El espejo negro
El hombre llegó a su casa cerca de las 8 de la noche. Un piquete había interceptado su colectivo de regreso. Después de caminar por los largos pasillos del barrio y subir tres escaleras, por fin pudo entrar, sacarse los zapatos punta de acero, tirar la ropa en un canasto y meterse directamente en la ducha. Al pasar por la cocina pudo ver de reojo a su hijo descongelando algo en el microondas mientras encendía una hornalla.
-Hola hijo- saludó a la pasada. Pero el joven no respondió, no porque no quisiera hacerlo, si no porque directamente no lo había escuchado. Estaba con la cabeza puesta en su teléfono celular que parecía disparar miles de luces y sonidos.
Se sentaron juntos a cenar en el sillón del living, que era el mismo ambiente que la cocina. Apoyaron sus platos en una mesita pequeña y comieron viendo la televisión.
-¿Qué tal tu día? ¿El colegio?
-Bien, todo bien ¿vos? ¿El trabajo?
-Bien, también.
Eso era todo lo que podían hablar, no sólo ese día, siempre. Sus conversaciones no avanzaban mucho más lejos de ese punto. El hombre lo intentó un poco más:
-Me dijo el señor Tutolomondo que quizás el próximo mes me pueda dar el aumento que tanto vengo pidiendo. Quizás por fin podamos irnos de vacaciones ¿te imaginas? El mar, la playa, nosotros dos ahí, comiendo cosas ricas, jugando al tejo y la paleta.
-Ojalá papá- dijo su hijo, y lo único que hizo fue subir el volumen del televisor. Realmente no tenía ningún problema con su padre, pero esa conversación ya se había repetido también algunas veces. Ambos sabían que no iba a pasar. El señor Tutolomondo era un empresario explotador que vivía prometiéndoles a sus empleados el oro y el moro y nunca cumplía, por eso, ellos vivían con lo justo y quizás menos que eso.
De pronto, el televisor proyectó una publicidad llena de colores, música y gritos:
“¿Cansado de tu vida aburrida y monótona? ¿Estás feliz con quien sos y lo que tenes? Si no es así, El espejo negro es la solución. Sumérjanse en la fantasía más real de todas, denle una oportunidad a su versión mejorada de ustedes mismos y sean quienes quieran ser. Conviértanse en surfistas, magos, esquiadores, futbolistas y todo aquello que siempre soñaron y no pudieron lograr por sus limitaciones físicas o intelectuales. Conozcan cualquier parte del mundo sin moverse de un cómodo sillón. Vea en El espejo negro, todo aquello que no puede ser real.”
El padre soltó todos sus juicios y prejuicios, con la boca llena y contestándole al televisor como si fuera su enemigo:
-Todo esto va a terminar con lo poco que queda de humanidad. Ya ni siquiera sabemos donde terminamos nosotros y donde empiezan las computadoras.
Lo que no hizo, fue mirar a su hijo, quien observaba con una sonrisa que pocas veces se dibujaba en su rostro, tenía los ojos iluminados, como quien ve al amor de su vida. El hombre entonces supo que quizás no estaba respetando a quien tenía al lado, entonces bajó un poco el tono:
-Bueno, en realidad es lo que opino yo. Quizás me equivoco.
-Pa, vos tenes un celular sin WhatsApp. Imaginate lo lejos que estás de poder entender a una inteligencia artificial- dijo el joven mientras levantaba los platos y se dirigía a la bacha para lavarlos.
-Justamente, vos mismo lo dijiste hijo “inteligencia artificial”. Todo lo que sea artificial es incomparable con lo natural, lo que traemos con nosotros mismos. Por ejemplo, una flor artificial, puede parecer una flor, incluso hasta pueden hacerla oler como una flor, pero no lo es, no tiene vida, no es real.
-¿Qué es lo real? ¿Sólo lo que vemos y tocamos? Siguiendo tu lógica, supongamos que un hombre está encerrado en su casa toda la vida, sin conocer nada del mundo. Alguien le acerca una flor artificial y le dice que es una flor. Le da un libro donde hay fotos de flores, le da un diccionario donde puede buscar la palabra “flor”. ¿Qué le pasaría a esa persona? Muy probablemente esa sea su flor, la única que conoce, sin importar si hay otra “verdad”.
