Perdidos
Aaron Fernández
Meijide era un tipo exitoso, no cabe duda, quizás sus métodos de negocio no
eran del todo pulcros. Podemos decir que estaba algo sucio. En realidad, si profundizamos,
era un ladrón de guante blanco. De hecho, en el ambiente se lo conocía como
"la hiena". Astuto, perspicaz, manipulador, además hermoso. Cincuenta
años llevados como un actor de Hollywood. Tenía esas miradas penetrantes del
hombre que sabe que no va a perder, una sonrisa de revista y se vestía todos
los días como si estuviese en un casamiento. Un mililitro de su perfume costaba
lo mismo que el sueldo básico de un empleado de comercio.
Aaron heredó la empresa láctea de su papá. Era un negocio mediano, unos
veinte empleados, todos en blanco, los mismos de siempre, nada raro. Aaron se
recibió de contador a sus 22 años y automáticamente empezó a trabajar en la
empresa familiar. Cuatro años después convenció a su papá para que se retire y
le deje el mando. En 10 años, Meijide Lácteos se transformó en un monstruo
colosal. Absorbió empresas más pequeñas, extendió su rubro a otros productos,
monopolizó la industria por completo. Aaron se convirtió en uno de los hombres
más influyentes de los negocios y la política.
El hombre viajaba mucho, recorría diferentes países haciendo todo tipo de
negocios de dudosa legitimidad. Abría cuentas en paraísos fiscales, compraba
empresas, daba charlas, jugaba al cricket y todas esas cosas de gente
importante. Pero no viajaba sólo, a cada lugar que iba, lo acompañaban sus
cuatro asistentes: Celeste, su peluquera, Fabian que hacía las veces de chofer,
Martín quien se encargaba de cocinarle lo que quisiera a cualquier hora y
Brian, su asistente personal, él estaba en todo, de hecho, vivía en la mansión
de los Fernández Meijide. Eran un grupo obediente y callado, ni siquiera tenían
relación entre ellos, simplemente cumplían con su trabajo. Todos trabajaban sin
estar anotados, por supuesto.
Un día, el avión que trasladaba al empresario con sus empleados tuvo un
accidente y cayó en el mar. Milagrosamente Aaron y su grupo sobrevivieron y
nadaron hasta una isla. Allí comenzó una aventura trascendental para todos
ellos.
La isla lucía realmente paradisíaca, pero nadie iba a notarlo, la
desesperación y el miedo eran dueños de la situación y el perfecto paisaje allí
ofrecido iba a pasar desapercibido por un buen tiempo.
Los primeros días todo fue caos e incertidumbre, se pasaban las horas
llorando e intentando buscar algún tipo de comunicación con tierra firme, cosa
que obviamente no se concretó. Al tercer día el grupo comenzó a entender que
iban a estar en ese lugar durante mucho tiempo y comenzaron a actuar para
sobrevivir.
Aaron era el que daba las directivas, le ordenó a Celeste que busque
frutas. Le dijo a Martín que afile un palo y con él se meta al agua para
intentar pescar. A Fabian le ordenó buscar ramas y piedras para iniciar un
fuego. Por último, le pidió a Brian que junte todo tipo se recursos que sirvan
para construir una choza que los resguarde en la noche. Los empleados no sabían
hacer ninguna de estas tareas, pero confiaban en su patrón y en la inteligencia
que lo había llevado a un lugar tan alto, él los guiaría en la
supervivencia.
Los primeros intentos por completar las tareas asignadas no fueron del todo
exitosos: Celeste regresó con algunas moras, pero con solo olerlas pudieron
identificar que no eran comestibles. Martín apenas logró afilar el palo y por
supuesto no pudo pescar nada, de hecho, por más que el agua era increíblemente
transparente, ni siquiera logró ver los peces. Fabian trajo algunas ramas húmedas
que no servirían para encender fuego. Por su parte, Brian consiguió muchas
hojas, piedras y troncos que podían servir para la construcción de un refugio,
pero no sabría ni por dónde empezar a hacerlo.
