiado, bañado y perfumado. Le ofreció a su
amigo un último agasajo por el tiempo que estuvo cuidándolo. En el fondo,
también era una señal de convencimiento propio, Manuel intentaba estar y
parecer curado.
Llegaron a la comisaría alrededor de las 8 de
la mañana, no había tanto personal: la oficial Gutiérrez en la entrada, tomando
su mate, la señora Larisa que se encargaba por las mañanas de las tareas de
aseo del lugar y un muchacho que al menos Manuel y Soldano no conocían. El
hombre estaba parado a unos tres metros del escritorio de Mariana. Muy alto,
delgado y en una aparente forma física excelente. El pelo corto, casi al ras
del cuero cabelludo, rubio bien claro y ojos celestes penetrantes.
-¡Hola Manu! ¡Bienvenido! ¡Que alegría que estés
de nuevo acá!- saltó de su silla la oficial Gutiérrez abrazando al cabo.
Tras unos momentos de demostraciones de
cariño y algarabía, la oficial pudo ver que Manuel miraba de reojo al hombre
desconocido, quién seguía en la misma posición, como un guardia pretoriano.
-El es el agente Ferguson. Viene de la
capital, es hombre de confianza del jefe comunal. Está hace unos días con
nosotros, va a intentar colaborar en el caso de Joaquín, el último chico
desaparecido, y bueno, también con los casos anteriores que quedaron sin
resolver-
Manuel, con respeto y distancia, estrechó la
mano del estático hombre:
-Buenos días, yo soy el Cabo Juan Manuel García,
estuve de licencia unos días-
El hombre sin mirarlo, estrechó también su
mano. En el momento del contacto físico lo miró. Lo hizo casi de manera
acusatoria, con precaución, mostrando distancia. No se presentó, no dijo nada.
Desde atrás, Soldano, siempre inoportuno agregó: -Hombre de pocas palabras
Ferguson-
Mariana rió de forma incómoda. Pero el nuevo
agente siguió sin mostrar señales que evidenciaran que tuviera sentimiento
alguno. En medio de la tensa situación, desde la parte trasera de la comisaría,
asomó la imponente presencia de Alsamendi, el perfume importado invadió el
ambiente. Manuel y Soldano no estaban acostumbrados a ver a su jefe tan seguido
allí, intentaron fingir no estar sorprendidos, aunque muy bien no les salió:
-Jefe...señor jefe...que tal
Alsamendi...hola- se pisaron uno a otro en el saludo. Antes de que la vergüenza
creciera, Fabio interrumpió:
-García, vamos a hablar, vaya para mi auto
que vamos a ir a mi despacho. Soldano, se pone al tanto con la oficial
Gutiérrez de la situación-
Al pasar por delante del agente Ferguson,
Alsamendi no dijo nada, lo miró, aunque de del otro lado no se conectó esa
mirada. El comisario y el cabo subieron al auto, aunque la oficina de Alsamendi
no estaba lejos, no tenía ganas de caminar, se lo veía particularmente de mal
humor.
El ruido del motor y los cuerpos golpeteando
por la irregularidad de las calles del pueblo, eran los únicos sonidos que se
hacían presentes en el auto. Y aunque el cabo estaba ansioso de saber si su
jefe lo iba a aceptar de nuevo o no, ese silencio era cómodo.
De un momento a otro, como si una grúa
hubiese tirado el rodado en dirección contraria, el auto se frenó a cero. La
arena se levantó en forma de polvo y cubrió toda posible visión hacia afuera,
el interior del coche se transformó en una penumbra. Manuel se quedó tieso, se
asustó, no pudo ni quiso preguntar que había pasado, el polvo no se iba.
Alsamendi miraba al frente sin decir ni hacer nada, el cabo se sintió
prisionero, abrumado.
Pasados unos segundos que parecieron ser
horas, Alsamendi comenzó a moverse lentamente, su mano derecha soltó el volante
y se dirigió al bolsillo de su pantalón. De allí, de forma muy lenta sacó un
corta pluma, presionó el botón e hizo salir la oja filosa, alli,en ese preciso
instante, el miedo creció exponencialmente en el interior de Manuel. Alsamendi,
mirando al frente, comenzó a repetir: "De mi misma sangre, y a mi sangre,
el diablo dentro de mí", una vez tras otra. El cabo no pudo moverse, una
vez más se paralizó. Alsamendi acercó el corta plumas a su párpado derecho y
comenzó a cortar suavemente a modo de serrucho, mientras seguía repitiendo:
"De mi misma sangre y a mi sangre, el diablo dentro de mí". Se sacó
el ojo, lo mantuvo en su mano cerrada. Súbitamente giró la cabeza en dirección
a Manuel, lo miró y siguió repitiendo la frase. Del hueco del ojo arrancado
volvió a salir el gusano rojo. Alsamendi se acercó lentamente al cabo, puso el
puño con el ojo arrancado encima de su cabeza, lo apretó y unas gotas de sangre
cayeron sobre la cabeza del inmóvil Manuel.
-Cabo... ¡Cabo!-
Manuel reaccionó al grito de su jefe, inspiró
profundo. El auto estaba en movimiento, aún por el retrovisor se veía la
comisaria.
-Que cierre la ventana, cabo ¿no ve que
llueve y se está mojando todo? Que temporada de mierda nos espera, llegando a
fin de año y no hay un día que no llueva ¿Quien lo va a aguantar a Alberto?-
Manuel intentaba volver de lo que pareció ser
otra de esas pesadillas despierto.
-¿Y a usted que le pasa cabo? Está blanco
como fantasma polaco- arremetió Alsamendi
-No, nada. Es que hace mucho que no me movía
en auto en estos terrenos y creo que me mareé un poco- intentó disimular
Manuel.
-Me mareé un poco. Dios mío, el personal que
tengo- balbuceó Fabio para él mismo, aunque Manuel lo oyó.
Al llegar a la oficina se sentaron al mejor
estilo profesor/alumno. Manuel sabía que su jefe no iba a tener mucho interés
en reincorporarlo, y al mismo tiempo era todo lo que él quería.
-García, voy a ser directo. La cosa está
bastante peluda, usted ya está al tanto de lo que pasó, la parte que vivió.
Además otro chico que se perdió, tengo encima al jefe comunal, que al mismo
tiempo tiene encima al gobernador, en fin, no estamos para más problemas. La
idea es que usted sea transferido a otra delegación, le vamos a dar todas las
herramientas para que pueda elegir bien a donde irse, y allí seguramente se va
a recuperar y va a continuar con su vida. Creemos que es lo mejor para todos-
Alsamendi no levantó la mirada de su escritorio, fue incapaz de ver al cabo a
los ojos. Sin embargo, Manuel no dudó en responder, se plantó:
-Yo no me quiero ir, señor. Siento que tengo
que estar acá, que hay cosas que resolver, propias y ajenas. Lo que viví, lo de
Sara, lo de Ángel, no se sana escapando, todo lo contrario, siento que si me
voy ahora voy a dejar todo abierto, tengo que cerrarlo aquí, en Las Pardelas-
Manuel gesticulaba mucho con las manos y tampoco miraba a su jefe.
-No me la haga más difícil cabo...-
interrumpió Alsamendi, ahora si mirándolo a los ojos. Sin embargo, Manuel no se
dio por vencido:
-No me voy a ir, señor. Tengo la intima
convicción de que todo lo que estamos viviendo está conectado, y necesito
resolverlo. No quiero sonar chocante, pero tiene dos opciones: o me deja seguir
en la fuerza de seguridad de Las Pardelas o me releva de mi cargo y va a tener
a un civil muy curioso investigando todo-.
Alsamendi dejó un segundo de silencio y se
movió de un lado a otro en su silla de escritorio con rueditas.
-Tiene huevos usted, cabo. Espero que los use
como corresponde. Vaya a la comisaría, recoja su arma y su placa y póngase en
sus labores- Manuel se paró de la silla pero antes de agradecer, el comisario
cerró: -No me haga arrepentir y no me traiga más problemas personales-
Antes de dejar la oficina y ya montado en su
propia confianza, Manuel le pidió a su jefe el informe del último chico
desaparecido. Alsamendi lo buscó en uno de sus cajones y lo tiró encima del
escritorio:
-Hágale una copia García y después me lo
trae-
-¿Es la única copia que tenemos de un informe
de presunta desaparición?- preguntó sorprendido Manuel.
-Una copia la perdió la boluda de Gutiérrez y
la otra se la tuve que dar al Robocop ese que nos trajeron de capital, así que,
si, es la única que tengo. Y ya que estamos, fíjese que actitud tiene el
Ferguson ese, vigílelo.
-Si señor- Manuel dejó la oficina.
El día en la comisaría transcurrió en mayor
parte con alegría. Manuel compartió la jornada con Gutiérrez y Soldano en
largas horas de mate y poniéndose al tanto de las cosas. El agente Ferguson se
había ido a hacer trabajos de investigación, según sus propias palabras. El
caso del chico desaparecido no se abordó, y el centro fue principalmente
Manuel, contándoles un poco las experiencias vividas. La lluvia cesó cerca de
las 18 horas y Manuel aprovechó para irse a su casa, comer algo y leer el
informe de Joaquín, el niño desaparecido.
Al salir a la calle y ver que el cielo se
despejaba, decidió ir a presenciar el atardecer junto al mar, una experiencia
completamente enriquecedora y que a Manuel siempre le había transmitido mucha
paz.
Se sentó en la playa, se sacó los zapatos,
tocó la arena con los pies y apreció cada segundo del sol escondiéndose en el
horizonte. Cuando el último centímetro se escondió en el agua, las primeras
estrellas se hicieron presentes, y la luna avisaba que iba a estar grande y
resplandeciente.
En medio del precioso espectáculo natural,
Manuel escuchó un ruido en los árboles que bordeaban la playa por sobre los médanos.
Sintió que las hojas se movían abruptamente. Volvió a sentir esa sensación de
escalofríos. Y antes de caer en otro episodio de visiones o realidades
paralelas, decidió levantarse e irse. Las bajadas a la playa evitaban los
arboles, eran espacios abiertos, por allí subió Manuel.
Antes de volver a su casa, tuvo un
pensamiento que podía traerle tantos problemas como soluciones. Supo del riesgo
que significaba quedarse sólo por la noche en su estado de fragilidad emocional
y quizás mental, así que decidió pasar por la farmacia, para conseguir alguna
pastilla que le sirviera para conciliar rápido el sueño.
La farmacia del pueblo era atendida por su
dueña Perla. Una mujer de baja estatura, un clarísimo sobre peso, rulos
colorados formados con grasa natural, voz de lija producto de los dos paquetes
de cigarrillos que fumaba por día y un claro desprecio por la legalidad y la
transparencia.
Manuel entró justo unos minutos antes del
cierre del negocio, desde el mostrador pudo escucharse la queja sin ningún tipo
de disimulo por parte de Perla:
-Ufff, lo único que me faltaba, la policía
entrando justo a la hora del cierre-
Perla era oriunda de Las Pardelas, pero
literalmente no se acordaba de nadie. Todos eran extraños para ella, no se
relacionaba con nadie, sólo se la podía encontrar en la farmacia, en su casa
frente al mar o en el bar "La napolitana" tomando una cerveza sola en
una mesa.
-Disculpe la hora... pero es importante...
necesitaría algo...- entraba al negocio tímidamente el cabo.
-Vamos hombre, apúrese que no tengo todo el
día. Sin pelos en la lengua, que aquí nadie lo va a juzgar, mucho menos siendo
policía-
-Necesitaría algo para dormir. Pero algo
fuerte, para tomarlo y desmayarme. Yo se que para algo así necesito receta,
pero vengo de pasar por unas situaciones...-
Antes que termine la frase, Perla sacó un
frasco naranja de abajo del mostrador y lo apoyó con fuerza:
-Se toma media de estas. Media nada
más-enfatizó- Y con eso duerme doce horas seguidas si quiere-
-Perfecto. Muchas gracias- Manuel atinó a
sacar la billetera de su bolsillo trasero derecho.
-No oficial, con ustedes estas cosas son
atenciones. Lleve nomás, lo único que le pido es que venga lo menos posible.
Porque si les doy rienda suelta, en un año me funden- La mujer ya caminaba a la
salida, para irse junto con Manuel y cerrar la farmacia.
A Manuel no le gustaba mucho la idea esta de
recibir "favores" por ser policía, y mucho menos cuando se trataba de
algo que ya de por sí estaba al margen de la ley. Pero la realidad era que no
quería tener más episodios sobre naturales, y necesitaba descansar en soledad. Así
que, con su mejor cara de pocos amigos, tomó el frasco y siguió rumbo a su
casa.
Al llegar, no perdió tiempo: se preparó un
café, comió un trozo de queso que tenía en la heladera y se sentó en el sillón
a leer el informe del chico perdido:
"Joaquín Albertengo. Desaparecido el 17
de diciembre de 2002. Denuncia su madre Estela Sepulveda. La tarde del día 17,
Joaquín sale a caminar, le dice a su madre que va a juntar caracoles al mar y
quizás recolectar algo de leña en el bosque. Siendo las 22 30 horas, al no
tener noticias de su hijo, Estela decide salir a caminar, primero por la playa
y luego por los alrededores del bosque en busca de Joaquín. El padre del menor
(Osvaldo Albertengo) es viajante, y al momento de la desaparición no se encontraba
en el pueblo. Luego de dos horas de buscarlo, rondando las 00 30 ya del día 18,
Estela se apronta en la comisaría para realizar la denuncia. En ese momento
sólo se encontraba de guardia la oficial Gutiérrez quien la acompañó a recorrer
algunos sitios sin obtener siquiera un rastro. A la mañana del día 18 se suma
equipo de búsqueda de Arenas Blancas, se peina la zona de playa de punta a
punta y la zona de bosque casi en su totalidad sin obtener respuestas. Durante
la tarde se procede a colocar carteles con la foto del menor en varios sectores
del pueblo y consultar en los locales comerciales, en estos sitios, la mayoría
de las personas reconocieron la imagen de Joaquín, pero nadie pudo asegurar
haberlo visto al menos en las últimas 48 hs. El caso es alarmantemente similar
a las anteriores personas desaparecidas en la zona. Se continúa con los
rastrillajes con la colaboración de agentes externos a la dependencia de Las
Pardelas".
Manuel se recostó sobre el respaldar del
sillón para procesar la información. Por primera vez sintió que la situación
era grave, y aunque no dejaba de creer que todo lo vivido estaba de alguna
forma conectado, supo que en ese momento, la prioridad era localizar al chico.
Se paró y agregó en su pizarra los nombres de Joaquín Albertengo, Estela Sepúlveda
y Ferguson. Luego, algo en su intuición le dijo que agregue en el medio de los
nombres, por debajo, las palabras "mar" y "bosque". Así, de
momento, Manuel sintió que el mapa se iba armando de alguna manera.
Cansado y ya con la noche avanzada, el cabo
decidió salir al espacio abierto delantero a tomar un poco de aire antes de
intentar dormir. Al salir pudo ver a lo lejos, en la puerta de rejas, del lado
de afuera, la figura de una mujer, parada estática, iluminada solo por las
pocas estrellas que brillaban esa noche. Manuel, antes de entrar en pánico
decidió girar la cabeza y restregarse los ojos con ambas manos, esperando que
la ilusión no lo capture. Pareció lograrlo, porque al volver a mirar, la mujer
ya no estaba, sin embargo, algo no estuvo del todo bien en aquello, pues el
cabo recordó que en anteriores episodios sobre naturales, él se había quedado inmóvil,
incapacitado de acción alguna, y en ese último caso, no había perdido la
capacidad motriz, lo que podía significar que lo vivido era real.
Intentando manejar sus miedos, entró a la
casa, se tomó media pastilla de las que le dio Perla, y en unos diez minutos
pudo dormirse. Dos horas más tarde se despertó sintiendo que alguien lo estaba
mirando. Las prendas colgadas en percheros y los ruidos de muebles crujiendo le
jugaban malas pasadas. El pizarrón le recordaba al gusano, el nombre de Sara
escrito le generaba una sensación extraña. El viento parecía hablar en su
ventana. No encontró mejor respuesta en ese momento que tomarse media pastilla más.
Unos minutos más tarde, cayó en un sueño profundo.
-Manuel...Manuel- el cabo sintió que lo
llamaban y que todo se movía. Abrió los ojos, la luz del día lo encandiló por
completo. No podía divisar quien le hablaba, pero podía escuchar más de una
voz. Finalmente pudo enfocar y vio parados al lado de su cama a Soldano y el
padre Miguel.
-¿Que hacen acá? ¿Que pasa?- preguntó
sobresaltado. Antes de escuchar las respuestas agregó -¿como entraron acá?-
-Perdón Manu, los días que te estuve cuidando
hice una copia de tus llaves, me lo sugirió Alsamendi y me pareció que estaba
bien. Son las dos de la tarde, la verdad es que estábamos muy preocupados y
vinimos a ver como estabas- dijo Soldano.
-¿Y con cura y todo era la cosa? ¿Tenían
miedo de que esté poseído? ¿O me venían a dar la extremaunción?- dijo Manuel
con clara molestia.
-No Manu, el padre Miguel vino a la comisaria
temprano a buscarte, te esperamos un rato largo, luego volvió y justo coincidió
con el momento en que te veníamos a buscar. Se ofreció a acompañarme-
Mientras tanto, Miguel miraba el pizarrón y
el cabo se incorporaba en la cama.
-Usted tenía algo importante que decirle a
Manu, padre ¿no es cierto?- interrumpió Soldano a la curiosidad del párroco por
las anotaciones del cabo.
-Ahhh, si, si. No me va a creer esto Manuel
¿recuerda al padre Di Santo, el hombre del cual le hablé?-
Manuel ya incorporado e intentando dirigirse
a la cocina para prepararse un café, asintió.
-Bueno, me llegó una carta suya hoy. Decía
que iba a venir a pasar navidad y fin de año en Las Pardelas, que sintió la
necesidad. Tardé unos minutos en entender, que nunca pudo haberle llegado la
carta que le escribí yo. Decidió venir, sin saber nada, o al menos eso creemos.
Le dije Manuel, es un hombre más especial de lo que nuestras mentes pueden
comprender...-
CAPITULO IV- El PÁTANO

24 de diciembre de 2002. A seis días de la
desaparición de Joaquín. Nada ha cambiado. Canelo divide sus horas: la mitad
del tiempo lo pasaba con Estela, la mamá de Joaquín, intentando contener un
dique que amenazaba con rebalsar a la brevedad, y la otra mitad organizando la
fiesta de navidad del pueblo.
En Las Pardelas, cada 24 de diciembre a la
medianoche, la gente se reúne en la playa, brindan, se disfrazan y queman un
muñeco de cuatro metros que representa a "El Pátano", una bestia
mitológica parecida a un chacal, anfibia. Representa el encierro, los malos
pensamientos y la salvajada. Al quemarlo junto al mar, las personas,
desterrarían esos sentimientos ante los ojos del niño Jesús naciente, un nuevo
comienzo.
Carmen, la esposa de Canelo, le sugirió que
ese año no se debía realizar la celebración, la desaparición de Joaquín
interrumpía cualquier deseo de festejo y además le parecía una falta de respeto
a los familiares del niño. Sin embargo, Canelo contaba con una enorme presión
de los comerciantes de la zona. La fiesta de navidad de Las Pardelas era muy
reconocida en la región, y solo ese día el rédito económico equivalía casi a la
totalidad del logrado en toda la temporada veraniega.
Canelo pasaba todas las mañanas por la casa
de los padres de Joaquín. Osvaldo volvió para estar un tiempo con su esposa,
pero a los pocos días siguió viajando, sostenía que si dejaba de hacerlo, no
sólo estarían devastados por la desaparición de su hijo si no también por no
tener para comer. El hombre parecía tener muy pocos sentimientos. Lógicamente,
en este tipo de casos, la policía está obligada a indagar al círculo más
cercano de la víctima en cuestión, y Osvaldo, el padre de Joaquín tenía todas
las características para ser sospechoso, sin embargo, al momento de la
desaparición del menor se encontraba a 800 kilómetros de forma comprobada, por
eso, se lo descartó de plano.
Durante esas reuniones entre el jefe comunal
y la madre del niño, Canelo dividía su estrategia en dos partes: la primera era
convencer de forma sutil a la mujer para que no se quejara por el festejo
navideño, intentando hacerle entender que era inevitable y que de hecho era
positivo para el pueblo, para atraer buenas energías y que Joaquín aparezca. La
otra parte consistía en tranquilizarla mediante el trabajo del agente Ferguson.
Canelo le decía que el hombre estaba detrás de una pista y que pronto traería
novedades.
Esto último no era del todo falso, de hecho
Ferguson si estaba detrás de algo, pero no lo comentaba con nadie. El sujeto
era extremadamente cerrado y quizás algo paranoico, lo único que decía
constantemente era que todos eran posibles culpables. Desde hacía varios días
no se lo veía por la comisaría, lo cual era bastante común, mientras no
necesitase ningún recurso que allí se proveyera, Ferguson hacía su propio
camino.
Alsamendi parecía estar en el medio de una
carrera en donde sus pilotos eran quizás los más deficientes. El comisario
contaba con la torpeza de Gutiérrez, la ignorancia de Soldano y la
inestabilidad mental de García para llegar a alguna pista o avance del caso.
Aunque interiormente se encontraba resignado, Fabio no dejaba de ir todos los días
a la comisaria a reunirse con su equipo intentando progresar.
Manuel pasaba sus días entre la inherente
pero necesaria comisaría y la soledad de su hogar. Las visiones variaban en
intensidad y tiempo. El frasco de pastillas para dormir se vaciaba a gran
velocidad y crecía su dependencia a ello. El pizarrón se llenaba de nombres y
lugares, pero todo era un simple embrollo, un ovillo de hilo que parecía no
tener puntas. Al menos hasta ese momento...
El mediodía del 24, Manuel y el padre Miguel
se aprontaron en la terminal de colectivos de Las Pardelas para darle la
bienvenida al padre Di Santo. Aquella jornada, una vez más, las nubes negras
copaban el cielo del lugar, y el viento soplaba con fuerza, eran las 13 horas y
parecía ser de noche. El micro por fin llegó, el primero en bajar fue Di Santo:
de baja estatura y cuerpo ancho, barba negra pero desprolija, no muy tupida,
pelo largo también negro aunque con algunas canas. Más allá de la longitud del
cabello, la cantidad era relativamente poca, y cada pelo era fino como un hilo,
sobre su cabeza se asomaba una calva no muy bien disimulada. Mocasines negros, pantalón
de jean oscuro, camisa negra y el tradicional cuello clerical. Fue uno de los
primeros en bajar del coche, estiró los brazos y bostezó con la boca bien
abierta, miró al cielo y luego fue a recoger su equipaje. Acto seguido, vio a
Miguel y Manuel y fue hacia ellos:
-¡Padre Miguel! ¡Que placer verlo!- exclamó
mientras arrastraba dificultosamente su valija por el piso de arena con su
brazo derecho y levantaba el izquierdo intentando generar un inminente abrazo.
Miguel lo abrazo con todas sus fuerzas, y Di
Santo soltó la maleta. El cabo rápidamente fue hacia la escena, levantó el
equipaje y lo sacudió para quitarle la arena. En medio de ese gesto, el abrazo
entre los curas se fue desarmando:
-Padre Di Santo, él es el cabo Juan Manuel
García, un amigo. Juan Manuel, él es el padre Cecilio Di Santo-
Cecilio miró a Manuel y sonrió, se le acercó
lentamente, el cabo estiró su mano para estrecharla, pero el cura no tuvo la
misma intención: arqueó los dedos para formar una especie de cuna con su palma
y la apoyó en la frente de Manuel. En ese momento algo ocurrió dentro del
golpeado hombre, por primera vez desde la pérdida de su esposa, se sintió
protegido, acompañado. Se le aflojaron un poco las piernas, inclusive tuvo que
retener el llanto que brotaba de manera inexplicable desde lo más profundo de
su alma.
-Un gusto, Juan Manuel- le dijo Cecilio
sacando la mano de su frente y con una sonrisa.
A Manuel le costó hablar, miró al padre
Miguel, quien le devolvió la mirada con un gesto de aprobación.
-Me puede decir Manuel si quiere, padre. Me
gusta más- fue lo único que le salió.
-Su nombre es Juan Manuel, sus padres lo
llamaron así, debería respetar esa decisión. Ante los ojos de dios, usted es
Juan Manuel-
El pobre cabo no sabía como reaccionar, la
mezcla de sensaciones era muy fuerte. Se quedó en silencio.
- Padre Di Santo ¿quiere conocer la capilla?-
preguntó Miguel.
-No... realmente no padre, discúlpeme pero
fueron ocho millones de horas de viaje entre avión y colectivo. Lo que quisiera
de momento es comerme una pizza doble mozarela con una cervecita ¿se podrá?-
-Si, si. Yo lo llevo, hay un lugar muy bueno.
No se donde se va a hospedar, si quiere pasamos primero a dejar sus cosas y
después comemos- dijo Manuel.
-No sé aún donde me voy a quedar. Ya
aparecerá sólo el lugar, quizás por hoy me pueda alojar en la capilla, podemos
dejar las cosas ahí, pero vayamos a comer urgente- Miguel asintió y fueron a la
capilla.
Luego de dejar las cosas en la iglesia,
Manuel y Cecilio emprendieron la caminata directo hacia el mar, unas 6 cuadras
de distancia en donde tuvieron su primera conversación:
-Padre, debo confesarle que estaba muy
ansioso de conocerlo-
-Lo sé- dijo Di Santo sorprendiendo a Manuel-
En realidad no lo sé, lo intuyo, lo veo. También sé que por alguna razón vine
para acá. Miguel me insiste hace mucho para venir, y por una cosa u otra no se
pudo dar, sin embargo hace unos días me acordé de este lugar, se me vino a la
mente, y decidí venir a pasar la navidad y el fin de año. Vamos un poquito más
despacio Juan Manuel, que con mi condición física y este terreno arenoso, me
cuesta-
El cabo frenó un poco su paso, caminaban
paralelos, a una distancia de dos metros.
-Padre ¿usted sabe que hace unos días Miguel
le escribió una carta pidiéndole que venga?-
-No, la verdad que no. No tenía idea. ¿Y por
qué pedía que venga?-
-Bueno, un poco es por algunas cosas que
están pasando en el pueblo. Cosas terribles padre, cosas que me cuesta hasta
pensarlas, y en muchas yo estuve presente...-
Manuel pareció quebrarse lentamente en
llanto, toda esa angustia contenida, todos esos recuerdos, parecían salir
expulsados por los poros del cabo ante la presencia de Cecilio.
-Perdón padre, es que...-
-Nunca pida perdón por llorar Juan Manuel, es
un acto noble y valiente, necesario además. Sin embargo, no debería
angustiarse, comprendo lo que debe pasar por su cabeza, pero no tenga dudas que
el problema no está en usted, lo sé- dijo el padre mirando los ojos vidriosos
de Manuel - Si es cierto que hay cosas aquí que no están bien, eso está claro,
lo vamos a ir viendo cada vez con mayor nitidez, pero necesito que usted esté
entero, para ayudarme a llegar a esa nitidez-
Cada palabra pronunciada por el cura, entraba
directamente en el frágil corazón del cabo, sus miedos se transformaban en
preguntas. Indudablemente, la presencia de Cecilio, otorgaba una necesaria
seguridad en Manuel.
Llegaron a La napolitana, el mejor bar de Las
Pardelas. Ubicado a una cuadra del mar. Piso de madera, adornos marítimos
colgados de forma desordenada, manteles de goma a cuadros (ninguno igual a
otro) y sillas con problemas de equilibrio.
-Hola Manu ¿como anda todo?- preguntó Ivana,
moza, cajera, y dueña del establecimiento, mientras apoyaba en la mesa una
compotera con manteca y un frasco de gricines.
-Bien Ivana, gracias, aquí con un nuevo
amigo, que por cierto está con mucho hambre-
-Bueno, eso se lo vamos a solucionar, y de la
mejor manera ¿de donde nos visita el caballero?- preguntó Ivana exhibiendo sus
dientes blancos como perlas.