El hombre guardó silencio. Era anticuado, quizás algo bruto, pero podía reconocer rápidamente la sabiduría de su hijo, y aún más importante que eso, podía reconocer el entusiasmo de la persona que más amaba en el mundo. Supo entonces que no debía seguir con la discusión, quizás era momento de guardar los juicios personales. Tomó la difícil decisión de abrir su mente e intentar comprender lo que hasta ese momento le resultaba incomprensible.
Desde allí, y por los siguientes cuatro meses, el padre se dedicó a hacer todas las horas extras posibles en su trabajo, incluso pidió adelantos y hasta algo prestado a algún compañero. Su único objetivo era aprovechar las vacaciones de invierno escolares, llegar a esa fecha con el dinero para poder pagar el famoso Espejo negro y así darle una hermosa sorpresa a su hijo.
El día llegó. Lo despertó con su desayuno preferido y le comunicó la noticia, le dijo que esta vez no iban a ser vacaciones en el parque del barrio jugando en las hamacas y contando historias al atardecer, esta vez tendría un verdadero viaje, el que tanto había soñado. El niño abrazó tan fuerte a su padre que hasta le hizo un poco de daño aunque lo doblaba en tamaño. Era el momento más feliz de su vida.
El edificio parecía traído desde otra época mucho más adelantada. Incluso quizás hasta de otro planeta. Plagado de pantallas led con la imagen de Max Wexemberg, el creador de la experiencia Espejo negro, un excéntrico multimillonario capaz de gastar cientos de miles de dólares en los caprichos más absurdos que su aburrida imaginación podía proponerle. En todas las pantallas la imagen proyectaba al hombre diciendo en diferentes idiomas la misma frase:
-Bienvenidos al primer día del resto de su vida. El Espejo negro les mostrará lo que en sus vidas no pueden ver. El límite, es la propia imaginación- en el cierre de su frase, el hombre cambiaba de aspecto una y otra vez, adquiriendo diferentes fisonomías.
Claro que el entusiasmo del padre y su hijo no era exactamente el mismo. Mientras el niño corría a toda velocidad mirando y tocando todo a su alrededor, el hombre temía por lo que veía, deseaba conocer en profundidad los detalles de la experiencia.
-Bienvenidos al Espejo negro, mi nombre es Samantha y voy a ser su guía el día de hoy ¿Primera vez que van a realizar la experiencia?- dijo una mujer afroamericana con rulos y un traje azul eléctrico muy pegado al cuerpo.
-Bueno si, costó mucho juntar el dinero, pero por fin lo podemos hacer, estamos muy contentos. No obstante quisiera conocer un poco más sobre…
-No se preocupe- interrumpió Samantha- a continuación les daré toda la información de la experiencia y responderé todas sus preguntas.
Encendió con un pequeño control remoto una pantalla que serviría de apoyo visual a las palabras de la mujer.
-El Espejo negro es una experiencia inmersiva con un proceso tecnológico revolucionario y único en el mundo. Todo comienza aquí, en su propio cerebro. El señor Wexemberg junto a un grupo se científicos crearon un mecanismo que se conecta completamente a su sistema nervioso, dejando el cuerpo base humano totalmente inutilizable y proyectando una versión de ustedes mismos creada con inteligencia artificial en cualquier parte de los diferentes universos que ofrece El espejo negro. Allí podrán vivir exactamente igual que como lo hacen en sus vidas ordinarias: tendrán sed, hambre, sueño, cansancio, deseos, etcétera. Cada decisión que tomen sobre su propio cuerpo dentro de El espejo negro, repercute automáticamente en el cerebro y su copia base humana. Es decir que si comen, su cerebro original sentirá que esa parte del sistema está solucionada , y enviará la señal al resto del cuerpo, lo mismo cuando hagan sus necesidades o cuando duerman. Por eso, su copia base se queda aquí y no sufre ninguna alteración. Al terminar la experiencia se le recomienda al usuario permanecer en la sala de transmutación durante al menos una hora, para que su sistema nervioso vuelva a adaptarse a esta realidad. ¿Alguna pregunta?
El hombre tenía mil, sin embargo pocas podía formular, estaba completamente abrumado. El joven intervino:
-Si, en el anuncio dice que podemos ser quienes queramos, además de estar donde queramos ¿podemos modificar nuestro aspecto?
