Potrero, con P de Patria, con P de Pueblo, con P de Pelusa



Esta historia es preciosa. Tiene dos partes, una muy lejana a la otra, como esas películas que tienen un éxito tremendo y veinte años después hacen la segunda parte con los mismos actores viejos, sólo que esta, tiene dos partes muy buenas. La primera me la encontré, la segunda la fui a buscar yo, y salió mucho mejor de lo que esperaba.

La primera parte nos encuentra aproximadamente en el año 2007, a mi tierna y peligrosa edad de 16 o 17, no recuerdo en que mes fue. Era un domingo a la tarde, esos domingos bien grises, aburridos, no había fútbol en la tele y al otro día me acuerdo patente que tenía que llevar al colegio un trabajo práctico importantísimo que al resto de mis compañeros les había llevado semanas preparar y yo ni siquiera había empezado. Tampoco lo iba a hacer.

En aquel momento yo empezaba a fumar, por supuesto a escondidas de todos, y esa tarde ya me moría de ganas, necesitaba comprarme unos cigarrillos sueltos. Salí sin rumbo, con la esperanza de que alguna persona hermosa tenga abierto su negocio un domingo. 

Llegué a la esquina y estaba parado el que vendía tortas asadas, le pregunté si conocía algún kiosco que esté abierto, me señaló derecho hacia donde iba y me dijo: -cuatro o cinco cuadras para allá. Ese "para allá" significaba indefectiblemente meterme en la temida villa. Por aquellas épocas de juventud y de malos aprendizajes, la palabra "villa" era sinónimo de terror, era el lugar donde uno no podía entrar. Así lo entendía yo.

Es tan maldito el cigarrillo, que no me importó lo que decían, ni lo que podía pasar, caminé y me adentré en ese "terreno prohibido". Es impresionante lo que va sucediendo con el paisaje; conforme uno avanza ingresando en la villa se ve como el Estado va desapareciendo poco a poco. Las paredes pierden el cemento y se transforman en chapa, los cordones se convierten en zanja, los tendidos eléctricos dejan de tener seguridad. Cada paso es ingresar más en el olvido de la sociedad.

Me faltaba una cuadra más para llegar al kiosco, pero en la esquina anterior me frené: un potrero, clásico, arcos de madera, barro, vidrios rotos y por supuesto pibes jugando descalzos. Eran cinco, y eran más chicos que yo. Se turnaban para ir al arco y los demás pateaban un tiro cada uno. Iban todos excepto uno: el que tenía la camiseta de Boca con un 10 a medio coser en la espalda. Ese decía "yo arquero nunca, los arqueros son boludos". Al mismo tiempo era el que mejor pateaba, las clavaba todas en el ángulo, era zurdo. 

En un momento ocurrió lo peor, tras un rebote en el palo la pelota me llegó mansita a mí. Estaba toda rota, casi sin gajos, todo cámara. Yo la iba a devolver de la manera menos bochornosa posible pero el de Boca me gritó: -¡Pegale! ¡No seas cagón!- entre risas.

No tenía demasiada opción, había que ejecutar. Me había quedado el tiro para patear de zurda, asi qué la fui llevando despacito al otro lado del campo para acomodarme el tiro a mi pierna hábil. Sin embargo ni bien hice dos o tres pasos el muchacho volvió a gritar: -¡No no! ¡Pegale de zurda así como está!

Entré en pánico, pero traté de no pensar demasiado, tomé aire, tres o cuatro pasos de carrera y le metí el zurdazo más antiestético de la historia del fútbol profesional y amateur. La pelota me salió altísima, tan alta que la tiré al techo de un galpón que estaba pegado al potrero. Se me paró el corazón, mi cerebro comenzó a proyectar mi corta vida con una canción de Celine Dion de fondo. Era mi fin.

Sin embargo, la sorpresa: los chicos soltaron una carcajada estruendosa. Se tiraban al piso, se revolcaban en el barro, nadie me vino a recriminar nada. Después de unos minutos de total incredulidad, se me acercó el pibe de Boca (que a estas alturas parecía ser el líder del grupo)

-Somos pocos los zurdos buenos ¿viste?- me dijo.

No supe bien que responder, me mataba la vergüenza, se me salió por la boca el espíritu capitalista:

-Perdón por la pelota, les compro una y se las traigo...

No me dejó ni siquiera terminar la frase y me interrumpió explicándome que las pelotas siempre aparecían, de alguna u otra manera había una en el potrero, de cuero, de trapo, de papel, de lata, siempre había algo para patear. No obstante, me aceptaron que los invite una coca.

Estando sentados en la puerta del kiosco me contaron un poco su vida, eran cinco hermanos varones y su mamá estaba embarazada esperando la tan ansiada nena. Iban al colegio cuando podían y si no ayudaban al papá en las changas. Todos jugaban al fútbol y el mayor soñaba con llegar a primera.

-Me encantaría, pero me cuesta entrenar, no tengo tanto tiempo, ni tampoco el físico- era muy flaco, por demás. 

Les pregunté de que cuadro eran, estaban mezclados entre Newell's y Central. Pero el más grande, Mati, era de Boca, él solo. Ni papá ni mamá. 

-Soy de Boca como el Diego. Él es mi ídolo, intento copiarlo en todo lo que puedo, ya tengo una parte hecha, nací en una villa- bromeó.

La charla se extendió un buen rato, caía la noche y los pibes tuvieron la idea de invitarme a comer a su casa. Acepté, mandé un mensaje de texto a mi vieja avisando que volvía más tarde y me fui con ellos.

