Los ojos de la serpiente
Quiénes me conocen saben que al hablar tengo una particularidad: me cuesta mucho mirar a los ojos. Muchas personas podrían fácilmente catalogar esta actitud como "falsa" o "cobarde", otros podrán pensar que es una reacción involuntaria, vergüenza o timidez. La realidad es que yo elijo el momento en el que miro a los ojos, y fundamentalmente elijo a quién miro a los ojos. Todo esto tiene una raíz, una historia que lo explica todo, incluye a un amor de mi infancia, amigos, vacaciones, y una serpiente. A continuación la voy a contar.
Tendría 12 años más o menos, por aquel entonces mi familia solía ir una vez
al año (siempre en verano) a pasar un fin de semana a la casa de mi tía Juana,
que vivía en las afueras de la ciudad. Tengo incontables recuerdos de aquellos
viajes, íbamos desde que yo era bebé. Cada año mi relación con la tía Juana,
mis parientes lejanos y esa casa del campo iba evolucionando, pasé por todas
las etapas: temor, curiosidad, ansiedad, felicidad y la última, la más
importante: el amor. Aquel verano del 2003 fui por última vez a la casa de mi
tía Juana.
Cada vez que íbamos coincidíamos con el resto de la familia, todos los
parientes de la zona se telefoneaban para acordar el fin de semana en el que la
casa de la tía Juana se iba a transformar en un hotel. Yo me llevaba bien con
todos mis primos y primas, pero había una con la que tenía una relación
especial: la Juli. Era mi mejor amiga, la veía una vez al año pero ella era mi
mejor amiga, todo el resto del año pensaba "¿que estará haciendo la
Juli?"Cuando la veía se me aceleraba el corazón y me
transpiraban las manos. Claro, crecí y me di cuenta que de amiga tenía muy
poco.
Yo era chico, pero no boludo, ya había hecho todas las cuentas, me había
armado un árbol genealógico en una hoja y la matemática jugaba a mi favor, con
la Juli no me unía absolutamente ningún parentesco sanguíneo, todo legal, todo
en orden, yo ya planeaba casarme con ella, tener cuatro hijos y morir de
viejito al lado suyo junto a una estufa a leña rodeados de nuestros nietos.
Todo esto tenía un solo impedimento: mi exagerada timidez.
Cuando éramos chiquitos y jugábamos sin ningún tinte romántico todo era más
fácil, pero lamentablemente crecí y entendí lo que era el amor, ahí cambió
todo. Me acuerdo que ese verano cuando la vi se me cerró la
garganta y me quedé sin voz, esa fue mi presentación ante la Juli después de un
año sin vernos, para colmo ella me estampó un abrazo de oso que me había movido
toda la estantería. Yo en el fondo creía que a ella le pasaba algo parecido a
mí, pero estaba a años luz de averiguarlo, por más que lo planeaba en mi cabeza,
no veía forma física de hablar con ella sobre esto.
Lo más lindo de ir de la tía Juana (además de ver a la Juli) era jugar entre
todos los primos libremente por todo ese enorme campo y sus alrededores. No sé
bien por qué pero en ese lugar los adultos parecían desprenderse por completo
del cuidado de sus hijos, nos depositaban toda su confianza, aparecíamos en la
casa solo para comer y dormir, el resto del tiempo nos la pasábamos recorriendo
lugares campestres que para nosotros, todos chicos de ciudad, eran fascinantes,
como vivir un cuento.
Una de esas jornadas fue fatal, toda mi hombría en estado se ebullición se
vio derrumbada en una fracción de segundo. Estábamos jugando cerca de una
especie de arroyo, un lugar muy húmedo, con mucho pasto alto. No recuerdo bien
por qué estábamos ahí, ni tampoco sé bien a que estábamos jugando, lo que mi
mente permite recordar es que jugábamos a las escondidas o a ladrones y policías,
no sé. Por alguna razón la situación nos encontraba a la Juli y a mí escondidos
en unos de estos pastizales en modo sigiloso. Juro que en ese momento, con
aquel silencio arrullador y en medio de ese campo infinito, le estaba por
declarar todo mi amor a la Juli, pero algo terrible pasó: mientras intentaba
mirarla a los ojos para tomar aire y hablar, vi como detrás de ella se abría
paso entre los pastos una serpiente enorme, parecida a la de las películas. No
me importó mi amada ni mi honor, corrí, corrí como nunca en mi vida, corrí como
Forest en Vietnam. Me fui de inmediato de aquel lugar sin decir "agua va".
Abandonando en esos pastizales a mi bella doncella y toda posibilidad de
concretar nuestro amor. Claro, eso si seguía viva.
