El justiciero mundialista

 


Corría el año 2010, yo era medio purrete y algo inconsciente, una combinación peligrosa. En aquellos tiempos hice cosas de las cuales no me enorgullezco. Transgredí los límites de lo moralmente aceptado, sin miedo a la represión o a las autoridades. Algunas acciones me persiguen cada tanto cuando me quedo en silencio e intento inútilmente poner la mente en blanco, otras me hacen sentir orgullo, y hasta me hacen preguntarme si no seré demasiado cagón hoy en día.

Mundial de Sudáfrica, Diego Armando Maradona al mando del equipo albiceleste. Para quien no lo recuerda, durante ese mundial se sentía una energía especial, había una mística volando en el ambiente y todos estábamos muy entusiasmados. Queríamos ser parte del espectáculo a como dé lugar.

Yo trabajaba en una fábrica en ese momento, esas que ni hace falta decir de qué, da lo mismo para la historia. Bastante grande, éramos como unos 60 empleados en un galpón enorme, y a mí me tocaban los laburos de rango más bajo, era el famoso "changarín", los compañeros me lo hacían sentir, no voy a decir lo contrario, me tomaban bastante para la joda, pero yo vivía muy relajado en aquel entonces, me tomaba todo para bien, y de alguna forma, a mi modo, me hice respetar.

El dueño de la fábrica se llamaba Mauricio Rabufetti, era abogado, y era el tipo más garca y basura que había conocido hasta ese momento. El título de abogado lo tenía por esos famosos mandatos familiares, sus padres y hermanos eran profesionales, y él no podía no serlo, sin embargo, el tipo no se dedicaba a eso, se había puesto la fábrica esta, calculo yo que por el placer de tener subordinados y gente a su cargo a quien maltratar. En el ambiente de la abogacía era uno más, y como el tipo tenía un complejo de inferioridad muy grande, optó por ser patrón. 

Rabufetti era un tipo totalmente desagradable. Al verlo ya se te hacía un nudo en el estómago: entraba a la fábrica todos los días al mediodía con un traje impecable y gafas oscuras. Alto, bronceado permanente y un teñido caoba que se completaba con la infaltable barba candado.

El tipo no era solo desagradable por sus aires de superioridad y la forma en que tenía trabajando a sus empleados, era además despectivo, machista, violento y discriminador, todos los números del cartón. Para colmo, el inmundo, construía un papel de falso simpático con la gente. Hacía de cuenta que era un laburante más, estaba diez minutos entre los obreros, daba un par de órdenes y se iba a su oficinita a jugar al solitario con el aire acondicionado o la calefacción al máximo según la época, mientras nosotros nos deslomábamos trabajando 10 horas en condiciones inhumanas.

Mi relación con Rabufetti era bastante particular. Yo era una especie de bufón del grupo, me gustaba hacer muchos chistes y pasos de comedia. Con el patrón había dos que eran clásicos: uno era su apodo a escondidas "Bufarreti", había que tener cuidado de que no se escape nunca adelante de él, lo decíamos tantas veces que era muy normal que alguno arranque a llamarlo con la silaba "bu" en vez de "ra", y retroceder rápidamente. La otra broma interna era tratarlo excesivamente bien. El tipo entraba en el galpón y yo automáticamente lo recibía al grito de "¡doctorcito!". Le ofrecía café, le sostenía el saco, todo de forma extremadamente exagerada y desproporcionada. Rabufetti lo sabía, no era tan pelotudo, pero no podía decirme mucho, al fin y al cabo, era lo que él quería, solamente que yo lo hacía de tal manera que la situación se tornaba incómoda.

Yo lo odiaba y él me odiaba aún más, aunque nadie lo mostraba directamente con palabras. Y ante la pregunta de por qué me tomó para el puesto en un principio, la respuesta es simple: yo era un pendejo, y me tenía trabajando absolutamente en negro y por dos mangos.

Una tarde, estando ya cerca del mundial, cayó Mario, el que hacía los fletes, entró con una idea espectacular, el tipo propuso armar una especie de prode del campeonato, sólo para la fase inicial, la de grupos. Cada quién ponía un monto de dinero y quien más resultados acertara se lo llevaba todo, nada de segundo ni tercer puesto, todo para el ganador. La idea revolucionó la fábrica, y todos nos entusiasmamos mucho, en cuestión de minutos estábamos en la computadora de Carla, una de las chicas administrativas, imprimiendo fixtures del mundial con los nombres de cada uno.

