Fue mi culpa, lo admito
Teníamos unos
22 o 23 años. Salíamos de la hermosa estupidez de la secundaria y entrabamos en
el quilombo de la vida real. Lo único que importaba era tener un mango en el
bolsillo, algún romance y.… ese campeonato, ese maldito campeonato de fútbol
del pueblo.
Yo en esa época estaba impecable, poca panza, mucho pelo y demasiada
energía. Corría y no me agitaba, el pucho todavía no generaba malestares
corporales. Me sentía invencible.
El equipo nuestro era bastante mediocre, no había demasiado talento.
Teníamos una buena "columna vertebral" como se dice comúnmente en la
jerga futbolera: el gordo nacho era un arqueraso, era grandote y tenía racimos
de morcillas en las manos. El oveja y yo hacíamos una dupla central bastante
decente, él era zurdo y rápido, tenía buen tiempo para salir a cortar a los
costados, y yo era más bien aguerrido, luchador, prolijo en general. En el
medio teníamos a Gonzalito, que a pesar de su figura retacona y a simple vista
pesada, estaba en toda la cancha, parecía que corría con 10 pulmones. El
talentoso del equipo era el Titi, el número 10, venía a jugar con las Topper de
lona y las medias rotas, sin canilleras, puro potrero, no se la sacaba nadie. Y
adelante, el 9, "el Tecla", no solo era un jugadorazo, no solo era
nuestro goleador, no solo era puro físico y potencia, sino que además era el
más fachero del grupo y el más requerido por la platea femenina, en otras
palabras, el Tecla era nuestro líder y referente.
El torneo no ofrecía grandes premios materiales, el campeón se llevaría un
costillar para todo el equipo y una medalla bastante insulsa para cada jugador
del equipo. No obstante, la gloria que otorgaba ese título era más grande que
cualquier otra cosa que pudiéramos desear.
Terminamos el primer campeonato sin pena y sin gloria, como era de
esperarse, culminamos en mitad de tabla y no logramos el acceso a la fase
eliminatoria final. Lo mejor de aquellos días fueron nuestras
"animadoras". Laurita, que era la sobrina de nuestro director técnico
Pancho, iba con todas sus amigas a ver cada partido, y todos nosotros, por
supuesto, estábamos enamoradísimos de ella, o al menos en ese momento
pensábamos que era amor.
Pero el segundo año, con el equipo algo más afianzado, todo cambió, y no
quiero agrandarme demasiado, pero fue gracias a mí.
Nuestro querido Real Envido debutaba contra Parrilla Libre, un partido
accesible pero seguramente duro. La motivación de todo el equipo llegó de mi
mano en el vestuario, o más bien de mi zona baja...
Nunca presto atención a que ropa interior me pongo y en esa época menos,
pero aquel día excedí los límites de la vergüenza propia: al quitarme los
pantalones, exhibí frente a todo el plantel y cuerpo técnico un diminuto
calzoncillo de Los Picapiedra, con dos agujeros bastante notorios, uno en la
zona de nadie que va desde los genitales hasta la parte trasera, y otro bien al
frente, justo en la cara del pobre Dino.
No llegué a tapar nada, no me acordé que lo tenía puesto, no tenía presente
que aun usaba esa ropa interior, a esas edades los detalles son invisibles ante
los ojos adolescentes. Todos se rieron (lógicamente) y fui objeto de burla
desde ese momento hasta el pitazo inicial del árbitro ya dentro del campo, ahí
recién pareció olvidarse el asunto del calzoncillo y Los Picapiedra.
El equipo aquella tarde brilló como nunca, una máquina. El oveja y yo
fuimos una muralla, el Titi que había ido sin dormir, la rompió toda, y el
Tecla, bueno... el emblema siempre, aquella jornada metió los 5 goles que nos dieron
la victoria inapelable.
El vestuario estuvo cargado de cantos y algarabía. El
"¡pi-ca-piedras!" no se hizo esperar, y el técnico (cabulero como él
solo) me ordenó llevar aquella ropa interior debajo del short en todos los
partidos del campeonato.
Al salir del vestuario pude ver como el Tecla se iba bañado, cambiado y
perfumado en su moto azul metalizada junto a una de las amigas de Laurita.