-De la bella Italia, capital mundial del amor
y el romance- respondió Cecilio, clavando su mirada en la bonita moza. La
mujer, sin destrabar su sonrisa agregó:
-Entonces ni les dejo la carta, pizza para
ustedes. Va a ver que ni va a extrañar la de allá ¿y para beber?- el padre
Cecilio se adelantó a su compañero de mesa y dijo:
-Una cerveza, la más fría que tenga. Y por
cierto, usted me puede tutear-
-Cerveza para el señor y agua me imagino para
Manu- el cabo asintió con la cabeza. La moza, con altura y suspicacia, dejó la
mesa agregando: -No me gusta tutear a los hombres mayores- Cecilio se rió, pero
Manuel se lo quedó mirando sin comprender bien la situación. El cura, sin
quitar los ojos y las manos de los gricines y la manteca, y al notar la
incomodidad del cabo, dijo:
-Tranquilo Juan Manuel, no se preocupe. Eso
que vio fue sólo un juego. Hace muchísimos años que el amor carnal ya no tiene
espacio en mi vida, ni aunque así lo quisiera. Comprendo al amor desde otro
lado. Se puede amar de mil maneras, todas son válidas mientras se respete al
otro. Yo tengo mis formas y me hacen feliz-.
La pizza no duró ni diez minutos en la mesa.
Ya con el estómago lleno y mientras encendía un cigarrillo, Cecilio decidió
ahondar un poco más en la situación del cabo. Le pidió que le cuente un poco
que le estaba pasando, y sin intentar abrir heridas tan abruptamente, si quería
contar alguno de los hechos que había vivido.
-Mire padre, yo siempre fui un tipo con mala
suerte...-
-No existe la mala suerte- interrumpió
Cecilio mirando por la ventana en dirección al mar. Pareció algo molesto con la
expresión del cabo y agregó: -Todo es energía, usted es energía, yo lo soy,
cada movimiento, cada respiración, cada vez que usted piensa, desea, siente.
Cuando ríe, cuando llora, cuando estornuda, cuando se rasca una parte del
cuerpo. Todo es energía, buenas y malas energías. Me gustaría que empecemos
intentando focalizar en esto. Lo vamos a ir profundizando, pero la mayoría de
las respuestas a todas sus preguntas, orbitan este concepto- cerró Cecilio
ahora si mirando a Manuel y con tono intempestivamente pedagógico.
Manuel intentó capturar el concepto,
identificó por que camino no debía transitar al menos en ese momento la
conversación, así qué prosiguió de otra manera:
-Bueno, hace algunos años que me suceden
cosas malas, muy malas. La muerte de mi esposa hace algunos años es la peor de
todas. Luego vine acá, a Las Pardelas para cambiar mi rumbo, pero parece que
las desgracias están empecinadas en seguirme el paso- Manuel hizo una pausa
mientras Cecilio en silencio seguía mirando por la ventana.
-Lo de su esposa lo hablaremos a su debido
tiempo. Es notorio el dolor que usted siente por eso ¿Que le sucedió aquí en el
pueblo? ¿Cual es su miedo?- arremetió el cura intentando sacar a la luz lo que
Manuel tenía enterrado.
El cabo hizo una pausa, miró la mesa mientras
Cecilio miraba hacia el mar. Recordó lo que habían hablado sobre el llanto,
esta vez decidió no contenerlo y soltó algunas lagrimas.
-Pasaron muchas cosas, y todas encadenadas,
como si el pueblo estuviera maldito y yo en parte también- Cecilio decidió no
interrumpir esta vez, y Manuel siguió hablando tras unos segundos de silencio:
-Lo primero fue en la casa de una mujer del pueblo, Sara se llama. Ahí pasó
algo espantoso padre, que hasta me cuesta pensar en como se lo voy a decir.
Acudimos con mi compañero Ángel a su casa por una denuncia extraña de una
vecina. Yo presentía que algo malo podía pasar, pero nunca me imaginé que
tanto. Entramos casi a la fuerza y la mujer... había matado a su bebé-
Cecilio volvió su mirada a Manuel, este
giraba una pequeña cuchara en la mesa mientras lloraba y respiraba profundo. El
padre supo que la historia no terminaba ahí e hizo una reflexión que hizo
quebrar por completo al cabo:
-Juan Manuel, si no exterioriza todo lo que
vio ese día nunca va a poder sanarlo. Es necesario hablar las cosas. Sea
valiente, comparta su dolor, sáquese el peso, verá que se sentirá más aliviado.
El primer paso para tratar cualquier demonio, es reconocerlo-
Manuel tragó fuerte, levantó la mirada,
respiró profundo, y por primera vez habló sin metáforas:
-Estaba mordiendo al bebé, no se por qué. Me
lo pregunto todos los días. No me puedo sacar esa imagen de la cabeza. No me
puedo sacar nada de la cabeza de lo que pasó aquella noche. Los olores, los
sonidos... algo pasó allí, algo muy malo, quiero decir, más allá de el hecho en
sí, ese lugar, en ese momento, tenía algo. Ella tenía algo. Se percibía
inclusive antes de la escena final - Manuel hizo una pausa para respirar.
Cecilio intentó introducir una pregunta, pero antes de soltar una palabra, el cabo
agregó: -Decía una frase, una que no comprendo, pero que al mismo tiempo me
persigue de manera constante. La escucho, la leo, me rebota en la cabeza todo
el tiempo: "de mi misma sangre y a mi sangre, el diablo dentro de
mí".
El cura se mantuvo inmutable ante el relato
del cabo, se quedó mirándolo a los ojos, como esperando algo más, o dándole
tiempo de soltar todo. Manuel cambió su expresión de espanto por una de
preocupación, con algo de incredulidad:
-Padre ¿me está escuchando? No lo veo
entendiendo la magnitud de los hechos-
Cecilio, intempestivamente lo arremetió con
una pregunta que el cabo no esperaba.
-Su compañero. El que estaba con usted en esa
casa ¿él está bien?-
Manuel, ya no pudo contenerse, volvió a
quebrar en llanto. Recordó a su amigo, revivió alguna de las imágenes vividas
en la casa de Ángel. El silencio, otra vez se presentó en el bar. Sólo algunos
ruidos de platos siendo apilados en la cocina , y el constante rugir del viento
y las olas ambientaban aquel momento. Manuel volvió a hablar sin tapujos:
-Ángel se mató. Unos días después de aquello.
A partir de esa maldita noche, mi amigo ya no fue el mismo, quedó completamente
traumado, o al menos eso es lo que quiero creer. Se la pasaba aislado, ido.
Repetía la frase de Sara una y otra vez. Se suicidó de una manera espantosa. Le
diría que inhumana, padre. Le pido que no me haga detallar esta parte, le juro
que no vamos a llegar a ningún lado con eso. No me haga repetirlo-
-Usted debe hablar hasta donde crea que es
necesario, Juan Manuel. Yo no voy a obligarlo a nada- dijo Cecilio mientras se
tocaba los bolsillos como buscando algo, luego agregó: -Pague la comida por
favor, olvidé mi billetera en la maleta- Manuel dejó un billete sobre la mesa
que cubría el monto de la comida y la propina de Ivana, luego salieron.
El padre Cecilio le propuso a Manuel caminar
por la playa, el horario y la temperatura eran ideales, la tormenta había
pasado de largo, el sol calentaba sin quemar, la brisa de verano y el espíritu
festivo de la gente que palpitaba la navidad, dibujaban un marco ideal para
intentar despejar la perturbada cabeza del cabo. El cura se sacó los zapatos
para sentir la arena en los pies. Caminaron unos cuantos metros. Manuel, siguió
contándole al padre los sucesos del pueblo, le contó de los chicos
desaparecidos, incluso le contó sobre Joaquín y toda la investigación en curso,
sin medir el riesgo que infería darle información confidencial a un absoluto
desconocido. Sin embargo, el padre Di Santo, inspiraba una confianza
inexplicable.
Cecilio saco del bolsillo delantero de su
camisa una pequeña libreta color bordó oscuro y un lápiz viejo, tomó algunas
notas y la volvió a guardar. Manuel noto eso, pero no reparó demasiado,
necesitaba seguir hablando, y no quería detenerse en detalles.
-Ahh, ahora recuerdo algo más padre. Siento
de cerca una presencia femenina, la he visto de lejos en algunos lugares, o al
menos eso creo, es más, cuando estábamos en el bar, me pareció verla por la
ventana, allí parada en la playa, de todos modos no estoy muy seguro. Es como
si...-
-¡Wow! ¡¿que es eso?!- interrumpió abruptamente
Cecilio, frenando su marcha en seco mientras clavaba los ojos en la imponente
escultura negra construida en la playa.
-Ah, si padre, eso es parte de una
celebración de aquí. No creo que le agrede mucho, es una especie de ritual
pagano, al mismo tiempo la gente lo ha ligado con la navidad, es algo polémico,
pero aquí se disfruta-
-¿Por que no habría de agradarme?- preguntó
el padre mientras caminaba asombrado alrededor de la escultura - No importa a
quien se le rece, no importa tampoco en que crea la gente, siempre y cuando sea
con respeto. Lo único importante es la felicidad, el amor. Si esto trae eso al
pueblo, bienvenido sea-
-Pero padre... Dios, Jesús, los santos. No va
a comparar todo eso con esto-
-No importa el nombre Juan Manuel, las
personas necesitan creer, necesitan fe, ser felices ¿cuanto cambia quien les da
esa fe? Algunos le rezan a Jesús, otros a Ala, otros a Buda, y otros a...
bueno, un perro gigante por lo que veo. Todas son válidas, yo no tengo la
verdad-
-Jeje, ese es El Pátano. Es una leyenda acá
en los pueblos del mar. Una especie de monstruo que vive en el agua y en el
bosque, representa cosas medio feas, por eso todos los años en noche buena se
lo quema y de alguna manera se liberan los miedos, algo así, yo no vivo hace
tantos años en Las Pardelas, pero a grandes rasgos es eso-
-¡Me gusta! ¡que divertido!- exclamó el cura-
¿a que hora es? ¿Podemos venir?- agregó
-Si, por supuesto, se hace cerca de la
medianoche-
Siguieron caminando otro tramo, esta vez más
cerca de la calle, Cecilio estaba un poco cansado de caminar en arena blanda.
Manuel parecía algo verborragico, entusiasmado por la persona que estaba
conociendo, por tener un plan para esa noche buena, orgulloso de él mismo por
ir encontrando su valentía.
Se detuvieron. La charla seguía su vía de
banalidad, el cabo contaba una anécdota jocosa de Ángel. El cura hablaba de
espaldas a la ciudad y Manuel de espaldas al mar. En medio de la conversación,
Manuel se quedó súbitamente en silencio, miró al suelo con expresión pensativa
y le preguntó a Cecilio:
-Padre ¿Por que nos detuvimos?-
-No lo sé, dígame usted- respondió el cura
mirando los ojos de Manuel que se agrandaban y se llenaban de terror.
Detrás de el padre Di Santo, se erguía la
casona Krupsky, por primera vez, después se aquella fatídica noche, Manuel
volvía a verla. Retrocedió dos pasos, negando con la cabeza y llevándose las
manos a las orejas. Por un momento, Cecilio desapareció de su vista, el sol, la
gente y la alegría se transformaron en penumbra, el cabo sintió un ambiente
húmedo y mal oliente. Una mosca pasó volando cerca de su cabeza, emitiendo el
único sonido del ambiente, la espantó. El insecto voló en dirección a la casona
y fue acrecentando su tamaño mientas se acercaba a ella. La edificación se
mostraba idéntica a la última vez, hasta la misma iluminación tenue en el
interior.
Cuando la mosca llegó a la casa, se posó
sobre el techo, ya con el tamaño de un buitre. Un sonido seco y profundo se
oyó: "tum". Manuel retrocedió un paso en dirección al mar, pero sin
perder de vista la casa. Otro sonido idéntico: "tum". Otro paso
atrás. El sonido incrementaba su volumen y el cabo retrocedía. Con cada ruido,
la mosca agrandaba aún más su tamaño. Los tobillos de Manuel tocaron el agua,
se detuvo, supo sin mirar atrás, que no podía seguir retrocediendo. El ruido cesó,
la mosca ya tenía el tamaño mismo del techo de la casa. Empezó a emitir el
sonido del llanto de un bebé. En medio del llanto, la mosca, comenzó a morderse
a sí misma y arrancarse pedazos mientras aleteaba en señal de vuelo. Manuel,
acorralado buscó su arma reglamentaria, sin quitarle la vista de encima a la
escena, la palpó con la mano, la tomó. Pero cuando iba a desenfundarla, una
especie de enredadera color violeta, salió de la arena, le envolvió los brazos
y lo sujetó, mientras lo iba apretando, la enredadera brotaba flores de
colores. Manuel echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos, los abrió con el
sol encima. La mano de Cecilio le apretaba el brazo que agarraba el arma.
Manuel quitó su brazo violentamente, miró al
cura asustado y algo enfadado.
-¿Quien es usted? ¿Que me hizo? ¿Como sabía
que esa era la casa?- preguntó casi sin respirar, mientras se alejaba de
Cecilio y se mojaba los pies en el agua. El cura, con un tono calmo le
respondió:
-Juan Manuel, tiene que calmarse. Yo no sabía
que esta era la casa, yo no me detuve, veníamos hablando y usted se detuvo
allí, de hecho hablamos varios minutos ahí parados hasta que usted identificó
la casa. Es cierto, yo sabía que algo por aquí no estaba bien, lo sentía,
imaginaba que la casa debía estar por estos lugares, pero no estaba seguro
donde, inclusive el mar me produce sensaciones extrañas, algo que no me pasó
nunca- el cabo frenó sus pasos, aunque seguía mirando con desconfianza. Cecilio
agregó:
-Tiene que confiar en mí, Juan Manuel. Yo sé
lo mismo que usted, incluso menos. No sabía con certeza que esta era la casa,
ni me detuve yo, ni elegí la dirección en la cual caminamos. Usted va a tardar
en comprenderme, eso lo sé, tengo presentimientos, sensaciones, veo cosas que
la mayoría de las personas no puede ver- Cecilio tomó las manos del cabo:
-Toda mi vida me pasó esto, de chico
inclusive sufrí todo tipo de agravios, fui perseguido durante mi adolescencia,
me escondí, me escapé, me castigué. Hasta que un día me encontré. Puedo
asegurarle una sola cosa, si usted confía en mí, al final de todo esto,
habremos salvado más de una vida. Nos necesitamos Juan Manuel, yo llegué a Las
Pardelas por algo, por alguien, usted me estaba buscando, confiemos-
Manuel respiró profundo, pareció entregarse a
las palabras del clérigo.
-¿Que me pasa padre? ¿Por que me ocurre esto?
No se que es realidad y que no-
-Eso no importa ahora, por el momento todo es
realidad, al menos usted lo vive así, juntos vamos a llegar al fondo de eso. No
perdamos el enfoque , vamos a prepararnos para la festividad, ya tendremos
tiempo para todo- cerró Cecilio.
Antes de irse del lugar, el cura se paró
frente a la casona una vez más. Giró la cabeza, puso cara de asco, incluso
tosió un poco, pero no dejó de mirar. Manuel, sin fijar mucho la vista en la
casa, y concentrándose en el padre, preguntó:
-¿Que ocurre padre Cecilio? ¿Que piensa? ¿Que
siente?-
-Que aquí evidentemente hay algo malo, muy
malo. Pienso también que a los demonios hay que atacarlos de raíz...- Cecilio
hizo una pausa y miró al cabo, quién le devolvió la mirada con algo de intriga,
el cura completó: -Y yo no tengo lugar donde quedarme a pasar los días. La casa
está deshabitada ¿no?-
Juan Manuel no supo ni por donde empezar a
criticar la increíble insinuación de Cecilio: -Pero usted... usted está
loco...usted se piensa que... yo no voy a venir acá... yo no voy a ser
parte....- El cura interrumpió:
-Tranquilo Juan Manuel, no voy a pedirle
nada, usted sólo sabrá que hacer. Pero dejemos esto para los próximos días, voy
a estar cómodo en la capilla. Vamos, a cambiarnos y a cenar-
Alrededor de las 21 horas, todos los negocios
cerraron sus puertas, y a las 23, el pueblo entero estaba en las calles. La
playa principal del pueblo se vio repleta de vecinos y turistas que llegaron de
todas partes para la ceremonia. El color blanco predominaba en la vestimenta de
la concurrencia. Cada persona llevaba consigo una antorcha a o una vela que
sería utilizada para encender una parte de la estructura ceremonial.
El clima presentaba una temperatura de algo
más de 24 grados, el viento apenas era un soplido y el cielo exhibía
inusualmente todas las estrellas que la contaminación lumínica permitía
exhibir. Los adultos brindaban con champagne bajo la luz de la luna, los niños
correteaban en la orilla del mar, jugando con el agua, invitados por el hermoso
clima veraniego.
Canelo y Alsamendi disimuladamente celebraban
que el clima acompañe y maquille la situación caótica que se vivía en Las
Pardelas puertas para adentro. Estela y Osvaldo, padres de Joaquín, el último
niño desaparecido, presenciaban la ceremonia desde lejos, con sus velas en
mano, esperando para encender El Pátano y así pedir por el regreso de su hijo.
Cecilio y Manuel se encontraron en la playa.
El cabo vestía su habitual uniforme policial, mientras que el cura sorprendía
con una remera sin mangas blanca, una bermuda floreada y ojotas. Cecilio bromeó
a Manuel:
-¿Usted nunca anda de civil, cabo?-
-Me siento cómodo con mi uniforme, no sé, es
como una protección, una especie de capa de superhéroe- dijo Manuel entre
risas.
Canelo se presentó cerca de la medianoche
frente a la estatua del Pátano y empezó su tradicional discurso:
-Bienvenidos una vez más a esta hermosa
celebración de la familia y el amor. Este ha sido un año difícil para los
habitantes de Las Pardelas, pero queremos poner la mejor energía para que las
cosas mejoren y para que los turistas que nos acompañan este año se sientan
felices- aplausos generales- ¡y ahora para dar inicio al fuego, nuestro amado
"Barracuda"!
Entró en escena un anciano de muy baja
estatura, poco pelo blanco y espalda sumamente encorvada. De todas maneras, la
principal característica del hombre eran sus ojos completamente blancos. El
hombre caminaba lento y con las palmas algo extendidas hacia adelante.
El padre Di Santo volcó su cabeza hacia un
costado y lo miró con curiosidad:
-¿Quien es ese Juan Manuel?-
-Barracuda, es de los habitantes más antiguos
de Las Pardelas. Todos lo conocen, y él conoce a todas y cada una de las
personas que pasaron por el pueblo. Antes era capaz hasta de decirte los
números de documento de todos, ahora ya está grande y desmemoriado, lo toman
más para la joda. Cuando era jovencito trabajaba en el faro, después todo eso
se fue automatizando, el hombre ya no servía de mucho. Se reinventó y se puso a
hacer excursiones de pesca en kayak y lancha.-
-¿Usted lo conoce? ¿Habló con él?- preguntó
Cecilio mientras miraba al cielo.
-Algunas veces, repito, es un hombre extraño,
no se si hay mucho para hablar. Me ha contado algunas historias... padre ¿que
mira?-
El cura señaló el cielo por sobre el mar.
Nubes negras poblaron un sector importante en fracción de segundos. Mientras
tanto, Canelo intentaba encender la antorcha de Barracuda, sin éxito. Alsamendi
le cedió su encendedor, este tampoco funcionó, pronto varias personas
intentaban encender sin éxito el fuego. Cecilio volvió a mirar el cielo y abrió
los ojos con terror. Casi sin poder gritar, en un volumen que casi no se
escuchaba por el bullicio de la gente, dijo: -Una centella...-
Una bola de electricidad enorme se había
formado en el mar, todos miraron inmóviles, de pronto el bullicio se transformó
en silencio. La centella explotó, generando un ruido parecido al de un rugido.
Todos gritaron y corrieron. En medio de la situación, la antorcha de Barracuda
se encendió, este estaba pegado a la estatua, que empezó a quemarse.
-¿Que es ese olor espantoso?- preguntó el
cabo sin buscar una respuesta concreta. Cecilio que aún miraba el mar, dijo:
-Azufre. Cuando las centellas explotan, hacen
olor a azufre-
Canelo intentaba calmar a la gente y
animarlas ahora si a encender el Pátano. Pero algo terminó de romper la poca
esperanza festiva que quedaba. El grito aterrador de los niños que previamente
jugaban en la orilla del mar.
La multitud corrió hacia el lugar y pudo
verse el horror: la marea traía el cuerpo sin vida de un hombre adulto en un
estado avanzado de descomposición, a simple vista le faltaba una oreja y ambos
ojos, tenía el rostro parcialmente quemado. Sin embargo, lo que quedaba de sus
ropas y su cabello, lo hicieron fácil de identificar, al menos para el cabo:
-Es el agente Ferguson...-
Canelo se tomó la cabeza y Alsamendi se
desesperó por dispersar a la gente de la escena, sin esperar que se complicara
aún más. El grito de una mujer a unos diez metros del cuerpo de Ferguson se oyó
con absoluta claridad: -¡Nicolás! ¡Por favor que alguien me ayude! ¡Mi hijo
Nicolás desapareció!
El Pátano, mientras tanto, ardía.
CAPÍTULO V- El VIAJE

Canelo había perdido a su hombre de
confianza. Orejeó sus cartas y lo único que tenía en las manos era a Alsamendi
y su equipo. La situación era límite y todos los caminos conducían al fracaso
de la gestión. El comisario Alsamendi tomó la palabra:
-Bueno, estamos casi todos, debo decirles que
la cosa está complicada muchachos. Ya cargábamos con situaciones confusas,
algún crimen que quedó abierto, algunos rumores sobre el pueblo, pero esto…
esto nunca. Tenemos dos chicos perdidos y un agente federal asesinado, mutilado
y exhibido ante el pueblo y los turistas. La única realidad es que estamos
varados en el medio de la nada. No tenemos sospechosos, no tenemos móviles y no
tenemos escena. Todo lo que ocurre, es igual de incognito tanto para los
civiles como para nosotros. Este es el momento de trabajar en conjunto- la
puerta de la comisaría se abrió-
-Ahh, llegó García, y además acompañado de…
de ¿un cura? Bueno, si esto ya era un circo…-
-Perdone la demora comisario. Siento llegar
con una persona ajena a la fuerza, pero él es alguien que puede darnos una
mano, tiene una especie de instinto, ehh, tiene intuición, ehh, perdón, permítanme
presentárselos. Él es el padre Cecilio Di Santo, viene de Italia y creo que
podría sernos de ayuda en este momento de incertidumbre-
Alsamendi se acercó caminando despacio hacia
ellos, miró a los ojos a Cecilio y apoyó una mano en la pared, sosteniéndose:
-Padre, disculpe, no es con usted. Me
presento, soy el comisario Fabio Alsamendi y estoy a cargo. Yo tengo mucho
respeto por la fe, por la biblia, pero sinceramente no quiero más problemas…-
Cecilio miraba al hombre, pero al mismo
tiempo miraba todo su entorno y a todos los presentes, como buscando algo.
Parecía no escuchar mucho lo que decía el comisario. Después de unos segundos
de silencio, y caminando por la comisaría, respondió:
-Pedro 5:10: “Después de que ustedes hayan
sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a
su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y
estables”. Usted mismo lo dijo recién, Alsamendi, no tiene nada ¿de verdad está
en condiciones de negarse a una ayuda espiritual? ¿Qué daño puede hacerle?
Mire, le voy a decir lo mismo que le dije a Juan Manuel, si usted confía en mí,
al final de todo esto, salvaremos más de una vida. No podemos pensar en las que
ya se perdieron, solo rezar por ellas. Pero si, podemos pensar en las que aún
podemos salvar, como por ejemplo el último de los chicos, el que desapareció
ayer-
Los oficiales parecían desconcertados ante la
presencia del cura. Gutiérrez preguntó:
-¿Cómo sabemos que aún podemos salvar a los
chicos desaparecidos? ¿Cómo sabemos que siguen con vida?-
Manuel interrumpió, para intentar poner algo
certero sobre la mesa:
-La persona o lo que sea que esté haciendo
esto, está siendo acorralada, se está equivocando y actuando con desprolijidad.
Ferguson había encontrado algo, por eso lo mataron. El último chico desapareció
hace unas horas, nadie salió o entró en el pueblo, cerramos todos los accesos.
Tiene que estar acá, entraremos en todas las casas si es necesario-
Alsamendi, acoplándose a la conversación,
preguntó con tono de desconfianza:
-Perdón cabo ¿me pareció a mí o usted dijo
“la persona o lo que sea que esté haciendo esto? ¿A que se refiere con “lo que
sea’?-
Manuel guardó un silencio algo incómodo,
retrocedió dos pasos. Cecilio volvió a tomar la palabra:
-Creo que algo tiene que ver con el Pátano.
No se bien que es. Pero hay algo que me dice que tenemos que indagar ahí-
Alsamendi, resignado, intentó una vez más
poner un manto de cordura:
-Padre, perdón, nuevamente. El Pátano es una
leyenda urbana, es un mito, básicamente no existe, es una historia que se le
cuenta a los chicos para asustarlos ¿A dónde quiere llegar?-
-No me refiero al Pátano en sí, Alsamendi. No
estoy diciendo específicamente que una bestia gigante se está llevando a los
chicos. Pero anoche cuando vi la ceremonia, cuando ocurrió todo, sentí que esa
leyenda tiene más para decirnos de lo que conocemos. No le pido mucho, déjeme
trabajar con Juan Manuel. Con él y sus herramientas policiales, más lo que
pueda aportar yo, traeremos algunas respuestas-
El establecimiento policial parecía una misa,
la voz de Cecilio retumbaba en el silencio de los presentes, que lo oían con
atención. Lo que decía sonaba absurdo, sin embargo ¿Quién podía negarse a
escucharlo? El mismo Alsamendi se sentía completamente acorralado y con suma
desesperación por conseguir respuestas. Tanto por él como por la integridad del
pueblo.
-Bueno padre, haga lo que crea necesario,
indague sobre la leyenda, invoque a todos los santos ¿Qué podemos perder? Lo
único que le pido encarecidamente: discreción. Especialmente con el señor jefe
comunal. El horno no está para bollos. Si alguien pregunta, usted es una
especie de acompañante espiritual del cabo que no está bien y está trabajando
para salir adelante, etcétera, etcétera-
-No estaría mintiendo si digo eso, comisario.
Eso es lo que soy. No voy a ser policía, no voy a ser detective. Soy
simplemente un hombre de fe, y este pueblo necesita de eso-
La conversación parecía llegar a su fin,
Manuel le hizo una seña a Cecilio y este pareció recordar algo:
-Ah, una cosita más, Alsamendi- dijo el cura
mientras con el brazo iba llevándolo hacia un lugar más alejado del resto de
las personas. Incluso bajó un poco el tono de voz: -Yo estoy necesitando un
lugar donde quedarme. La casona Krupsky me parece ideal, quizás allí pueda
entender algo de lo que pasó, no lo sé. Me gustaría instalarme allí ¿Qué
posibilidades hay?-
-La casa está en alquiler, igual que antes. O
al menos eso creo. Yo no soy dueño de la propiedad. Si quiere le puedo
conseguir el teléfono de Krupsky para que lo llame y lo hable con él- Alsamendi
parecía algo desorientado con la propuesta de Cecilio.
-Me gustaría verlo en persona ¿Dónde lo
podemos encontrar?-
-Vive en Arenas Blancas. La ciudad está aquí
a una media hora, cuarenta minutos más o menos yendo en colectivo-
Alsamendi además le indicó a Cecilio que le
pidan a la oficial Gutiérrez la información precisa de su dirección exacta o
cualquier otro detalle que necesitara.
Cecilio sintió la necesidad prioritaria de ir
a visitar al dueño de la casona y así se lo hizo saber a Manuel. El hecho de
ser 25 de diciembre complicaba un poco las cosas, un solo colectivo salía ese
día desde Las Pardelas hasta Arenas Blancas, y lo hacía recién a las 19 horas.