En Argentina el cambio de valores de la moneda es muy abrupto año a año, así que me es realmente imposible recordar cuanto tenía que poner cada uno y a cuanto ascendía el pozo ganador, pero de lo que estoy seguro es que era muy grande. 60 tipos poniendo guita, era jugoso. Perdón, 61 tipos...

Mientras imprimíamos y rellenábamos los fixtures, Rabufetti se apareció:

- ¿Que está pasando acá? -

-Disculpe doctorcito, es que surgió una linda idea grupal de armar una competencia para ver quien acierta más resultados de la primera fase del mundial, nos entusiasmamos, pero ya volvemos a operar- le respondí yo, exagerando en la disculpa.

-No, no. No hay problema, me parece interesante, díganme cuánto vale la inscripción que yo participo- dijo Rabufetti metiendo la mano en el bolsillo de atrás y sacando su abultada billetera. Repito, no me acuerdo cuanto era el monto, pero me acuerdo que la basura dijo: "¿eso nada más?"

-Dale Carlita, imprimime uno para mí, ponele Mau, y si querés agregale un corazoncito- dijo Rabufetti mientras con el dedo índice le tocaba el pelo a la pobre chica que no podía disimular su incomodidad.

Me alejé de la situación para que no me den ganas de vomitar, y me fui a la mesita en donde estaba rellenando su fixture José. Me senté con él y fuimos completando juntos mientras charlábamos de fútbol y de nuestra selección. 

José era un tipo grande, ya estaba jubilado, pero seguía yendo a trabajar. Sabía muchísimo de fútbol, pero no era para nada su mayor cualidad. José era un tipazo, padre de 5 hijos y abuelo de 3 nietos. Su casa era muy humilde, pero el tipo laburaba todos los días de sol a sol para que no les faltara nada. Muy callado y atento, todos los lunes llegaba temprano, tomábamos mates y hablábamos de los partidos del fin de semana. Él los escuchaba por radio porque en la casa no tenían televisión, y hasta a veces se enteraba de los resultados en la fábrica leyendo el diario.

Completamos todos nuestros respectivos prodes, nos pusimos en fila y avanzamos a pegarlos en un pizarrón blanco que nunca se usaba para nada, acto seguido depositábamos el dinero de la apuesta en una cajita ante la atenta mirada de Rabufetti que supervisaba que todos pusieran el monto adecuado.

Hasta ahí todo bien, el problema fue cuando se jugaron los primeros partidos. El pizarrón se rodeó de monos desesperados por ver los resultados propios y ajenos. Hubo empujones, caídas y roturas de algunas herramientas. La situación caótica derivó en la intervención del patrón, que rápidamente ordenó quitar el pizarrón. Todos coincidimos entonces en guardarlo en un cuartito chiquito donde poníamos algunas herramientas viejas y cerrarlo. La orden de Rabufetti fue abrir el cuartito el día después de la finalización del último partido de la llave de grupos.

-Quien se atreva a abrir ese cuarto antes de ese día va a ser despedido- dijo la rata esbozando una sonrisa que intentaba ser irónica, aunque en el fondo todos sabíamos que era capaz de hablar de verdad. Yo por supuesto me reí con una carcajada aturdidora, solo para molestarlo.

El mundial avanzaba y los participantes empezamos a olvidar lentamente algunos resultados que habíamos puesto en el fixture del pizarrón. Yo en mi caso particular ya sabía que no tenía chances, me acuerdo que ese mundial estuvo lleno de batacazos. Serbia le ganó a Alemania, Eslovaquia a Italia y Sudáfrica a Francia, ente otros. Yo de todas maneras no me había ilusionado, nunca tuve mucha suerte para esas cosas, así qué obviamente tomé partido por mi amigo José, que por cábala no me decía ningún resultado que había puesto.

El día llegó. El último partido de la fase de grupos se jugó un viernes, el sábado trabajábamos medio día y a mi me tocaba entrar una hora antes para hacer tareas de limpieza (que no voy a detallar acá porque eran muy desagradables). Abrí el galpón, entré y no me saqué ni una prenda. Guantes, gorro de lana, campera, todo puesto intentando aplacar la helada que hacía ahí adentro.