El objetivo de sobrevivir comenzaba a verse algo trunco, pero los empleados
de Aaron eran gente muy tenaz, no iban a defraudar a su jefe. Lo intentaron una
y otra vez, y fueron progresando. A los pocos días lograron prender el fuego,
un paso fundamental. Una mañana, con mucha paciencia, Martín pescó un pez
bastante grande, y comieron. Celeste encontró un árbol con frutas tropicales
deliciosas y Brian con mucho esmero logró construir una choza bastante decente
que los protegería de las temperaturas extremas.
Aaron se empezó a sentir cómodo y veía como su estadía en la isla se
empezaba a sentir como unas vacaciones. El equipo mejoraba día a día. Martín
empezó a cazar algunos animales más grandes, Celeste encontró uvas y fabricó su
propio vino. Fabian hizo un pozo en el que recolectaba agua de lluvia y Brian
estaba diseñando unas almohadas con hojas muy cómodas. Todos trabajaban duro
cada día para progresar. Excepto Aaron.
Pasaron algunos meses donde la rutina se repetía y los empleados comenzaron
a notar que su jefe no se movía y solo se encargaba de dar órdenes. Fue ahí
cuando empezaron a hablar entre ellos, por las noches, cuando Aaron dormía
calentito y con el estómago lleno en la choza.
-Yo creo que el patrón debería hacer algo- soltó con valentía Celeste.
- ¿Te parece? Él es el que nos da las órdenes, nuestro líder, sin su ayuda
no hubiéramos llegado hasta acá- dudó Brian.
- ¿No hubiésemos llegado hasta acá? Pero si todo lo hicimos solos.
Aprendimos a cazar, a recolectar, a construir. Con o sin él, lo hubiéramos
hecho, estaba a nuestro alcance, es una cuestión de supervivencia- redobló
Fabian con un claro apoyo hacia Celeste.
Martín, entonces fue quien tomó la palabra final:
-Yo estoy de acuerdo en que lo que logramos es por mérito propio. Nuestras
capacidades estaban ahí, tardamos algunos días, pero las teníamos, eso es
seguro. No me parece justo que el patrón no colabore con nada, en eso también
coincido. Es verdad que le debemos mucho a él, pero acá ya no estamos en la
civilización y creo que todos valemos lo mismo. Tampoco creo que haya que
dejarlo tirado, tenemos que darle la oportunidad de que colabore-
-Estoy de acuerdo, mañana por la mañana hablaremos con él- dijo Celeste.
Al día siguiente, Fernández Meijide se despertó y salió de la choza con una
sonrisa de oreja a oreja que se le iba a borrar rápidamente al ver a sus cuatro
empleados parados afuera, sin trabajar.
- ¿Pasó algo? - preguntó el patrón a su grupo.
Brian tomó la palabra en nombre de todos:
-No lo tome personal patrón, pero hemos charlado y llegamos a la conclusión
de que usted debería colaborar con las tareas que realizamos-
-Pero si yo colaboro, los ordeno, los mantengo motivados, les doy tareas,
sin mi aporte esto no funcionaría- respondió Aaron gesticulando absurdamente
con las manos.
Los empleados se miraron entre sí, parecieron hacerse algunos gestos. Brian
fue determinante:
-Disculpe patrón, la decisión está tomada, si no colabora, no come, aquí
todos somos iguales, le estamos dando la oportunidad de unirse. Es su decisión-
-Bueno, si así lo creen, tendré que respetar la decisión de las mayorías,
así funciona la democracia. Pero debo advertirles que soy muy malo haciendo
labores manuales, es posible que se pierda todo el trabajo logrado-
-Haga lo que pueda, pero haga- cerró Brian ya dándole la espalda a
Fernández Meijide, junto con su grupo.