-Bueno, en principio no. Su copia base es inicialmente idéntica a la original. Pero no se preocupen, dentro de El espejo negro, ustedes podrán encontrar diferentes atalayas relacionados con el cambio de vestimenta, apariencia y modos de su propio avatar. Eso lo van a poder descubrir cuando estén adentro de la experiencia. Contarles más ahora sería anticiparles la diversión ¿alguna otra duda o ya prefieren ingresar?
Mientras el padre seguía atónito, el hijo pidió a los gritos poder entrar y empezar a disfrutar. Samantha entonces dijo:
-Ahora tienen que decirme el lugar a donde quisieran tener la experiencia y la cantidad de días.
-Bueno ¿Qué más da? Hagámoslo en grande hijo. Queremos ir a una playa de mar caribe, con arena blanca y agua azul, con mucha comida y bebida. Espectáculos nocturnos y paisajes hermosos. Y queremos ir 7 días, al menos eso es lo que me alcanzó con el dinero que contaba.
La mujer sonrió, se giró y les indicó que la siguieran a la siguiente habitación.
-Caribean Paradise. Ese es el lugar perfecto para ustedes. No se van a arrepentir. Por favor, antes de conectarlos necesito que firmen algunos papeles- dijo mientras apoyaba frente a ellos dos pilas grandes.
-¿Esto que sería?- preguntó el padre
-Formalidades. Los famosos términos y condiciones. Cuestiones legales y burocráticas que nos exigen los organismos, nada de que preocuparse para usted.
El hombre intentó ponerse sus lentes para ver y leer toda la pila de papeles. Pero el hijo lo interrumpió:
-Vamos papá. Son términos y condiciones, nadie los lee, no hace falta. Todo va a estar bien. Nos esperan las olas y el viento de mar, ya no puedo esperar.
Ambos firmaron y se sentaron en unos cómodos sillones negros reclinables, Samantha dio las últimas indicaciones:
-En todos los universos de El espejo negro hay un puesto de salida por si necesitan cortar la transmisión antes de tiempo, solo tienen que buscar el cartel que dice “deseo irme”. Que tengan una hermosa experiencia, buen viaje.
Ambos se despertaron en la amplia habitación de un hotel con dos camas enormes de casi dos metros, un televisor de 70 pulgadas y toda clase de adornos lujosos, el aire acondicionado funcionaba al máximo, pero sentían el cambio de clima y la humedad caribeña. Después de unos segundos de total incredulidad, ambos saltaron y se abrazaron gritando. Después de ponerse los trajes de baño que estaban guardados junto con otro montón de ropa para todas las ocasiones, bajaron a recorrer el lugar.
Realmente les parecía impresionante. Todo se sentía casi real, la arena entre los dedos, el sol en la frente, el viento, los olores. Todo parecía ser como debería ser, al menos eso creían ellos, que nunca habían estado cerca de un lugar así y esas sensaciones. Se metieron en el mar, también se sentía real, se hundieron en el agua y les faltó la respiración, no paraban de mirarse y sonreír, se sorprendían en cada acción realizada.
Se acostaron en unas cómodas sillas bajo el sol que les calentaba la frente pero no los quemaba, se pusieron gafas, se quedaron un buen rato ahí.
-¿Tenes hambre, hijo? Podemos ir por dos ricas hamburguesas y de paso yo me quiero pedir algún trago caribeño- no hizo falta que el joven responda, simplemente saltó de su asiento y salió corriendo hasta la barra que se ubicaba en el medio de la playa, su papá corrió detrás con una sonrisa.
Los atendió un hombre de barba y bigote con ropa blanca y una sonrisa algo forzada:
-¿Qué puedo hacer por ustedes, muchachicos?- dijo con cierto tono caribeño, aunque el hombre no pareciera oriundo de esos lugares.
-Quiero dos hamburguesas bien completas, una coca y una caipirinha si puede ser.
-Enseguidita mi pana, ya sale.
Degustaron sus bebidas y comidas. El padre sintió que el sabor no era el mismo, de hecho no estaba tan seguro de sentir el sabor a hamburguesa ni a alcohol. Se sintió algo mareado al terminar el trago, eso si. Pero no era un mareo clásico de una borrachera, se sentía distinto, como si estuviese actuando sin saberlo. De todos modos, mirar a su hijo y verlo sonreír, era todo lo que necesitaba.