No tuve ni la más mínima intención de no infringir la regla del pizarrón, no iba a esperar a que todos entren, fui derecho a abrirlo y revisar los resultados. Por suerte no soy un gato, porque ya hubiera perdido las 7 vidas a raíz de la curiosidad.

Saqué un fixture que tenía en mi billetera con los resultados reales y me puse a compararlos con las predicciones. Uno por uno fui revisando, y la desgracia sucedió: el hijo de puta de Rabufetti había acertado más resultados que el resto y se iba a llevar el premio a la casa.

La bronca que me había agarrado...no solo por la cuestión monetaria y la injusticia de que el tipo más rico se lleve lo poco que teníamos los obreros, sino que imaginarlo en situación de ganador ya me revolvía las tripas. Agrandado, sacando pecho y sintiéndose aún más superior de lo que se sentía todos los días. No lo iba a pensar mucho, tenía que actuar. Para completar la secuencia, quien estaba en el segundo puesto no era otro que José, entonces, alterando un par de resultados, el premio sería doble.

Eran dos resultados literalmente, Rabufetti había acertado dos más que José. Lo primero que hice fue mirar cuidadosamente lo que la basura había puesto, me desconcentré al ver el "Mau" escrito en el fixture, me daba arcada que el tipo se quiera hacer el bueno, nunca soporté la falsedad, la gente que no acepta su papel en la película, desvirtúan la obra.

Me concentré nuevamente en mi labor, tenía que cambiar los resultados del prode de Rabufetti. Para eso necesitaba analizar cuidadosamente los resultados que había puesto, no podía cambiar uno importante, no podía retocar los de las selecciones más relevantes, no podía modificar los partidos en donde había habido un golazo o una polémica, el trabajo que tenía que hacer era un arte, el arte de la estafa. Identifiqué los 3 que le tenía que cambiar para que José pase a ser el ganador. Acto seguido arranqué el fixture de Rabufetti muy cuidadosamente del pizarrón intentando no dejar la marca de la cinta. En el medio de todo esto, jugando a contra reloj, apenas media hora me separaba del ingreso de mis compañeros. Incluido el patrón.

Corrí a la compu de Carlita, la prendí, la contraseña era 1234. Imprimí el nuevo fixture y con una lapicera azul igual que la original, rellené los casilleros modificándolos de tal manera que el cagador de Rabufetti quedara un escalón más abajo que José. Lo pegué en el mismo lugar que estaba y cerré todo. Respiré profundo y me largué una carcajada que retumbó en la inmensidad del galpón vacío. Esa sensación de romper las reglas, de quebrar la justicia establecida, de hacer "chancheadas" diría un amigo.

Quince minutos antes de la hora en la que entraba el grueso del personal, se abrió la puerta del galpón y todo se invadió del inconfundible olor a perfume importado de Rabufetti. Entró antes, con sus gafas negras y una sonrisa de oreja a oreja exhibiendo sus teclas perfectas. Tenía puesto una especie de tapado, no sé, yo no entiendo nada de ropa, pero son esas prendas que no se suelen ver en hombres, o al menos en los hombres que frecuento yo.

-Que frío que hace en este galpón che, parece la cancha de Newell's- dijo en tono socarrón. Si, encima era de Central, pero bueno ese ya era un defecto para mí, no era tan objetivo.

Me reí fuerte, me gustaba mucho exagerarle cualquier chiste a niveles absurdos, lo incomodaba, cada vez que eso pasaba, el tipo se ponía serio inmediatamente.

-Vamos a ir viendo las apuestas nene, me siento con suerte, ya me veo esta noche invitando a todos mis amigos a un asadito completo- dijo encarando derecho el cuartito donde guardamos el pizarrón.

Ahí sentí temor ¿y si el hijo de puta este se acordaba o se había anotado todo lo que había puesto? Ya estaba jugado de todas maneras. El galpón no tenía cámaras, y en última instancia, ante alguna acusación, iba a negar todo.

- ¿Se siente con suerte, doctorcito? - le pregunté desde atrás, mientras le seguía el paso cada vez más rápido. No me respondió. 

- ¿No quiere esperar que lleguen los demás? Así lo vemos todos juntos- redoblé.