Manuel y el padre Di Santo, decidieron entonces separar caminos y encontrarse
alrededor de las 18:30 horas en la terminal de colectivos.
El cabo decidió pasar ese tiempo en la
comisaría, junto con sus compañeros de equipo intentaron durante horas
encontrar alguna huella dejada por el agente Ferguson: revisaron una y otra vez
el escritorio que ocupaba, leyeron minuciosamente cada papel que encontraron,
pero no eran más que tickets de compra. Lo único que encontraron con algo de
relevancia fue un boleto de colectivo ida y vuelta a Arenas Blancas con fecha
fijada cuatro días antes de la aparición de su cadáver. Sin embargo, esto no
era tan significativo, el hombre viajaba seguido entre los dos lugares. Además,
registraron el departamento donde se hospedaba, pero no encontraron más que
algunas prendas de ropa interior y efectos personales de poco valor. El tipo
era un fantasma, no había dejado rastros de su investigación. De todos modos,
una cosa era segura: se había acercado a algún lugar, por eso su fatal
desenlace.
Mientras tanto, Cecilio, decidió pasar las
horas en la playa. Vestido de civil, como cualquier persona que va a la playa,
se instaló en la arena con una manta. El día se presentaba algo nublado, pero
sin embargo el calor de diciembre hacía que la jornada sea disfrutable, incluso
se dio el gusto de bañarse en el precioso mar pardelense.
El padre, no fue a sentarse en cualquier
lugar, eligió específicamente el sector donde Barracuda hacía sus salidas de
pesca con los turistas. Mientras él estuvo, salieron dos grupos de personas. La
escena de un tipo con los ojos completamente blancos, comandando a un grupo de
personas hacia el mar profundo era fascinante. Cecilio veía admirado como los
turistas confiaban en el hombre. Incluso pudo oír algunas opiniones de gente
que salía de la playa con bolsas llenas de pescados de todos los tamaños: “es
un fenómeno el tipo” “¿vos viste que frenó de golpe, tiró la red y sacó cuatro
pescados? ¿Cómo sabía que estaban ahí?”
El hombre evidentemente tenía un don, no sólo
era un hábil pescador, si no que además parecía intuir todo lo que pasaba
dentro del océano. El padre Cecilio no dudó, aprovechó que el sujeto estaba
parado en la orilla y se acercó a charlar con él. De cerca, la figura de
Barracuda era aún más impresionante: sus ojos eran completamente blancos como
la espuma del mar, y además grandes, algo desproporcionados con su rostro,
incluso. Era bajito, con apenas algo de pelo blanco (casi pelusa) y se paraba
muy encorvado. Una tira fina y larga de barba blanca le salía desde abajo del
labio inferior, como una decoración desubicada en un hogar.
-¿Desea pescar? Eso se lo tengo que cobrar.
Ahora, si viene a ver a un viejo ciego, el espectáculo es gratis- bromeó el
hombre. Cecilio se mostró amable y soltó una pequeña risa:
-No, no. Las lanchas me marean, pescar no
puedo, con gusto le puedo comprar alguno que haya sacado, eso si-
-No, disculpe, yo no comercio peces, solo
vendo la excursión en lancha, lo que es del océano se saca y se come, no se
vende. Si fuera por mí, incluso haría todo gratis, pero ya ve, con algo hay que
vivir-
Cecilio intentó llevar la conversación hacia
otro lado, no le interesaba en lo más mínimo la pesca, ni la actividad
comercial del hombre. Sin embargo, se vio interrumpido por un ataque de tos.
Casi que no podía emitir otro sonido.
-¿Está bien señor? Si necesita agua allá hay
mucha- dijo Barracuda señalando el mar.
El padre, en medio de la tos, nuevamente dejó
caer su cabeza hacia un costado, mirando al misterioso hombre. Presintió algo
malo. Se alejó unos pasos, la tos cesó, y por fin pudo retomar la conversación:
-Yo estoy de visita en el pueblo, me dijeron
que usted conoce todo de aquí. Imagino que eso incluye las leyendas y mitos.
Estoy interesado en saber más sobre El Pátano. Desde el momento en que vi su
representación en la fiesta de la playa, me llamó mucho la atención. Y bueno,
todo lo que ocurrió después-
Barracuda siguió con sus ojos blancos
gigantes apuntando en dirección al mar. Luego soltó una risa, un tanto
incomoda.
-Se que le causa gracia. Un adulto
preguntando por esas cosas, pero es que…- Cecilio no pudo terminar la frase y
fue interrumpido por un Barracuda un tanto más serio:
-Lo que me da risa es que le digan leyenda.
La gente cree que utilizando esa palabra, el monstruo va a dejar de existir, y
acá, todos saben que existe. Más de uno lo vio. Antes que no sepa de que forma
preguntarme, si, yo también lo vi. De chico yo veía, lo vi en el bosque una
noche, lo seguí sigilosamente y vi como se hundía en el mar-
Cecilio se quedó callado por unos segundos
mientras observaba de lejos al hombre, el silencio era apenas adornado por el
golpeteo de las olas en el casco de la lancha anclada de Barracuda, por primera
vez le pudo ver los dientes amarillos, el pescador parecía algo nervioso o
asustado.
-¿Puede contarme un poco más? ¿Qué es en
realidad El Pátano?-
-Le voy a contar se forma breve, la lluvia
nos va a echar de la playa en no menos de tres minutos- dijo Barracuda
intentando apuntar sus ojos en dirección al padre, que miraba el cielo
corroborando las nubes amenazantes.
-El Pátano es un chacal. Una bestia inmensa,
tan inmensa, que no podría describirla en palabras. Es el culpable de todas las
desgracias del pueblo, es el que se lleva a los chicos. Todos lo saben, la
policía lo sabe, el jefe comunal lo sabe, incluso, los padres de los chicos
desaparecidos lo saben, pero lo niegan públicamente ¿Quién va a venir a
veranear a una playa acechada por un monstruo roba niños?
-¿Por qué se lleva sólo a los chicos?-
preguntó Cecilio.
-No sé, nunca le pude preguntar- respondió
irónico Barracuda.
-Lo que si sé, es que vive en el mar, pero sale a cazar a la
superficie. Los captura, y los devora en alta mar. Dicen que en el centro del
océano existe su guarida, en las profundidades donde el hombre no es capaz de
llegar. Por suerte para nosotros, El Pátano necesita muy poco alimento, sale a
cazar pocas veces, es eso, o que tiene otros territorios de caza que no
conocemos, incluso quizás, esos territorios no sean de este mundo. Cuando yo
era chico lo vi, pero la vida es extraña. Cuando uno es chico, nadie le cree
nada, después en la adultez media, pasas a ser el fascinante contador de
historias, y en la vejez, nuevamente nadie te toma en serio-
Las primeras gotas de agua, cayeron sobre la
playa, y en cuestión de minutos, la lluvia desalojó por completo el lugar.
Cecilio intentó decir algo más, pero Barracuda se llevó el dedo índice en forma
recta y de costado hacia sus labios, pidiendo silencio. Unos segundos después,
un trueno hizo rugir la playa.
-Perdone, me encanta el ruido de los truenos.
Los siento antes que ustedes. Yo también merecería una leyenda ¿o no?- decía
barracuda, elevando el tono de voz mientras Cecilio se alejaba. Lo último que
oyó el padre fue:
-Un gusto charlar con usted, turista cazador
de mitos. Aquí me encuentra todos los días, solo busque mi lancha anclada. Hay
muchas historias más de este pueblo maldito-
El padre Di Santo volvió a la capilla con un
amargo sabor en la boca. Cecilio realmente poseía un don para ver cosas más
allá de lo que el ojo regular puede. El cura, veía energías alrededor de las
personas, colores, incluso figuras. Con Barracuda le había ocurrido algo
particular: el hombre estaba envuelto en una luz tenue, así al menos lo pudo
ver Cecilio. Logró ver una sabiduría inmensa y al mismo tiempo un encierro,
como si Barracuda encerrara en sí mismo
a otro hombre. Además la tos no era buena señal. El cura sabía que al estar
cerca de una presencia negativa, la tos emergía, como un dique que se quiebra.
Pero también, al alejarse unos pasos, se calmaba. Cecilio tuvo intriga, tuvo
dudas y tuvo miedo. Tuvo deseos de volver a ver al pescador, o saber más de él.
De algún modo, todo parecía tejerse en un mismo ovillo. Di Santo tuvo por
primera vez la certeza de que en Las Pardelas no había casualidades.
Por su parte, Manuel, buscaba en el plano
terrenal las respuestas a todas las experiencias sobrenaturales que estaba
experimentando. Dentro de sus profundos miedos y sus traumas, el cabo sabía que
por el camino de lo tangible iba a encontrar una respuesta, comprender y
comprenderse.
Subieron al colectivo que los trasladaba
hacia Arenas Blancas en los últimos dos asientos del piso de arriba, fueron los
primeros en acceder al vehículo. Cecilio tenía un pequeño morral color marrón
oscuro con él. De allí sacó un frasco de píldoras y se tomó una. Luego sacó su
libreta y empezó a anotar algunas cosas. Se recostó un poco en su asiento,
buscando una comodidad que aquel precario coche no le iba a ofrecer. Manuel
parecía mirarlo con algo de intriga, o preocupación:
-¿Está bien padre?-
-Si, un poco cansado, hoy estuve mucho en la
playa…- el padre vio la preocupación del cabo. Entendió que no tenia demasiado
sentido hacerse el distraído, Manuel preguntaba por las pastillas.
-Si me pregunta por las píldoras, no se
preocupe, son inhibidores, es un tratamiento, pero estoy bien ¿acaso no me ve?
Estoy en mi mejor momento- bromeó Cecilio. Manuel pareció no entender demasiado
la broma, o en todo caso, no le hizo mucha gracia.
El trayecto hacia la ciudad vecina se vio
enmarcado por un franco silencio entre Cecilio y Manuel. Las gotas de lluvia
golpeando en las ventanas del micro y el ruido del motor del coche se
presentaban como únicos sonidos en aquel ambiente, por primera vez, algo
triste. Las cosas parecían no encaminarse hacia una pronta verdad, aunque sin
decirlo, ambos depositaban toda su fe en encontrar algunas respuestas en Arenas
Blancas. Al menos algo que los saque del pozo en el cual se encontraban.
Cecilio intentó romper el silencio en la
mitad del viaje:
-Hoy hablé un rato con Barracuda- soltó,
intentando capturar la atención del cabo, quien solo lo miró, esperando que
complete.
-Me ocurrió algo parecido que con lo del
Pátano y la noche en que lo quemaron. Hay algo que no comprendo, algo que me
hace mal al verlos. Pero no puedo comprender aún que es-
¿De verdad cree en eso del Pátano, padre?
¿Usted piensa que existe un monstruo que se lleva a los chicos?- Manuel pareció
entrar en la conversación.
-No tengo dudas de eso. Hay un monstruo que
se lleva a los chicos y que además es muy posible que tenga que ver con todas
esas otras atrocidades que han golpeado al pueblo. Lo que no sabemos es que
forma tiene ese monstruo, que es realmente El Pátano. Creo que usted tenía razón cabo, de algún
modo veo una red, como si todos fuéramos parte de una telaraña colosal. Ahora
hay que salir de esa telaraña e intentar entenderla-
Manuel respiró un poco más profundo. Lo
aliviaba no estar sólo y que alguien parecía entenderlo, al mismo tiempo, el
terror se apoderaba de él. Empezar a comprender que el infierno que imaginaba
era real era un paso importante en su propia historia.
El colectivo detuvo su marcha en la terminal
de Arenas Blancas después de 37 minutos de viaje en una ruta tranquila debido a
la fecha navideña. Antes de que las puertas siquiera se abran, Manuel pudo ver
como desde el primer asiento se levantaba una mujer antes que nadie e intentaba
salir apresurada. La vio algo similar a la mujer misteriosa que lo observó en
su casa. Ella, incluso, antes de descender por las escaleras del colectivo,
miró por sobre su hombro y casi que hizo contacto visual con el cabo, aunque la
distancia era considerable y podía estar mirando cualquier otra cosa. Esta vez
pudo verla más en detalle, aunque no estaba seguro, al menos era una esperanza
de no estar volviéndose loco y que efectivamente una mujer lo estaba siguiendo
u observando. Se bajó rápido, por ende, una descripción fiel de ella sería
arriesgada, pero si pudo ver una figura algo pequeña, un cabello negro lacio y
lentes grandes, estilo culo de botella.
Manuel pensó en comentárselo al padre Di
Santo. Sin embargo, decidió no embarrar aún más el terreno que ya estaba sucio.
Además ¿y si era sólo una confusión y aquella mujer sólo viajaba ahí de
casualidad? O peor aún ¿si todo seguía siendo producto de su imaginación y sus
visiones? Al menos la certeza que tenía el cabo era que aquella mujer, hasta el
momento, no había inferido ningún peligro. Aunque se mantendría atento, decidió
no comentar nada.
La terminal de Arenas Blancas se presentaba
el doble de grande que la de Las Pardelas, y además más moderna. Incluso tenía
formato de terminal de colectivos, y no un simple techo con algunos asientos.
Era fácil identificar que aquella localidad era mucho más importante, con más
terreno y más habitantes, lo que abría aún más el mapa de posibilidades para
los dos viajeros.
Tomaron rápidamente un taxi en dirección a la
casa de Claudio Krupsky, ubicada frente al mar, en una posición bastante
similar a su otra propiedad de Las Pardelas.
-¿Van a la casa del doctor?- preguntó el
taxista mirándolos por el espejo retrovisor.
-Si ¿lo conoce? ¿Cree que nos va a dejar
entrar?- respondió Manuel.
-Supongo que si. Hace mucho no se lo ve ya.
El hombre es una eminencia acá, un médico del carajo, operó a mi hijo hace ya
bastantes años. Díganle que le manda un saludo Alfredo, el taxista, me va a
conocer, muchas veces llevo sus pedidos del supermercado o a las enfermeras-
No había que ser un genio para deducir que el
hombre presentaba algún problema de salud. De todas formas, para asegurarse,
Cecilio consultó:
-¿Tiene algo grave el hombre? ¿Por qué no se
lo ve?-
-Bueno ya les va a contar él seguramente, acuérdense
de mandarle un saludo de mi parte. Ahí es la casa, la de madera oscura- señaló
Alfredo.
-Muchas gracias. Cabo ¿puede pagar usted?
Hasta que saco todo del morral y busco la billetera…- dijo Di Santo mientras se
bajaba del auto.
La casa era bastante distinta a la que tenía
en Las Pardelas. Esta era más moderna, pintada de un color casi negro, de un
solo piso pero de gran longitud. Con amplios ventanales de vidrio espejado que
abundaban en casi toda la propiedad y un cesped perfectamente cuidado que
rodeaba toda la construcción, aunque bien podía ser artificial. La principal
peculiaridad era que la casa no tenía otras propiedades alrededor, como si ese
sector (que era el más alejado al centro de la ciudad) hubiese quedado olvidado.
Eso la hacía ver aún más espectacular.
La noche ya estaba presente, el ruido de las
olas decoraba una zona desolada, a lo lejos se veían algunas luces del centro
de la ciudad. El reflector de la entrada de Krupsky era la única iluminación
artificial, alumbraba la entrada de la casa y además un poco la playa, el resto de la claridad era aportada por la
luna que se abría paso entre las nubes que se iban corriendo de a poco
anunciando un próximo día despejado.
Llegaron a la entrada, puerta negra, un
timbre eléctrico. Cecilio lo presionó y se quedó delante. Diez segundos más
tarde, se oyó una voz chillona y en muy bajo volumen:
-Si ¿Quién es?-
El padre inmediatamente dio tres pasos para
atrás e hizo un gesto con la mano abierta y extendida al cabo para que
responda. Manuel dudó, no se esperaba eso. Tardaron algunos segundos sin decir
nada entre ademanes y discusiones mudas para que alguien hablara, como dos
chicos. La voz del timbre insistió: -Hable-
Manuel resignado y mirando con rencor al cura
que estaba al borde de la risa, tomó la palabra:
-Hola doctor. Soy el cabo Juan Manuel García
de la policía de Las Pardelas, me acompaña un…amigo ¿podríamos charlar unos
minutitos con usted?-
No se oyó ninguna respuesta, Manuel y Cecilio
se miraron. El cabo insistió:
-Señor Krupsky, no es nada grave, es para
hablar de su casa y si nos saca alguna duda-
-Si, si, disculpen. Ya les abro, denme un
minuto-
Mientras esperaban, Cecilio sacó su libreta,
miró la casa, miró el mar y anotó algunas cosas. Antes de que Manuel pueda
darle rienda suelta a su curiosidad y preguntarle que anotaba, se escuchó la
cerradura de la puerta, acto seguido se abrió lentamente. El cabo y el cura
tuvieron que bajar la mirada para hacer contacto con Krupsky: el hombre estaba
sentado en una silla de ruedas. Completamente calvo, incluso sin cejas, de tés
pálida y un claro sobre peso.
-Adelante, pasen por favor- dijo Krupsky
mientras se corría hacia atrás con su silla y les daba paso a los visitantes.
El interior de la casa era muy amplio, con
pisos de madera y techos altos. Aunque era de noche, se podía intuir que el
lugar era muy luminoso durante el día por sus grandes ventanales. En el centro
del living se encontraba un sillón de dos cuerpos de cuero negro y una mesa
ratona de vidrio con algunos adornos bastante exóticos. Todo sobre una alfombra
con diseños arabescos. Contra un rincón del living, un piano vertical y en la
pared que estaba frente a la entrada, una enorme biblioteca llena de libros de
medicina, demasiado alta para un hombre con movilidad reducida. Dos puertas
bien lejanas llevarían a la cocina y la habitación con baño en suite.
Manuel se detuvo a mirar los libros, no pasó
por alto el detalle de los ejemplares inalcanzables. Krupsky lo notó:
-Los de arriba de todo son los de primer año,
por suerte ya no los necesito hace mucho, pero me gusta tenerlos exhibidos,
siento que valorar el pasado es tener también un mejor presente. Tomen asiento-
agregó señalando el sillón.
Manuel y Cecilio se sentaron juntos en el
sillón mientras que Krupsky acomodó su silla frente a ellos con gran habilidad
y rapidez. El cabo miró al cura intentando deducir en sus gestos si presentía o
veía algo en Krupsky pero el hombre se mantenía serio, apenas entre cerró los
ojos, quizás intentando buscar algo que no encontraba. Sin perder mucho tiempo,
el doctor tomó la palabra y con su voz diminuta exclamó:
-Imagino que necesitan saber si yo tengo
algún dato que brindarles de esa mujer que estuvo en mi casa-
-Entre otras cosas, si lo tiene sería de
utilidad- dijo Manuel.
-No puedo servirles de mucho. A la chica casi
no la conozco. Se apareció un día aquí en mi casa, se ve que sabía de mi
posición o la fama de mártir que me hicieron aquí en Arenas Blancas. La mujer
parecía muy asustada, como si escapara de algo, perturbada. Me dijo que estaba
embarazada, que la ayudara, dándole trabajo o techo. A mí me dio mucha pena en
ese momento, no soy psiquiatra pero se notaba su fragilidad mental. No podía
decirle que no y dejarla varada con una criatura en la calle. Tampoco podía
meterla acá conmigo, en la situación física que me encuentro, hasta la más
débil dama puede lastimarme. Pensé que lo mejor podía ser mandarla allá, a esa
casa…- el hombre bajó la cabeza y la sacudió de un lado a otro.
-¿Qué tiene la casa?- preguntó Cecilio.
-Hasta ahora pensé que nada, que eran ideas
mías. Pero ya está claro que no. La casa está maldita-
-¿Qué le hace pensar eso?- repreguntó Manuel.
-Fue progresivo. Yo nací ahí en el 42, un año
importante para la historia de Las Pardelas. Fue cuando ocurrió todo aquello
con la que después bautizaron “la bruja del bosque” ¿saben de que les hablo?-
Cecilio miró a Manuel en búsqueda de algún
gesto. Pero Manuel parecía más interesado en la historia de Krupsky: -Algo se.
Después le cuento padre ¿Qué pasó después?-
-En el 62, cuando yo tenía 20 años, mi mamá
nos abandonó a mí y a mi papá, de un día para el otro, como si algo la hubiera
asustado mucho. Para mí, la casa, o algo de la casa. En el 67 me recibí con
honores de medico-
-Eso fue algo bueno- intentó interrumpir el
cura.
-Si. Eso si. Nosotros no tenemos más familia,
éramos los tres. Esa tarde mi papá estaba esperándome afuera de la facultad de
Arenas Blancas, me abrazó, lloramos. Y después me trajo caminando hasta acá,
hasta esta casa, me dio la llave y me dijo que la estaba pagando hacía algunos
años, que era mi regalo por recibirme. Me dijo que tenía que venir a vivir
aquí. Yo no me quería ir de mi casa la verdad, no lo quería dejar sólo…-
Krupsky pareció quebrarse, agachó la cabeza, hizo una pausa y continuó:
-Esa noche me quedé a dormir acá, hice
algunas cosas, me fui familiarizando con la casa. Al día siguiente volví a Las
Pardelas. Cuando entré a mi casa me encontré con el cuerpo sin vida de mi
padre. Se había pegado un tiro en el corazón. No me dejó ni una nota, nada.
Siempre pensé que el tiro en el corazón era un símbolo de no haber superado
nunca el desamor de mi madre, el abandono. Pero al mismo tiempo, siempre supe
que en esa casa pasaba algo más. Después de eso me quedé algunos años ahí,
estaba tan deprimido que ni me levantaba de la cama, no trabajaba, no hacía
nada. La casa me empezó a consumir. Empecé con dolores de espalda, al poco
tiempo me detectaron un tumor cancerígeno. Me operaron y salió bien, esa fue mi
señal para irme de ese lugar para siempre-
Manuel se quedó observando la silla de
ruedas, no comprendiendo por qué estaba en ese estado, el hombre tendría unos
60 años. Krupsky interpretó la mirada y agregó:
-Esto pasó hace un año, el tumor se volvió a
manifestar, de un día para otro me quedé así. Y bueno, acá estoy, intentando
aprender a vivir otra vez. Eso pasó un tiempito antes de conocer a esta chica
que me pidió ayuda. Yo no la quise lastimar, no saben lo que lloré cuando me
enteré lo que pasó. Siempre creí que la idea de la casa maldita era algo que me
pasaba a mí. Soy un hombre de ciencia, intenté no creer en eso, por eso la
mandé allá. Me arrepiento muchísimo-
Cecilio y Manuel guardaban silencio, la
incomodidad y el dolor del hombre se apoderaron de la escena. Ante el incómodo
momento, Krupsky intentó profundizar en la presencia de los eventuales
visitantes de su hogar:
-Imagino que alguna sospecha parecida sobre
la casa deben tener ustedes también. Quiero decir, la presencia de la policía
la entiendo y es esperable, se necesita investigar todo. Pero ¿un cura? Traté
de no hacer un escandalo, pero es bastante chocante-
-Soy una especie de acompañante espiritual
del cabo. El hombre fue quien entró en la casa, imaginará que las cosas que
vivió no son fáciles, necesita de la fe para continuar. Dígame ¿Qué es lo que
usted sentía en esa casa?- preguntó el padre. Sin embargo, antes que Krupsky
pudiera siquiera tomar aire para intentar responder, Manuel, como si no
escuchara mucho a nadie más, preguntó:
-¿No le llamó la atención que una mujer
cualquiera, de la nada, le toque la puerta a pedirle asilo? ¿Y usted le dio su
casa como nada?-
Krupsky miró a uno y después a otro: -¿a
quien le respondo?-
-Al cabo, respóndale al cabo- dijo Cecilio
-La gente aquí en Arenas Blancas está
acostumbrada a pedirme cosas. Cualquiera se lo puede decir. Podría arriesgarme
a decirle que una vez por día recibía gente. Me pedían trabajo, comida, un
consejo, lo que sea. No hay demasiados profesionales como yo en esta ciudad.
Siempre intenté ser generoso, una manera de devolverle a la gente todo lo que
me acogió en su ciudad. La chica esta no era de Arenas Blancas, ni de Las
Pardelas, al menos yo nunca la había visto, tampoco me dijo de donde era. La vi
muy desesperada, no se que más necesita que le diga- Krupsky se tomó unos
segundos de silencio, se miró el cuerpo, sus ojos parecieron llenarse de
lágrimas. Mientras tanto Cecilio lo miraba intentando descifrarlo, entre
cerrando los ojos. El hombre continuó:
-Mírenme, estoy en el final de mi vida. Uno
cuando llega a estas instancias necesita liberarse de todos los pesos
terrenales, cerrar los ciclos, irse liviano. Me pareció una buena oportunidad
para terminar con todo aquello de la casa maldita. Lamentablemente me salió
mal, y me iré con otra cruz, aún más pesada-
Ese fue el momento preciso para que el padre
Di Santo expusiera la idea por la que había ido en realidad hasta allí,
mientras Manuel ya se predisponía a irse, el cura dijo:
-Yo puedo ayudarlo a cerrar ese ciclo. Se que
será difícil de comprender, pero necesito que confíe en mí. Déjeme instalarme
en ese lugar, déjeme conocerlo y encontrar que hay allí-
Mientras Cecilio hablaba, Krupsky movía la
cabeza de un lado a otro en clara señal de negación, posiblemente ni siquiera
haya llegado a escuchar el enunciado completo del cura.
-De ninguna manera, ya está padre, ese lugar
tiene que ser demolido, quemado, no lo sé. Pero no voy a cargar yo con otra
desgracia, déjeme irme con mis muertos en paz, hasta aquí llegó mi relación con
esa maldición-
El padre Di Santo vio el terror en los ojos
del doctor, pudo percibir en cada una de sus palabras el rechazo visceral de
ese hombre por la propiedad y todo lo que representaba. Sin embargo no se
rindió y decidió jugar su carta fuerte:
-Señor Krupsky, yo desempeño mis dones en
Roma hace muchos años, y no cualquier rol. Hace mucho tiempo soy la mano
derecha del papa, soy su hombre de confianza. Y quiero que no se altere a
escuchar una palabra que lo puede remontar a la fantasía o el cine; yo soy
exorcista-
Krupsky abrió grandes los ojos, pero no tanto
como Manuel, quien desde al lado le clavaba la mirada al padre. Este último
acostumbraba a dejar un silencio cada vez que decía esa palabra. Sabía que las
personas necesitaban un lapso para comprender el peso de todo eso. Antes de
seguir hablando, le dio dos palmadas en la rodilla al cabo:
-He visto muchas cosas, más de las que
piensan. Créame, Krupsky, si hay algo en esa casa que nos acecha, no va a
doblegarme. Pero sólo lo podemos averiguar si usted me deja entrar-
El doctor se llevó una mano a los ojos,
después suspiró fuerte. Avanzó con su silla hasta la biblioteca, tomó de uno de
los estantes un juego de llaves oxidado y antiguo y se lo acercó al padre.
-La redonda grande es la de la entrada, la
cuadrada es la de atrás, las demás abren algunas cosas innecesarias de la casa.
Espero no estar equivocándome otra vez-
Cecilio tomó las llaves con una mano las
apretó fuerte, esbozó un gesto de desagrado, algo de asco, tragó fuerte,
después respiró un poco agitado. Manuel le preguntó si se sentía bien, y este
respondió que sí, moviendo la cabeza. Claudio miraba la escena totalmente
desconcertado, Manuel le hizo un gesto intentando explicarle que la situación
era normal. El doctor entendió que aquello que el cura había dicho no era una
puesta en escena ni una farsa, algo especial había en él.
La noche ya caía sobre la ciudad, Cecilio y
Manuel debían volver a Las Pardelas, pidieron a Krupsky que les encargue un
taxi por teléfono, el hombre lo hizo inmediatamente. Parecía que también lo
conocían de la empresa de taxi, la conversación era amistosa y agradecida, sin
embargo, Krupsky aclaró: -No, no es para mí el auto, es para unos amigos que me
visitaron-
-Vamos a esperar el taxi afuera, asi lo
dejamos descansar tranquilo, le agradecemos mucho la colaboración y por sobre
todas las cosas la posibilidad de instalarme en su casa- dijo el padre. Acto
seguido, el doctor les abrió la puerta y tras un saludo afectuoso entró en la
casa, dejando solos frente al mar a Cecilio y Manuel.
