El loco pulsera: historia de un hombre que vivió para siempre en un all inclusive del Caribe


 

 Miró la mar turquesa con todo el amor que le entraba en el pecho. Se distrajo con el movimiento de una palmera que era levemente torneada por una cálida brisa. Con los dedos de los pies apretó la arena blanca, luego la levantó con las manos, la dejó caer y la miró, una y otra vez, como viendo un reloj pasando sus granos de un lugar a otro. Cerró fuerte los ojos, tomó aire, y sonrió, sonrió tan fuerte, que la mueca se quedó ahí, para siempre.

Sintió la mano tibia de su amada deslizándose por su espalda, intentó mirarla, pero el sol lo encandilaba:

- ¿Estás triste amor? Nos tenemos que ir- dijo ella con toda la dulzura que la caracterizaba. Él, sin quebrantar su sonrisa, y con su voz tan suave como la arena respondió con un sencillo "no".

Al volver en el avión, ella pudo ver que su compañero miraba la pulsera del all inclusive que aún tenía puesta:

- ¿Querés quitártela? - le preguntó

- ¡No, por favor! - gritó él, apartando el brazo y escondiendo el brazalete de tela detrás de su propio cuerpo, aún con la sonrisa dibujada. Ella respondió con una caricia, creyó oportuno dejarlo hacer su duelo, a su tiempo y a su modo, finalmente ¿qué importancia podía tener aquella pulsera ya fuera del complejo turístico?

Llegaron a su ciudad, a su barrio, llegó el momento de volver a la rutina. Ella arrancó el día con pésimo humor, el golpe de realidad era aplastante. Sin embargo, él, ya estaba listo, con traje y corbata, sentado sólo en el sillón, quien sabe desde que hora, sonriendo. 

¿Estás contento de volver al trabajo? - preguntó la mujer confundida. Y ahí, en ese instante, comenzó a sospechar que algo no andaba bien. El hombre no respondió, ni siquiera atinó a mirarla, simplemente corroboró la hora en su reloj pulsera, se levantó y se fue, sin saludar.

A media mañana, la mujer recibió en su celular un preocupante mensaje de Fito, compañero de trabajo y amigo de su amado:

"No sé si es para preocuparte, pero lo vemos raro. Casi no habla, no nos contó nada del viaje, no para de sonreírse. El jefe nos dijo que iba a haber un recorte de personal y él se siguió riendo. Además, tiene actitudes muy extrañas, que al principio nos dieron gracia pero ahora ya no: por ejemplo, se acerca a la máquina de café, muestra la pulsera del all inclusive y después se sirve. Hasta ahí pensamos que jodía, pero hace un rato lo vieron parado durante diez minutos frente a la máquina de snacks mostrando la pulsera, con la sonrisa tétrica esa, por supuesto no obtuvo nada, la maquina funciona con dinero. Lo vamos a seguir de cerca, pero estate atenta porque ya no sé si es normal. "

Cuando el hombre llegó a su casa, su compañera lo estaba esperando para charlar, pero él ni siquiera la saludó, con la misma sonrisa permanente la miró y le preguntó: - ¿tenemos piña colada acá en casa? - ella le respondió que no y agregó: - ¿vos querés tomarte una piña colada un lunes a las 7 de la tarde?- él respondió: -¿y por qué no?- acompañado de un movimiento se hombros de abajo hacia arriba.

Cuando la situación no podía ser más extraña, el tipo se puso su traje de baño, abrió una reposera en el medio del living, se sentó, apoyo las manos en la nuca y se quedó mirando una pared durante horas. Incluso, su mujer lo llamó a comer, pero ni siquiera respondió. Ella optó por fingir demencia, supuso que su compañero le estaba gastando una broma de mal gusto, o que sería algo pasajero. Se fue a la cama sola y lo esperó, pero nunca llegó. 

A la mañana siguiente lo encontró sentado en la misma posición, mirando hacia el mismo lugar, quizás ni siquiera había dormido.