El día pasó, y el siguiente también. El hombre notaba ciertas diferencias, todos los sentidos aparecían con otra intensidad, se notaba ficticio, el poder del juego era claramente el convencimiento, el cerebro es tan poderoso que es capaz de hacer creer que lo ficticio es real y viceversa. Así le ocurría a su hijo, que no paraba de sonreír, claro, la situación es muy distinta para una persona que vivió tan pocas cosas. Por eso, el hombre decidió terminar la experiencia acompañándolo.
Los días posteriores fuera de El espejo negro fueron en caída libre, al principio todo era perfecto, hablaban de la experiencia, recordaban momentos, disfrutaban del día a día, como si de algún modo aún les duraba el efecto. Pero el tiempo fue pasando y la sonrisa del joven se fue borrando centímetro a centímetro, como una flor seca marchitándose. El espejo negro había quedado muy lejos, el padre siguió con su vida, trabajando más de la cuenta para pagar deudas, pero el hijo nunca pudo irse de aquel lugar hermoso. Empezó a fallar en la escuela, obtener malas notas y mala conducta, dejó de colaborar con las tareas de la casa y empezó a dormir más de la cuenta.
Un día, su padre, desesperado, decidió endeudarse aún más y regalarle a su hijo otra experiencia en El espejo negro, esta vez irían a una cabaña sobre una majestuosa montaña nevada. Hicieron sky, comieron chocolates alrededor de un fogón, sintieron el viento helado en sus narices, aunque nada de eso fuera tal cual. Al salir, todo se repitió, pero en menos tiempo. Los días buenos fueron muy pocos y los malos aparecieron para volver a teñir todo a tonos oscuros.
¿Qué podía hacer aquel pobre hombre? No tuvo alternativas, la felicidad de su hijo estaba ahí, a la vista, solo requería dinero. Después de todo, cualquiera pagaría lo que sea por asegurarse la felicidad de su hijo. Dejó de lado su propia vida, empezó a trabajar más de 15 horas por día y decidió mandar a su hijo sin él. Eso era lo que podía pagar.
Lo envió a todo tipo de experiencias: mar, montaña, campos, capitales del mundo, safaris, deportes extremos. El niño lo vivió todo. Una vez por semana, lo pasaba a buscar, lo desconectaba y lo llevaba a almorzar y a pasar la tarde juntos fuera de El espejo negro. Aquellos momentos eran cada vez más inertes, el joven casi no hablaba y hasta por momentos se orinaba encima, como alguien que se olvidó de vivir, al menos en este plano. Así pasaron dos años. Cinco años. Quince años. Veinticinco años. Cuarenta años. El hombre, con casi ochenta años de edad, trabajó casa segundo de su vida hasta que su cuerpo no pudo más y tuvo que quedarse en casa. Ese día, al ver que sus ingresos se terminaban, fue a El espejo negro para retirar para siempre a su hijo. Pero al llegar, las cosas no salieron como esperaba. Lo atendió una mujer que casualmente se parecía mucho a aquella afroamericana que los recibió la primera vez, cuarenta años antes.
-Hola señorita, vengo a retirar a mi hijo.
-Su hijo es…
-El que está allá.
La mujer se sentó en una computadora y revisó algunos datos. Levantó un poco la cabeza y miró al hombre con algo de preocupación.
-Señor ¿Cuánto hace que su hijo está dentro de El espejo negro?
-No lo sé, venimos aquí desde que tengo memoria, fuimos de los primeros usuarios.
-Si, está bien señor, pero quiero decir ¿Cuánto hace que no lo desconecta?
-La verdad, no lo tengo presente, años, imagino. Al principio lo venía a buscar una vez por semana, pero después ya no tuvo sentido, no me hablaba, creo que no me reconocía. Lo dejé aquí y pagué todas las semanas para que pueda seguir ahí adentro- ante el silencio de la mujer, el hombre agregó -Siempre fue más importante su felicidad, y yo sé que él es feliz ahí.