El cura volvió a sacar su libreta bordó,
anotó algunas cosas ante la atenta mirada curiosa del cabo:
-¿Qué anota ahí padre?- preguntó. El cura,
miró al mar y le respondió agitando la libreta ya cerrada:
-En estas libretas anoto todo lo que
concierne a los “casos” que estudio. En mi hogar allá en Roma tengo cientos de
estas, las compré en una librería cuando viví en Valencia. En aquel momento me
conocían como “el loco de la libreta”, compraba una todos los días. No estaban
tan lejos con lo loco. Lo importante cabo, es que en esta libreta están todas
las respuestas, si alguna vez necesita saber por donde seguir, la libreta bordó
es la respuesta-
Cecilio guardó sus anotaciones en el bolsillo
y luego se tomó otra pastilla. Manuel lo miraba confundido, aunque nada en el
padre era ortodoxo o convencional, lo seguía sorprendiendo. Miraron el mar por
unos segundos, al cabo Manuel le incomodaban un poco los silencios, intentó una
broma algo controversial, incluso para él mismo:
-Menos mal que tenía la llave de la casa
Krupsky, si no se la íbamos a tener que ir a pedir a Sara-
Manuel nunca pudo suponer que aquel
chascarrillo que tenía como única intensión romper el silencio, iba a
desembocar en una situación totalmente inesperada. Tras escucharlo, Cecilio
dejó de mirar el mar, lentamente giró la cabeza en dirección al cabo. Este,
comenzó a intuir hacia donde iba la cosa, antes que pueda echarse atrás,
Cecilio lo abrumó con una pregunta:
-¿Dónde está Sara?-
Manuel le esquivó a la mirada y la pregunta
del padre, siguió mirando el mar, no supo o no quiso responder. Cecilio
insistió con la pregunta, tras encontrarse acorralado, el cabo reveló la única
información que tenía:
-Tengo entendido que está internada en el
neuropsiquiatrico de Arenas Blancas. No sé mucho más, nunca quise preguntar ¿de
verdad piensa que es buena idea…?- antes que pueda terminar la pregunta, el
taxi apareció por la calle, Cecilio corrió, se subió primero, atrás se subió
Manuel, y pudo escuchar como el padre Di Santo decía: -Al hospital
psiquiátrico, por favor-
CAPÍTULO VI- SARA

En el zona opuesta al mar, en el punto más
lejano, sobre la ruta, en medio de la nada, se erguía el colosal hospital
psiquiátrico Silvio Vidal de Arenas Blancas. Cuatro pisos de alto, construcción
de piedra, desgastada por el paso de los años. Sus ventanas empañadas parecían
esconder todo tipo de historias pasadas. La maleza crecida a sus alrededores
evidenciaba un claro desinterés por la estética del lugar. Sobre el cuarto piso
se alzaba una imponente torre de reloj, detenido hace ya varios años. La noche tormentosa
se ofrecía como el lienzo perfecto para aquella pintura terrorífica.
El taxi se detuvo frente al hospital, Cecilio
no le quitaba los ojos de encima al lugar, ya bajándose le dijo al cabo que
volviera a hacerse cargo del transporte. Se pararon frente a la primera puerta
de rejas, que daba paso al espacio verde que antecedía a la entrada principal.
La puerta estaba cerrada, lógicamente, era tarde y además era 25 de diciembre,
sin embargo un pequeño timbre instalado sobre la reja, abrió la esperanza del
cura, quien lo presionó sin dudarlo.
El cabo miraba el suelo, en silencio le pedía
a Dios que nadie responda ese timbre. Sentía un profundo temor, no quería mirar
el edificio, lo aterrorizaba la posibilidad de encontrarse nuevamente con Sara.
Tan concentrado estaba en sostener algo de calma, que no notó que Cecilio
estaba intentando rodear el edificio buscando una entrada o intentando
encontrar alguien que pueda hacerlos ingresar. A lo lejos, comenzó a oír un
sonido extraño, una especie de siseo, era intermitente, sonaba por unos
segundos, luego cesaba.
Manuel ya intuía que podía encontrarse
inmerso en otra alucinación o trance o mundo paralelo. Sin embargo, conocer la
realidad, no la hacía más liviana. Opto por la lógica, intentó llamar a
Cecilio, pero la voz le salía muy despacio. Levantó la cabeza para buscarlo y
no lo vio. El siseo continuaba de forma intermitente. El cabo no tuvo más
opción que levantar la mirada y encontrarse de frente con el edificio: cuatro
pisos, seis ventanas por piso dando al frente, todas en completa oscuridad, la
única iluminación se encontraba en la planta baja y era muy tenue. El cielo
relampagueaba constantemente y la lluvia se hacía presente de manera intensa.
El sonido del siseo se camufló entre los
truenos, y un nuevo ruido apareció: una especie de golpe seco, no tan fuerte
como para hacerse notar entre los truenos pero tampoco tan despacio como para
no oírse. El edificio se iluminó por completo con un relámpago, la respiración
de Manuel se aceleró abruptamente, apretó fuerte las manos, se sintió tieso. El
edificio se iluminó con un nuevo relámpago, al mismo tiempo que se encendía una
luz en la ventana central del cuarto piso. Allí la vio: Sara estaba parada mirándolo
directamente, su mirada se asemejaba a la de un depredador a punto de cazar a
su presa, vestía un camisón largo blanco y los pelos enredados en la cara,
tuvieron unos segundos de contacto visual. Manuel temblaba como una hoja, Sara
sonrió, mostró sus dientes amarillos y podridos, sacó la lengua bífida y la
pasó por el vidrio, luego golpeó su cabeza contra el mismo. Una y otra vez,
cada vez con más intensidad y velocidad.
Manuel intentaba gritar, pero se sentía
paralizado por el terror. En un momento la mujer se detuvo súbitamente, miró
hacia donde él estaba, cambió su expresión de asecho por una de espanto. Cerró
la boca y abrió grandes los ojos, retrocedió, desapareció de la vista del cabo
y automáticamente se apagó la luz de su cuarto. Manuel sintió una mano en su
espalda, pudo mover nuevamente su cuerpo, su respiración agitada se transformó
en una crisis nerviosa absoluta. Por fin, oyó la voz de Cecilio detrás de él:
-Juan Manuel, cálmese, tiene un ataque de
ansiedad. Ya estoy aquí-
Manuel temblaba, intentaba señalar la ventana
,no le salían las palabras. Se desplomó sobre el pecho del cura quien lo abrazó
con fuerza. En ese momento sintió paz, sintió que estaba protegido. Cecilio
pudo entender la situación y le sugirió a Manuel irse en busca de un refugio
hasta que pase el temporal, ya dejando de lado la idea de entrar en el
hospital. Sin embargo, cuando emprendían la retirada, se oyó el grito de una
mujer que provenía desde la entrada principal:
-¿Me pueden decir que hacen en este lugar en
navidad y a esta hora?- dijo una señora. Vestía uniforme de enfermera. Se la
veía cansada, inclusive su figura podía prestar a confusión su edad real.
Manuel y Cecilio se acercaron lentamente hacia ella. La mujer no los enfocaba
bien, tomó una patilla de sus lentes y se los acercó un poco más a los ojos en
un claro gesto de esfuerzo. Al ver el cuello de Cecilio, la mujer cambió el
semblante. Abrió los ojos, metió la mano dentro de su uniforme y sacó una
llave, inmediatamente sin mediar palabras, abrió la reja y los invitó a
ingresar:
-Pasen, pasen, que se van a enfermar bajo
esta lluvia- agregó.
La sala de recepción del hospital lucía algo
lúgubre, apagada, con un olor particular, mezcla de humedad y esterilización.
Las luces parpadeaban producto de la tormenta. La ventanilla de recepción
estaba vacía, solo algunos papeles apilados, y un cartel armado con un collage
de revistas recortadas que decía “Feliz navidad para todos”. En la esquina de
la sala, una silla de ruedas oxidada, parecía fuera de uso. De fondo podían oírse
algunas voces aisladas a gran volumen que parecían ser de internos que no lograban
conciliar el sueño.
-Dígame, padre ¿Qué lo trae por acá?- dijo la
enfermera, juntando sus manos y mirando al cura con devoción, ignorando por
completo la presencia del cabo Manuel, quien se quedó detrás, observando el
lugar.
-Yo se que no es hora ni día, pero estábamos
en la ciudad, y es de urgencia que veamos a una interna…- antes que el cura
pueda terminar su frase, la enfermera retrocedió un paso y cambió su expresión
de entusiasmo por una más terrorífica.
-No me diga nada, viene a ver a esa mujer- le
dio la espalda al cura y agarró fuerte un rosario que tenía colgado- Ese
monstruo no tiene salvación, ni mucho menos perdón de Dios- volvió a girar en
dirección a Cecilio y cerró: -Si fuera por mí, le hubiese puesto cianuro el día
que llegó-
Mientras Manuel observaba con sorpresa desde
el fondo de la habitación, Cecilio escuchaba atento a la enfermera y giraba la
cabeza, intentando ver su interior.
-Permítame decirle que todos tenemos
salvación. Y aún más, todos tenemos perdón. De una u otra manera, no es
necesario que Dios perdone, ni siquiera es fundamental recibir el perdón de
quien hemos lastimado. Yo intento a ayudar a las personas a encontrar su propia
salvación. Nadie merece sufrir en vida. Y otra cosa más, amar mucho a Dios no
nos hace mejores personas, primero hay que erradicar el odio de nuestros
corazones- dijo lo último mientras tomaba las manos de la enfermera y la
ayudaba a soltar el rosario.
-De todas maneras, no estoy autorizada para
dejar ingresar a nadie, menos en este día y mucho menos a un cura que nada
tiene que ver con el hospital- dijo la enfermera con un tono claro de enfado.
-Pero a mí sí me tiene que dejar ingresar-
alzó su voz Manuel dando dos pasos al frente- Soy policía de Las Pardelas,
estoy investigando un caso y si no me deja ingresar, voy a tener que demorarla
por obstruir una investigación. Sin contar su pequeño detalle del cianuro. No
sería agradable para nadie que se la investigue por posibles daños a otros
pacientes ¿Qué sería de la reputación de una enfermera de tantos años?-
Tras unos segundos de silencio, la enfermera
dio la espalda a los hombres y les dijo:
-Tienen 10 minutos, síganme- emprendiendo
rumbo a las escaleras que se encontraban en la habitación contigua, una especie
de sala de estar.
La escalera de madera crujía a cada paso que
daban, la subida de los cuatro pisos se hacía larga, y el silencio era apenas
maquillado por el murmullo de los internos que permanecían encerrados en su
habitación. El ambiente se presentaba oscuro, con unas pocas luces en los
rincones y en el descanso entre pisos. Cecilio miraba para todos lados y
parecía balbucear algo que no se llegaba a oír, pero que provocaba más nervios
en el cabo.
Llegaron al cuarto piso. Pasillo largo, tres
habitaciones de cada lado, cada una con una puerta de hierro oxidada y un
número que la identificaba. En el final del corredor una ventana con barrotes
negros y sobre ella, un pequeño cuadro del sagrado corazón.
-Tercera puerta a la derecha. Diez minutos,
no quiero tener más problemas- dijo la enfermera mientras se daba media vuelta
y emprendía el regreso por las escaleras. Cecilio avanzó, pero Manuel interrumpió
con una catarata de preguntas:
-Perdón señora ¿Así nomás? ¿la puerta está
abierta? ¿No es peligrosa?-
-Cuando la trajeron, la pusimos en una sala
de alto riesgo, paredes acolchonadas, chaleco de fuerza, pichicatas todo el
día, todo el circo. Después empezamos a ver que no hacía nada. Literalmente
nada, come, hace sus necesidades, eso si, desde que llegó no dijo una sola
palabra, es un ente. Por eso la pasamos a una habitación común-
El cura, ya tomando el picaporte para entrar
a la habitación, miró a Manuel que se encontraba en el medio del pasillo y le
dijo:
-No hace falta que venga Juan Manuel. No
necesita demostrar nada- el cabo no reaccionó y simplemente se quedó estático
viendo como Cecilio ingresaba para encontrarse de una vez por todas con Sara.
La habitación era un cuadrado casi perfecto;
en el vértice izquierdo, contra el rincón, una cama de una plaza con sábanas
blancas, a su lado una pequeña mesa con un velador encendido y el resto solo
pared blanca algo descascarada por el paso del tiempo. Sentada en la cama con
un camisón blanco largo y los pelos negros enmarañados se encontraba la mujer.
Sus pies descalzos y con algunas lastimaduras tocaban el suelo, su mirada
estaba perdida en un punto fijo.
Ni bien cruzó la puerta, Cecilio sintió un
gusto ácido en la garganta, como algo con mucho vinagre. Tragó profundo y dio
algunos pasos más. Apoyó la puerta pero no la cerró del todo, una hendija
permaneció abierta. Mientras más se acercaba a la mujer, más se acentuaba el
gusto ácido, le costaba acercarse, sin embargo no percibía algo decididamente
malo, no podía descifrar bien que era lo que esa persona le trasmitía. Se paró
a su lado e intentó llamarla por su nombre, pero ella no le respondió, con
mucho esfuerzo se posicionó frente a ella en cuclillas para poder estar cara a
cara, hicieron contacto visual, ella inmediatamente bajó la vista unos centímetros
en dirección al crucifijo plateado que llevaba el padre Cecilio, empezó a mover
los labios suavemente, como intentando susurrar algo, el cura no podía percibir
sonido alguno. Acercó su oido a la boca de la joven y pudo escuchar que decía:
-De mi misma sangre, y a mi sangre, el diablo dentro de mí- lo repetía una y
otra vez, con mayor intensidad y velocidad. La mujer se empezó a ver alterada.
Cecilio volvió a mirarla a los ojos y le dijo:
-Sara, no hay tal diablo aquí. Solo estamos
usted y yo-
De un momento a otro dejó de hablar y giró la
cabeza lentamente en dirección a la puerta semi abierta. Cecilio siguió con su
mirada la misma dirección y ambos vieron que en la entrada estaba parado
Manuel, mirando la escena, estático. El cabo desde su óptica observó que Sara
comenzaba a esbozar una mueca de sonrisa, luego le mostró los dientes,
amarillos y picados. Abrió la boca muy grande y miró a Cecilio que estaba distraído
viendo la cara de pánico de Manuel.
Esta vez, el cabo estaba decidido a no
repetir el pasado, iba a actuar, no iba a dejar que la tragedia y los traumas
se volvieran a apoderar de su mente. Sacó con gran velocidad su arma
reglamentaria, la cargó y apuntó a Sara. Las manos le traspiraban, nunca en
toda su carrera, Manuel había estado tan decidido a dispararle a una persona,
el cuerpo le temblaba y ni siquiera le salió la voz de alto. Cecilio levantó su
mano intentando calmarlo:
-Juan Manuel, por favor, baje el arma..- pero
el cabo parecía decidido a actuar, y no se dejó persuadir. Le pidió al padre
que se aparte de la mujer, y sin esperar más tiempo, se acercó corriendo para
posicionarse frente a la situación. Puso el arma en la cabeza de Sara que ya no
sonreía. Se miraron otra vez a los ojos. Todas las pesadillas volvieron a
hacerse presente en los recuerdos de Manuel; la casona, el bebé, los sonidos,
los olores. Casi como una voz fuera de plano podía oir algunas palabras balbuceadas
por Cecilio, pero el cabo seguía encerrado en su odio:
-¿Qué se pierde padre? Si le pego un tiro y
le vuelo la cabeza ahora ¿Quién pierde? Esta mujer es un monstruo, no tiene
nadie que la reclame, no tiene pasado ni futuro ¿para que la dejaríamos vivir?
Con solo decir que fuimos atacados y disparé para defenderme se terminaría toda
esta pesadilla- Tomó aire y la miró como se mira al peor enemigo de frente.
Antes de apretar el gatillo sintió la mano de Cecilio apoyándose en la suya.
Todo se calmó, todo ese odio y veneno parecieron ser cauterizados, hasta los
ojos de Sara parecieron achicarse y perder espanto. Manuel por fin pudo oir lo
que el padre le decía:
-Aunque le parezca raro, quizás estoy de
acuerdo en algunas cosas que dice, pero no es el camino, ni el lugar, ni el
momento. Confíe en mí, todo en su justa medida y a su debido tiempo. Si de
verdad aquí permanece el mal, no es el momento de exterminarlo, además, hacerlo
de esa manera, no haría otra cosa que trasladar todo ese mal a usted-
Mientras pronunciaba las últimas palabras,
Cecilio pudo bajar el arma. Manuel, agobiado y en un estado de pánico absoluto,
salió corriendo de la habitación. Bajó las escaleras a toda velocidad, la
enfermera de turno lo vio con una sonrisa. Salió a la calle, traspasó la
entrada y se sentó en el suelo, bajo la lluvia copiosa. Se puso las manos en la
cara y rompió en llanto.
En el medio de ese profundo dolor, pudo
escuchar unos pasos que se acercaban por la vereda, supuso que era Cecilio.
Escuchó un paraguas abrirse por sobre él, las gotas ahora rebotaban de forma ensordecedora
sobre la tela. Levantó la mirada y por fin la vio; era ella, la mujer que veía
desde lejos, la que siempre estaba sin estar, la que parecía seguirlo. Lejos de
tener miedo, Manuel percibió paz en ella, pero las palabras no le salían. Ella
tomo la iniciativa:
-Hola Manuel, mi nombre es Carla, te digo
Manuel ¿no? Creo que te gusta más así- el cabo asintió. Ella parecía saber por
donde entrar.
-No voy a mentirte, e intentaré ser breve
para no abrumarte más. Supongo que habrán entrado a ver a Sara y las cosas no
salieron como esperaban- Manuel cambió un poco su semblante y la duda se hiso
presente.
-¿Cómo sabe usted todo eso? ¿Quién es?-
Carla miró al cielo con expresión de
preocupación. Después miró la entrada del hospital y pudo ver al padre Cecilio
parado anotando algo en su libreta.
-Te prometo que hay respuestas para todo lo
que me preguntes, pero no creo que sea cómodo para ninguno de nosotros hablar
en este contexto. Vayamos a algún bar que esté abierto y les digo todo.
Extendió su mano, Manuel, casi con resignación la tomó y se levantó junto a
ella. Al menos, algo se iba a resolver: ¿Quién era esa misteriosa mujer?
CAPÍTULO VII- TIRAR PARA DESENREDAR

-Cabo ¿está bien? ¿Quién es ella?-
-No sé, una tal Carla, que aparentemente nos
viene siguiendo hace bastante.. –
-Por favor- interrumpió Carla- subamos a mi
auto y vayamos al bar de la terminal de colectivos que seguro debe estar
abierto, les prometo que les voy a explicar quien soy y por que sé tanto de
ustedes-
Manuel miró al padre Di Santo buscando alguna
señal de su percepción sobre la mujer. El cura sonrió, tímidamente, pues la
situación recientemente vivida no merecía demasiadas alegrías. Sin embargo, ese
gesto inspiró confianza en el cabo. Además la lluvia caía cada vez con más
fuerza, por eso decidieron subir al auto de la mujer e ir rumbo al bar.
Ya en el recinto fueron recibidos por un mozo
joven con cara de pocos amigos:
-Un café chico- ordenó Carla.
-Yo tengo el estómago cerrado, no puedo
ingerir nada- respondió Manuel.
-Que sea irlandés el mío y tráigame un
cenicero por favor, que necesito fumar- cerró el padre.
Mientras Cecilio encendía su cigarro y Manuel
intentaba recobrar del todo la cordura, la mujer sacó de su bolso unas hojas de
papel escritas a mano y las apoyó en la mesa. Ante el silencio de los hombres,
tomó la palabra:
-No quiero andar con muchos rodeos. Mi nombre
es Carla May, soy de la ciudad capital y soy periodista-
-Algo no me cerraba en ella, sabía que tenía
algún interés deshonesto, vamos padre- Manuel intentó levantarse. No obstante,
Cecilio lo sentó de nuevo y le hizo una seña a Carla para que continuara.
-Escribo para uno de los diarios con mayor
tirada de la ciudad. Hace casi 5 años que trabajo ahí. Por aquel entonces, por
cuestiones azarosas y por un ex amor bastante olvidable, vacacioné en Las
Pardelas. Me tocó pasarla mal, no por el pueblo en sí, si no por mi relación de
ese entonces, la pareja ya estaba casi terminada y no tuvimos mejor idea que
intentar salvarla vacacionando en uno de los lugares más aburridos del mundo.
Cuando volví, tenía que escribir una nota de color, algo pasatista, me tocaban
un par de párrafos en una sección bastante superficial. Por despecho y por
falta de herramientas, terminé escribiendo una nota sobre el pueblo maldito de
Las Pardelas. No tuvo mucha repercusión, pero me ayudó a empezar a escalar. Hoy
tengo un buen puesto, escribo sobre homicidios y tengo muchos contactos
alrededor del mundo y en casi todas las fuerzas policiales-
El mozo interrumpió sirviendo los cafés
mientras la ceniza del cigarrillo del padre casi tocaba la mesa.
-Bueno, cuando ocurrió lo de Sara, un hombre
estaba vacacionando en el pueblo. No supo mucho que pasó, pero si vio el
movimiento policial y todo el escándalo. Al volver a la capital se contactó
conmigo, había leído y recordado mi artículo. Intenté explicarle que aquello no
había sido más que palabrería, pero de todos modos algo en mi intuición me hizo
seguir el caso, me fui directamente al lugar de los hechos, empecé a investigar
y me encontré con una situación completamente atrapante. Al principio creí tener
entre mis manos la nota del año, de la década, decidí indagar un poco más, ahí
fue cuando apareció usted padre Di Santo, y todo se volvió aún más fascinante.
La realidad es que perdí de vista mi trabajo y la parte profesional, ahora solo
quiero saber más y más, por eso elegí presentarme ante ustedes sin máscaras,
para poder colaborar-
Manuel volvió a mirar a Cecilio con algo de
recelo, intentando inducir a este a desconfiar de la mujer. Sin embargo, el
cura se mantenía entusiasmado:
-¿Puedo preguntar que sabe de nosotros?- dijo
mientras apagaba su cigarrillo.
Carla tomó una pila de hojas de la mesa, se
acomodó los anteojos, se tocó su pelo negro corte carré y leyó en voz alta:
-Juan Manuel García, cabo de Las Pardelas.
Hijo de Ernesto García (policía también) y Beatriz Romano, ama de casa. A sus
17 mataron a su padre en un asalto, a los 22 se recibió de policía y conoció a
Clara Godín, con quien se casó y convivió hasta hace tres años cuando ella
falleció de un cáncer de mama. Debido a una fuerte depresión lo mandaron a
vivir a un lugar que le fuese ameno, el mar- apoyó las hojas en un costado y
agregó – cosa que no pareciera ser tan acertada a fin de cuentas-
Tomó otra pila de papeles y se volvió a tocar
el pelo antes de leer, en lo que ya parecía un claro toc:
-Cecilio Di Santo, hijo de italianos, Giuseppe
y Lucia Di Santo. Vinieron al país después de la segunda guerra mundial, acá
tuvieron a Cecilio. Familia humilde, él tuvo problemas con adicciones que lo
llevaron a tener inconvenientes con la ley, a raíz de eso, a sus 19 años, su
padre lo envió a Italia, intuyo que a modo de escape, quizás sin mucha
esperanza de que el joven se reformara. Pero increíblemente aquel muchacho
rebelde encontró a Dios. Se volvió una especie de hombre milagroso, tanto así
que hoy es un hombre de mucha confianza del mismísimo papa. Yo encontré que su
labor es ser exorcista, francamente pensé que eso era un cuento de las
películas. Cuestión que el hombre se la pasa “salvando” gente, deduzco que eso
lo trajo hasta este hermoso lugar- apoyó los papeles y miró las caras de
sorpresa de los hombres.
Manuel parecía indignarse por dentro, pero no
lo demostraba, porque notaba una expresión de felicidad en su compañero
Cecilio, este, miró a la chica y le dijo:
-Impresionante. No se te escapó un detalle-
-Casi que no- respondió ella juntando los
papeles- el único detalle que no me cerró es un tema médico suyo Cecilio, se
que estuvo mal de salud y que visitó muchos doctores en Italia en los últimos
años, pero no pude llegar a una conclusión con eso, los registros que encontré
son de hace diez años y tenían un diagnostico equivocado; decían que usted
tenía cáncer en los pulmones, claramente la información desde la clínica a mis
fuentes o de mis fuentes hacia mí fue perdiendo credibilidad. A menos que esté
sentada hablando con un fantasma- rió
-Sería imposible ¿no?- dijo Cecilio mientras
el cabo lo miraba entre cerrando los ojos. Antes que la conversación pierda su
curso útil, el cura le preguntó a Carla:
-¿Qué sabe del Pátano? ¿La bruja del bosque?
¿Todas esas leyendas del pueblo tienen algún sustento real?-
-Por lo que yo sé, no. Al menos yo no
encontré nada, no obstante, siento lo mismo que usted, la única pista concreta
es esa, el bicho ese que se lleva a los chicos en la playa. Será un monstruo
real o será algún loco disfrazado, pero pienso que todas las historias tienen
un comienzo-
Cecilio parecía pensar mirando la borra de su
café, Carla esperaba alguna reflexión concreta de lo que venían hablando y
Manuel sólo miraba al padre.
-Yo creo que la chica puede sernos muy útil
Juan Manuel…-
-No estoy de acuerdo- interrumpió el cabo- el
comisario nos aclaró una y mil veces que no quería escándalos y usted quiere
meter a una periodista a trabajar en todo esto-
-Podemos decir que soy una pitonisa, una tarotista,
no sé. Convengamos que cuando llegó el padre, lo dejaron trabajar desde el lado
de la espiritualidad-
En medio de la inherente discusión, y ya
parándose para abandonar la mesa, Cecilio soltó la única reflexión lógica
posible:
-En este momento ya no importa demasiado lo
que piense el comisario, tenemos chicos desaparecidos, tenemos sucesos
difíciles de explicar, necesitamos movernos. Yo tengo un presentimiento, y unos
pasos a seguir, por el momento seremos un grupo: yo aportaré desde mi lugar,
necesito instalarme en la casona donde ocurrió la tragedia del bebé, Juan
Manuel es nuestra carta de la ley, con él podemos actuar sin pedir permiso y
Carla nos quiere ayudar, evidentemente, si no, toda esta historia ya estaría en
todos los diarios del país-
Carla sonrió y juntó sus cosas, Manuel no
parecía muy conforme pero confiaba en el instinto del padre.
-Volvamos a Las Pardelas. Cabo, pague por
favor que me olvidé la billetera-
Un silencio incómodo se hacía dueño del viaje
hacia el pueblo dentro del auto de Carla. Manuel que iba sentado en el asiento
trasero exhibía una expresión de tristeza. Cecilio lo sabía, sin embargo
intentaba engañar al muchacho:
-¿Sigue mal por lo que pasó en el hospital?
¿Quiere que hablemos de eso?-
Manuel le respondió sin mirarlo:
-No se equivocó Carla ¿no? Mi esposa murió de
cáncer. Tomaba las mismas píldoras que toma usted-
La mujer intentaba no quitar la vista del
camino y Cecilio se mantenía en silencio, buscando las palabras exactas.
Mirando el costado de la ruta, los arboles y la nada, dijo:
-Fue hace diez años, si. Empecé con una tos
fuerte, después se sumó un dolor de espalda agudo, cuando visité al médico me
dio el peor pronostico. Al principio fue difícil, pero el tiempo ayuda a
comprender que todo ocurre por algo-
-No entiendo- dijo Carla- ¿diez años?-
-Mi esposa fue diagnosticada y murió en dos
años ¿Cuánto tiempo le dieron a usted?-
Cecilio parecía no querer responder, como si
aquella respuesta en realidad no importara.
