Aquel día


 

 


Despertarse en un lugar en el que nunca estuviste, solo y asustado. El horror absoluto. Así empezó aquel día. 

Abrí los ojos y me encontré rodeado de barrotes y encandilado por una luz blanca que no me permitía mirar hacia arriba. Tardé unos segundos en procesar la imagen, me costaba abrir los ojos, el silencio era envolvente. La primera sensación que tuve fue la de estar en una especie de pozo o cueva.

Pensé en salir de ahí, necesitaba pararme y reconocer el terreno. Lo intenté, juro que lo intenté. Mi cabeza mandaba la orden, pero el cuerpo no respondía, una especie de fuerza suprema caía sobre mis hombros y me empujaba hacía abajo.

El olor... el olor de aquel sitio era nauseabundo. Pestilente hedor a desperdicios humanos. Me invadió un llanto que hacía ebullición desde mis más profundas entrañas y subía por todo el torrente de mi cuerpo. Me sentí pequeño. No lo contuve, no lo quise contener, sentí la necesidad de llorar y gritar, lo hice.

Algo moví, algo pasó, todo tembló. Allá a lo lejos se escucharon pasos, alguien vino a toda velocidad, cada paso se escuchaba más fuerte. Sentí la vibración del suelo que se trasladó a mis pies, siguió recorriéndome el torso y me explotó en la cabeza.

Lo vi entrar, era enorme, una bestia, aún no lo podía enfocar, las luces seguían cegándome, apenas veía una silueta, quizás tres o cuatro veces más grande que yo. Aquel ser no podía ser de mi misma especie, jamás había visto semejante abominación.

Se me acercó, sonrió, sus dientes eran inmensos, cada uno de ellos equivalía a un dedo mío. Los ojos grandes con sombra, las facciones gigantes de la cara, el pescuezo arrugado y lleno de horribles pelotas que parecían estar conteniendo algún líquido. 

Se paró frente a mí y a toda esa prisión que me contenía, abrió la boca y me dijo algo. Habló muy fuerte, tan fuerte que me hizo doler los oídos. No pude entender su lengua, todo retumbaba y mientras más me intentaba hablar, menos le entendía y al mismo tiempo más crecía la desesperación y el miedo. Lloré más fuerte, ya no me importaba nada. Mi intención era mostrarle al monstruo que estaba rendido y asustado, a mi manera supliqué piedad.

Se posicionó a mi lado, era tan grande que me veía desde arriba, yo me sentía cada vez más pequeño. Se empezó a acercar a mi cuerpo vencido, ahí pude olerlo... olía tan mal... no puedo describir con palabras la cantidad de fragancias horrendas que penetraron mis fosas nasales haciendo incluso disimular el ya persistente olor a excremento que permanecía en mi celda. Me tomó por debajo de las axilas, me levantó con suma facilidad, no pude ni siquiera golpearlo, el terror me paralizó tanto que sólo podía llorar.

Me llevó como un paquete hasta otra habitación, ahí me esperaban un montón de otros monstruos gigantes. De diferentes miradas, con distintos tamaños e imperfecciones, todos gritando y haciendo ruidos guturales. Me mostraron los dientes, me sentí completamente amenazado e indefenso, me entregué, ya no podía hacer más nada. Hice fuerzas para despertar, para volver a mi casa, ahí donde nadie habitaba más que yo, donde el silencio y el confort me envolvían. No pude.

Creí que aquel era el peor día de toda mi existencia, y, sin embargo, tan solo era el primero.


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