En el final, el amor

 



No quedó nada. No quedó nadie. Se perdió todo. Quizás exagero un poco, algunos estamos, sin embargo, hilando fino, somos pocos, y somos nadie. Desaparecieron los CEOS, los presidentes, los artistas, los deportistas, todo aquello ya no tiene valor. Es cierto que si camino 300 o 400 metros para algún lado, quizás, eventualmente me encuentre con algún afamado ser humano que dejó ver sus trascendentes atributos antes de que todo explote. Pero es eso, una eventualidad, además, nada de eso importa. Ya no son nadie, igual que yo.

Creíamos que nos la sabíamos lunga. Teníamos todo controlado. Confiamos estúpidamente en la idea del ser humano superior. Nos convencimos de ser invencibles, eso fue lo que nos llevó hasta acá. Jugamos con la tecnología, con el medio ambiente y hasta con los vínculos. No vimos el error, el que estaba por venir, el que terminaría con el mundo.

Lo sabíamos, vivimos décadas pensando en "el fin del mundo". Lo veíamos en las películas, nos lo avisaban los chamanes. Nuestros ancestros, los Mayas, los Incas, todos ellos nos quisieron advertir que debíamos parar la pelota para no terminar con todo. Sin embargo, fuimos derecho a la guillotina. Como aquel ratón de laboratorio que come el queso con veneno, aún sabiendo lo que tiene. Nos creíamos inmunes a ese veneno.

Cuando todo explotó yo estaba en la montaña, me había ido de la ciudad hacía unos cuantos meses, me alteraba mucho lo que pasaba. Las inteligencias artificiales, la moneda virtual, las canciones sin sentido, todo hacía pensar que ya no había verdad. Todo era de mentira, y el final se veía en el horizonte.

El primero que me avisó que todo había terminado fue el viento, me llegó limpio, parecía hasta más suave en su andar. Me rozó la mejilla con gentileza, como si la naturaleza estuviera más contenta. Se presentó incluso con mejor aroma, es que nos habíamos acostumbrado a que los químicos profanen nuestro aire. El silencio, aún en aquella montaña frente al mar, parecía multiplicarse sin ningún sentido.

Me es bastante indiferente lo que ocurre allá con el resto de la humanidad. Disfruto de las hermosas señales del cambio. Los pájaros encontrándose en vuelos sincronizados, tejiendo cientos de símbolos en el cielo. Los animales, sabiéndose por primera vez en condiciones de igualdad, frente a frente ante sus pares. Se echan en el pasto y suspiran relajados, como si llevasen consigo la carga de sus ancestros cazados y mutilados en condiciones desiguales.

Por momentos creo que me estoy volviendo loco. La tierra parece respirar bajo mis pies descalzos, se mueve de manera casi imperceptible, como si volviera a vivir. Me siento un monstruo. Todo lo que nos rodeaba estaba vivo, más vivo de lo que creíamos, sólo que nosotros, los humanos, lo mantuvimos quieto, desorientado, asustado. El mundo entero se refugió frente al constante golpe del látigo de su domador.

¿Cuanto tiempo pasó ya? ¿Cuantos de aquellos monstruos aún quedamos en pie? ¿Todos estarán tan arrepentidos como yo? Quizás sea otro susto y es solo cuestión de tiempo hasta que se rearme nuestro ejercito de destrucción masiva. Por el momento prefiero no enterarme, decidí entregarme a este nuevo mundo, el que me rodea. Aún sin saber cuantas horas me quedan, cuanto tardará eso que está sucediendo lejos hasta alcanzarme. En algún momento se me terminarán las provisiones, en ese caso me veré obligado a nutrirme de la naturaleza que me rodea, pero esta vez sin armas ni tecnología. Mano a mano. Podré ser envenenado por una planta que no había nacido para ser comida o podré ser derrotado por un animal salvaje al enfrentarme a él. Deberé meterme por completo dentro del mar para agarrar un pez y deberé confiar en el padre sol y nuestra noble madera para encender un fuego con el permiso de la Pachamama.

Un día empezó a llover y nunca paró. Se sintió como si el mismísimo universo estuviera llorando tantos años de injusticia, aunque no era tristeza, tampoco felicidad, era desahogo, era algo parecido a ese llanto en la cama después de un día estresante. Era la válvula de presión abriéndose. Que bonito, me recuerda a esos tiempos. Llorábamos por "estrés", le tuvimos que encontrar un nombre a nuestra propia trampa. Humanos presionando a otros humanos para que otro puñado de humanos tenga más riqueza. Nos metimos solos en el círculo de la muerte, nos obligamos a ser infelices. Por eso, lloré junto con el cielo. Con el mismo desahogo, cuando entendí que ya no habría más presiones, que ya no debía temerle a los demás humanos, ni a mí mismo.

Siento que los días son más largos, ya no tengo reloj, nada me ata al tiempo. La luz del día parece eterna, el sol nunca se va, incluso durante la lluvia. La física dejó de tener sentido, todo aquello que estudiamos durante siglos, esos secretos que creíamos haber descubierto, nada era verdad, el verdadero universo era otro, simplemente se había subordinado a nuestra voluntad, a nuestra rutina, a nuestra felicidad, esa que perseguimos y no alcanzamos.

Las noches, esos son mis momentos preferidos. El cielo es azul, no azul noche, azul. Juego a contar las estrellas, me río solo cuando ya no se por que número voy. Son tantas y tan grandes. Ya me amigué con la lluvia, entonces duermo a la intemperie, me acuerdo de esas lunas y estrellas de plástico que brillaban en la oscuridad, esas que mis viejos me habían comprado, haciéndome creer que mi habitación era un hermoso universo brillante. Así me duermo, acordándome de mi infancia y mi universo hermoso, aunque de plástico.

La primera vez que vi una luz extraña en el cielo me asusté, después vi otra y al rato otra más, pasan a cada rato, ahora las saludo. Me causa gracia pensar que en otro momento las estaría viendo a través de una pantalla, con el solo objetivo de plasmar un registro para los demás, un registro que está a un clic de distancia de desvanecerse en el olvido. Me acuerdo de aquellos papanatas que decían que estábamos solos en el universo. Estábamos solos porque nadie se nos quería acercar, porque apestábamos, porque rompíamos todo lo que tocábamos. Pero no, primero había que creer que nada más existía. Demasiado ego.

Decidí acercarme al mar, se me estremeció la piel cuando vi su color. Jamás había visto algo igual, ni siquiera me siento capaz de describirlo, tal vez estoy ante un nuevo color, una nueva gama que se mantuvo oculta todos estos años esperando la oportunidad de mostrarse tal cual era. Está calmo, la espuma de las olas forma sonrisas, al menos eso veo yo. Algo me golpeó el tobillo, el primer indicio en mucho tiempo de lo que había sido la humanidad: una botella de vidrio color verde oscuro. La levanté y la miré con desprecio, sin embargo, ese sentimiento se esfumó cuando vi que adentro tenía un papel. La abrí y lo leí:

"No sé si estarás con vida. No se si yo estaré con vida cuando este mensaje tenga un destino, pero quiero decirte que te amo, te amo como en el inicio, y te amo en el final, aún sin poder tenerte".

Me senté en la arena y sonreí. A pesar de tanta monstruosidad, tanto daño y tanta autodestrucción, nos la rebuscamos para seguir teniendo un norte, una esperanza. Aún en el final, el amor es lo que nos salva.


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