-Seis meses. Un año cuanto mucho si realizaba
los tratamientos adecuados, pero a mí me parecía inútil ¿para que querría
estirar mi agonía? Más bien me decidí a cumplir todas las metas que me quedaran
pendientes. Sin embargo aquí me ven. Bastante entero- bromeó.
-No puede ser cierto, es un milagro… estoy
sin palabras, nunca creí que alguien podía curarse de cáncer. Menos aún sin
hacer tratamiento..- dijo Carla.
-Tiene razón en algo, señorita, es un
milagro, pero yo no estoy curado. Cada vez que me realizo una atención médica
el cáncer sigue allí. Es como un volcán dormido, no lo sé, me gusta creer que
es una señal, que hay algo que aún no hice en este mundo y que esa maldita
enfermedad está esperando a que la haga para liquidarme-
Manuel no pudo contener sus lágrimas, miró
por la ventanilla del auto y negó varias veces con la cabeza. Cecilio sacó su
libreta y anotó algo. Carla lo miró de reojo sin quitar la vista del frente. El
padre levantó su libreta y le dijo:
-Esta es una de mis libretas especiales, si
algún día necesitan saber algo, todas las respuestas están acá- luego la guardó
rápidamente en su bolsillo.
Llegados a Las Pardelas decidieron separarse
y poner en marcha el plan de Cecilio. Este iría a instalarse en la casona
Krupsky, el cabo pasaría por la comisaría para recabar nuevos datos de los
casos y luego en la noche se apostaría en la playa por pedido de Cecilio y su
intuición sobre el Pátano. Carla miró a Manuel y le dijo:
-¿Y yo? No quiero estar sola ¿Qué puedo
hacer?-
Manuel parecía ponerse nervioso ante la
mirada de la periodista y solo atinó a titubear, miro a Cecilio que esbozaba
una sonrisa pícara.
-No sé de que se ríe padre. Y usted no sé,
vaya a investigar, husmear en la vida de las personas, quizás encuentra algo
del demonio ese que come gente. No sé- Manuel parecía algo nervioso. El cura
intentó aportar:
-Quizás sería buena idea que lo acompañe en
su guardia nocturna en la playa-
-De ninguna manera. Yo soy policía, acá están
pasando cosas terribles, no puede venir un civil. Y terminemos con esta
discusión inútil- se dio media vuelta y abandonó a sus compañeros. Cecilio miró
unos segundos a Carla, sacó su libreta y anotó algo. Separaron sus caminos, al
menos por un rato.
El padre Di Santo llegó a la casona Krupsky
para intentar percibir algo que allí dentro pasara. Abrió la puerta delantera y
ni bien pisó adentro sintió un terrible escalofrío que le recorrió toda la
espalda. Todas las ventanas estaban cerradas, la luz del sol entró por la
puerta y dejó en evidencia el polvo flotando en el aire. Cecilio sin saber por
qué, se dirigió directamente a la parte de atrás de la casa, donde estaba la
huerta y todas las plantas. Al llegar al lugar sintió como algo le subía por la
garganta, emergiendo sin control. Acto seguido escupió un coágulo enorme de
sangre. Se quedó mirando el piso y sonrió, no con felicidad, si no con
resignación.
Se sentó un buen rato en ese patio, mirando
la huerta. Se sacó los zapatos para tocar la tierra con sus pies. Allí pasó
algunas horas hasta que comenzó a
oscurecer. Junto con la noche llegaron las nubes y las gotas de lluvia, Cecilio
se metió adentro de la casa sin saber por que había estado tanto en ese lugar,
por primera vez en mucho tiempo, se sentía perdido. Anotó algo.
Ya adentro y con la lluvia cayendo con más
fuerza, el padre Di Santo decidió realizar un pequeño ritual personal que le
ayudaba a ver cosas que no se encontraban en el plano terrenal; se sentó en una
silla en el medio de la sala, donde había ocurrido todo el episodio de Sara.
Sacó una navaja de su bolsillo y se cortó la palma de la mano. Se descolgó su
rosario de plata, lo apoyó en la herida y lo cubrió con la otra mano, apretando
fuerte. Cerró los ojos y rezó.
Un ruido se hizo presente, un chirrido, como
el que hacen las hamacas viejas en los parques. Lentamente abrió los ojos, la
casa estaba completamente oscura, en el medio de la sala colgaba el cuerpo de
un hombre, con una soga atada a su cuello y con el otro extremo en la viga
superior del techo. El cadáver se mecía con ritmo constante. Cecilio se
incorporó con calma, ajustó un poco la visión y pudo ver que el cuerpo no se
movía por sí solo; detrás había un niño empujándolo.
El pequeño vestía una camiseta con rayas
horizontales blancas y negras, un pantalón corto negro y zapatos del mismo
color con medias blancas. Tenía el cabello oscuro, algo desprolijo y caído
hacia su rostro. Se miraron, el niño abrió los ojos y levantó las cejas,
parecía asustado por la presencia de Cecilio. El padre estiró la mano con la
palma adelante en señal de paz. El niño sonrió y abrazó el cuerpo colgado para
detener su movimiento. Estiró la mano en dirección al cura, levantó el dedo
índice y lo movió para indicarle que lo siguiera.
El joven corrió hacia las escaleras. El padre
Di Santo carecía de estado físico, así que caminó lo más rápido que pudo
subiendo detrás de él. El final de las escaleras desembocaba en un pasillo con
una habitación a cada lado, mientras el niño avanzaba, las luces se iban
apagando. Ingresó por la puerta de la izquierda, Cecilio fue detrás.
Entraron a un dormitorio, una cama de dos
plazas con respaldo alto de bronce, veladores con telas de araña, un espejo
antiguo y un ropero enorme. Sobre la cama estaba tendida una mujer con un
avanzado embarazo, estaba atada de pies y manos a las esquinas de la cama, formando
con su cuerpo una especie de “x”. Cecilio no podía despegar sus manos del
rosario si quería seguir viendo, se veía imposibilitado de intervenir en sus
visiones.
El niño señaló un rincón de la habitación
donde había una silla grande con apoya brazos, Di Santo interpretó que debía
sentarse allí y lo hizo. La luz era muy tenue, el joven miró los veladores que
se encendieron con toda potencia proyectando luz blanca como la de un quirófano.
Ante la mirada del cura, se agachó y sacó una
caja de madera de abajo de la cama, la abrió y tomó entre sus manos un bisturí.
La mujer traspiraba y respiraba con fuerza, estaba completamente pálida y con
la mirada perdida. El chico miró el bisturí, luego miró al cura, y por último
miró a la mujer. Apoyó el instrumento filoso en la piel de su panza y sin
temblar el pulso lo hundió con todas sus fuerzas. La mujer perdió el
conocimiento automáticamente mientras el joven hurgaba y hacía un hueco
cortando todo el tejido.
Los ojos del cura se llenaron de lágrimas al
ver que el niño sacaba con sus manos el bebé que estaba dentro de la mujer.
Estaba limpio y sin cordón. El chico cerró los ojos, sacó su lengua y la acercó
al bebé con la intención de lamerlo. Cecilio, ya sin fuerzas para soportar
semejante espectáculo, soltó su rosario y la imagen desapareció por completo.
Di santo volvió a toser, esta vez con más
fuerza. Sintió que algo no andaba bien, que se enfrentaba a algo grande y
podrido. Y él no se veía con las fuerzas de otras veces para enfrentarse a ese
mal. Se sentó a pensar en lo que había visto, intentando así que aquella visión
desagradable al menos cobre algún sentido.
En la playa, inmerso en la oscuridad y bajo
una tenue llovizna, Manuel esperaba la nada misma. No obstante, aunque no
encontrara sentido a su guardia, sabía que debía confiar en lo que Cecilio
intuía.
Desde el episodio de Sara y la casona, el
cabo García no soportaba mucho la soledad ni los silencios, aunque no lo
demostrara. Intentó silbar un viejo tango que cantaba siempre su papá, caminó
hasta la orilla, tomo unas piedras y quiso hacer (sin éxito) sapito en el agua.
Cualquier cosa que le mantuviera ocupada su imaginación. De todas maneras,
mirar y oír el mar siempre iba a ser su máxima pasión. Así lo hizo, miró el
horizonte durante largo rato. Después de mucho tiempo, encontró la paz en el
silencio.
Sin embargo, esa calma no iba a durar
demasiado, una voz susurrada interrumpió su momento:
-Manuel…Manuel…-
El cabo dio un pequeño salto en el lugar y se
dio vuelta rápidamente para encontrarse con Carla, vestida con un sobretodo
largo y un gorro estilo piluso que casi no le dejaba ver su rostro.
-¡Por Dios! ¡Casi me mata del susto! ¿Se
puede saber que hace acá y así vestida?- dijo Manuel mientras la miraba de
arriba abajo.
-Me mataba la ansiedad de estar sola y no
saber que estaban haciendo. Necesitaba venir a acompañarlo, y me puse algunas
ropas para intentar disimular mi presencia-
Manuel parecía incómodo con la situación,
miró nuevamente el mar dándole la espalda a la chica:
-No es seguro. Están pasando muchas cosas, el
pueblo nunca estuvo así-
-¿Tenes miedo?- preguntó ella desde atrás
-Si. Pero no por mí. Tengo miedo de que le
pase algo a las demás personas- la voz de Manuel parecía quebrarse mientras
terminaba la frase. Él mismo cambió el rumbo de la conversación.
-Además ¿no debería estar metiéndose en la
vida privada de las personas?-
-¿Por qué siente tanto odio por mi trabajo?-
-Porque es indigno meterse en la vida de los
demás-
-Mire Manuel, intentaré ser clara con usted,
no todas las personas que tienen una misma profesión son de una misma forma,
eso de juzgar así es muy injusto ¿Sabe por qué elegí ser periodista? Porque me
encantaba investigar, me fascinaban las películas de detectives. Pero cuando
fui creciendo vi toda la basura que hay en la policía e intenté correr mi rumbo
hacia un lugar más tranquilo. Usted no puede negarme que hay muchos policías
corruptos, sin embargo, yo no puedo encasillarlo a usted en ese lugar, sería injusto,
de hecho no pertenece a esa descripción. A veces, hay que confiar en nuestra
intuición-
Dejaron unos segundos de silencio, solo el
golpear de las olas musicalizaba la escena, la lluvia había cesado un poco.
-Me siento un estúpido- dijo Manuel- no solo
por las cosas que digo a veces, si no también por estar parado en una playa de
noche esperando que aparezca una leyenda-
-Estuve investigando un poco la leyenda de
este tal Pátano. Es todo muy raro, o sea, algo sucede, no es casualidad que
sólo desaparezcan chicos. Pero al mismo tiempo hay cosas que no me cierran; por
ejemplo, es una leyenda relativamente nueva. Hablé con personas mayores y no
recuerdan haberla escuchado en sus infancias. Es como si…-
Un ruido entre las ramas de los médanos
interrumpió la situación, pareció moverse algo. Los dos se dieron vuelta, dándole
la espalda al mar para mirar.
-Pudo haber sido el viento- susurró Carla.
Se quedaron estáticos. Un rugido fuerte
provino desde la oscuridad de los médanos, algo chillón, parecido al de un
puma.
-Detrás de mí- dijo Manuel mientras tomaba su
arma pero sin desenfundarla. Carla se puso detrás, bien pegada a él. El rugido
apareció otra vez con más intensidad y las ramas se movieron con más fuerza.
-Saque el arma Manuel- susurró Carla. Pero el
cabo parecía no oírla, no quitaba la vista del posible peligro y se mantenía rígido.
De pronto sobre sus espaldas y en el mar apareció una fuerte luz seguida de un
sonido grave, al menos, en ese momento, eso fue lo que pudieron percibir. Carla
se dio vuelta para intentar ver que era, pero la luz la cegaba, Manuel se
mantuvo firme mirando hacia el otro lado.
Una figura apareció desde los médanos, la luz
molestaba y no dejaba ver con claridad, pero era la silueta de una criatura.
Manuel se agachó un poco intentando encuadrar. Carla volvió a mirar esa escena,
lo agarró fuerte de la espalda.
La figura se puso en cuatro patas y empezó a
correr a toda velocidad hacia ellos. Manuel mantenía el arma enfundada mientras
Carla lo apretaba cada vez más fuerte y el ruido del mar crecía en volumen.
-¡Cabo el arma!- gritó Carla ya con la
criatura casi encima.
Pero Manuel sintió que tenía que tomarse un
segundo más, y no se equivocó, ese segundo de más salvó una vida; justo cuando
lo tenía encima, el cabo vio el rostro de un joven. Lo frenó con un codazo en
el pecho, la forma más intuitiva y certera que encontró. Cayó en la arena y ahí
lo vio con claridad. Era Nicolás, el último niño desaparecido durante la fiesta
de fin de año. Estaba en ropa interior y tenía pelos negros grandes en todo el
cuerpo, como los de un lobo. Pero el rostro estaba claro.
La luz del mar se apagó automáticamente.
Carla intentó mirar para ese sector pero no pudo ver nada, ya todo estaba muy
oscuro. El cabo se centró en el muchacho que estaba tirado en el piso y aún
intentando hacer el rugido. Manuel se arrodilló y apoyó sus manos sobre él, queriendo
calmarlo. El joven parecía muy alterado, llegó a exclamar unas palabras antes
de caer desmayado: -La luz, tengo que ir a la luz-
A los pocos minutos, Alsamendi se enteró del
rescate de Nicolás y no dudó en llamar al jefe comunal para informarle la buena
noticia:
-¡Alberto, que alegría encontrarlo! Y que
alegría también la noticia que tengo para darle. Hemos encontrado a Nicolás, el
último chico perdido en las festividades. Está en una especie de estado de
shock y con algunas cosas raras que tenemos que investigar, pero está vivo que
es lo importante, podemos respirar.
Canelo no sonó muy entusiasmado en su
respuesta:
-¿Y que dijo? ¿Dónde estuvo? ¿Podemos avanzar
hacia algun lado?
Alsamendi no entendió el tono de su amigo.
Pero se limitó a responder:
-No, no dijo nada, está en shock, el cabo
García que fue quien lo encontró dijo que balbuceó una frase, pero que no tiene
mucha relevancia-
-Bueno, manténgame al tanto entonces.
Esperemos que nos sirva para seguir. Hasta mañana-
Alsamendi colgó el teléfono y miró el vacío,
sintió algo feo en el estómago, se sintió algo decepcionado. No obstante, por
primera vez, supo que estaban encaminados. Nicolás era la punta del ovillo,
sólo había que tirar, para empezar a desenredar.
CAPITULO VIII-LA BRUJA DEL BOSQUE

Cecilio se encontraba sentado en la arena
mirando las olas. Por primera vez en mucho tiempo, el sol era el protagonista
exclusivo y los turistas arribaban al pueblo. Manuel se acercó y se sentó a su
lado. Antes que pueda decir algo, el padre tomó la posta:
-Mirar el mar es sanador ¿no cree? Oírlo
también. Si presta atención, todas las olas son distintas. El viento es
especial, la arena se hace parte del cuerpo, y el horizonte nos da esperanza,
la esperanza de que siempre hay algo nuevo por venir, algo para alcanzar-
-Es hermoso…- dijo el cabo, pero Cecilio
parecía no oirlo.
-Sin embargo con este pedazo de mar no me
pasa, hay algo que me incomoda. Es como si en vez de mirarlo, disfrutarlo y no
pensar en nada, estuviera buscando algo entre las aguas, como si algo desde
allí dentro me gritara. Me distrae, eso es lo que ocurre, este mar me ocupa
lugar en la mente en vez de desagotarla-
Manuel lo miraba atento, intentando
comprender lo que su amigo le decía, o al menos seguirle la conversación, pero
prefirió no esforzarse tanto en ello. Los dos se quedaron en silencio unos
minutos. Manuel aprovechó para charlar con el padre:
-¿Cree que el diablo está aquí padre?-
-Si, por supuesto. El diablo está en todos
lados, cabo-
-¿Ese no era Dios?- dijo Manuel con una
sonrisa.
-También. Los dos están en todos lados y
quizás estén al mismo tiempo. Los antiguos hebreos atribuían lo bueno y lo malo
a una misma deidad. Yo creo que es algo parecido. Dios y el diablo son
energías, energías buenas y malas, y están en todas partes y al mismo tiempo.
Los humanos somos más poderosos que Dios y el diablo ¿sabe por qué? Porque
podemos elegir a quien recibimos. Ellos no tienen el control, nosotros tenemos
la última palabra, nadie nace bueno o nace malo, usted elige quien desea ser.
Usted decide si deja entrar en su cuerpo a Dios o al diablo. Somos los que
movemos los hilos del destino, ellos son meros espectadores. Parecido a un
hincha de futbol- bromeó.
-Eso sería una gran respuesta a cuando
alguien pregunta por qué Dios deja que muera un niño, por ejemplo ¿no?-
-Si, o por que si dios existe la comida rica
hace mal y la fea hace bien- rieron juntos- Si, Juan Manuel, esa es una gran
observación. Dios no permite nada, ni tampoco el diablo mata a ese niño. Hay
cosas que no tienen una explicación inmediata, se necesitan años de comprensión
y de fe. Las cosas suceden por algo, todos necesitamos aprender. En algunas
vidas aprendemos y en otras enseñamos. Las almas más antiguas, las que ya están
llegando al final del recorrido, esos son los maestros, los que ya no sienten
dolor, los que enseñan. Las más jóvenes son las más dolidas, las que están
aprendiendo que el fuego quema y el agua moja. O están aprendiendo a llorar una
perdida inesperada. Es un camino, Dios observa-
Tras cada frase de Cecilio, Manuel se quedaba
unos segundos intentando procesar, y mirando las olas.
-Esa noche, en esa casa, cuando todo esto
empezó, es muy difícil no pensar que vi al diablo. Y después lo que pasó con Ángel.
Lo que se hizo el pobrecito ¿Cómo puedo no pensar que el diablo se pasó a su
cuerpo y le hizo eso? O las visiones que tengo yo. Me pregunto varias veces si
eso no está en mí también-
-Primero que nada, esa noche no empezó algo,
esto tiene mucho tiempo atrás. Pero sí confío que esa noche se empezó a
resolver. Tanto para esa gente que allí estuvo como para usted. Un alma joven
que necesita aprender. Segundo, el diablo no es una varicela, cabo, no se anda
contagiando de cuerpo en cuerpo. Esas son películas de los setenta. Y tercero y
respondiendo a su pregunta sobre Sara y Ángel, hay que hablar también de salud
mental. Hoy se habla muy poco de esto y espero que en algunos años se hable más.
Me ha tocado presenciar cientos de casos de posesiones, brujas, fantasmas y
demonios, y en casi todos ellos me encontré con gente enferma. Así como se nos
enferma el hígado, los riñones o los pulmones en mi caso, el cerebro se enferma
también, y el control de nuestras acciones se pierde por completo. Sara me
trasmite un dolor muy intenso, uno que pocas veces sentí, pero no estoy seguro
de ver maldad en ella. Ángel ¿Cuánto lo conocía usted a él? Pero no hablo de
charlas banales, me refiero en profundidad ¿sabía si sus padres lo querían? ¿Si
sufrió abusos o acosos en su niñez? ¿Si tenía traumas? ¿Si tomaba alguna
medicación o si sufría de depresión? Ustedes dos aquella noche presenciaron una
escena espantosa, capaz de romper la psiquis de cualquier ser humano. Quizás en
Ángel ocurrió eso. Y no se sienta culpable, usted no tenía que salvar a nadie,
estaba luchando por sobrevivir a su propio infierno, por cierto, muy bien lo ha
hecho-
Manuel lloró como un chico. Se quebró por
completo. Apoyó la cabeza entre sus rodillas y dejó salir toda la angustia.
Cecilio le puso su mano en la espalda. Ese contacto era paz.
Luego de un rato, Manuel se recompuso y le
hizo una última pregunta al padre:
-Me habla de vidas pasadas o futuras, de
salud mental. Desde que lo conozco siento que no lo entiendo muy bien, es el
católico más raro que conocí en mi vida- Cecilio rió y le respondió:
-Yo soy católico, budista, musulmán,
protestante, judío. Todas ellas y ninguna. Amo la semilla de cada religión, la
forma en la que expresan el amor y la compasión. Y detesto casi todo el resto,
en especial las instituciones que las representan-
-Pero ¿usted no trabajaba para el Vaticano?-
preguntó asombrado Manuel.
-Si. Es una larga historia, pero resumiéndola,
entendí en un momento de mi vida que era especial, que podía ver cosas que la
mayoría no. En ese momento también entendí que podía ayudar, mucho, salvar
vidas inclusive. Necesitaba un escenario, una propaganda. El catolicismo es la
religión que más fácil llega a las personas y el Vaticano es una gran herramienta
para repartir mi ayuda. Ellos lo saben, he tenido decenas de discusiones
sumamente enriquecedoras con obispos y cardenales o con su santidad en menor
medida. Amo el catolicismo, amo la biblia y la palabra de Dios, es sanadora,
nos da esperanzas. Pero es sólo eso, una herramienta, una guía. Como dije
antes, en los creyentes también entra el diablo, y a veces, obran en nombre de
Dios-
Manuel se sentía satisfecho, enriquecido de
conocimiento. Le agradeció profundamente las palabras, contemplaron el mar un
buen rato.
-Igual, aunque este mar me produce algo
distinto al resto, me dan muchas ganas de bañarme un rato- bromeó Cecilio.
Manuel miró a su alrededor y respondió:
-Hay bandera roja y negra padre-
-¿Eso es malo? Pensé que rojo y negro significaba
que estaba todo bien.
-En este caso no. Es mar peligroso-
-Bueno será la próxima- cerró Cecilio.
Por un momento, al menos en esos minutos,
parecieron olvidarse un poco de las tragedias y los males. Simplemente vivieron
un rato de paz. Manuel pensó en preguntarle a Cecilio como se había sentido en
la casona Krupsky. Lo miró, inhaló para preguntarle, pero el padre levantó su
palma y lo frenó antes de que este pudiera decir algo.
-Disfrutemos un rato del paisaje y el clima
Juan Manuel- dijo Cecilio mirando el horizonte, intuyendo la intención del
cabo.
Una voz apareció en el radio comunicador de
Manuel. Era Soldano:
-Manu ¿me copias?-
-Si, te copio Martin ¿Qué pasa?-
-El jefe quiere vernos a todos en la
comisaria en diez minutos. Dijo que si estabas con el cura lo traigas también-
Manuel miró a Cecilio quien asintió con la
cabeza.
-Vamos para allá- se levantaron, se quitaron
un poco la arena y partieron.
Ya en el lugar, Alsamendi, al cual se lo veía
cansado, posiblemente con muy pocas horas de sueño encima, reunió a todos en la
sala principal y les dijo:
-Muchachos, la situación está así: hemos
encontrado a uno de los chicos perdidos- un intento de aplausos interrumpió por
unos segundos el enunciado del comisario, quien levantó las manos pidiendo
silencio- Lo primero que les puedo decir es que a raíz de esto me he topado con
una noticia buena y otra mala; la buena es que se le hicieron estudios al
muchacho y nos arrojaron una pista para seguir que ya les voy a contar. La
mala…. (inspiró profundo) es que intuyo que estamos por nuestra cuenta. Algo me
dice que hay gente que no quiere que resolvamos esto, ni que avancemos. Por
eso, a partir de ahora, el grupo de trabajo es este, los que estamos acá y
nadie más ¿se entendió?- enfatizó mirando al cabo- todos asintieron. Luego de
un pequeño silencio agregó – Inclusive el cura-
Cecilio sacó su libreta y esperó las
novedades para tomar nota, se mostró entusiasmado. Manuel se sintió empoderado,
parte de algo. Alsamendi retomó la palabra mientras se colocaba unos lentes
para ver y tomaba unas hojas de papel:
El muchacho Nicolás presentaba un estado de
delirio bastante importante, luego de ser inducido al sueño por varias horas
despertó y no recordó nada de lo que le había pasado. Sin embargo los estudios
nos dieron algo para seguir: hiosciamina e hioscina. Son tóxicos naturales,
alucinógenos…- el comisario hizo una pausa y todos parecieron saber de que
hablaba, excepto por Cecilio, que miraba con atención mientras mantenía su lápiz
apoyado en la libreta.
-¿Valeria?- preguntó Soldano.
-Creo que es la opción más lógica- respondió
Alsamendi. Ante la expresión de incertidumbre de Cecilio, el cabo intentó
explicarle:
-Valeria es una señora… que…-
-Valeria es una vieja loca de mierda que vive
en el bosque y hace cosas raras con las plantas- interrumpió Alsamendi
intentando resumir. Nadie pareció contradecir al comisario, que continuó
diciendo: -El bosque de Las Pardelas es inmenso, más grande que el pueblo en
sí. Todos sabemos que vive ahí adentro, yo por mi parte nunca fui. La idea
siempre fue ignorarla, al menos eso me pidió el jefe comunal, mientras ella no
haga nada, que se quede ahí. Yo nunca la quise, desde chico me contaban su
historia. Te asustaban con la bruja Valeria-
-¿Siempre vivió ahí? ¿Nadie la ve?- preguntó
Cecilio.
-Nadie se mete tan adentro en el bosque, no
tiene sentido. Ni siquiera es atractivo para los turistas. Creo que hace muchos
años vivía en el pueblo pero no tengo muy clara la historia. Capaz que
Barracuda o alguno de esos viejos locos la sepa- respondió Alsamendi.
Antes de que el comisario diera nuevas
directivas, Cecilio susurró en el oído de Manuel:
-Yo sé quién me puede contar bien la historia
de esta mujer- y salió disimuladamente de la comisaría.
Mientras tanto, Alsamendi, intentando hacerse
el distraído dijo:
-Como ya dije antes, no confío en nadie, en
nadie más que ustedes… por eso vamos a armar un método de trabajo; por un lado,
Soldano y Gutiérrez van a vigilar día y noche la playa, evidentemente algo hay
ahí. Háganlo juntos, túrnense, como gusten, pero no me dejan la playa sola ni
un segundo, la recorren de punta a punta- los subordinados asintieron con la
cabeza pero se quedaron en su lugar. Alsamendi abrió los ojos y agregó: -ya-
acto seguido salieron apresurados.
-Cabo, a usted y al cura los necesito más que
nunca-
-Cecilio, comisario, el cura se llama
Cecilio. Le pido que si va a confiar en nosotros, nos trate como pares-
interrumpió Manuel.
-Usted y Cecilio. Evidentemente hacen buena
dupla, el hombre sabe lo que hace. Y para este caso, va a ser fundamental…-
-¿Usted se refiere a…?-
-A que vayan al bosque, busquen a la bruja y
averigüen lo que puedan. Si por mí fuera, mandaría diez patrulleros y la
reventaría a trompadas hasta que hable, pero como dije antes, no tengo apoyo.
Tenemos que actuar por las nuestras ¿Puedo contar con ustedes?-
Manuel se paró de su silla, se llenó los ojos
de orgullo, sintió su valor y el de su amigo. Le extendió la mano a su
supervisor, quien la apretó y le dijo:
-Cuídense cabo. Este pueblo es un grano
gigante, y nosotros estamos nadando en el medio de la pus-
Manuel salió de la comisaría y vio en la
esquina a Cecilio hablando con Carla. Cuando el cabo se unió, la conversación
parecía estar acabando, Cecilio parecía incomodo por primera vez, algo
apresurado, quizás asustado. Antes que Manuel pueda decir algo, el cura
arremetió:
-¿Tenemos que ir al bosque?-
El cabo se tomó un tiempo para responder.
-Eso nos pidió el comisario. De todas maneras
usted no está obligado a nada, eso ya lo sabe, esto es trabajo de la policía.