-Mi amor, decime que me estás haciendo una broma, porque si no, tengo que pensar que no estás bien-

-Estoy muy feliz ¿no sentís la paz que hay acá?- respondió él, sin mirarla ni estropear su sonrisa.

Los días fueron avanzando, y la situación empeoró drásticamente: el hombre fue despedido de su trabajo por faltar sin justificación, la mujer llamó al hermano, el único familiar que tenía el sujeto y que vivía en el exterior, pero este se desentendió de la situación.

Una semana más tarde, el tipo dejó de hablar definitivamente. Sus días transcurrían en su reposera del living, la heladera para buscar algún refrigerio y el baño. Siempre con su traje de baño y su sonrisa.

La mujer hizo todo lo posible por sacarlo de esa situación: decenas de profesionales de la salud pasaron por su casa, intentaron todo tipo de terapias, pero nada cambió. Ella hizo el último intento, se arrodilló frente a él, para estar a la altura de la reposera, lo miró a los ojos llorando y le pidió por favor que vuelva, que la escuche, que retomen su vida juntos. Pero él solo sonrió, nunca dejó de sonreír.

Un día, y ya sin fuerzas, la mujer decidió mudarse y abandonar a su compañero, con todo el dolor del mundo. Este, luego de varios meses sin pagar el alquiler de su vivienda, fue desalojado sin presentar la más mínima resistencia. Ni siquiera tomó sus pertenencias, lo único que agarró fue su amada reposera, se sentó en la vereda, y allí se quedó. 

La gente del barrio lo reconocía, pasaban e intentaban hablarle, pero el hombre no respondía, simplemente miraba la nada con su cautivante sonrisa. Al tercer día, preso del apetito y la sed, se paró, ingresó al supermercado del barrio, agarró una botella de cachaza, dos limas, un paquete de azúcar, un paquete de queso cremoso, una pre pizza y un tubo de papas Pringles. Al llegar a la caja, intentó mostrar su pulsera para irse con los alimentos. El dueño del establecimiento intentó explicarle que allí debía pagar, pero el hombre parecía no comprender, sonreía y movía la cabeza hacia un costado. El dueño del supermercado, quien conocía la historia del sujeto, le explicó de un modo que podía comprender: -Lo que pasa es que aquí es la zona VIP, esto no lo tiene incluido. - así, entonces, el hombre dejó las cosas y se retiró. Antes de dejar el establecimiento, el dueño le obsequió el queso, porque le dio pena.

Un vecino lo vio sentado comiendo en su reposera y le preguntó cómo había conseguido el queso, el hombre levantó la mano y le mostró la pulsera, minutos más tarde, ese vecino le regaló una cerveza. El sujeto se mostró muy agradecido y le dio un abrazo, siempre mostrando su pulsera y su sonrisa. Así, con el tiempo, todos los vecinos del barrio lo fueron ayudando. El tipo tocaba las puertas de las casas, mostraba su pulsera y la gente le daba alimento o bebidas. Ropa no aceptaba, su atuendo era su traje de baño y sus ojotas, nada más. 

El tiempo pasó y el hombre se convirtió en "El loco pulsera". Pasó sus días deambulando por las calles, con su barba larga, su traje de baño lleno de agujeros y su pulsera de tela deshilachada donde aún se leía "all inclusive". Perdió las ojotas en alguna noche de lluvia, y su reposera se rompió, pero no tuvo problema en dormir en la vereda. Los vecinos fueron cambiando, algunos conocieron su historia, otros no tanto, para algunos era un loco lindo, para otros un pobre soñador. Nunca volvió a hablar y nunca dejó de sonreír.

Una mañana de invierno, el loco pulsera fue hallado sin vida en una vereda, acostado boca arriba con las manos en la nuca y la sonrisa intacta. No soportó otra temperatura nocturna bajo cero, y su corazón dejó de latir.

Los vecinos juntaron entre todos dinero y lograron enviar sus cenizas al Caribe. Las esparcieron en el mar, la arena blanca y las palmeras. Finalmente, volvió al lugar del cual nunca se pudo ir.

 

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