Llegué a la casa de Juana y me encerré en lo que oficiaba de mi habitación.
Ahí me quedé, tapado, muerto de miedo y vergüenza. Pasado el rato escuché como
los otros chicos se reunían afuera, y claro, las risas no se hicieron esperar.
Yo no distinguía bien de que hablaban, pero era de suponerse que se mofaban de
mi cobarde actitud. La oí reír a ella, y rió fuerte, mi mundo estaba
destrozado.
Pasado el rato me animé a acercarme un poco a la puerta para escuchar bien
que estaban diciendo y pude identificar que planeaban ir a darle caza a la
aterradora serpiente. Buscarían armas improvisadas en la casa y aprovecharían
la hora de la siesta de los adultos para buscar al animal. Escuchaba las voces
de todos los varones, empoderados en su espíritu cazador. Yo por dentro un poco
me reía, ellos no sabían el tamaño real de aquella bestia, una cosa era
imaginarla y hablar por hablar, pero encontrarla haría que más de uno vuelva
con una sorpresa en sus calzones.
Ya me sentía mejor, finalmente no había actuado tan mal, pudo haber sido
peor. Además, la lógica nos iba a poner a todos en el mismo escalón, en
cuestión de horas todos seríamos unos cobardes y mis acciones en la empresa
Juli volverían a subir. Me acosté en la cama e intenté dormir.
Mi cerebro, mi maldito cerebro inagotable, ese maratonista de las ideas estúpidas,
una vez más, me interrumpió con una pregunta: ¿y si alguno cazaba la bestia?
¿Que chances tendríamos el resto de los mortales al lado de semejante dios? No
podía permitir que eso pasara, yo era el indicado, la serpiente me había
elegido a mí como su adversario, y tenía que ocupar el lugar que me
correspondía. Debía ir a enfrentarla mano a mano, poner mi vida en juego,
después de todo, mi honor, quizás, valía más que todo.
Salí de la pieza y fui a la cocina a ver si los cazadores habían dejado
armas a disposición. Abrí el primer cajón y encontré una cuchilla enorme de
carnicero, no lo dudé ni un segundo, aquella cuchilla sería mi Excalibur.
Cuando llegué al pastizal, todo estaba tal cual yo lo imaginaba: mis
primos (incluyendo a la Juli) lejos del sector donde la bestia habitaba,
paralizados de terror, ya no era tan graciosa la cuestión, después de todo, éramos
unos niños.
Así como llegué, enfilé derecho a su guarida, no me detuve ni un segundo
para hablar con el resto de la concurrencia, pude escuchar a mis espaldas
algunos murmullos de admiración. Sonreí sin que nadie me viera. Los pastizales
se movieron y la vi, me estaba dando la espalda (o lo que sea que tienen las
serpientes) reptaba en dirección contraria a mí, ni me registró. No lo pensé
demasiado, aproveché su distracción, guardé la cuchilla en mi pantalón, me abalancé
y la tomé por la cabeza para mantenerle la boca cerrada evitando así un posible
contraataque. La tenía, era mía, mi honor estaba salvado.
Salí del pastizal como un héroe, con semejante presa en mano, era tan grande que hasta se arrastraba en el piso. Mis parientes gritaron, una mezcla de terror y ovación, era el héroe. Me paré frente a todos, sostuve la bicha con una sola mano y saqué la cuchilla para cortarle la cabeza y terminar con todo esto. Miré a mi adversaria por primera vez a los ojos y todo cambió. Su mirada era la expresión de ternura más pura que había visto en mi corta vida, sus ojos no solo suplicaban clemencia, si no que además crecían de maldad. Levanté la cabeza y vi los ojos de la Juli, cargados de odio, de rencor inyectados con veneno, me asustó mucho verla. La bestia tenía los ojos de la bella, y la bella los de la bestia. Tomé la mejor decisión hasta ese momento de mi vida y tiré la serpiente en dirección a todos mis primos que corrieron como ratas, alguno, con sorpresa en los calzones. Me reí tan fuerte que parecí un loco, de hecho, aquella fue la última vez que vi a mis primos, nos fuimos al año siguiente y ellos nunca volvieron a la casa de la tía Juana, quien murió unos pocos años después.
Hoy miro muy poco a los ojos porque me di cuenta que tengo la capacidad de identificar el alma de quienes están detrás de ellos. A veces me gusta quedarme con lo que conozco y nada más. Es un don y una maldición. De todos modos, de algo estoy seguro, a las personas que veo a los ojos, las elijo, porque ya vi lo que hay dentro, y son serpientes.

Muy bueno.No hay ninguno de tus cuentos q no me atrape
ResponderBorrarMuchas graciaaass!!!
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