Además el camino en el bosque puede ser largo y cansador…-
-Quiero ir- interrumpió Cecilio sin dejar más
lugar a las explicaciones de Manuel. Tras un silencio, agregó: -Necesito ir-
Luego miró a Carla quien sólo dijo:
-Voy a investigar más de esta mujer-
Al bosque de Las Pardelas se podía ingresar
de dos formas: yendo por la playa o por adentro del pueblo. La mayoría de los
turistas preferían ir por adentro, para llegar con sus autos, además el acceso
por la zona del mar era dificultoso, con mucha cantidad de rocas. El lugar de
la entrada por el mar era una especie de “herradura” donde las olas golpeaban
con fuerza sobre la costa.
Manuel le explicó todo esto al cura que no
dudó un segundo en ir por la playa. Además, el cabo insistió en que el camino
era largo, y ya siendo las seis de la tarde, con el atardecer cerca, sería
también oscuro. Sin embargo nada de esto parecía importarle mucho a Cecilio,
que se mostraba ansioso y más serio que de costumbre. Sin perder más minutos
valiosos, partieron caminando por la playa. Mientras tanto, Carla se quedaría
en el pueblo intentando recabar más información sobre Valeria y su historia.
Emprendiendo la caminata por la playa en
dirección al bosque, Manuel le preguntó a Cecilio por su sorprendente mal
semblante. El cura, mirando el piso, a paso lento le respondió:
-Desde que me nombraron a esta mujer, tengo
un mal presentimiento, angustia. Me atrevo a decir que hasta tengo miedo-
El cabo se sorprendió al oír eso, Cecilio era
la punta de lanza que iba por todo sin temor a lo que encontrara enfrente y por
primera vez la situación necesitaba un cambio de roles. Manuel sabía que debía
asumir el de valiente, al menos por esta vez. Intentó minimizar la situación:
-De todos modos, padre, no crea todo eso de
que la mujer es una bruja…-
-Que sea una bruja no sería lo malo. Los
católicos perseguimos y quemamos a tantísimas mujeres por acusarlas de ser
brujas, sin saber exactamente que es, solo por el miedo mismo de una mujer
poderosa que experimentaba con medicinas de vanguardia. No, el problema no
sería ese, aquí hay algo peor, siento que nos dirigimos a un lugar muy peligroso-
Cecilio no levantaba la mirada del piso, veía
los granos de arena volarse en cada pisada. Manuel unos metros más adelante
guiaba la caminata hacia la entrada al bosque. Llegaron a una zona rocosa,
donde la playa ya casi no existía, solo un poco de agua y piedras de diferentes
tamaños y colores. En sentido contrario al mar, la frondosa vegetación se
elevaba imponente, dos árboles antiquísimos parecían formar una puerta perfecta
que los invitaba a pasar.
Manuel dio un paso al frente, pero se dio
cuenta que el padre Di Santo no venía atrás. Dio media vuelta y lo vio parado
sobre una de las rocas, con el agua golpeando sus tobillos, mirando el sol que
se ponía en el horizonte. Se paró con cierta dificultad en la roca contigua
para acompañarlo.
-Hermoso atardecer ¿no?- preguntó el cabo
intentando descomprimir la situación.
-Por lo general no me gustan los atardeceres.
Me deprimen, me asustan. Ver como el sol se va y quizás no lo volvamos a ver.
Los ocasos me dan esa sensación de final. Pero este, en el mar… es muy bello,
distinto a los otros, es esperanzador. Me hace acordar a Cinque Terre, en
Liguria, se puede ver algo muy similar a esto-
Tras su frase, Cecilio se dio vuelta, miró el
bosque y preguntó:
-¿Sabe donde tenemos que ir?-
Manuel ahora si encaró con decisión hacia el
bosque mientras sacaba su linterna.
-No estoy muy seguro. El bosque es inmenso,
yo nunca fui muy adentro, y nadie sabe muy bien donde está la casa, pero me
dieron algunas indicaciones para no perdernos, esperemos que nos ayude la luz
de las estrellas y la pila de mi linterna ¿vamos?- El cura asintió y avanzó
detrás del cabo. Pisaron pasto y tierra, cruzaron los arboles y se internaron
en el bosque.
El lugar presentaba gran cantidad de arboles
y arbustos de diferentes tamaños y colores, algunas plantas con pequeños frutos
no comestibles y un piso plagado de ramas secas, por lo que en algunos sectores
se podían observar carteles algo gastados por el paso del tiempo con el símbolo
de una llamarada tachada con un claro mensaje de prohibición a prender fuego.
Las estrellas una vez más no fueron aliadas
del dúo y no pudieron hacerse notar por sobre la inmensidad de nubes negras que
copaban el cielo. El bosque parecía tener un techo. El as de luz de la linterna
del cabo marcaba el camino, intentando evitar posibles caídas. Cada paso era
acompañado por el sonido de una rama quebrándose. Los búhos hacían oír su
penetrante canto.
Cecilio frenó su paso, levantó la cabeza,
miró alrededor con cara de preocupación. Habló susurrando:
-¿Se da cuenta de algo Juan Manuel?- hizo una
pausa ante la atenta mirada del cabo y agregó: - Somos extraños. Nosotros dos
en este lugar, somos extraños. El bosque está en perfecta armonía, esta
inmensidad convive, y nos siente extraños-
Manuel iluminó con su linterna la cara del
padre Di Santo. No parecía ser él, se lo oía temeroso, desconfiado. El cabo se
acercó para intentar darle animo, antes que pudiera hacer contacto, el cura
dijo:
-Es por allá- señalando un punto oscuro del
bosque. Automáticamente apretó el paso en esa dirección. Manuel caminaba detrás
de él. El cura parecía ver en la oscuridad, esquivando ramas y obstáculos,
cambiando de dirección y moviendo la cabeza. Manuel sólo podía iluminar sus
propios pasos para no caerse. Intentaba detener al padre, que sorteaba de forma
sorprendente su dificultad física y caminaba a un ritmo cercano al trote.
-¡Padre pare! ¡Se va a lastimar!- gritó el
cabo. Pero Cecilio parecía no oírlo. Extendía las palmas como un ciego, ubicándose
y seguía caminando, cada vez más rápido. El cielo rugió con un trueno que
rompió con la armonía del bosque y Di Santo detuvo su marcha. El cabo lo notó
hiperventilado, casi no podía respirar, agarró su cruz, mirando el piso y con
el poco aliento que le quedaba dijo: -Es ahí-
Manuel no comprendía, todo era oscuridad.
Levantó la linterna, alumbró el camino y pudo verla: a unos 50 metros y en
subida estaba la cabaña. Muy bajita, con un techo de paja y ramas, una puerta
redonda y dos ventanas. Una inmensa cantidad de plantas de diversos tamaños y
colores rodeaban todo el lugar. Tanta era la vegetación, que inclusive parecía
dificultoso el acceso en pendiente hasta la cabaña.
Cecilio no quitaba la vista de la casa,
intentaba recuperar el aire, Manuel se hacía el distraído y prefería no mirar,
centraba la atención en su amigo.
-¿Está bien padre?-
-Creo que si. No sé si podré hacer esto, esté
listo para actuar y hacerse cargo de la situación si es necesario, ya llegamos
hasta aquí, hay que ver con que nos encontramos- dijo Cecilio, luego sacó su
libreta y anotó algo. Acto seguido, tomó la delantera y comenzó a abrirse paso
entre las plantas en dirección a la cabaña.
Manuel iba detrás, intentando alumbrar con su
linterna, que ya no parecía ser tan necesaria debido a la cantidad de relámpagos
que iluminaban de forma casi constante la escena. Cecilio pudo darse cuenta que
algunas plantas tenían espinas y pinchos de gran tamaño, pero no llegó a advertírselo
al cabo quién dando un paso en falso raspó su mejilla contra una de ellas,
provocando un corte considerable seguido del inminente sangrado.
Manuel se agarró la cara y emitió un sonido
de dolor, a Cecilio pareció no importarle demasiado, estaba decidido a llegar a
su objetivo a como de lugar. Con el último aliento, el cura llegó hasta la
puerta, detrás llegó Manuel, Cecilio, sin mirarlo, sacó un pañuelo de su
bolsillo y se lo dio para que se limpie la sangre de su rostro. La puerta de
madera parecía extremadamente frágil, posiblemente se abriría con un simple
empujón, no obstante Cecilio la golpeó suavemente.
En el preciso momento en que la lluvia se
hizo presente, la puerta se abrió lentamente, la mitad de un rostro arrugado y
un ojo color agua marina se asomaron.
-Señora Valeria, soy el cabo Juan Manuel
García. Disculpe las molestias, necesitaríamos hablar un minuto con usted si es
posible-
La mujer abrió del todo la puerta sin decir
una palabra, dio media vuelta y caminó hacia adentro, dándole la espalda a los
hombres. Llevaba puestas unas mantas que ni siquiera parecían ser prendas de
vestir, estaba semi calva, apenas unos mechones blancos desprolijos, tenía el
cuero cabelludo lleno de imperfecciones como granos y forúnculos, caminaba muy
encorvada, casi en 90 grados, con pasos lentos, casi arrastrando los pies
descalzos que exhibían dedos sin uñas y estaban completamente hinchados.
La casa lucía caótica, diferentes tipos de
plantas abundaban por todos lados, no había un solo centímetro de pared sin
algún atrapa-sueños o amuleto colgado, llamadores de ángeles también pendulában
del techo obligando a esquivar con la cabeza al pasar. En el centro una mesa
redonda también de madera, con decenas de papeles escritos desparramados, en
esquinas opuestas de la habitación, dos cortinas separaban una hacia la cocina
y otra al baño.
Manuel entró detrás de la anciana,
comprendiendo que era la intención de ella. Cecilio apenas pudo poner un pie
dentro de la casa y comenzó con un fuerte ataque de tos. Sacó otro pañuelo y lo
puso en su boca, colocó una mano en la pared intentando sostenerse, mientras
exhibía una clara expresión de dolor. La mujer, lentamente miró por encima de
su hombro, aún sin hablar. Manuel le hizo una seña para que se quedara
tranquila, luego fue y le preguntó al padre si se encontraba bien.
-Voy a estar bien. Necesito tomar aire
afuera- respondió Cecilio totalmente agitado, casi sin poder hilvanar las
palabras. Separó el pañuelo de su boca con algunas manchas de sangre y sin
dejar lugar a más conversación, dio media vuelta hacia afuera. Ante la presunta
compañía del cabo hacia el exterior, el cura fue contundente:
-Quédese y haga su trabajo. Usted sabe que
hacer. Voy a estar bien- separaron sus caminos en la puerta de la cabaña.
Ya dentro del lugar, Manuel vio de frente por
primera vez a Valeria, su mirada era desafiante, tenía ojos muy grandes y de un
color muy especial. El cabo se acercó lentamente y estando ya a un metro le
dijo:
-Una vez más, disculpe la molestia señora.
Estamos aquí porque…-
La mujer interrumpió levantando su mano
derecha con los dedos índice y mayor estirados, luego le hizo un gesto a Manuel
para que se acerque un poco. Le susurró con voz casi apagada y mucha
dificultad:
-Primero debo decirle que no recuerdo cuando
fue la última vez que hablé con otro ser humano, he perdido el ejercicio y la
voz, téngame paciencia. Segundo, soy señorita- intentó una sonrisa exhibiendo
unos pocos dientes amarillentos.
Antes de que Manuel pueda siquiera fingir
alguna comodidad con la situación, la mujer lo sorprendió con un movimiento muy
veloz para poner su mano en la cara justo en el lugar de la herida, el cabo la
tomó sobre su muñeca, intentando no apretarla debido a su evidente fragilidad,
la anciana lo miró a los ojos. El muchacho no supo mucho que decir, balbuceó:
-No es nada, me lastimé afuera con una de las
plantas..-
-Mis hijas no lastiman a nadie, en cualquier
caso, usted las habrá lastimado con su cara- interrumpió Valeria con un tono
algo más claro fuerte. Sin que Manuel pueda articular alguna otra palabra, le
agregó: -Voy a prepararle algo para curarlo- giró y se dirigió con su lento
caminar hacia la cocina.
Mientras tanto, Cecilio en las afueras tosía
bajo la copiosa lluvia. Sintió la necesidad de rodear la casa y ver que había
atrás, caminó con dificultad entre el barro y las plantas. Cuando llegó a la
parte trasera se encontró con una especie de corral y un cuarto alejado a unos
diez metros de la choza. En el suelo parecía haber pelos negros desparramados.
El cura avanzó hasta el cuarto.
Abrió la puerta de madera y se encontró con
una escena escalofriante: una habitación de tres metros cuadrados, una pared
con dos cadenas con grilletes, un balde con agua podrida, restos de comida y
una mesa con un viejo radio grabador.
Cecilio usó el pañuelo que cubría su boca
para tapar su nariz; el olor a materia fecal era nauseabundo. Intentó abrirse
paso entre las moscas que invadían el sitio para llegar hasta el grabador, pudo
ver que había un casete en su interior, apretó el botón para reproducir y se
encontró con la voz de la mujer que decía:
-Eres el Pátano. Nadie puede detenerte. Come
y ve hacia el mar. La luz es tu hogar- la frase se repetía en loop una y otra
vez.
Dentro de la casa, Manuel esperaba que la
anciana vuelva desde la cocina. El hombre sentía mucho miedo, los truenos en el
exterior no lo ayudaban a pensar, la choza no tenía ventanas y no podía ver
hacia afuera. La cortina se corrió y Valeria apareció nuevamente, sosteniendo
un pequeño cuenco de barro con una mano y mezclando con su otra mano lo que
llevaba dentro. Se acercó al cabo con un paso más rápido que el que traía, casi
no lo dejó pensar, se le paró a medio metro, sacó la mano cerrada del cuenco,
la llevó a su propia boca y escupió un polvo blanco por sobre el rostro se Manuel.
-Esto lo va a ayudar a sanar- dijo.
El cabo no podía ver nada, comenzó a
desesperarse y a gritar. Le ardían los ojos, intentó correr pero se chocó la
mesa, tras unos segundos pudo abrir despacio los ojos. Nadie estaba a su
alrededor. Tocó su rostro y la herida parecía haber desaparecido. Seguía
asustado, pero confundido. De pronto, desde la cocina se oyó una voz, pero no
era la de Valeria. Manuel la oyó con suma nitidez, no podía confundir esa voz;
era la de su esposa, Clara:
-Manuel, mi amor, estoy acá-
El hombre se quedó paralizado, las palabras
no le salían, se sentía inmóvil. La cortina se volvió a abrir y era ella,
efectivamente, era Clara. Usando un vestido largo blanco, parecido al que se
había puesto en su casamiento. Estaba tal cual como él la recordaba, aún más
hermosa incluso.
-Clara, mi amor ¿Cómo puede ser?- dijo Manuel
entre lágrimas. La mujer caminando hacia él, le dijo:
-Siempre estuve aquí, nunca me fui, no puedo
irme- se tomaron de las manos, el cabo sintió un frío estremecedor. Estaba
ahogado en llanto.
-¿Por qué no podes irte?-
-No puedo irme. No puedo irme. No puedo irme-
repetía la mujer una y otra vez con mayor intensidad y moviendo la cabeza hacia
los costados.
-¡¿Por qué no podes irte?!- gritó Manuel.
La mujer dejó de hablar y lo miró a los ojos
sin pestañar. Sin quitarle la visión de encima, señalo la puerta que estaba
abierta. Manuel miró hacía ahí, un trueno iluminó el bosque y pudo ver dos ojos
enormes brillando. Fue hacia la puerta, salió al exterior. Otro trueno se hizo
presente, aún más fuerte, tan fuerte que dejó el bosque iluminado. Y ahí lo
pudo ver: parado en cuatro patas, casi tan grande como la choza misma, con los
ojos amarillos y los sientes afilados, chorreando espuma de la boca, con el agua
de la lluvia resaltando su pelaje negro, era el chacal, era el Pátano.
Manuel metió la mano buscando su arma, pero
la bestia emitió un rugido más alto que la tormenta, el hombre se asustó, miró
hacia atrás y Clara ya no estaba, el Pátano corrió hacia él, no tuvo más
remedio que huir.
Comenzó a correr por el bosque a toda
velocidad, intentando esquivar todo lo que esté a su camino, con la bestia persiguiéndolo
por detrás, cada vez que podía intentaba buscar su arma reglamentaria pero la
mano le temblaba y no podía detenerse. No quería mirar atrás, por momentos
sentía la respiración del chacal detrás de su cuello y por otros momentos lo
sentía corriendo más atrás o incluso al lado suyo, como si no quisiera
atraparlo, sino guiarlo hacia algún lugar.
Ese lugar finalmente apareció, Manuel se
encontró cruzando los arboles de la entrada al bosque y saliendo derecho a la
bajada al mar. Trastabilló con una roca y cayó arrodillado. Giró hacia el
bosque y una vez más vio de frente al Pátano, ahora a unos tres metros.
Comprendió, que la bestia lo había llevado hacia el mar, donde lleva a sus
víctimas. Ya resignado y sin el temblar del cuerpo, pudo sacar su arma, pero no
la apuntó al monstruo, la llevó a su cabeza, sabía que una bala no le haría
nada a aquel adefesio. Decidió no pasar por el sufrimiento de una muerte lenta,
cargó, apoyó el dedo en el gatillo, pero antes que pueda apretarlo, el Pátano
dio un salto y se le echó encima. Lo sumergió en el agua.
Durante unos segundos, Manuel pensó que era
el final. Pero una mano lo tomó y lo sacó a flote. Pudo ver el rostro
desesperado de Cecilio, empapado igual que él, extremadamente agitado y con un
tremendo ataque de tos. Manuel se abalanzó sobre su amigo y lo abrazó con todas
sus fuerzas rompiendo en llanto.
-Padre vi a Clara. Está en la cabaña. El
Pátano la tiene prisionera. Lo vi. Me persiguió hasta aquí, casi me mata ¿Cómo
hizo para salvarme? Tenemos que volver a buscar a Clara- Cecilio apoyó su mano
en la cara del cabo y este se desvaneció.
Despertó en su casa, ya era de día, a unos
metros, sentados tomando café estaban Cecilio y Carla. Manuel seguía algo
alterado. Se levantó de un salto. Ambos lo contuvieron. Antes que pueda hablar,
Cecilio tomó la delantera:
-Juan Manuel, tranquilo, estamos en su casa.
La noche fue muy difícil y tuvo una crisis nerviosa, me quedé a dormir aquí con
usted y hace un rato llegó Carla para acompañarnos y con novedades muy
importantes- dijo mientras sostenía su libreta bordó.
Manuel intentaba comprender un poco más, aún
tenía la imagen de Clara y el Pátano dando vueltas, sin entender por qué.
Cecilio continuó:
-Anoche vio cosas espectaculares. La mayoría
irreales, y creo que tengo explicación para todas ellas. Siéntese y tome un
café-
Carla intentaba no aportar aún más confusión
a la situación, y solo saludó con la palma extendida. Cecilio por fin explicó:
-Yo sabía que ese lugar al que íbamos tenía
algo muy malo, y lo corroboramos, en distintas partes. Verá, usted por su lado
fue claramente envenenado por Valeria. Lo hizo ver cosas que no existían, como
el Pátano, que no era otro que yo corriendo detrás suyo posiblemente. Casi hace
que me mate, o que se mate usted, como sea, le hizo ver algo muy peligroso. Eso
nos confirma que la mujer trabaja con plantas alucinógenas y las sabe usar de
un modo muy peligroso; primero lo doblegó emocionalmente presentándole a su
difunta esposa y luego lo apabulló con una imagen terrorífica. En unos pocos
minutos, pudo hacer que usted terminara con una vida, quizás la suya ¿Se
imagina lo que puede lograr en la mente de un niño?-
Manuel se quedó mirando algo perdido, aunque
empezando a comprender. Carla parecía ya saber toda la información. Cecilio
agregó:
-Además de eso, yo encontré un cuarto detrás
de la cabaña, rodeado de un corral. En ese cuarto había estado encerrado
alguien, y había un grabador con la voz de la mujer repitiendo una y otra vez
una frase que decía algo como “eres el Pátano, ve al mar, la luz es tu
salvación”. Eso me hace pensar que la mujer esta tenía a los chicos ahí
encerrados, los drogaba con sus medicinas alucinógenas y los quebrantaba
emocionalmente para hacerlos creer que eran el Pátano. Con el objetivo de
enviarlos hacia el mar, solos, sin testigos, sin cómplices, por sus propios
medios-
-¿Para que irían al mar?- preguntó Manuel ya
completamente despierto.
-Esa es la pregunta que me quedaba sin
responder, hasta que apareció Carla, y me dijo lo que averiguó. Carla, por
favor-
La mujer agarró una pila de papeles, revolvió
un poco y se acomodó los anteojos para ver mejor:
-Valeria Alcántara Toledo, hija de Españoles,
llegaron al país cerca del 1900. No pude encontrar la fecha exacta de
nacimiento de ella, pero calculo que tiene que ser entre el 1910 y el 1915 y
ahora les digo por qué. Así qué hoy en 2002 tendrá unos noventa y tantos años.
La mujer llegó a Las Pardelas siendo muy joven, de hecho casi todos los
habitantes del pueblo, incluso los más viejos dicen que ella ya estaba acá
cuando llegaron. Aparentemente la mujer era una adelantada en cuestiones de
medicina natural, era una especie de curandera, se dice que por aquellos años,
quien estaba enfermo iba a visitarla y ella los sanaba-
Cecilio volvía a tomar nota en su libreta
mientras Manuel seguía escuchando atentamente ya con la taza de café vacía.
Carla continuó:
-En el verano del 42 ocurrió algo que marcó
la historia de Valeria y el pueblo: atendió a un niño que tenía severos dolores
de estómago, le dio unas medicinas como hacía con todo el mundo, pero el niño
murió esa misma noche, ahogado en su propio vomito. La noticia corrió muy
rápido por todo el pueblo, la gente salió a las calles, fueron hasta la casa de
Valeria y tratándola de bruja incendiaron su casa con ella adentro. No se sabe
como, pero logró escapar, se fue lejos, por algunos años nadie supo nada de ella,
hasta 1952, diez años después del incidente del chico muerto; ocurrió algo
peor. Cuatro jóvenes van a jugar al bosque, pero tres de ellos no vuelven.
Vuelve uno sólo, en estado de shock total y dice que la bruja se llevó a sus
amigos, pero a él no-
-¿Por qué desaparecieron tres y uno no?-
preguntó Manuel.
-Eso es llamativo, pero no tanto como el
detalle del chico que volvió para contar la historia- dijo Cecilio señalando a
Carla para indicarle que continúe.
-El chico que se salvó, quedó completamente
ciego.. los ojos blancos. Averigüé el nombre del chico: Humberto Machado-
-¡Barracuda!- soltó casi gritando Manuel.
Cecilio sonrió y asintió con la cabeza:
-Cuando vi los ojos de la mujer, sentí algo,
tenía los ojos exactamente iguales al color del mar. No supe por qué tuve ese
presentimiento, pero ahora entiendo todo. La mujer atrapa a los niños, los
intoxica los hipnotiza, los vuelve automáticos y los manda hacia el mar; “la
luz es tu salvación”. Es la lancha de Barracuda, trabajan juntos-
Manuel se levantó de la silla y abrió los
ojos muy grandes.
-¡Yo vi esa luz en la playa cuando
encontramos a Nicolás! ¡Iba hacia ahí!-
-Nadie se mancha. La mujer del bosque
prácticamente no toca a los chicos, ellos van solo hasta el mar, nadan unos
cuantos metros y Barracuda los saca con su lancha. Ante cualquier eventualidad,
puede decir que los rescataba- dijo Cecilio.
-¿Y para que se lleva a los chicos
Barracuda?- preguntó Carla intentando participar de la conversación.
-Eso es lo que resta averiguar para terminar
de entender todo lo que ocurre en el pueblo- completó Cecilio.
-Hay que avisarle al comisario y actuar
rápido- agregó Manuel parándose de su silla.
-Ya le dijimos. El comisario habló con el
jefe comunal, pidieron refuerzos en Arenas Blancas y en este momento se
despliega un operativo en el bosque y otro en el faro para dar con Barracuda-
-Vamos para allá- dijo Manuel, encarando
hacia la puerta. Cecilio y Carla se miraron, ni siquiera intentaron detenerlo
por su posible estado físico frágil. Salieron detrás de él.
Llegando a la playa se encontraron con una
escena caótica: un cordón policial bastante grande bordeando el faro, con
oficiales que no eran en su mayoría de Las Pardelas. Por detrás del cordón,
decenas de vecinos y turistas intentando averiguar que pasaba. El oficial
Soldano hablaba en representación de sus colegas:
-Por favor, les pedimos que descompriman la
zona, no hay nada que ver aquí, es un operativo totalmente convencional,
necesitamos dar con el hombre que vive en el faro para averiguar algunas cosas,
nada más-
-¿Qué hizo Barracuda?- preguntó una vecina
del pueblo.
-No podemos darles esa información, les pido
colaboración, necesitamos trabajar. En cuanto avancemos, les contaremos las
novedades-
Manuel se acercó a uno de los oficiales que
estaba más cerca del faro y le preguntó:
-¿Qué pasa? ¿Por qué no entraron aún?-
-Es que todavía no llegó la orden de
allanamiento. Intentamos que saliera por pedido, pero no responde-
En ese preciso momento, uno de los vecinos
gritó mirando hacia arriba. Todos se hicieron visera con la mano para no ser
encandilados por el sol. En la punta del faro estaba Barracuda con medio cuerpo
afuera. Nadie llegó siquiera a decirle algo, no dio tiempo para actuar. El
hombre se dejó caer con los brazos extendidos al vacío, golpeando su cuerpo
contra las rocas y muriendo en el acto, igual que parecía morir la única pista
para encontrar el final del mal.
CAPITULO IX: CAMINOS SEPARADOS

El suicidio de Barracuda parecía poner en
jaque al equipo valeroso de investigadores. Todo el esfuerzo y el trabajo
saltaron al vacío junto con el pescador. A la dramática situación se le sumaba
el hecho de que el peritaje en la cabaña del bosque no había arrojado
resultados. La mujer no estaba allí,el cuarto de atrás que había encontrado el
cura, era solo cenizas, alguien lo había incendiado. Lo único que había eran
las plantas y los brebajes que servían para probar el envenenamiento del joven
Nicolás, algo que a esa altura ya no servía demasiado. Las pocas esperanzas se
depositaban en unos cuadernos escritos en braille que rescataron del faro y
fueron enviados a la capital para ser traducidos junto con una gran cantidad de
dólares que Barracuda embuchaba bajo su colchón.
Manuel y Carla compartían las horas en la
casa del cabo, con su pizarrón repleto de nombres y flechas. Lo miraban,
borraban, volvían a escribir, pero no salían del callejón ¿Qué pasaba con los
chicos después de que Barracuda los subiera a su lancha? ¿Qué unía al pescador
con la bruja? ¿Faltaba una pata más? ¿Cómo borraron tan rápido todo lo que
había en el bosque?
Manuel coincidía con el comisario Alsamendi,
alguien estaba un paso adelante, y seguramente era alguien de adentro. Pero
¿Quién? Dada las circunstancias, todos eran posibles sospechosos en su cabeza;
Carla, quien no tenía una historia sólida de vida y había aparecido de repente.
Canelo que quería tanto a su pueblo y era capaz de ocultar cualquier cosa. El
mismo Alsamendi, desviando la atención sobre su persona acusando a alguien más.
Los oficiales Soldano y Gutiérrez que estaban al tanto de toda la investigación.
Todos los vecinos del pueblo de hecho podían ser, era un lugar muy pequeño, con
solo parar un poco la oreja, cualquier cosa podía saberse.
Carla tenía su teoría; ella sostenía y decía
una y otra vez que se estaban enfrentando a algo muy poderoso y grande. Que
había gente muy arriba de ellos, y que eran muchos. Que la desaparición de
niños no era algo ligero. De cualquier forma, ambos coincidían en algo: era
momento de mantener la calma y pararse firmes, cualquier tropiezo podía
significar una caída total.