Su casa era muy humilde como esperaba. La mamá estaba con una panza enorme, lavando ropa a mano y al mismo tiempo hacía un guiso en una olla gigante. Me dio un poco de vergüenza la situación, quizás esa gente tenía la comida justa para todos y yo les caía a comer. Pero en ningún momento me hicieron sentir incómodo. Los chicos me presentaron y le avisaron a la mamá que me quedaba. La mujer me saludó con un beso y un abrazo.

Al rato (rondando las 9 de la noche) llegó el papá; con la ropa toda pintada, la bici y una mochila de Spiderman. Los pibes salieron corriendo a saludarlo como si no lo vieran hacía meses. Se abrazaron fuerte y el hombre les dio dos alfajores para que compartan. Me ofrecieron a mí también pero no acepté. 

La cena fue hermosa, charlamos de todo un poco, me acordé de mi viejo. Él por su laburo recorre mucho la ciudad y trata con bastantes personas, siempre me dice que no hay nada como ir a los barrios carenciados: "esa gente, cuando la tratas un rato y la haces sentir que es parte de la sociedad, como debería ser, te devuelven un amor incalculable". 

Al rato empezaron a caer vecinos. Uno con un poco de carne, otro con unos porrones, otro con un queso, una trajo un parlante de esos grandes que tenían para reproducir mp3. Sonaron todas las cumbias que había en la carta nacional, una y otra vez. Sonaban de fondo, lo máximo que lograban era que se mueva algún pie, un golpeteo en la mesa o alguien haciendo de cuenta que toca un güiro. Pero todo eso se detuvo cuando desde el equipo se oyó un acordeón haciendo un acorde sostenido, un teclado tipo campanita y un bajo haciendo arreglos: era el Potro, era La mano de Dios. A partir de ese momento y durante los 3 minutos que dura la canción, todo fue euforia. Saltamos en las sillas, revoleamos los brazos, nos abrazamos. Gritamos fuerte "olé olé olé olé Diego, Diego". Esa gente, ese momento, esa canción, fue amor. Amor despertado por una sola persona, si es que así se lo puede describir. 

La noche fue increíble, ese domingo volví a casa cerca de las 2 de la mañana, prometí volver y llevarles una pelota. Me abracé fuerte con todos, en especial con Mati, a quién vi algunas veces más, y en contextos no tan festivos. Como era de esperarse, no cumplí mi promesa y jamás llevé la pelota. Sin embargo, me pone muy feliz poder decir que esta historia tiene una segunda parte y un final hermoso. 

Amo la frase de Gustavo Cerati que dice "del mismo dolor, vendrá un nuevo amanecer", es parecida a "cuando Dios cierra una puerta abre una ventana" pero más poética. Así pasó, estaba leyendo las redes y vi como un personaje que no nombraré para no dejarlo inmortalizado en un cuento mío, negó públicamente a Maradona. Lo ignoró, hizo de cuenta que no existía, que no sabía de él, que no se acordaba. Me dolió, me dolió mucho. A Diego lo han bardeado de lo lindo, uno se acostumbra a eso, pero hacer de cuenta que no existió, que no fue el mejor zurdo de la historia, que no hizo feliz a nuestro pueblo, eso me destruyó. Con ese dolor, fui a buscar mi amanecer: compré una pelota y me fui sin ningún tipo de dato ni certeza hasta la casa donde había vivido Mati con su familia cuando éramos chicos.

La vivienda estaba ahí, y además tenía un piso más hacia arriba. Yo estaba parado en la calle mirando, con la pelota abajo del brazo y una capucha porque hacía mucho frío. Decidí quitarme un poco ese abrigo de la cabeza para ver mejor, ahí escuché que desde arriba me gritaban: "tardaste como 20 años en devolverme la pelota amigo". Era Mati, y me había reconocido. "Esperá que ahí bajó"

Salió a la calle con dos nenitas de unos 6 años, una llevada de cada mano. Antes de abrazarnos y saludarnos, me las presentó:

-Ellas son Dalma y Gianinna.

Por supuesto, era esperable si lo pensaba, pero así y todo fue hermoso. El tipo había seguido más de veinte años amando y homenajeado a Maradona. Con lo poco que tenía, su norte seguía claro. Me preguntó que hacía por ahí.

-No sé bien- le dije- ¿Viste que el pelotudo este lo estuvo ninguneando a Diego? Y eso me hizo acordar a vos, a tu familia, me acordé de la pelota que te debía y vine, no sé, te repito, me salió así.

El tipo se quedó mirándome entre cerrando los ojos y haciendo una especie de piquito con los labios.

-Mirá, yo no tengo ni tele, ni redes sociales, voy a trabajar y después dedico todo mi tiempo a jugar con las nenas. Ellas son mi mundo. Que lo bardeen a Diego no me preocupa. Fijate que no se ni quién es el que me nombras, en mi puta vida lo escuché. Y ahí se va a quedar. Será tema de conversación unos días, unos meses, un año, pero después de eso de él no se va a acordar nadie. En cambio al Diego, nosotros, los que trabajamos, los que amamos, los que compartimos, los que le tocamos la puerta al de al lado para ver si está bien, lo tenemos tatuado. Lo tenemos en póster, en nombres de hijos, en banderas, en remeras, hasta en oraciones. Eso, querido amigo, no se puede conseguir ni aunque dediques toda tu vida a ser un hijo de puta, porque nunca, pero nunca, el odio va a vencer al amor.

No tuve más que agregar, le di la pelota y él automáticamente se la entregó a Dalma y Gianinna. Nos abrazamos muy fuerte y charlamos por horas, espero verlo más seguido, me dio un poco de vergüenza contarle que escribo. Pero Mati, si lees esto, creo que un poco cumpliste el sueño, sos pueblo, sos amor, y a los giles ni cabida. Como Diego, el zurdo que más molestó a los que no saben ni patear.

 


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