La mujer lo hizo tomar asiento y se sentó frente a él:
-Señor, la situación es así: su hijo lleva más tiempo ahí adentro que lo que estuvo afuera, su cuerpo base ya no es capaz de sobrevivir en este plano, ni siquiera es capaz de respirar por sus propios medios. Sus músculos ya no sirven, ni siquiera creemos que tenga estabilidad emocional. Ni signos vitales activos.
-¿Qué me está queriendo decir?
-Que su hijo solo puede vivir adentro de El espejo negro. Desconectarlo, terminaría con su vida.
El hombre guardó silencio, miró a su alrededor, miró las cámaras de seguridad, con furia pero con la serenidad de una persona que ya no tiene fuerzas. Levantó la voz todo lo que pudo.
-¡¿Cómo puede decirme eso?! ¡Yo confié en ustedes! ¡Pagué todas las semanas durante 40 años! ¿Nadie pudo avisarme que esto podía ocurrir?
La mujer parecía no oír lo que el hombre intentaba gritar con su débil voz. Fue hacia un archivero y buscó unos papeles. Los apoyó sobre la mesa.
-Señor, estos son los términos y condiciones que usted y su hijo firmaron. Aquí están todos los detalles. Este y muchos otros, se supone que si firmaron, tenían conocimiento.
El hombre pareció descompensarse, se sentó y soltó algunas lágrimas. Negaba con la cabeza, por primera vez creía que su hijo de verdad no iba a estar más. Intentó incorporarse y dijo seriamente:
-No puedo pagar. No puedo seguir con esto. Apenas tengo para comprar mi propia comida.
Mientras el hombre decía eso, la empleada se dirigió hasta un panel de control y comenzó a bajar algunas perillas, como si fueran disyuntores. El hombre, entonces, se levantó de la silla y dijo con un tono de enfado:
-¿Qué van a hacer? ¿Desconectarlo por falta de pago? Lo estarían matando. Los voy a demandar, usaré el poco tiempo que me quede para verlos hundidos en la miseria… yo…
-Señor, señor, tiene que calmarse. Nuevamente, todo está en los términos y condiciones. En El espejo negro nunca desconectamos un usuario, bajo ningún punto de vista, cada individuo decide permanecer o no.
-¿Qué me quiere decir? ¿Qué durante todo este tiempo estuve pagando en vano? ¿Podíamos usar la experiencia totalmente gratis?
-No, yo no dije eso. Señor, usted sabe bien que en este mundo nada es gratis. Ni siquiera el amor.
-¡No se ponga a filosofar conmigo!- explotó el señor- ¡Dígame que está pasando!
-Le repito, todo está en los términos y condiciones que ustedes firmaron.
El hombre agarró fuerte los papeles a punto de romperlos:
-No me voy a poner a leer todo esto ahora. Explíqueme- dijo con los dientes apretados de rabia.
-Usted estuvo dentro de El espejo negro ¿verdad?
-Si.
-Pudo notar que no estaban solos. Todos los que los rodeaban en cada experiencia, esas cientos de personas, eran otros avatares de gente conectada alrededor del mundo. Para que la experiencia funcione, se necesita toda clase de gente: los que disfrutan plenamente porque pagan por ello, y los que desean estar ahí pase lo que pase. Estos últimos son los encargados de las tareas de mantenimiento de la experiencia.
El hombre se quedó tieso, con la mirada cansada y la respiración en calma:
-¿Mantenimiento?
-Claro. Cocineros, personal de limpieza, gerentes, animadores, instructores, conductores, etcétera. Personal de mantenimiento. Para que haya usuarios que puedan disfrutar, hay otros que deben trabajar. Si el humano base no puede pagar, puede hacerlo su avatar.
-¿Trabajar? ¿Eso es lo que está haciendo mi hijo ahora?
-No puedo asegurárselo, pero imagino que si. El sistema ya identificó que se está usando de forma gratuita la experiencia, así qué si, deberá cumplir labores.
-¿Qué pasa si se niega? Finalmente es un juego ¿Qué pueden hacerle?
-No es un juego, señor. Es una experiencia. Y si usted recuerda bien, el avatar controla el funcionamiento del humano base. Si el avatar no come, el humano muere de hambre, si no bebe, muere de sed, y así. No es algo que se pueda elegir. Repito, no es un juego. De todos modos, la decisión final, siempre es de cada usuario. Señor ¿se encuentra bien?
