Pesadillas
Nos dimos un
beso, apagamos el velador, me di vuelta hacia un lado, ella para el otro,
espalda con espalda, nos dejamos envolver por el silencio de la noche.
Algo empezó a inquietarme: una fuerte comezón en la planta del pie derecho.
Al principio parecía ser algo menor ¿cuánta importancia podía darle a aquello?
Sin embargo, la situación se tornó desesperante. Me rascaba fuerte con el otro
pie, movía la cama, no podía concentrarme en mi objetivo, que era dormir.
Prendí el celular y me alumbré: no tenía nada, ni siquiera una picadura de
algún bicho, pero sí, ya empezaba a lastimarme, me propuse controlarme y
ganarle a aquello.
La picazón cesó, o al menos eso logré con un esfuerzo de concentración.
Pero otra cosa empezó a ir mal, esta es más difícil de explicar. Una especie de
escalofrío me recorría constantemente toda la espalda, como si tuviera fiebre,
pero lejos de eso, mi estado de salud era óptimo. El esfuerzo por conciliar el
sueño se tornaba cada vez más dificultoso, y la última vez que había mirado el
reloj, ya marcaba la 1:47 am. El leve escalofrío se tornó en un temblor de
manos y una angustia que iba y venía desde el estómago a la garganta, tuve
(insólitamente) ganas de llorar. Ella se dio cuenta que algo me pasaba, giró y
me miró:
- ¿Estás bien? -
-No, no sé en realidad. Siento que algo no anda bien, no es que me sienta
mal, es más bien una sensación, como si algo malo estuviera a punto de pasar-
evité contar la picazón del pie porque me parecía irrelevante, además, ya era
difícil de explicar, no iba a enredarlo más, ni a quitarle más tiempo a ella,
que evidentemente si podía dormir. Me hizo una caricia, y eso me calmó.
Pasaron unos minutos, y el perro (que duerme dentro de la habitación) se
paró, hizo mucho ruido al hacerlo, movió cosas. Lo miré desde la cama y vi que
empezó a dar vueltas, como si quisiera ir al baño. Cada vez más rápido, después
empezó a llorar, fuerte, un chillido desgarrador, en cuestión de segundos
pareció un chancho a punto de ser carneado. Empujé con la mano el cuerpo dormido
de mi compañera que parecía no estar enterada de la situación. Le dije:
"mirá, a él también le pasa algo". Pero ella no respondía. La miré a
la cara y me encontré el horror: tenía el rostro deformado, como si estuviese
derritiéndose, los ojos hundidos, no era la persona que yo conocía. Grité
fuerte. Me desperté en la cama.
Ella (lamentablemente) está bastante acostumbrada a oírme gritar a la
madrugada, es común en mí tener pesadillas. Siempre actúa de una manera muy
dulce: me acaricia el pelo suavemente con alguna palabra reconfortante. Esta no
fue la excepción. No obstante, le aclaré una vez más: algo no anda bien, tengo
una fea sensación.
Me distraje viendo la luz del aire acondicionado, ese pequeño número verde
que oficiaba de única iluminación en el cuarto. Empezó a titilar, parecía como
si se moviera, es más parecía temblar. Está vez, ella reaccionó y me apretó
fuerte el brazo. Un ruido ensordecedor cubrió toda la manzana, como de algo
aterrizando. Nos miramos, finalmente mi sensación no era otra que la previsión
de una invasión, quizás de guerra, quizás extraterrestre. Grité fuerte. Me
desperté en la cama.
Ella me volvía a acariciar y la situación se repetía. Me sentía cada vez
peor. Miraba el celular y el reloj corría, me cercioraba también de que no
hubiera malas noticias por otro lado. Decidí entonces levantarme e ir a tomar
un poco de agua, caminar por la casa con la mera intención de cambiar todo lo
que me estaba pasando, darle un descanso al cerebro. Salí de la pieza y caminé
a la derecha en dirección a la cocina. Estaba muy oscuro, y no sé por qué no
prendí la luz. Intenté abrir la canilla, pero estaba dura, el agua no salía.
Ahí, en ese momento, recordé que la cocina no estaba a la derecha de la
habitación principal, sino todo lo contrario. Me invadió la desesperación, se
cerró la puerta, y solo una luz iluminó un espejo que yo no sabía que existía.
Allí, se proyectó la figura espectral de una mujer de cabello negro, nariz puntiaguda
y ojos completamente negros, como si las pupilas ocuparan todo. Grité fuerte.
Me desperté en la cama.
