¿En que estaba pensando?
En la cama pensé que era un ingenuo. De hecho, aquello me ataba, el temor de encontrar en el resto de la casa las consecuencias de mis imperdonables errores se convertía en una incontenible fuerza de gravedad que me acorralaba contra las sábanas.
A mi derecha, colgado en la pared, el espejo me amenazaba. Yo hacía todo lo posible para no mirarlo. Encontrarme con mi rostro podía significar el colapso total. Sentía las pupilas dilatadas y los labios hinchados. Cuarenta años de evitar cualquier tipo de exceso; siempre le hice caso a mi madre: trabajar, alimentarse sanamente, hacer ejercicio físico y dormir bien. No paro de preguntarme ¿en que estaba pensando? ¡todo aquello tirado a la basura por una mujer! Y ni siquiera me levanté de la cama ¿Qué me espera más allá de la habitación?
Intenté mover los dedos de los pies. La circulación parecía recobrar su rumbo habitual y el ritmo cardíaco disminuía lentamente ¿en que estaba pensando? Mi madre me decía que nunca tome nada que me ofrezca un extraño y no hayan preparado delante de mis ojos.
Decidí sentarme, me mareé un poco, me tomé unos segundos más para juntar coraje y recorrer mi hogar. Abrí el cajón donde guardaba mis ahorros, por suerte estaba a la izquierda, lejos del espejo acechador. No quedaba nada, ni un centavo ¿en que estaba pensando? Dejar todos mis ahorros al alcance de cualquiera.
Me puse de pie y salí de la habitación. La primera impresión de mi living era de vacío; faltaba el televisor, mi consola de video juegos, el microondas y varios adornos de porcelana que había heredado de mi abuela. No es mucho, pero en un espacio pequeño se nota bastante.
Mi tocador de discos estaba ahí, que alivio, no se lo llevaron. Lógico ¿Quién querría esa carcacha antigua? Decidí poner uno de mis discos preferidos de jazz para intentar calmar la ansiedad ¿en que estaba pensando? Una chica como esa con un tipo como yo, que escucha jazz y le gusta jugar juegos de adolescentes.
Miré por la ventana, un día de sol, mis preferidos, eso me angustia aún más, no poder disfrutarlo. Desde el noveno piso todo se ve distinto, como los aficionados de los equipos de fútbol que dicen ver mejor los posicionamientos desde lo más alto de las gradas. Veo tanta gente caminando, continuando con sus vidas de manera automática ¿Cuántas veces habré caminado yo mientras desde lo alto de un edificio alguien se preguntaba como seguir con su vida?
Recordé un poco más, el bar la chica que apareció de la nada para invitarme un trago, que hermosa era, como fluyó la conversación, tenía mis mismos gustos, me miraba tan dulcemente, nunca me habían mirado así ¿en que estaba pensando?
Me acordé cuando llegamos al departamento. Tuvimos el mejor sexo de mi vida. Aunque eso no es mucho decir, puedo contar con los dedos de una mano la cantidad de veces que me acosté con una mujer.
Después de eso ella se encargó de preparar unos tragos, ahí no recuerdo más nada. Esa fue la estocada final, la puñalada por la espalda, la mordida del perro que estabas acariciando. La decepción y el engaño competían por el primer puesto en mi roto corazón.
Volví a mi alcoba, mi intoxicado cuerpo enviaba pedidos de descanso desesperados. Antes de entregarme nuevamente al enredo de las sábanas, decidí pararme frente al espejo. Lo hice con los ojos cerrados para evitar el shock. Abrí lentamente el derecho, me vi, no era tan espeluznante. Abrí por completo los ojos y me encontré: estaba un tanto desfigurado, es cierto, pero no me molestó, hasta le encontré algo pintoresco. Me quedé ahí casi una hora mirándome. Finalmente sonreí.
Me acosté en la cama, la misma en la que antes me sentía ingenuo, ahora me siento vivo.
Terminaron las preguntas. Cayó la respuesta, no estaba pensando, estaba sintiendo.

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