El hombre se había puesto en cuclillas con las manos en la cara. Después de unos segundos de silencio, se paró, metió las manos en los bolsillos y sacó los pocos billetes que le quedaban.
-¿Cuánto tiempo puedo ingresar con esto?
La mujer lo contó muy rápido.
-Quince minutos. En realidad son diez, le dejamos cinco de cortesía por los años de clientela.
-Que considerados- soltó el hombre mientras caminaba hacia la maquina. Lo conectaron, volvió a Caribean Paradise, el primer lugar, allí se había quedado su hijo.
El hombre entró sabiendo de su poco tiempo. Corrió como pudo por el lugar, buscando a su hijo. Entró en baños, buscó en las recepciones, los demás avatares lo miraban desconcertados. En un momento, y cuando sólo le quedaban dos minutos, lo vio: atrás de una barra, sirviendo tragos, hablando con tono caribeño, no sonreía como los demás. Se saltó la fila, corrió y llegó a estar frente a frente, su hijo miraba hacia abajo:
-¿Qué le sirvo, pana?-
-Hijo…
Cuando su hijo iba a levantar la mirada, el tiempo se agotó y el hombre volvió al plano real.
Durante seis meses, el hombre se mantuvo solo bebiendo agua y comiendo algo de pan que mendigaba en la esquina. Guardó completas todas sus pagas por jubilación. Volvió a El espejo negro. En una mano tenía una margarita, en la otra los papeles con los términos y condiciones. Ni siquiera saludó a la empleada, puso el papel sobre la mesa y señaló un punto:
¿Esta parte es cien porciento cierta? ¿Hay 5 segundos después?
La mujer asintió con la cabeza, sintiendo algo de lástima por aquel hombre que apenas se podía mantener en pie.
-Aquí tiene, todo lo que tengo, conécteme un día entero en Caribean Paradise- antes de sentarse, colocó la margarita en el hombro del cuerpo de su hijo.
Al hombre le costaba caminar, sin embargo cruzó toda la arena hasta la barra donde lo habíavisto la últimavez. Casi no lo reconocía, si no fuera por la mirada, eso nunca cambia, lo esperó durante horas, en algún momento tendría que parar a comer o tomar agua, si no, nada tendría sentido ¿para que trabajar todo el tiempo si no podría vivir?
El momento ocurrió, su hijo se fue hasta la parte de atrás y el hombre fue a buscarlo. Se pusieron frente a frente.
-Disculpe mi pana, pero ahorita no estoy de servicio, es mi ratico de descanso.
-¿No sabes quien soy?
-Es usted un usuario, tan importante como todos. Si gusta pasar a la barra, algún compañero podrá atenderlo- se fue caminando lentamente.
El padre se secó las lágrimas y fue detrás:
-No, no quiero una bebida. Quiero pasar un rato con usted ¿puede ser?
El hijo intentó una sonrisa y aceptó moviendo la cabeza.
-¿A dónde iremos?
-A pasear en bote. Venga, sígame, lo tengo reservado por allá.
Abordaron un bote a motor en la orilla del mar, lo desamarraron, el padre lo encendió con la poca fuerza que le quedaba y partieron rumbo a alta mar. El viento les empezó a pegar en la cara, y el silencio que solo era interrumpido por el ruido del bote y las olas, los llenaron de paz. Aunque ambos sabían en el fondo que esa no era la verdad absoluta, era su verdad. De pronto, en el horizonte, varios kilómetros mar adentro, entre la bruma, apareció un arco de casi cuatro metros, con un gran cartel que decía “deseo irme”. En ese momento, el hijo tomó la mano de su padre y lo miró, dejó de hablar con acento actuado y retomó su dulce tono de voz:
-Papá ¿Cómo supiste?
-Leí todos los papeles esos- dijo riendo.
El hijo comenzó a llorar
-Papá, extraño todo. O al menos eso creo. Extraño sentir. Extraño las flores. Te extraño.
-No te preocupes. Ya nos vamos.
Se tomaron fuerte de las manos y cruzaron el arco. Al despertar en sus cuerpos reales, el hijo olió la margarita, sonrió y cerró los ojos. El padre vio la sonrisa de su hijo y cerró los suyos, también sonriendo.

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