Esta vez no obtuve respuestas, pobre, no se despertó y eso me alegraba, o
no. Quizás algo con ella no andaba bien, empecé a contarle en voz alta lo que
me pasaba, le dije que el malestar crecía, y que ya no podía distinguir la
realidad. No me respondió. La empujé y no reaccionaba. Supe entonces, que
finalmente, ese presentimiento que tenía, era el peor de todos, y que ella no
me iba a responder. La empujé aún más, le grité, lloré, la abracé fuerte. Volví
a gritar. Grité fuerte. Me desperté en la cama.
Ahora si me acarició nuevamente la cabeza. Le di un abrazo fuerte, porque
lo necesitaba, pero esta vez, me levanté sin dejar pasar ni un segundo, y fui
(a la izquierda) por el bendito vaso de agua. Tomé unos cuantos tragos, miré la
casa, todo parecía en orden, esa era la realidad, me sentí parado, aunque el
malestar no se iba con nada. El pie me dolía mucho, aunque no tenía marca
alguna. Antes de volver a la cama, me mojé la cara.
Me acosté, nos abrazamos, me deseó un buen descanso, aunque yo sabía que
mientras tuviera eso adentro que no sabía explicar, aquello no iba a suceder.
Concilié el sueño, pero esta vez, y por primera vez en la historia, gritó ella.
- ¿Que te pasó? ¿Tuviste una pesadilla? - le pregunté
-Si, tuve un sueño horrible- me dijo.
-Te dije que algo no anda bien-
Yo no estaba tan convencido de que esa fuese la realidad, así que no
indagué demasiado, no quería que se transformara en otra cosa o que algo
terrible le ocurriera. Comencé a analizar cómo ganarle a esta locura que estaba
viviendo.
-¿Vos corriste la cortina?- me preguntó.
-No. Yo no, o quizás si-
Ahí sentí nuevamente que era la realidad, que era mi casa y que la
sensación que tenía era una intuición horrible: la terrible inseguridad que
azota mi ciudad se iba a hacer presente en mi hogar. Y en medio de todo el
proceso que había vivido en la noche, una parte de mí, corrió la cortina para
tener vista directa a la persiana que da al patio y por una de las hendijas,
ver al ladrón entrando.
Así fue, desde la cama lo vi cayendo al patio. Me levanté y fui corriendo a
enfrentarlo, no sin antes manotear el celular de la mesa de luz. Salí de la
habitación y me paré en un lugar donde el mal viviente no me viera, sin
contacto directo, yo sabía que él no podía entrar porque había rejas, pero si
me veía, me podía apuntar con un arma y obligarme a abrirle. Mientras tanto,
intentaba marcar 911 en el teléfono, pero no podía siquiera abrir la aplicación
para llamar. Estaba completamente invadido por el terror. Pude abrir la
aplicación, pero el dedo me temblaba y no les embocaba a los números. Creí que
me iba a desmayar. En medio de eso, veo a mi compañera salir semi dormida de la
habitación y pararse derecho frente a las rejas. Vi al tipo detrás de ella, le
vi el rostro, no tenía nada que perder. Ella le daba la espalda y me miraba a
mí, yo intentaba decirle que se quitara de ahí, pero las palabras no me salían.
El ladrón le puso el arma en la cabeza y cargó. Grité fuerte. Me desperté en la
cama.
"Última vez" me dije a mí mismo. Me levanté y me fui al living.
Ya la luz del sol alumbraba todo, y no tenía más nada que perder, ya no me
importaba si era la realidad o no.
Me senté en el sillón, tomé papel y lápiz y me puse a escribir este cuento.
Salió como vomitado, entero en poco más de diez minutos. Tenía todos los
recuerdos intactos. Me pregunté entonces ¿será solo por esto que me pasan estas
cosas? ¿será el precio de la creatividad? ¿Necesitaré acaso sufrir para
potenciar la imaginación? ¿Mi propio cuerpo me atacó con aquel malestar
solamente para escribir algo nuevo?
Antes de poner punto final, me di cuenta de algo. Yo no escribo en papel,
jamás, detesto ese esfuerzo, siempre escribo en el celular. Me sonreí, ya no me
importó que realidad estaba transitando. Me tiré hacia atrás, con las manos en
la nuca, resignado a que cualquier monstruo aparezca y me devuelva al mismo
lugar como el día de la marmota. Un sonido apareció, el peor: el despertador
marcando las 8: 15 am, anunciándome que era lunes y había que trabajar. Fue entonces
cuando me dije a mí mismo que quizás no exista peor pesadilla que esa, la de
tener que repetir incansablemente una misma rutina solo para sobrevivir. Lo que
me preocupó toda la noche fue dormir poco porque había que trabajar.
Al final, somos presos de una pesadilla constante, y la realidad, quizás,
deberían ser los sueños.
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