Por qué somos
Hoy me desperté un poquito más filósofo que otros
días. No sé qué pasó, quizás soñé algo que no me acuerdo, o tal vez será una
fecha especial que también se perdió en el baúl de los recuerdos. Algún otro
pensador aún más aventurero podrá asegurarme que algún planeta está dando
vueltas por algún sector del universo que de alguna manera influye en mi
personalidad debido a donde estaba ese mismo planeta en el momento que mi madre
me dio a luz ¿quién soy yo para arriesgarme a derribar alguna de esas teorías?
Intento todos los días disminuir la soberbia natural que cargamos debido al
poder de nuestra propia lógica.
Me pregunté ¿desde cuándo somos lo que queremos ser? O lo
que nos sale ¿en qué momento perfilamos nuestra personalidad, gustos y
talentos? Llevándolo a mi caso particular (que por otro lado es el único del
cual podría hablar) intenté recordar los momentos que me fueron transformando
en esta especie de escritor, cuando empecé a crear historias, cuando fue la
primera vez que me imaginé un escenario que no se podía ver ni tocar.
La primera imagen que tengo es la piedra basal, siendo muy
chiquito me recuerdo corriendo a tirarme a la cama con una parva de libros de
cuentos para que mi mamá me los leyera a la hora de la siesta (esta imagen
también podría explicar fácilmente mi amor incondicional por el sencillo acto
de dormir por la tarde). Me acuerdo que apoyaba la cabeza en la almohada,
miraba el techo y mi mama me leía por horas. Tenía un libro especial, ese
tesoro, el premio mayor que todos los chicos tenemos, era un libro que contaba
las desventuras de una mujer muy torpe, pero con un corazón de oro, que por
supuesto contenía la moraleja básica que nos dice que lo importante es intentar
con buenas intenciones sin importar cuanto te equivoques y al final todo saldrá
bien.
Tengo intacta en mis oídos la voz de mi mamá narrando cada
palabra con un tono especial, el sonido del dedo mojado corriendo las páginas,
las caricias en mi cabeza. En aquel momento, sin saberlo, supongo, mi mamá me
brindó la capacidad de imaginar.
La imagen siguiente, y sin ánimos de caer en absurdas
paridades, me encuentra viendo a mi papá contando historias de su pasado
reciente y no tanto. El tipo se paraba frente a todos en una especie de tarima
inexistente de obra de teatro under y acompañaba con todo el cuerpo cada
anécdota que contaba. La pasión y el entusiasmo le desbordaban por los poros,
lograba que un simple partido de fútbol de su adolescencia se convirtiera para
todos en el espectáculo deportivo del siglo.
Con el tiempo empecé a identificar que las historias de mi
papá mutaban en detalles según el público que tenía enfrente, y más aún con el
correr de los años, siempre por supuesto dándole más espectacularidad a las
tramas. Lejos de cuestionarlo o intentar saber la veracidad absoluta de
aquellos cuentos, aprendí que a veces valía mentir, que no era el pecado que me
habían enseñado en catecismo. Un día entendí, que si era por la obra, que si el
fin de la mentira o el engaño era para enriquecer aquel arte del relato, todo
valía. Finalmente ¿a quién perjudicamos? ¿Hay damnificados en las butacas del
cine cuando se conmueven por una obra inventada? ¿Le pedimos el truco al mago?
Nunca quise ni querré saber los borradores de las historias de papá, no me
interesa, es formidable así. Y así aprendí también yo a engañarlos a ustedes.
El tercer momento me encuentra en mi pieza con mi nona
Olga. Vendría a ser como "mi otra abuela". Es una realidad que por
una cosa u otra solemos tener más relación con algún abuelo, por distancias
geográficas, o de tiempos o simplemente una cuestión de piel. Mi abuela Olga
era la que menos veía, sin embargo, ese tiempo alcanzó y sobró para notar una
influencia fundamental en mi vida. Ella era una eximia narradora. Tenía una voz
suave y susurrada (aunque gran cantante). Con esa voz calma, arrancaba sus
historias con una muletilla muy peculiar: "En el tiempo de antes..."
decía. Y cada vez que decía esa frase, a mí, se me abrían los ojos y los oídos.
Escuchar a mi nona Olga contar una historia era para comprar pochoclos. Yo me
imaginaba todo ese universo en blanco y negro, las voces, los olores, fue la
primera persona capaz de meterme adentro de una historia. Era como una
directora de cine, ubicaba las palabras en el lugar y en el volumen correcto
para colocar a su oyente de turno en el cuento.
Seguramente ella se fue de este mundo sin saber aquella
semilla que plantó, sin saber que su nieto iba a contar cuentos, sin saber que
de ella aprendí a narrar, aprendí a susurrar para captar la atención. La nona
me enseñó a hablar despacio para que todos quieran prestar atención.
Me faltaba la última parte, en qué momento me convertí en
un contador de historias. Y lo encontré también en la infancia, donde creo que
todo se gesta.