"Algún día quizás nos toque a nosotros, los obreros de las sombras"
pensé en silencio.
A partir de aquel partido, nos volvimos un equipo literalmente imparable.
No perdimos más. Todos los partidos me veía obligado a llegar al vestuario y
mostrar a todos mis compañeros (y en especial al técnico) el famoso calzoncillo
de Los Picapiedra, que resistía estoicamente en su estado deplorable.
Mis sábados, por aquel entonces se habían viciado de una rutina, atrapante
pero peligrosa: jugábamos al mediodía, ganábamos, los equipos caían rendidos a
nuestros pies igual que las amigas de Laura con el Tecla. Terminábamos, idolatrábamos
el calzón. Nos cambiábamos y nos íbamos todos a la casa de Gonzalito a hacer la
previa de la salida nocturna. Todos en realidad no, el Titi terminaba de jugar
y se iba a laburar con el padre. En el boliche festejábamos el triunfo y
tomábamos baldes de colores con dudosas sobras de bebidas hasta quedar al borde
del desmayo. El domingo me despertaba cerca de las 2 de la tarde con el olor a
tuco de los ravioles que estaba haciendo mi mamá. Pasaba todo el día en cama, a
la noche chateábamos con los pibes haciendo el resumen del partido y la salida.
A mi manera, era feliz.
Pasamos a fase de eliminación, ganamos los octavos de final sin problemas,
ganamos los cuartos de final con un sólido 2 a 0 en una tarde que encontró a un
Titi totalmente inspirado, emulando el partido de Diego contra los
piratas.
Llegó la semi final, y nos tocaba enfrentar al famoso
"Catenaccio". Un equipo que como lo dice su nombre, basaba su
estrategia en hacer un candado, cerrarse atrás y jugar a la contra. El desafío
iba a ser encontrar con espacios al Tecla o al Titi para que en algún arrebato
de inspiración pudieran romper la barrera defensiva.
Durante 85 minutos, ninguno de los equipos pudo patear al arco, ellos
directamente renunciaron a atacar, y apostaron por llegar a los penales, donde
se hacían muy fuertes, y nosotros, que éramos un equipo muy ordenado, no
teníamos la capacidad de crear muchas jugadas teniendo la posesión de la
pelota.
En el minuto 88 ganamos un córner de milagro, nos miramos con el oveja y
fuimos a buscar el cabezazo. Mi ilusión de convertir era nula, el historial de
cero goles en mi carrera me avalaba. Me paro en el punto del penal, el Titi se
dispone a tirar el centro, le pega como con un guante, la pelota se mueve en el
aire, la veo venir, siento que me cae a mí. Miro a mi marcador, pude ver el
terror en sus ojos, sabía que le iba a ganar en el salto. Me elevo con los
codos abiertos, mi rival ni atina a saltar, le saco dos cabezas. La pelota me
cae justo en la frente, arqueo un poco la espalda para tomar impulso y la
martilló de pique al suelo. La pelota salió tan rápido que el arquero rival no
tuvo chances ni de moverse. Vi la red inflarse, se dio. Era mi gol, el primero,
y quizás el único de mi carrera amateur. Corrí directamente al córner a abrazar
al Titi, mi asistidor. Todo el equipo se me tiró encima, el griterío alrededor
de mi cabeza era ensordecedor. Cuando me paré, y quedé solo en el festejo,
embriagado de gloria, hice una estupidez: miré a la tribuna, ubiqué con la
vista a Laurita, junté los dedos en forma de corazón y le dediqué el tanto de
la clasificación. Por supuesto me arrepentí instantáneamente al ver las
carcajadas de casi toda la platea. De todos modos, poco me importaba eso. En
aquel momento era el héroe, y nada ni nadie me iba a quitar ese título.
Ganamos con mi gol, me llevaron en andas al vestuario. El calzoncillo de
Los Picapiedra se convirtió en una bandera total del triunfo, pasaba de mano en
mano y era agitado con total emoción. Nos cambiamos y nos preparamos para el
festejo nocturno. Guardé cuidadosamente el amuleto en mi mochila para tenerlo
intacto de cara a la final.