-Soy el jefe nene, demasiado que dejo que hagamos esto, lo miramos ahora. No sé si me siento con suerte, pero me acuerdo que acerté bastantes- dijo ya abriendo el cuartito.

Ahí me sentí aliviado, el tipo no tenía la posta, sólo era una sospecha. Sabía que le había ido bien, pero no tenía la seguridad, y mucho menos los resultados de los demás.

Se paró frente al pizarrón, aún con las gafas puestas, sonrisa dibujada. Miraba atentamente, yo me paré en un costado y me dediqué a observarlo. Tuve ese enorme placer de ver la derrota de mi enemigo en primera fila y mano a mano. Vi como la sonrisa se le iba achicando segundo a segundo hasta que se transformó en una definitiva mueca de preocupación. Se sacó las gafas y acercó la vista al pizarrón. Empezó a contar con los dedos, miraba los otros fixtures, lo vi desesperado por una guita que para él era un vuelto, era un asado con los amigotes. Se quedó duro y se puso otra vez las gafas. Ahí le di la estocada final:

- ¿Y Mau? ¿Como fue? -

-No, no gané, me parece que ganó un tal José- dijo mientras se iba a su oficina.

Un tal José...un tal José... no podía ser más desagradable, no sabía el nombre de uno de sus empleados más leales, cada segundo que pasaba me sentía menos nervioso de haber hecho lo que hice. Ni siquiera me sentí nervioso con lo que pasó después:

- ¿A qué hora entraste vos hoy? - me dijo sin darse vuelta ni mirarme.

-Hace casi una hora patrón ¿se acuerda que yo los sábados entro antes para limpiar los baños y eso? - 

No dijo más nada, ni me respondió. Lo supo, o al menos lo intuyó, pero nunca iba a tener pruebas, el crimen había sido perfecto, me cubrí los rastros como el mejor delincuente de la historia. Ahora me faltaba el último objetivo: rogar que a José le fallara la memoria, porque si el tipo se acordaba los resultados y sabía que no había ganado, no iba a haber manera de convencerlo que acepte el premio, su moral era intachable.

Fueron entrando de a uno, todos iban derecho al pizarrón. Salían con muecas tristes, pero no del todo, de alguna u otra manera todos estábamos felices de que ganara José. El héroe de la mañana entró por la puerta con el sol de fondo como una imagen de película noventera, y yo sin dudarlo ni un segundo arranqué un aplauso digno del final de un concierto de cuerdas.

José miró sorprendido, no entendía mucho. Todos lo felicitaban. "¡Grande José! "¡ganaste!" Le gritó uno, y así como fue un placer ver el cuadro por cuadro de la caída de Rabufetti, este cuadro de la victoria de José fue mil veces más placentero. No importa cuánto odio tengamos guardado adentro, siempre que haya amor, será más intenso.

Vi como José se fue quebrando lentamente hasta romper en un llanto que intentó parar o esconder apoyando las dos palmas en sus ojos. Todos corrimos a abrazarlo. El momento fue hermoso, y por supuesto, ya no cabían dudas que José no se acordaba de ningún resultado y aceptaba su victoria con honor.

Mientras José se sacaba fotos con la caja que contenía el premio alguien le preguntó que iba a hacer con la plata.

-No sé, es mucho, la verdad que no tengo idea- respondió aun mirando incrédulo su premio.

- ¡Comprate una tele para ver lo que resta del mundial José!- le grité desde atrás de la muchedumbre. Y la gente me siguió en el pedido.

Así fue finalmente. José se compró su primer televisor y vio todos los partidos que pudo. Las mañanas cambiaron, José ya no comentaba los partidos con la imaginación del diario y la radio, ahora me describía los goles con la precisión del artista más sensible del mundo...

Rabufetti me echó quince días después. Sin razón ni causa. Ni siquiera tuvo los huevos de decírmelo él, la mandó a Carla. No me pagó un peso y yo tampoco reclamé, el tipo era abogado y sabía como dilatar un juicio, además yo no tenía la cabeza preparada para todo eso. No obstante, aunque me haya echado y aunque me haya cagado de arriba de un puente con la plata, estoy seguro que aquella jugada maradoneana que le hice en ese mundial tan especial, no se la va a olvidar nunca en su vida. Y como diría el mismísimo Diego: Rabufetti, la tenés adentro.


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