Me escribió un compañero de la primaria Héctor, un
entrañable personaje al que no veo hace años, pero que siempre tengo en mis
pensamientos. Me mostró un cuento que había escrito, lo cual ya de por sí me
llenó de alegría, me pidió que no le diera devoluciones ni nada parecido, que
sólo me lo quería compartir. Cumplí con su pedido y no le dije nada. El cuento
me pareció espectacular, y siguiendo su pedido de perfil bajo no voy a contar
de que iba. Pero eso me despertó un recuerdo olvidado de aquellas épocas de
guarda polvos y cabellos dorados.
Yo siempre fui de esos que veía pasar el amor por la vereda
de enfrente, al que le esquivaban las damas y los caballeros en cuestiones
románticas. El que se encontraba cara a cara con la chica que le gustaba solo
para recibir de esta la información de su enamoramiento hacia otro alumno. Sin embargo,
me encantaba. Siempre me fascinó el amor, entonces yo miraba esas historias con
mucha atención. En aquel momento, nuestro curso de sexto grado se había visto
conmocionado por un triángulo amoroso telenovelezco: la bonita del curso se
debatía entre dos pretendientes muy antagónicos entre sí. Una tragedia griega
en potencia. Yo, fascinado por aquel conflicto, un día, decidí contar aquella
historia desde mi visión.
Claro está que sabía escribir muy poco, no tenía los
recursos que te dan los años, y posiblemente tampoco tenía el interés de
escribir fuera de la obligación escolar. Así que, tomé mis lápices, mis
pinturitas, gomas, plasticolas, tijeras y todos los elementos que se alojaban
en mi cartuchera, le asigné a cada uno el nombre de una persona del curso y
empecé a representar en mi pupitre una escena básica que seguramente había
copiado de María la del barrio o alguna otra telenovela que veíamos en casa.
Fue un juego para mí, pero no tanto para mi compañero de al lado que se rio
fuerte y llamó al de adelante para que viera, este llamó a uno que se sentaba
lejos pero que estaba teniendo participación en esa escena siendo representado
por una pinturita color naranja. Así, poco a poco todos fueron llegando a ver
la obra.
Aquel primer día cerré el telón imaginario con un aplauso
ensordecedor de todos mis compañeros y compañeras, inclusive los que habían obtenido
circunstancialmente el rol de villano. Le puse un título: "Abrázame"
con esa tilde para que suene neutro y más dramático. La obra fue creciendo
capítulo a capítulo, yo no tenía guion, conocí la adrenalina de la
improvisación. Los episodios se desarrollaban en los 15 minutos que duraba el
recreo, ya nadie salía al patio, el timbre sonaba y todos corrían a buscar un
lugar cerca de mi pupitre que oficiaba de set. Un día empezaron a entrar al
salón de clases alumnos de otras divisiones, gente que yo no conocía y que no
participaba en la representación. Sentí que estaba traspasando la barrera del
payaso y que el drama se estaba esparciendo por todo el colegio.
Un día, la maestra Silvana me agarró aparte y me pidió con
toda la dulzura del mundo que le pusiera fin a Abrázame. Los alumnos no
prestaban atención, los patios se vaciaban y los chicos eran contaminados con
romance juvenil innecesario para aquellos tiempos. Le pedí que me deje hacer la
última función, que le pueda dar un cierre a la novela, aceptó.
Aquel segundo recreo mis compañeros me armaron un lugar en
el salón de actos, sobre el escenario. Cuando llegué había una multitud de
niños y niñas rodeando el espacio. Quienes me conocen un poco imaginaran que yo
estaba en mi salsa y manejé la situación con total soltura. Quienes me conocen
mucho, sabrán de mi timidez. Me fui abriendo paso con mi cartucherita entre la
gente, subí al escenario, había un espacio pequeño en donde me senté en
canastitas, volqué los útiles sobre la madera del escenario y comencé la última
función. Recuerdo muy bien que había chicos que no llegaban a ver la
representación y sólo se quedaron para escucharme narrar. Ahí, por primera vez,
conté un cuento.
Abrázame terminó con picos de rating, y si bien el clamor
popular pedía una segunda parte, en ese entonces yo era un niño obediente y
acepté las ordenes de la seño.
Con el tiempo comprendí que la mejor manera de entendernos
a nosotros mismos era en conjunto. Somos un pedazo de cada cosa que nos tocó.
Yo, en este humilde lugar de casi escritor, soy la imaginación que me dio mamá,
la picardía de papá, la expresión de la nona Olga. Este blog es mi cartuchera
llena de útiles esperando cobrar vida mediante mis palabras. Y ustedes siguen
siendo mis compañeritos de la primaria, cambiaron de cara, de cuerpo, de ideas
y hasta de nombres. Son pocos, pero lo sigo haciendo para ustedes, los que
todavía se sientan alrededor mío a ver que pasa en el siguiente capítulo.

Emi genio!!!
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