La comisaría albergaba muchos más policías
que lo habitual, a pesar del pedido de Alsamendi, el jefe comunal creyó
conveniente sumar refuerzos desde Arenas Blancas. Fabio Alsamendi le había solicitado
además a Canelo que decretara estado de sitio en el pueblo para que nadie pueda
salir y que restrinja la llegada de más turistas, pero el jefe comunal tampoco
lo aceptó. La relación se resquebrajaba lentamente abriendo una grieta
peligrosa: Canelo creía que la incompetencia de Alsamendi había dejado crecer
el horror y las playas se vaciaban lentamente por su culpa y el comisario
desconfiaba plenamente del jefe comunal, que ya casi no pisaba el pueblo. Las
Pardelas se había convertido en un pueblo maldito, lo que antes era solo un
rumor.
Cecilio meditaba en la casa de los Krupsky.
Se sentaba en el patio, las plantas se morían igual que las esperanzas. Rezaba
mucho, le pedía a Dios que le de claridad, faltaba tan poco, no se quería ir
sin salvar el pueblo y sobre todo al cabo. El cura se repetía en dos preguntas
¿Qué significado tenía la visión que tuvo dentro de la casa? Y ¿Por qué a Sara
no le alcanzó con matar a su bebé, si no que lo quería destruir del todo? El
padre sabía que la respuesta estaba ahí, donde todo empezó. Miraba la tierra,
la tocaba con los dedos, sentía que había algo en esa casa.
Llegando el atardecer, Cecilio decidió cruzar
a la playa para despejarse. Los turistas definitivamente habían abandonado el
pueblo, una sola persona estaba allí sentada contemplando el caer del sol: Juan
Manuel. Cecilio se acercó por detrás:
-¿Vio por que me daba una sensación extraña
este mar? Todos los chicos desaparecieron ahí, había mucho mal en esas aguas-
Manuel parecía no escucharlo demasiado,
apenas si lo miró, ya ni siquiera se sorprendía por el enorme talento del cura.
Se lo veía abatido. Cecilio entonces le preguntó si estaba bien. Manuel agachó
la cabeza y mirando la arena respondió:
-Vengo de la comisaría. El auto que
trasladaba los cuadernos de Barracuda a la capital chocó en la ruta, el oficial
que manejaba murió y los cuadernos no están. Ya no tenemos por donde seguir,
evidentemente Carla tenía razón y nos enfrentamos a un mal muy grande, la lucha
es desigual-
Cecilio se sentó con dificultad al lado del
cabo y se quedaron oyendo un rato las olas. No pudiendo evitar su sacerdote
interno, dijo:
-Dicen que lo último que se pierde es la
esperanza ¿no?-
-Ya no quedan esperanzas padre. Todo esto no
sirvió para nada, cuantas muertes, cuanto caos, cuanto demonio. Todo para no
saber que le pasó a esos chicos- respondió Manuel entre lágrimas.
-¿No sirvió para nada? Juan Manuel, cuando yo
llegué al pueblo usted apenas se podía mantener de pie. Estaba totalmente
atormentado, roto, despedazado en mil partes. Se enfrentó con sus miedos más
grandes, los venció, se reinventó como hombre. Sanó su alma. Y aunque no
hayamos podido salvar a los chicos, todo tiene un propósito, y todo esto fue
para su sanación-
Manuel guardó unos segundos de silencio, mostrándose
conmovido por las palabras del cura. Lo miró, y le hizo un comentario que
abriría todas las puertas, cambiando la historia para siempre:
-Gracias Cecilio. También sirvió para
conocerlo a usted, una persona increíble. Le diría que es como el hermano que
nunca tuve…-
Cecilio miró el mar, abrió los ojos y la
boca. Miró al cabo otra vez y se paró rápido. Intentó correr hacia la ciudad
(con sus dificultades). Manuel, completamente perdido, le gritó:
-¡Padre espere! ¿Qué pasa?-
Cecilio dio media vuelta y volvió con el
cabo. Intentó ser certero con lo que tenía para decir.
-No estoy seguro. Pero tengo algún
presentimiento. Necesito ver una vez más a Sara, siento que la clave de todo
está ahí-
Manuel no pudo evitar poner cara de terror,
sin embargo, empoderado en su valentía dio un paso al frente para seguir a su
amigo. Pero Cecilio lo frenó:
-No, no, cabo, usted quédese acá. Reúnase con
Carla y hablen con los vecinos del pueblo, especialmente con los más antiguos y
aún más con los que conocieron de cerca a los Krupsky. Pregúntenles que saben
de la casa, de la historia, que les cuenten todo, hasta el más mínimo detalle
puede sernos de utilidad-
Manuel se detuvo solo un momento, y la
respuesta le brotó sola:
-Creo que la señora Susana reúne todas esas
características. Iré con ella-
Cecilio lo miró a los ojos, como nunca lo
había mirado antes, sonrió. Sonrió mostrando todos los dientes, se le llenaron
los ojos de lágrimas, se acercó a Manuel y le apoyó la palma en la frente como
el día que se conocieron.
-Dios te bendiga, Manuel. Estoy muy
orgulloso-
El cabo sintió otra vez toda la energía de
Cecilio pasando por su cuerpo y llegando hasta su alma, lo abrazó fuerte y
quiso quedarse en ese lugar para siempre. El cura interrumpió el momento:
-Bueno basta, vaya a hacer su trabajo y no se
olvide de quedarse con Carla. Yo me voy, que si no me voy a perder el
colectivo- sin más, emprendió rumbo a la terminal.
Caída la noche, Manuel y Carla arribaron a la
casa de Susana, una de las vecinas cercanas de la casa Krupsky y también de las
más antiguas del lugar. Además era una mujer que no se perdía absolutamente
nada de lo que sucedía en Las Pardelas.
La casa de Susana era de las más bellas y
cuidadas en el pueblo, la mujer venía de familia adinerada y además cobraba la
pensión de su esposo que había sido militar, y que además se había enriquecido
de forma dudosa en épocas pasadas.
-¡Hola cabo García!- saludó entusiasmada la
señora que sabía los nombres de todos- -Y ella debe ser la periodista…emmmm…
Carla ¿no?-
-Si, así es- respondió Carla intentando
fingir simpatía. El cabo agregó: -Disculpe que la molestemos, pero necesitábamos
charlar un poco sobre la historia de los Krupsky, quizás usted que vive aquí
hace mucho nos pueda ayudar-
-Bueno… no es que sepa mucho yo, algunas
cosas he oído. Pero quizás les sea de ayuda. Pasen que les sirvo te y
conversamos-
Manuel rechazó la bebida por temor a
experiencias pasadas, Carla optó por aaceptala. Se sentaron alrededor de una
pequeña mesa de mármol, sobre unos sillones de hierro trabajados, con
almohadones muy mullidos.
-Linda pareja hacen ustedes dos- soltó con
total impunidad Susana-
Carla se sonrojó y no pudo evitar sonreírse.
Manuel estaba concentrado en su trabajo y no le dio importancia al comentario.
-Señora, realmente me encantaría conversar de
cosas más banales, pero usted sabe bien que estamos en momentos tensos y
realmente su colaboración podría ser de mucha utilidad-
-Por supuesto cabo, siempre es un placer
colaborar con las fuerzas de seguridad. Dígame ¿Qué necesita saber?-
-No se… emmm- Manuel dudó. Pero Carla sacó
toda su chapa de periodista:
-¿Cómo eran los Krupsky? ¿Qué recuerda de
aquella época?-
-Bueno, era una familia muy respetada, muy
rectos todos. El señor Krupsky era un hombre trabajador, un gran profesional,
callado, hola y chau, nada más. La señora Sabrina era un sol, una mujer que
ayudaba a todos en el pueblo. Era artista plástica, pero tenía mucha vocación
humanitaria, recuerdo que le daba de comer a todos los perritos callejeros y
siempre estaba a la cabeza de las colectas para los pobres, con ella yo
charlaba mucho, incluso he ido a la casa en varias oportunidades-
-¿Y el hijo?- preguntó Carla.
-Bueno, Claudio hijo era un tanto raro,
siempre estaba en el patio, con las plantas, era callado igual que el padre,
pero era una luz, siempre tuvo todo diez en el colegio, después cuando
ocurrieron las desgracias se fue a Arenas Blancas y no lo vi más-
-Usted dijo que hablaba mucho con la señora
Sabrina ¿imagina por que tomó la decisión de abandonarlos? ¿Qué ocurrió para
que eso pase?-
La mujer esbozó una sonrisa pícara:
-Bueno, tuvo una razón grande. Ella quedó
embarazada de otro hombre. Más que abandonarlos creo que la rajaron…-
Cecilio llegó al hospital psiquiátrico de
Arenas Blancas. Lo atendió la misma enfermera de la última vez:
-No, no. Váyase de acá padre, ya la última
vez me armó un despelote terrible, no quiero más problemas, no me obligue a
llamar a seguridad-
Cecilio sacó todo su carisma:
-Por favor señora, es una vez más, necesito
ver a esa mujer solo diez minutos. Mi compañero de la última vez estaba muy
alterado, pero le juro que esta vez no se va a repetir, confíe en mí y en Dios.
Le prometo que puedo ayudar -
La enfermera quería pasar su turno con el
menor estrés posible, y además no podía pelear contra un cura. Cambió un poco
el semblante y enfiló hacia las escaleras.
-Por favor padre, no me la complique, diez
minutos. De todos modos no se que quiere con esa mujer, sigue igual, no habla,
y según los doctores, no va a hablar-
Subieron juntos las escaleras, Cecilio tosía
nuevamente y se esforzaba por no colapsar, sentía que se le salían los pulmones
por la boca. Entró a la habitación lentamente. La mujer estaba ahí, casi en la
misma posición que la última vez, como si se hubiese quedado detenida en el
tiempo. El cura se acercó sin hacer mucho ruido y se agachó frente a ella para
intentar concretar un contacto visual. La enfermera permanecía parada en la
entrada de la habitación.
-Por favor señora, es un minuto de privacidad
que necesito- la enfermera se fue con cara de pocos amigos.
Cecilio tomo el mentón de Sara y lo levantó,
se miraron a los ojos, el cura automáticamente los cerró fuerte, como quien
recibe un pinchazo en el estómago.
-¿Qué te hicieron, Sara?-
La mujer permanecía inmutable, apenas si
respiraba. El cura jugó la carta más fuerte y le dijo:
-De mi misma sangre, y a mi sangre. El diablo
dentro de mí-
Sara comenzó a respirar con mayor velocidad,
se agitó, apretó las sabanas con las manos. Cecilio intentó que no se desborde:
-Yo sé lo que te pasó, ahora comprendo esa
frase… tu misma sangre…- luego se acercó y le susurró algo al oído. La mujer
cambió súbitamente su actitud alterada por serenidad, rompió el llanto, abrazó
al cura y le habló:
-Necesito irme-
Cecilio se despegó unos centímetros y asintió
con la cabeza. Metió la mano en su bolsillo, sacó su frasco de pastillas, lo
colocó en la mano de Sara y le dijo:
-Todas juntas y al mismo tiempo hija mía.
Serás libre de tanto tormento- luego se persignó y le tocó la frente. La mujer
se recostó en su cama y el cura abandonó la habitación, viendo por última vez a
Sara.
Carla y Manuel continuaron con el
interrogatorio a Susana:
-¿Cómo que quedó embarazada de otro hombre?-
-Si, eso me contó ella. Se enamoró de un
músico que pasaba por el pueblo y en una relación fugaz quedó embarazada. La
última vez que la vi, me dijo que estaba a punto de contarle a su esposo y su
hijo, que ya debería tener unos 15 años. Después de ese día no la vi más.
Supongo que esa misma noche la echaron de la casa-
Manuel y Carla se miraban intentando
comprender y atar cabos. La periodista disparó una pregunta clave:
-¿Cómo siguieron las cosas en la casa después
de eso? ¿Algo extraño?-
-Si. Muy, duró poco tiempo, hasta que el
joven Claudio se fue. Durante ese lapso yo veía que entraba y salía mucha gente
de la casa. Llegaban autos muy caros, que por acá no se ven-
-¿Alguien del pueblo se reunía en esa casa?-
-Si. El que estaba todo el día era el pobre
de Barracuda que Dios lo tenga en la gloria. Y alguna que otra vez puedo jurar
que vi a la bruja del bosque también-
Manuel miró a la nada, todo se acomodó. Soltó
una sola palabra: Krupsky.
Cecilio salió del hospital, tomó un taxi:
-A la casa del doctor Krupsky, por favor-
CAPITULO X: ATARDECER

Manuel desesperado tomó el único patrullero
del pueblo y partió a toda velocidad, dejando atrás incluso a Carla, no pidió
refuerzos, ni siquiera tenía su radio encima, solo el arma reglamentaria. Cada
segundo que transcurría en la ruta era incertidumbre. El cabo sentía que corría
contrarreloj y tenía que llegar a la casa de Krupsky. Su amigo podía estar en
peligro si había llegado a la misma conclusión que él, lo cual, conociendo la
intuición del padre Di Santo era muy probable. Una vez más, la vida de alguien
estaba en las manos del cabo.
Cecilio llegó a la casa de Krupsky cerca de
las 22 horas. Tocó el timbre y otra vez le agarró su ataque de tos. Esta vez,
ya era indisimulable la sangre que escupía, incluso llegó a mancharse el
cuello. Nadie respondía, el cura insistió y tocó de nuevo, esta vez presionó el
botón por más tiempo. Krupsky contestó, esta vez no tan calmo, inclusive con
una voz bastante más potente que la última vez:
¿¡Quien es?! ¿¡Que quiere?!-
-Soy el padre Di Santo, doctor, estuve aquí
hace unos días junto con el cabo García de Las Pardelas. Necesito hablar un
momento con usted, por favor- nada más se oyó. Ni siquiera una respiración.
Cecilio quedó solo en la entrada sin saber bien que hacer, pasaron algunos
minutos, inusuales, aún sabiendo la movilidad disminuida de Krupsky. Por fin,
la puerta se abrió y allí estaba el hombre en la silla de ruedas. Di Santo lo
miró y no vio a la misma persona de la otra vez, su rostro era distinto, sus
ojos ya no trasmitían lo mismo, el cura por fin pudo ver el interior de aquel
hombre.
-Pase, pase. Disculpe como lo traté hace un
momento, me pone de mal humor cuando se acerca el fin de año, a veces no me
reconozco. Tome asiento por favor-
Cecilio se sentó en el sillón y miró la
biblioteca, entrecerró los ojos y se quedó allí, como hipnotizado. Krupsky
intentó conectar:
-Padre ¿está bien?-
-Si, si- dijo el cura volviendo de a poco la
mirada hacia el hombre- Disculpe me distraje viendo un libro que creo que
alguna vez leí. Me decía lo del fin de año ¿le angustia la fecha? ¿Por qué?-
-Supongo que es una mezcla de sentimientos.
Un poco es la soledad. Aunque la gente de la ciudad es muy amable y me invitan
a cenas o festejos, la familia es imposible de suplantar, cuando mi papá murió,
esta fecha pasó a ser muy triste-
Cecilio sacó un cigarrillo y sus fosforos:
-¿Puedo fumar aquí, doctor?-
-Si, claro. Yo fumo también, en casa de
herrero, cuchillo de palo. Es un vicio que nunca me pude sacar- respondió
Krupsky mientras le acercaba un cenicero de metal.
-Déjeme decirle Krupsky que lo comprendo. Es
una fecha muy cargada de energías y sentimientos, y la verdad cuando uno ya no
tiene familia, es muy difícil transitarlo. A mi de hecho me pasa lo mismo,
imaginará que ya a mi edad, no me queda familia hacia arriba, y por cuestiones
obvias, hijos no tuve. Pero déjeme decirle además, que esto me sucede de toda
la vida ¿Sabe que me ocurría a mí de chico? Sufría mucho ser hijo único. Mis
amigos tenían todos hermanos, y yo envidiaba mucho esa relación- soltó una
buena bocanada de humo y agregó -Usted también es hijo único ¿no?-
Krupsky pareció incomodarse con la pregunta,
movió su silla de ruedas en dirección a la cocina. No respondió. Ya fuera de la
vista del cura cambió de tema:
-¿Quiere un té, padre?-
-Café negro si puede ser, gracias- respondió
Di Santo mientras anotaba algunas cosas en su libreta. La tos volvió con mucha
fuerza, era indisimulable el problema del cura.
-Creo que no debería fumar usted- dijo
Krupsky desde la cocina.
-Nadie debería fumar, doctor- intentó bromear
Cecilio.
Desde la cocina salían muchos ruidos, tazas
golpeándose, sillas arrastrando sus patas en el suelo. Y algunos murmullos del
propio Krupsky.
-¿Necesita ayuda?- preguntó Cecilio en medio
de su tos.
-No, no, me cuesta hacer las cosas pero
puedo, quedesé ahí.
El cura, decidió terminar con el juego de
hacerse los tontos, sintió que era momento de acabar con el misterio:
-Se incomodó con la pregunta sobre los
hermanos, doctor ¿hay algo que quiera compartir conmigo? Mire que lo podemos
tomar como secreto de confesión-
Pero Krupsky no respondió nada, de hecho
cesaron los ruidos que antes se oían. Di Santo arremetió:
-Quizás tiene un hermano… o una hermana…
quizás no fue muy amada por usted. O si, pero no del modo correcto de amar una
hermana-
Fue ahí cuando Krupsky reaccionó. Ya
definitivamente sin su voz calma y aguda. Con un tono grave y prepotente, desde
la cocina y fuera de la vista de Cecilio, respondió:
-¿Qué insinúa? ¿Qué quiere saber? Vamos, si
es tan valiente no se ande con rodeos-
Cecilio seguía anotando en su libreta, cada
vez con mayor velocidad. Al escuchar el tono de Krupsky, soltó una pequeña
risa.
-Lo que digo, es que usted tuvo una hermana.
Una hermana que no era deseada, ni por usted ni por su padre. Usted de hecho,
siendo un adolescente quería matar a esa bebé, quería incluso arrancársela del
vientre a su madre. Pero su padre lo frenó, no podía ir tan lejos ¿y que
hicieron? La escondieron, escondieron la vergüenza de la familia. Y allí la
tuvieron durante muchos años, la nena creció en el infierno. Cuando era pequeña
fue más fácil contenerla. Pero después la cosa se complicó. Cuando su padre se
mató, usted quedó libre de los grilletes de la moral, ya todo valía. Fue ahí,
cuando la niña ya no era una niña y era una adolescente, usted confundió sus
sentimientos y comenzó a abusar de ella. Luego se quiso ir de la casa y venir a
vivir acá, pero ¿Cómo hacía para trasladar a la niña sin que nadie la vea?
Bueno, fue ahí cuando contactó a Barracuda para que la trasladen de noche,
fuera de los ojos de la gente hacía este muelle que tiene aquí y en esta casa
siguió abusando sistemáticamente de ella, lejos de la gente, aislado, impune-
En medio de las palabras del cura, la silla
de ruedas de Krupsky salió andando sola desde la cocina hasta el living.
Cecilio se paró del sillón en un estado más de alerta.
-No creo que esté seguro de lo que dice,
cura- dijo Krupsky con definitivo tono amenazante aún sin mostrarse ante los
ojos de Cecilio.
-No le alcanzó con su hermana. Vio la
oportunidad, entendió lo fácil que era secuestrar niños en el pueblo. Sumaron a
Valeria, una desquiciada resentida con el lugar, capaz de cualquier cosa con
tal de dañar a quienes la obligaron a una vida de exilio. Entre los tres, se
llevaron todos esos chicos. Escudándose en una leyenda inventada por ustedes
mismos: El Pátano.
Por fin, en ese momento, Krupsky cruzó la
puerta de la cocina, de pie, caminando totalmente erguido. Su torso estaba
desnudo. Tenía todo el pecho entero cubierto por el tatuaje de un chacal con
ojos amarillos. En la mano derecha tenía un arma de fuego, y en la izquierda un
cuchillo de carnicero.
-Ninguna leyenda, cura. Yo soy el Pátano. Yo
soy el mal. Yo soy la peor pesadilla de ese pueblo. Y usted, acaba de comprarse
la muerte más dolorosa que pueda imaginar-
-¿Muerte? ¿Yo? No, yo ya estoy muerto hace
mucho, sólo que Dios me dio la oportunidad de…- ¡BANG! Un disparo dio en el
abdomen de Cecilio, quien se agachó un poco.
-¡No nombre más a Dios en esta casa! ¡Dios no
está aquí padre!-
Antes que Krupsky pueda acercarse, Cecilio
con sus últimas fuerzas, tosiendo sangre llegó hasta la biblioteca y se apoyó
allí. Miró de reojo al monstruo que se acercaba agitando el cuchillo. No quiso
dejar nada sin decir:
-Usted no es el diablo Krupsky. Es apenas un
hombre enfermo. Incluso, como todo en la vida, usted tuvo una parte de bien.
Cuando su hermana quedó embarazada , no pudo hacerle más daño. La envió
nuevamente a la casa de sus padres, para ver crecer a su hijo y quizás en otro
momento aparecer para formar una familia. Inventó lo de su discapacidad para
que nadie pueda siquiera sospechar nada. Pero no contó con la fragilidad mental
de Sara, quien no toleró tener al hijo del diablo entre sus manos, ella vio
todo lo que usted hacía aquí adentro con los chicos. No solo quiso matar a ese
demonio, lo quiso desaparecer para que ni siquiera el cuerpo quede en manos
suyas-
Krupsky apoyó el cuchillo sobre la nuca de
Cecilio quien estaba tendido sobre la biblioteca. Llorando y con los dientes
apretados le dijo:
-Te juro que vas a sufrir como nunca en tu
vida-
El padre Di Santo se dio vuelta, lo miró,
sonrió, cerró los ojos y se desplomó sin vida en el suelo.
-¡Noo! ¡Esto no tenía que ser así! ¡Tenías
que sufrir! ¡Tenías que conocer el horror!- gritaba Krupsky mientras miraba el
cuerpo de Cecilio. En ese momento oyó un auto frenando en su entrada. Luego
tres golpes en la puerta:
-¡Krupsky! ¡Abra!- era el cabo Manuel. El
doctor entró en desesperación, soltó el cuchillo y tomó su arma con las dos
manos, apuntó a la puerta. Juan Manuel entró de un topetazo, también con su
arma en mano. Se apuntaron y quedaron frente a frente. El cabo, se encontró con
la escena que le rompería en mil pedazos lo que le quedaba de corazón. El
cuerpo ensangrentado y sin vida de Cecilio tendido en el piso.
Los ojos de Manuel se llenaron de lágrimas
por completo, balbuceó algo inentendible. Krupsky vio la fragilidad del hombre
y aprovechó el momento para hablar:
-Esto es lo que pasa cuando se meten con
nosotros. Ya está cabo, se terminó. Por su culpa y su cobardía mataron a ese
bebé, se mató su amigo Ángel, mataron al agente federal, ahora al cura. Es
momento de aceptar que usted es una desgracia para quienes lo rodean. Termine
con tanto sufrimiento, lleve el arma a su cabeza y tenga un final digno-
Manuel, quebrado en llanto y mirando el
cadáver de su amigo, tomó la pistola con la mano derecha y la llevó lentamente
a su cabeza. Apoyó el cañón, miró una vez más al cura y sintió que algo le sostenía
la mano, que el dedo estaba rígido, sintió que su torrente sanguíneo rugía como
el mar. Levantó el cañón lentamente y lo apuntó nuevamente a Krupsky. El doctor
dijo:
-Si me mata a mí, nunca va a saber que pasó
con esos chicos- BANG, BANG, BANG, BANG. El cabo le asestó cuatro tiros en la
frente a Krupsky, quien se arrodilló
para luego desplomarse boca abajo y morir con los ojos abiertos.
Manuel soltó su arma y caminó hasta el cuerpo
de Cecilio. Se arrodilló explotado en llanto, le tocó la cara, aún tenía el
cuerpo caliente. Sus ojos estaban cerrados y parecía tener una mueca de
sonrisa, estaba en paz. El cabo tomó la mano de su amigo y lloró allí sentado,
lloró todo lo que pudo, todo lo que su alma partida le permitía. Se quedó allí
en silencio, por un largo rato.
Varios patrulleros arribaron al lugar;
Alsamendi, Gutiérrez, Soldano y todo el equipo de Arenas Blancas. Entraron a la
casa y se encontraron con la escena. Manuel no reaccionaba. Soldano abrazó al
cabo y quiso levantarlo, pero el muchacho se resistía, no quería despegarse de
su amigo. La oficial Gutiérrez colaboró, también el comisario, entre todos
intentaban calmar al cabo.
Luego de unas horas y con los cuerpos ya
tapados y esperando los peritajes, Alsamendi se acercó a Manuel:
-¿Necesita algo más cabo?-
-No, voy a estar bien. Siento un vacío ¿sabe?
No solo por la muerte del padre Cecilio y por no haber llegado a tiempo. Si no
porque nunca vamos a saber que pasó con todos esos chicos desaparecidos-
-No se lamente, cabo. Hicimos hasta donde
pudimos y al menos sabemos que ya no va a haber más desapariciones. Al final,
no podemos tener todas las respuestas que queremos-
Fue ahí cuando a Manuel se le prendió una luz
en su cabeza, cambió su expresión y pareció algo alterado.
-¿Qué pasa cabo? ¿Qué tiene?
-Todas las respuestas. Todas las respuestas-
repetía Manuel. Se paró y caminó rápido hasta el cuerpo de Cecilio, lo destapó
y tocó sus bolsillos, faltaba la libreta. El cabo siguió con su vista hacia la
biblioteca y la vio allí apoyada. Se desesperó, empezó a sacar los libros, y al
sacar toda la fila más alta (donde supuestamente Krupsky no llegaba por su
movilidad reducida) se encontró con una especie de mecanismo, una palanca. La
accionó, se oyó un “clic” como algo destrabándose. Alsamendi miró a Manuel y automáticamente
se dispuso a empujar desde un lateral la biblioteca, se corrió, dando lugar a
una puerta falsa, un pasadizo seguido de escaleras que bajaban a un sótano.
Manuel no dudó ni un segundo y bajó a toda
velocidad, unos veinte escalones lo depositaron en una habitación totalmente
oscura, tanteó con las manos a su alrededor y halló un interruptor, lo presionó
y decenas de tubos fluorescentes se encendieron en secuencia, el cuarto se iluminó
por completo.
Parecía un quirófano, camas por todos lados,
sueros, instrumentos médicos y toda clase de armarios con píldoras y
medicamentos. En la última cama, en el rincón izquierdo de la habitación,
conectado a un suero había un niño.
-¡Joaquín! – gritó Alsamendi que llegaba por
detrás, corrió hacia él. El joven estaba con vida. El comisario lo abrazó y automáticamente
ordenó asistencias médicas. Manuel se quedó parado mirando la escena, pudo esbozar
una sonrisa y dijo en voz baja:
-Quizás, al final, podamos salvar más de una
vida-
TRES DIAS DESPUÉS.
Manuel observaba la playa, un día esplendido
de sol, muy poca gente disfrutando, costaría mucho tiempo volver a hacer de Las
Pardelas un lugar atractivo para vacacionar. Alsamendi se acercó por detrás y
le palmeó la espalda.
-¿Cómo está el héroe del pueblo?-
Manuel apenas sonrió, intentando mostrarse
agradecido por el halago. Luego preguntó:
-¿Pudo cerrar el caso?-
-Emm. Digamos que si. Dimos todo lo que
teníamos. Devolvimos a Joaquín con su familia, y dos de los tres culpables
están muertos. Y si me pregunta, la vieja del bosque posiblemente también-
-Entonces ¿Por qué me dice “digamos que si”?-
-Cuando encontramos todo aquello en la casa
de Krupsky, Canelo derivó toda la investigación a las fuerzas federales, dejándonos afuera. La última vez que hablé
con él me dijo que no encontraron ninguna pista para seguir investigando, nunca
sabremos que hacían con esos chicos. Aunque mi intuición dice que los usaban
como tráfico de órganos. Más teniendo en cuenta los conocimientos médicos de
Krupsky. Salvamos de milagro al último, teniendo la policía tan encima, no
pudieron completar lo que querían hacer-
-¿Y la casona?-
-Mandamos a escavar en el terreno que tiene
detrás y encontramos un esqueleto de muchos años. Creemos que es de la madre de
Krupsky. Suponemos que una vez que dio a luz a Sara, la mataron y la enterraron
allí- tras unos segundos de silencio, el comisario agregó: -Si alguien me decía
que el final de mi carrera iba a ser así, lo mandaba al psiquiatra-
-¿Final?- preguntó Manuel, ahora si mirando
al comisario.