Al día siguiente Aaron se despertó acusando un fuerte dolor de estómago. Se
mantuvo todo el día en la cama, sus empleados lo atendieron, aunque de mala
gana. Lo mismo al día siguiente cuando dijo tener una fuerte jaqueca. Al tercer
día soltó una historia sobre que un bicho lo había picado y le había paralizado
la mitad del cuerpo, pero ya nadie le creyó, no lo atendieron ni le dirigieron
la palabra en todo el día. En la noche cuando todos volvieron a la choza,
Martín fue contundente:
-Puede dormir aquí mientras le dure la parálisis, cuando se le pase se va,
mientras tanto no tendrá ni nuestro alimento ni nuestra bebida-
Por primera vez desde que estaban allí, Fernández Meijide se sintió
acorralado, sólo tenía dos opciones, morir de hambre o peor aún, trabajar.
Lo consideró, realmente lo consideró. Pero Aaron excesivamente vago, no
podía soportar más de un día llevando adelante las mismas tareas que sus
empleados. Por eso decidió tomar otro camino, abandonó al grupo y se adentró en
lo profundo de la isla con la esperanza de encontrar más gente a la cual
liderar.
Caminó durante dos días casi sin parar y finalmente lo logró. En lo
profundo de la isla se encontró con una tribu nativa. Tenían todo: ganado,
corrales, drenaje, sistema de riego, huertas, todo funcionaba tan perfecto que
los nativos casi no se esforzaban en tareas diarias. Aaron los espió durante un
buen rato, identificó que no hablaban en español, también pudo observar que si
bien la tribu era algo numerosa, estaba bastante desprotegida, era un grupo más
bien anciano, bastante sedentario y pacífico, no contaban con armas ni
protección, vivían en el paraíso.
Lo primero que pensó Aaron fue que no tendría mucho sentido querer liderar
a esa tribu, ya que parecían estar en perfecto estado por sí solos, además la
barrera del idioma bien podría ser un problema, pensó un buen rato y tuvo una
idea, pero para llevarla adelante necesitaba volver con su anterior grupo.
Al llegar nuevamente con su gente, se encontró con un clima de puro
jolgorio, sus ex empleados bebían vino, cantaban y bailaban.
- ¡Miren quien volvió! - gritó Martín en tono burlón al ver llegar a Aaron
semi muerto.
-Si, ríanse todo lo que quieran, pero una vez más y como lo vengo haciendo
hace años, les voy a mejorar la vida- respondió efusivo Fernández Meijide
mientras intentaba acercarse sin éxito al agua.
Sus ex empleados lo miraron con desconfianza, aunque también lo notaban muy
convencido en su expresión. Dudaron un poco. El ex patrón notó esa duda y
aprovechó, tendría solamente una única chance, debía aprovecharla al
máximo.
-Miren, no les voy a pedir nada a cambio por esto, ni siquiera un sorbo de
agua, simplemente tengo una información muy valiosa, podría quedármela para mí,
e irme a disfrutar de eso, pero prefiero compartirla con ustedes, mi familia,
porque yo nunca los dejaría tirados- enfatizó la palabra "nunca".
Los ex empleados se miraban entre sí, la duda crecía y les era imposible
contener las ganas de saber de que se trataba.
-A ver, hable, somos todos oídos- dijo Martín.
Aaron colocó sus manos por delante con las palmas abiertas y se arremangó
lo que le quedaba de su saco etiqueta negra:
-Amigos, amiga. Ayer en mi desesperación por sobrevivir recorrí la isla de
punta a punta y encontré una tribu. No saben lo que es eso, tienen comida, bebida,
casas, diversión, es enorme, un paraíso y sólo está aquí a un día de distancia-
- ¿Y a nosotros de que nos sirve eso? Nosotros tenemos todo eso mismo
-preguntó incrédula Celeste.
-Es que no terminé. Ellos tienen todo eso funcionando casi sólo, automático,
tienen criaderos, sistema de riego automático, lagos con agua potable. No
mueven un dedo para tener eso-
Por primera vez, Aaron notó la duda en la mirada de sus ex subordinados,
decidió entonces rematar con una frase que no podía fallar:
-Esos vagos de mierda tienen todo lo mismo que ustedes, pero sin trabajar-
Sólo esa pequeña frase necesitó el grupo para desmoronar todo el trabajo
realizado y desmerecer su propio crecimiento. No les importó nada de lo que
consiguieron, les importó qué tenían los otros.