Saliendo del vestuario la vi, parada sola, mirando al suelo, haciéndose la
distraída, pateando algún papelito. Nos miramos, tuve en primer plano su cara
pecosa y su pelo lacio colorado:
-Fuiste el héroe, por fin se te dio- me dijo.
En ese instante, toda mi timidez se impuso en la escena, casi que no pude
expresar palabras claras. Largué una especie de risa mezclada con un balbuceo
casi inentendible. Ella supo como manejar la situación, y no me dejó dudar ni
un segundo:
-Y no es lo único que se te va a dar hoy ¿vamos a tomar algo? - agregó. No
hubo mucho más para charlar, se intuía en el aire que la situación tenía una
sola resolución posible y veloz.
Antes de emprender la salida con la bella Laurita recordé algo fundamental:
el calzoncillo de Los Picapiedra ¿acaso sería capaz Laurita de abrir mi mochila
y encontrarse con semejante ofrenda a la anti concepción? ¿Realmente era tan
importante? ¿Era parte de nuestra gloria futbolística o solo era un placebo? No
quise arriesgar demasiado, lo urgente era lo importante, tomé la decisión que
en ese momento creí correcta. Me aparté unos metros, abrí la mochila y tiré el
amuleto a la basura, dejando inerte la posibilidad de vergüenza.
Un caballero tiene memoria, claramente, y aquella noche con la sobrina del
director técnico fue memorable, sin embargo, no es algo que tenga que detallar
en esta historia. Lo que vino después de eso fue tormentoso.
Durante toda la semana previa a la final, la culpa empezó a crecer dentro
de mi corazón. Las dudas coparon la parada, el miedo de haber cometido un error
grave se hizo presente ¿cómo iba a enfrentar a mis compañeros sin los famosos
calzoncillos de la victoria?
Dediqué los días previos a la final a recorrer todos los locales de ropa
del centro en busca de algún calzoncillo de la famosa serie animada. Dejé mi
dignidad en cada mostrador preguntando por un objeto claramente inexistente. No
tuve más remedio que hacer lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar: Mentir.
El día del partido llamé por teléfono al técnico y le dije que mi abuela
estaba mal, que iba a ir a jugar el partido pero que no me cuente para la
charla técnica. Avisé que me iban a ver directamente en el campo de juego.
Jamás voy a olvidar la respuesta de Pancho que me estrujó el corazón:
"Dale pibe, si podés venir te esperamos en tu lugar, no quiero cambiar
nada del equipo. Pero si no llegas, te pido por favor que mandes de alguna
manera el calzoncillo para que lo tengamos entre nosotros".
Los nervios me comían por dentro, sólo una situación me salvaba del
tormento de la culpa: la victoria y el titulo ¿Quién iba a preguntar por el
amuleto si éramos campeones?
Llegué sobre la hora, el semblante del equipo era otro, difícil de explicar.
Las caras eran otras, se veían nervios en mis compañeros. El Tecla estaba medio
engripado, el Titi parecía que había llorado toda la noche por algún problema
de esos que eran habituales en su familia. Tuve miedo, y tuve razón.
Aquel fue el último partido que jugué en competencias
"oficiales". Fueron los peores 90 minutos de mi vida, al punto tal
que estando ahí adentro pensaba que hubiera sido mejor la historia de mi abuela
moribunda.
Perdimos 7 a 1. Y el gol nuestro lo hizo un jugador de ellos en contra. Fue
devastador. Ver a mis compañeros llorando, ver a Pancho yéndose a la casa sin
saludar a sus dirigidos. Ver el trofeo y la gloria tan cerca y sin embargo tan
lejos. Y lo más triste de todo, ver a Laurita irse con el goleador del otro
equipo.
No hubo vestuario, no hubo post partido, no hubo salida y pocas veces se
volvió a hablar de aquel partido. Nadie, nunca jamás, preguntó por el
calzoncillo de Los Picapiedra.
Hoy, muchos años después, lo admito, fue mi culpa. Perdón Nacho, Oveja,
Gonzalito, Titi, Tecla, Pancho y todos los que el tiempo hizo que olvide sus
nombres. No les pido perdón por haberles quitado la gloria, les pido perdón por
haber elegido mi gloria personal por sobre la colectiva.

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