-Llegó el momento del retiro, cabo. Verá,
cuando yo empecé en esto, era igual que usted, era policía de oficio. Amaba
cuidar a la gente, encerrar a los malos, traer justicia a este mundo. Poco a
poco me fui dejando chupar por el sistema, me convertí en un hombre que
simplemente hacía su trabajo sin querer complicarse. Y con todo esto, con el
horror vivido, pude ver con claridad la mugre en la que me estaba convirtiendo.
Eso y conocer a su amigo Cecilio, me hizo dar cuenta que tengo que ponerle
punto final a esta etapa de mi vida. Renunciaré a mi cargo y por supuesto lo
recomendaré a usted para que quede en el puesto. Me voy a dedicar a mi familia
y a mí. Intentaré ser feliz el tiempo que me quede-
-Gracias por el gesto comisario. Debo serle
sincero y decirle que después de todo esto, yo también necesito replantearme
algunas cosas. Pero es bueno tener ofertas de este tipo en la mesa. Gracias,
una vez más-
-No hace falta que agradezca, cabo. Usted se
lo ganó. Ah, casi me olvidaba, tengo algunas cosas para darle- abrió su
portafolios y sacó diferentes paquetes- Primero tengo esta carta del Vaticano,
tiene el sello del papa, nos invitan al sepulcro del padre Di Santo allí en
tierras Italianas. Será una ceremonia más bien secreta e intima, pero estará a
cargo de su santidad. También tengo esta medalla para usted, por el valor y no
se cuantas cosas más que dijo el monigote ese del jefe comunal, no le avisé de
la condecoración porque supuse que no iba a querer asistir. Por último, ya que
el caso estuvo repleto de irregularidades, me tomé el atrevimiento de cometer
una más; me robé la libreta del cura para que la tenga, quizás le ayude a sanar
algunas cosas-
El cabo tomó todo y miró al comisario con
algo de alegría, se fundieron en un abrazo largo, y se despidieron haciendo un
enorme esfuerzo por no llorar. Acto seguido,
luego de que se fuera Alsamendi, como si estuviese esperando en un
rincón, Carla se hizo presente junto a Manuel:
-Medalla de honor. Quien lo hubiera dicho-
bromeó. Luego agregó: -Felicitaciones, lo tenes muy merecido-
-Gracias, hice mi trabajo ¿Y usted que piensa
hacer ahora, periodista?- retrucó la chicana el cabo.
-La verdad no sé, supongo que volver a la
ciudad. Tengo todo este material y no se bien como usarlo. Podría escribir un
libro entero, documentales, podría venderle la historia a los medios más
importantes del país. Pero no lo sé, quizás simplemente me la quede para mí-
-Creo que debería escribirla. Al menos si no
pudimos saber que había detrás de todo esto, quienes son las cabezas que no
pudimos cortar, hasta donde llegaba el mercado que desbaratamos, que todo el
mundo sepa que pasó. Y que todos conozcan la historia de Cecilio Di Santo.
Sería un lindo homenaje-
-Si, puede ser. Tendré que pensarlo. Gracias
por la sugerencia ¿Usted que va a hacer?-
-Sinceramente no lo sé. Existe la posibilidad
de tomar el puesto de comisario aquí e intentar cambiar todo lo que no pudo
Alsamendi. Pero no sé si tengo energías. Por lo pronto iré al Vaticano a
despedir a mi amigo y recorrer los lugares donde él estaba, para conocerlo aún
más-
-Me parece un lindo plan, cabo. Ojalá pueda
sanar aún más su herida-
Luego estrecharon sus manos, y se
despidieron. Al alejarse unos metros, Carla gritó:
-Si necesita una compañera para el viaje, llámeme.
Quizás pueda ser una linda experiencia-
Manuel sonrió, como hacía mucho tiempo que no
sonreía. Luego la perdió de vista entre los rayos de sol.
El cabo se quedó solo, oyendo las olas romper
contra la costa y las gaviotas aleteando sobre la playa. Respiró profundo y se
llevó adentro suyo todo ese aroma a libertad, por primera vez, en mucho tiempo
la sintió, y sintió que esa libertad había llegado a Las Pardelas. Luego tomó
la medalla de honor, dio unos cuantos pasos hacia el agua y la arrojó al mar,
lo más lejos que pudo. Guardó en su bolsillo la carta del Vaticano. Agarró la
libreta de Cecilio y dejó caer una lágrima, pero esa lágrima no era de
tristeza, era de alivio, de final. Sintió que todo cerraba, y comenzaba a vivir
de nuevo. Abrió la libreta, leyó algunas oraciones, miró el horizonte y sonrió.
FIN.
EPÍLOGO- LA LIBRETA DE CECILIO

Caso Juan
Manuel García; el muchacho
-Anoche tuve un
sueño una pesadilla. Intento recordar los detalles, pero algo me nubla el
pensamiento. Es raro, siempre me acuerdo de los sueños. Había un bebé, algo
malo le pasaba. Había un ángel, no lo recuerdo bien, pero siento dolor al
pensar en él. Recuerdo sangre MUCHA SANGRE. Me llamaban, decían mi nombre,
todos ellos. Había más gente, más criaturas. Pero no puedo recordar. Intentaré
meditar un rato para que se aclaren los pensamientos.
-Estuve pensando
a la orilla del mar. Ahí me vino otro recuerdo de la pesadilla. Estaba en algún
lugar con mar. Hasta podía oler la sal en el aire ¿mar y pesadilla en la misma
oración? Jamás pensé que podía pasar. Si siempre fue mi refugio perfecto el mar
¿Qué es lo que me llama?
-Me acordé del
padre Miguel. Aquel viejo compañero de teología. Tan devoto Miguel, tantas
discusiones tuvimos. Él me pide hace años que visite su pueblo Las Pardelas.
Sostiene que tengo que conocerlo, que algo no funciona bien allí, que la gente
perdió la fe y que ocurren demasiadas desgracias. El pueblo está a la orilla
del mar ¿será? ¿Me está llamando?
-Hablé con su
santidad, le avisé que me iba a ausentar por tiempo indefinido. Tengo una
extraña sensación dando vueltas en el cuerpo, algo que no había sentido muchas
veces. Lo sentí aquella vez con la posesión de Francesca. Esta vez es más
fuerte, es distinto. Me cuesta entenderlo y eso es lo que más me preocupa.
-Estoy en el
avión rumbo a Las Pardelas. Me siento entusiasmado, no sé con que me podré
encontrar, pero definitivamente tengo que estar ahí. Usaré esta libreta como
anotador del caso ¿la titularé “Las Pardelas”? Sería la primera vez que titule
un caso con el nombre de un lugar y no de una persona. Habrá que esperar para
ver. Ya que todo viene distinto, haré todo distinto. Titularé el caso al final,
cuando todo se haya resuelto.
-Arribé a Las
Pardelas. El pueblo es muy bello, encantador diría, tiene un aire a los
pueblitos de Italia. No obstante, es cierto lo que me contaba el padre Miguel:
se percibe el mal en el ambiente. Me siento como observado.
-Conocí al
cabo Juan Manuel García. Él prefiere que lo llamen Manuel, yo le dije un cuento
de que ante los ojos de Dios es Juan Manuel y lo voy a seguir llamando así, es
para distraerlo, necesita eso. Apenas lo vi me dieron ganas de abrazarlo
fuerte, no lo quise asustar, le pasé un poco de buena energía. El hombre está
roto por dentro. Despedazado por mil partes. Sin embargo, no creo que sea
insalvable, hay mucho valor en su interior, él tiene ganas, es un luchador.
Tengo por delante la reconfortante tarea de ayudarlo a sanar. Necesita
encontrar un propósito. Necesita desatar sus nudos interiores.
-Manuel me
dijo que el padre Miguel me había escrito una carta pidiéndome que venga, buena
señal, Dios me está guiando bien, el trabajo se hará más fácil. Hay algo para
enfrentar. El mal ya se presentó, ahora hay que curarlo.
-La pizza del
bar es riquísima. Tuve que fingir el entusiasmo para no pecar de gula, ojalá
tenga tiempo para comerla una vez más. Al volver a Roma le haré la vida
imposible al pizzero, lo embromaré y le diré que en otra parte del mundo hacen
mejores pizzas que en Italia, con el solo objetivo de que mejore su producción
y seguir comiendo rico.
-Manuel está
muy impresionado por escenas que vivió en estos días. Cosas realmente fuertes.
Me tomó muchos años a mí poder enfrentar ciertas cosas que este hombre ya
vivió. Lo compadezco. Intento bajarle el precio a lo que me cuenta, hacerme el
desentendido, pero la verdad es que estuvo en el infierno. Lo bueno es que ya
conoce lo que es, solo le queda salir de ahí.
-Lo de esta
mujer Sara es muy extraño. Manuel me lo contó como pudo, y no es para menos.
Cuando inicié mi camino en la rama del exorcismo , mi maestro Salvatore me
dijo: “No existe peor demonio que el que es capaz de lastimar a su propio
hijo”. Quizás nos estemos enfrentando a algo poderoso, aunque no necesariamente
esté en Sara.
-Pasamos por
la casona donde el cabo vivió su primera pesadilla. Tuvo un episodio de visiones,
no lo culp0, yo también vi algo ¿moscas? ¿Bichos? Hay putrefacción en esa casa.
No necesariamente actual. Hubo muerte. Sospecho que Manuel es un poco de los
míos, puede ver algunas cosas, pero no tiene un maestro que lo ayude y lo guíe con
eso. Por eso sufre, lo entiendo. Intentaré ayudarlo con eso también, aunque no
es prioridad ahora.
-Acabo de
conocer la estatua del Pátano. No me dio buena espina. Por lo general no me
gusta cuando los mortales honran a monstruos que en su concepción representan
el mal. La gente cree que es un juego, invocan fantasmas, espíritus y
monstruos, suponen que ser amigos de ellos les concede un privilegio, nunca es
bueno elegir como líder a quien en su más profunda esencia desea el mal para
quienes lo rodean. Esta bestia en particular me provoca rechazo, no me suele
ocurrir. Debo reconocer que me da algo de miedo ¿estaré más viejo?
-Barracuda: el
hombre que va a encender la antorcha para quemar la estatua de la bestia. Lo vi
desde lejos, pero estoy seguro que algo no anda bien en él.
-La noche no
terminó bien. Una centella. Hacía muchos años que no veía una. Apareció muerto
un supuesto agente, lo vi de cerca, su alma aún estaba ahí, era bueno, quería
justicia. Desapareció otro muchacho. Eso es preocupante, hay algo positivo:
comienzo a creer que el mal que acecha este pueblo es humano ¿es positivo?
-Conocí al
comisario Alsamendi. Intenta mantenerse rudo para afuera, tiene buen corazón,
ya lo vi. Lo rodea un aura violeta constantemente. Pero tiene mucho que
resolver, está dejando avanzar al mal en su vida. Aún está a tiempo de no
convertirse en algo que no quiere ser. Espero poder hacer algo por él también,
quizás todo sirva. Quizás al final de esto habremos salvado más de una vida.
Eso suena alentador, se lo voy a decir a Manuel.
-Se me ocurrió
una idea: pasar mi estadía aquí en la casona donde ocurrió lo de Sara. Se que
es peligroso, no serán los días más agradables, pero nos puede ayudar. Quizás
intente el ritual del Cristo en la sangre que me enseñó Salvatore. Se que no debería
hacerlo, estoy grande y enfermo, no debería exigirme así. Pero aún me creo
capaz de hacerlo.
-Nos dirigimos
a Arenas Blancas. Vamos a hablar con Claudio Krupsky, heredero de la casona.
Vamos a pedirle permiso para que me pueda quedar ahí. De paso lo voy a conocer.
-Manuel se
alteró un poco al verme tomar mis pastillas. Supongo que de algún lado las
conoce, debe temer por mi salud, intentaré no preocuparlo, es lo que menos
necesitamos ahora.
-Manuel dice
que vio una mujer en el colectivo, que siente que la viene viendo hace varios
días, el cree que es una aparición o una presencia, algo que no está. Yo
también la vi, y va a ser una mujer importante para él, pero voy a dejar que lo
descubra solo.
-Conocí a
Claudio Krupsky. No pude descifrar demasiado, tiene un aura extraña, es gris.
Realmente no tengo nada para decir de él, parece un hombre enfermo, fuera de
todo esto. Simplemente es el dueño de la casa, quizás lo persigue la desgracia.
Su padre se suicidó, su madre los abandonó. Parece no haber sido rodeado de
mucho amor. Es gris está vacío. Estoy confundido.
-Manuel
comienza a recuperar el entusiasmo por su oficio, se muestra valiente. Tiene la
mirada alta, lo veo mejor.
-Nos dirigimos
al hospital psiquiátrico a ver a Sara. Manuel deslizó la idea. El sup0ne que
fue sin querer, pero estoy seguro que en el fondo desea enfrentar sus miedos,
pero por el momento necesita que otro se haga cargo por él. No es lo mejor,
pero es un gran avance.
-El hospital
psiquiátrico tiene la misma energía que todos los que he visitado. No hay caso,
son un pozo de olvido. Sigo pensando que sin saberlo, quienes están allí
adentro están siendo protegidos de nosotros, los locos de afuera.
-Sara está
cargada de energía. Mala energía energía de dolor. Muchísimo dolor.
Sentí una puntada en el pecho apenas la vi. La mujer tiene ojos pero no mirada.
Respira pero no está viva. Me pregunto demasiadas cosas ¿Qué ocurrió en su
vientre? ¿Con que demonio convive para hacer lo que hizo?
-Manuel
reaccionó como esperaba a la presencia de Sara. Reconoce sus demonios, los ve, pero
los sufre en carne propia, se siente amenazado, es lógico. Lo vi sacar su arma
por segunda vez, siempre supe que no iba a disparar, creo que nunca le disparó
a alguien en su vida, y dudo que lo haga. Tiene demasiada compasión dentro de
su alma para intentar herir a alguien.
-Apareció la
mujer misteriosa. Se llama Carla y es periodista. Es muy transparente, fue
fácil verla y conocerla, es pura, tiene buenas intenciones, es curiosa y además
muy talentosa. Al verla junto al cabo pude ver detrás hilos de colores azul y
violeta que se entrelazaban. No tengo dudas que estaban destinados a conocerse
y acompañarse. De ellos depende cómo.
-Carla
encontró mis antecedentes médicos. Saben de mi cáncer, creo que es el momento
en que están cayendo, recién ahora pueden entender un poco más quien soy y los
dones que Dios me dio. Manuel se puso muy mal, él ve la muerte como una
separación definitiva, ojalá pueda hacerle entender lo que realmente es la
muerte. Intentaré, veré de que manera se lo enseño.
-Volvemos a
Las Pardelas. La energía es cada vez más densa, siento que estamos en un
momento clave, cerca de dar pasos adelante, pero con poco tiempo, tenemos que
confiar en la intuición.
-Sigo
insistiendo en la idea del Pátano. Desde que vi la estatua, y desde que
Barracuda me contó la historia, siento que hay algo ahí.
-La playa. El
mar. Ahí está la clave.
-Pisé por
primera vez la casona. Es un mal lugar lugar maldito. No tengo dudas que
aquí ocurrieron cosas muy oscuras y no creo que haya sido solo lo de Sara.
-Fui sin
dudarlo hasta el terreno de atrás, la huerta. No se por qué. No veo nada, pero
se que hay algo. Siento que estoy perdiendo poder de percepción. Algo no anda
bien.
-Volvió la
tos, con más fuerza. Escupí algo de sangre, no es únicamente por la energía del
lugar. Creo que el cáncer volvió, y esta vez vino a llevarme. Solo espero que
Dios me permita terminar esto. Necesito terminar.
-Me dispongo a
hacer el ritual. Es la primera vez en mucho tiempo que escribo pensando en no
volver a hacerlo. Cabo, si encuentra la libreta escrita hasta aquí, siga
confiando en su intuición. La playa, el mar y esta casa. Investigue.
-Superé el
ritual, y estoy bien. Fue muy duro, el peor de mi vida. O quizás es porque
estoy grande y ya no lo resisto. Fue muy real, estuve ahí y tuve mucho miedo,
necesito descansar un momento.
-En el ritual
pude ver un niño y una mujer a punto de parir. Pero ella no estaba bien, estaba
atada y obligada. El niño le sacó el bebé a la fuerza. Lo sostuvo en brazos,
pensé que le iba a hacer daño, pero lo lamió. No entiendo aún que significa. En
el otro cuarto había otro adulto, muerto.
-“De mi misma
sangre y a mi sangre, el diablo dentro de mí”. Me da vueltas esa frase. Puede
ser producto del daño psicológico de Sara. Pero también puede ser un indicio de
otra cosa ¿su misma sangre?
-Encontraron a
Nicolás. Es un alivio, lo encontraron Manuel y Carla en la playa, juntos.
Devolvieron un chico con sus padres, hemos salvado una vida, o más de una.
Parece que tuve razón después de todo. Siento que aún podemos salvar más.
-En la
comisaría hablaron de una tal Valeria. Ni bien escuché su nombre se me revolvió
el estómago, no quiero conocerla. Definitivamente estoy teniendo algo de miedo,
creo que todo está encadenado; el cáncer volviendo, la perdida de percepción,
el miedo. Siento que todo se va.
-Dicen que
esta mujer vivió en el pueblo y ahora vive en el bosque. Todo es muy extraño,
quizás Carla pueda esclarecernos un poco investigando.
-Me encontré
con Manuel. Vamos rumbo al bosque, no estoy bien, y se nota. No puedo servirle
de apoyo emocional esta vez, pero estoy decidido a resolver esto.
-El bosque
guarda muchos secretos. Siento que me hablan de atrás de los arboles. Niños. El
lugar está repleto de penas.
-Anoto esto
con dificultad, conocí a la mujer, no pude estar ni un minuto frente a ella. Es
el mal.
-Tiene los
ojos del mismo color del mar.
-Atrás de la
casa hay otro cuarto, es aún peor que la cabaña. Desde lejos se siente la
energía. Me tendré que acercar.
-Manuel tuvo
otro episodio de visiones. Esta vez no es su culpa, creemos que la mujer del
bosque lo intoxicó con esas pociones que elabora. Corrió mucho lo vi
desesperado. Una vez más sacó su arma, esta vez se la apuntó él mismo. Eso no
estuvo bien, de todas maneras, sigo confiado que no va a disparar.
-DATO: Manuel
dice que lo corrió El Pátano por el bosque. Yo lo corrí, es cierto, pero apenas
un tramo, no tengo tanta velocidad para ir a la par de él. No se que vio.
-La mujer del
bosque guardaba mucho odio hacia el pueblo. Atraía a los niños a su cabaña, los
intoxicaba y los hacía creer que ellos eran El Pátano. Luego los mandaba al
mar. Aún no sabemos por qué, no creo que los quiera muertos, si no lo haría en
su propia cabaña, quiere algo de ellos.
-Carla
descubrió algo fundamental: Barracuda conoció a la mujer del bosque cuando era
muy pequeño junto a un grupo de amigos, todos desaparecieron excepto él, que
quedó ciego. Hay un vínculo con ella. Los ojos, yo sabía que por algo me habían
llamado la atención sus ojos. Veremos que dice el hombre. Desde el momento en
que lo vi, no me gustó.
-Barracuda se
quitó la vida. Se tiró desde la punta del faro cuando la policía iba a
investigarlo, logicamente estaba implicado, teníamos razón. La mujer los
secuestraba y los drogaba para hacerlos ir al mar. Barracuda los cargaba en la
lancha ¿a dónde los llevaba? Espero que esto último no desaparezca con la
muerte del pescador.
-TEORIA: Todo está conectado de algún modo. Manuel
tenía razón desde el principio. Cabo, si lee esto, sepa lo talentoso que es.
-Manuel me
dijo algo que me hizo conectar todo, la pieza que faltaba en el rompecabezas;
me dijo que yo era como el hermano que nunca tuvo. Eso me hizo pensar en la
visión que tuve dentro de la casa. El niño sacando al bebé del vientre de la
madre. Era su hermano, o en esta caso, su hermana. Iré hacia Arenas Blancas,
necesito ver una vez más a Sara y corroborar mi teoría.
-Me despedí de
Manuel en el pueblo y sentí un desahogo enorme, nos dimos un abrazo de
hermanos. Me siento enfermo, eso es cierto, pero me dirijo hacia la curación
definitiva.
-Siento que a
partir de este momento debo hablarle a quien encuentre mi libreta, espero, si
todo sale bien, que sea usted, cabo. Aprovecharé el tiempo en el colectivo para
escribirle algunas cosas, pero estarán en la ultima página, para que no
interfiera con el caso.
-Volví a ver a
Sara. Ya no vi un monstruo, vi un ser que no quiere vivir habitar en
este plano. Necesita alivio, espero haberla ayudado, y espero que en la nueva
vida esto no me pase factura, tuve la mejor intención. Dios lo sabe. Voy para
la casa de Krupsky, donde resolveré todo. Antes de Ir, elaboraré la teoría
final completa para no dejar dudas.
-TEORÍA
FINAL: los
Krupsky inician y terminan este camino. La esposa de Claudio Krupsky padre
tiene un segundo embarazo, no se por qué, pero no era deseado, quizás era
producto de una relación extra matrimonial. Su hijo Claudio, quien en ese
momento tendría unos 15 años, enloquece, no lo puede aceptar, lo invaden todos
los demonios (aunque quizás ya los traía de antes, y solo los dejó salir). Obligó
a su padre a obedecerlo, desde chico es un hombre ser con mucho poder.
Secuestraron a la mujer hasta el momento que dio a luz, luego la mataron y
posiblemente la enterraron en el jardín trasero. Mantuvieron en cautiverio a la
niña durante años. Quien sabe que clase de cosas horribles pasó. La bautizaron Sara.
La niña creció encerrada en una habitación de la casona, escondida del pueblo,
nadie se enteró de su existencia. Claudio Krupsky padre se quita la vida cuando
la niña tenía unos 15 años. No aguantó más. Claudio Krupsky hijo decide irse a
vivir a Arenas Blancas, a una casa pegada al mar. Necesita llevarse consigo a
su hermana, pero debe hacerlo escondido del mundo. Se hace construir un muelle
propio frente a su hogar. Luego convence a Barracuda, el pescador del pueblo de
que lo ayude a trasladar a su hermana p0r la noche a cambio de un buen monto de
dinero. Una vez instalado en Arenas Blancas, Krupsky, sediento de poder e
invadido por el odio, comprende la facilidad para trasladar personas fuera de
la vista de todo el mundo. Conforma una sociedad con Barracuda, pero les
faltaba una persona más, alguien que haga el trabajo más sucio. Allí Barracuda
sugiere a su mentora, a su líder, su gran amor: Valeria, la mujer del bosque.
Ella, cargada de odio hacia Las Pardelas y todos los que por allí pasen, se
encargaría de secuestrar a la gente para luego facilitar el traslado. Crearon
la leyenda del Pátano, una criatura mitológica que vive en el mar y se lleva a
los niños, en un pueblo tildado de maldito, nada es descabellado, la leyenda
creció y se convirtió en el mito más grande del pueblo. Los elegidos son niños,
aún no sé por qué, ni que hacen con ellos, tampoco donde los tienen, o donde
los tuvieron. Imagino, por la profesión de Krupsky, que tendrá que ver con la
venta de órganos. No puedo ni escribirlo sin que se me revuelva el estómago,
eso es el diablo en la tierra.
Luego de años
de torturas y violaciones por parte de Krupsky a su hermana Sara, la chica
queda embarazada. Krupsky cambia radicalmente su semblante, un hijo del gran
Claudio Krupsky, una inesperada descendencia. Pero ¿Cómo iba a hacer para que
esto prospere? Su idea fue trasladar a Sara nuevamente a la casona, que ella
comience criando al niño, darle el espacio que nunca tuvo, confió en que una
madre por instinto iba a cuidar a su hijo, pero no contó con que había quebrado
para siempre el alma y el corazón de esa mujer. Que él le puso el diablo dentro
suyo.
-Sara,
totalmente rota, decidió exterminar por completo al diablo que le habían puesto
dentro. Exterminarlo literalmente, no dejar nada de él. Quizás así, lo salve de
su hermano.
-Llegaré en
unos minutos a la casa de Krupsky. Intentaré resolver la última pieza del
rompecabezas: ¿Dónde fueron los chicos secuestrados por estos años?
CONCLUSIÓN:
El
diablo estuvo en Las Pardelas. Lo combatimos hasta donde pudimos. Espero que
haya sido suficiente.
-Krupsky me
abrió la puerta y ya no es el mismo, ahora lo puedo ver, veo el monstruo dentro
suyo, está en la cocina, haré mis anotaciones lo más rápido que pueda.
-Siento como
el cáncer crece dentro mío cada segundo, como si se estuviera cobrando la deuda
de todos estos años que estuvo ausente. Siento la oscuridad expandiéndose por
mis pulmones, cada vez me queda menos aire, menos tiempo.
-Parados al
lado de la biblioteca están mi papá, mi mamá y mi maestro Salvatore, que
alegría verlos. Me reencontraré con ellos.
-Ya no queda
nada. Es el final. Escribiré el título del caso, no tengo dudas
Las Pardelas, 30 de diciembre de 2002.
Querido
Manuel:
Le escribo estas
líneas mientras viajo a Arenas Blancas. Si todo sale bien habremos salvado más
de una vida y usted encontrará esta libreta.
Supongo que
este es mi último viaje, en algún punto lo supe siempre. No me entristece,
estoy grande y enfermo, ya era hora de terminar. He ayudado a mucha gente, y
mucha gente me ha ayudado a mí. Cumplí mi propósito en esta vida y me dirijo a
la que sigue, es hora de volver a empezar. Debo dejarle el lugar a alguien más.
Quiero
felicitarlo por todo lo que ha logrado este tiempo. Valórese, quiérase, aprenda
a vivir con sus fantasmas y enfréntelos como lo hizo este último tiempo. Es
usted un hombre muy valiente, y además tiene un alma muy pura, quizás la más
pura que pude observar.
Viva cada
momento como si fuera único e irrepetible, aprenda a amar lo que tiene y no
vivir persiguiendo lo que perdió. Deje volar su amor, compártalo, lo merece
usted, y lo merece alguien que quiera estar a su lado. No importa que profesión
tenga, hay periodistas honestos y buenos también.
Sea libre y
salvaje como el mar. Vuele como las gaviotas, dé calor como el sol, ilumine
como la arena, acaricie como el viento. No tenga miedo de fluir.
Usted tiene un
don igual de fuerte que el que yo tuve, lo sabe, seguramente desde pequeño
¿Cuantos “amigos imaginarios” tuvo? ¿Cuántas veces vio al abuelo o la abuela
que ya no estaban en este plano y prefirió hacerse el distraído? La cantidad de
veces que se puso a llorar en un lugar o momento y no entendió por qué. O esas
personas que no pudo dejar de mirar, esas que aún hoy y habiendo pasado el
tiempo usted recuerda con detalle, que sonríe al recordarlas. Todo eso es su
don.
Me hubiese
encantado poder ayudarlo durante este tiempo a desarrollarlo y trabajarlo, pero
fue muy corto y muy intenso. Confío en que si usted lo desea, podrá hacerlo por
su cuenta. De todos modos, en mi casa en
Roma, puede encontrar todas las libretas que escribí en estos años. Allí están
todos los casos en los que trabajé, contados en detalle, y además todos los
apuntes de mi maestro Salvatore, quien me enseñó todo lo que sé, tal vez eso le
sirva de algo.
Sin más, me
despido hasta que nos reencontremos flotando en algún lugar del universo.
Yo nací para
mirar lo que pocos quieren ver, usted también. No lo olvide
Con cariño
infinito, su amigo, su hermano que nunca tuvo, Cecilio Di Santo.

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