-Eso no puede ser, no está bien- dijo Brian.
-Yo me rompo el culo laburando- siguió Celeste
-Todo el mundo quiere todo de arriba- agregó Fabian.
Martín cerró con un confuso: -Negros de mierda-
Aaron se relamió y sonrió, tenía medio plan adentro, sólo le faltaba la
puntada final. Para eso, debía lograr que su ex grupo sintiera que necesitaban
volver a la dinámica del pasado. Entonces se dio media vuelta y se fue
diciendo.
-Me alegro de que me hayan escuchado. Ahora espero que sepan bien que hacer
con esa información- Se fue despacito contando los pasos...
uno...dos...tres...cuatro...
-¡Espere!- gritó Brian. Y Aaron sonrió.
-No sabemos que hacer ¿Usted qué propone? - dijo Celeste.
-Bueno, yo tengo una idea, pero no sé si es lo que ustedes quieren.
-Díganos, por favor- dijo Fabian.
-Mmm, no se ¿a ustedes les gustaría que yo vuelva a comandar el grupo? Yo
no les quiero decir nada, pero ya ven lo que pasa cuando no hay un poco de
orden-
-Si, claro que nos gustaría, patrón. Díganos ¿cuál es el plan? - preguntó
Brian.
-Bueno, les cuento. Estuve estudiando la tribu, pensando en ustedes más que
nada, y pude estudiar que es gente muy anciana, débil, vaga y sedentaria, en
conclusión, serían muy fáciles de vencer, además están completamente
desarmados, imagínense que es gente que vive sola en un paraíso desde quien
sabe que tiempo. Yo creo que nos tomaría algunas semanas fabricar unas buenas
lanzas, ir hasta allá, matarlos a todos y quedarnos con todo lo que es de
ellos. A mí no me gusta la idea de la violencia, pero situaciones límites
requieren medidas estrictas. Esto es la selva, quien sabe que puede hacer un
vago con poder-
El grupo se reunió en una especie de ronda cerrada, no les tomó más de
veinte segundos tomar la decisión:
-Estamos con usted, señor. Fabriquemos las armas y a darles su merecido-
pusieron en marcha el plan de Fernández Meijide.
Pocos días tardaron en afilar palos y recoger decenas de rocas pesadas para
armar la artillería. Salieron en busca de la tribu con toda confianza. Al
llegar, pudieron corroborar que todo lo dicho por Aaron era completamente
cierto: un pequeño grupo de ancianos y niños meditando sobre rocas y recogiendo
frutas. No había nada para dudar.
- ¡A la carga! - gritó Fernández Meijide.
El grupo entero, exceptuando al patrón, corrieron con sus armas. Entraron
en la tribu que miraba con pavor como aquellos hombres blancos aniquilaban a
quien se cruce en su camino.
No quedó ni una persona con vida de la tribu, y el grupo celebró la
victoria tomando vino y danzando alrededor de una enorme fogata. Aaron le
prometió a su ejército que al día siguiente comenzaría una nueva vida para
todos.
Y así fue. Al día siguiente, Fernández Meijide se apostó sobre el trono del
ex cacique de la tribu, y desde allí le fue ordenando a sus súbditos que hicieran
todas las tareas: carnear las vacas, recolectar las frutas y verduras, sacar
agua del pozo y preparar todo de nuevo para el día siguiente. Ese día la rutina
se repitió, lo mismo al día siguiente y lo mismo al otro. Así por el resto de
sus vidas.
Martín, Fabian, Celeste y Brian pasaron el resto de sus días adorando a su
líder tirano y trabajando para que él se sienta comodo, después de todo, él los
había guiado en la victoria contra aquellos negros vagos que no querían
trabajar.

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