Cuatro historias sobre romances que no fueron

 


Desde tiempos inmemoriales, el ser humano está preso de una adicción de la cual no se puede liberar. Más allá del dolor que puede llegar a generar, a pesar de que algunos hasta han perdido amigos y familias a costa de esto, la siguen consumiendo en todos los extractos sociales y a todas las edades, posiblemente desde que se es consiente. Esa droga no es otra que: el romance.

Distinto al amor, el romance, es aún más poderoso. Al amor inclusive hasta nos acostumbramos, se hace una rutina amar y ser amado, tanto así, que hasta dejamos de expresarlo en palabras. No obstante, el romance, es tan breve e intenso, que se hace imparable ante la razón y el corazón. 

La televisión, las series, las películas, los libros y los mentirosos, nos cuentan todo el tiempo historias de romance perfectas, tan intensas que hasta a veces nos hacen piantar un lagrimón cuando se concretan. Sin embargo, en este cuento, repasaremos una seguidilla de pequeñas anécdotas románticas que salieron... no tan bien.

Año 1587: Rumualdo, llega en su corcel a los prados del señor Luis Enrique, pero se enfila a la ventana de su hija, la hermosa Antonia a quien había visto por primera vez desde lejos esa misma tarde en el mercado, y nadie le quitaba de la cabeza que ella también se lo había quedado mirando embriagada de amor. Desde una distancia lejana lanzó una piedrita a la ventana:

-Psss, pssss. Antonia, bella doncella, divina creación, por favor, respondedme, he venido hasta aquí a declararle mi amor incondicional-

Antonia asomó su torso por la ventana:

-Amado mío ¿Quién sois? No puedo veros-

-Soy Rumualdo. La he visto hoy en el mercado y juro que mi alma casi salta por mi boca huyendo al galope cual corcel salvaje en busca de su bendita figura-

-Oh Rumualdo, cosas más bellas dice usted, hará que me sonroje... no puedo veros- insistió la doncella.

-Disculpad que quizás se oiga algo cobarde mi exclamación, pero temo mucho acercarme más y que vuestro padre se entere de mi presencia. Un adorno haría él con mi cabeza-

Sin embargo, el valiente enamorado, al ver que su amada aún no lo enfocaba en su visión, decidió ir por todo:

-Pensándolo bien, bella Antonia, no le tengo temor a ese tirano, me acercaré hasta vuestra ventana, treparé por vuestra fachada si es necesario, me enfrentaré contra vientos y mareas, pero yo, Rumualdo....- ¡sraaaaak! El pobre de Rumualdo sintió el frio filo de la espada entrándole por la espalda y saliendo por el estómago, antes de caer al suelo oyó la voz de Luis Enrique que le decía:

-Lo mato desde atrás, como un cobarde, igual que usted, que quiso aprovecharse de una pobre joven ciega...- 💔

Se miraban en la oficina y se desvestían con los ojos. No se hablaban mucho, estaban en distintos boxes, algo alejados, pero buscaban todo tipo de excusas para pasar cerca uno del otro. La tensión sexual que había entre Lisandro y Bianca era notoria, desde los jefes hasta los de limpieza, en todas las secciones se preguntaban cuando iban a concretar ellos dos.

Una tarde de lluvia torrencial, todo el staff empresarial emprendía la retirada a sus hogares, Bianca sacó su paraguas blanco con lunares negros, y encaró en dirección a la parada de colectivos. Lisandro corrió detrás y la frenó, decidió tomar el toro por las astas:

-No te mojes, yo te llevo en el auto hasta tu casa si querés- 

Ella sonrió y aceptó. Todos pudieron ver como se iban juntos en el auto. Algunos festejaron, otros pagaron apuestas que se habían realizado con fechas de concreción amorosa entre Lisandro y Bianca.

Cuatro cuadras hicieron, ese fue el tiempo que aguantaron. Casi sin hablar, un semáforo los frenó en una esquina, y bajo el manto de agua recorriendo el parabrisas y protegidos por los vidrios empañados, se entregaron al más apasionado beso de sus vidas. Sus lenguas hacían el amor antes que el resto de su cuerpo. Él le agarró el pelo por detrás de la nuca, apretándolo suavemente. Ella que tenía apoyada su mano en el pectoral de él, cerro los dedos apenas arañándolo. Se soltaron, respiraron profundo, se rieron: -Apretá el acelerador y vamos rápido- bromeó Bianca.

Cinco cuadras más hicieron, la lluvia no paraba, otro semáforo los frenó, justo en la esquina esa donde está pintado el mural de Diego levantando la copa:

- ¿Como pueden idolatrar a un tipo así? Dios mío- dijo Bianca antes de lanzarse nuevamente a la boca de su amante para repetir la secuencia. 

Lisandro arqueó la espalda hacia atrás y corrió la cabeza: 

- ¿Que dijiste? -

-Eso, que no entiendo cómo pueden venerar tanto a ese gordo falopero- redobló Bianca.

Lisandro se quedó mirando al frente con la boca abierta. El semáforo dio luz verde. Pero el muchacho no atinó a mover el auto. Las primeras bocinas se empezaron a oír. Ella intentó que reaccionara.

-Bajate del auto-

- ¿Que? ¿Vos me estás hablando en serio? -

-Bajate del auto- repitió Lisandro sin quitar la vista del frente.

- ¿Vos estás loco flaco? Está lloviendo a cántaros, estamos en el medio de la calle...

-Bajate Bianca, no lo vuelvo a repetir-

La mujer se bajó llorando indignada y volvió a su casa en un taxi que consiguió a las pocas cuadras, empapada.

A partir de ese día, Lisandro dedicó cada jornada laboral a llegar temprano y esperar que Bianca entre en la oficina para poner a todo volumen el relato de Víctor Hugo del gol de Diego a los ingleses. Mientras la miraba fijamente, con desprecio, como se mira a los enemigos. 💔

Celeste no tenía tanto tiempo para el romance y mucho menos para el amor. Los últimos años de la facultad le estaban dejando muy poco tiempo libre, y ese poco tiempo lo utilizaba para hacer algún trabajito de medio tiempo con el fin de tener algo para mantener su mono ambiente.

Sin embargo, las hormonas de Celeste comenzaron a pedir algo de atención, y su cuerpo requería algún encuentro sexual. Nada de engancharse ni perder el tiempo. Satisfacer las necesidades básicas y nada más.

Celeste, entonces, tuvo la idea de descargar una de esas aplicaciones para conocer gente. No tuvo muchas vueltas ni dilemas morales, puso su mejor foto en las vacaciones de verano del año pasado, una descripción escueta y a pescar lo primero potable que apareciera.

Facundo fue el elegido, dentro de las posibilidades que aparecían y a lo que aspiraba Celeste, él fue quien mejor le calzó. Deportista, buen cuerpo, linda cara, afeitado parejito, en la descripción no habló de fútbol ni de política, parecía un camino fácil hacia el objetivo final de Celeste.

La propuesta era simple. Ella lo había dejado bien claro en la corta conversación que ambos habían tenido: ir a un bar, tomar una cerveza, comer algo livianito, y si todo más o menos funcionaba bien... a los bifes. Inclusive, Celeste, hasta se había corrido a sí misma ciertos límites morales que estaba dispuesta a tolerar de un hombre, al menos esta vez.

El encuentro fue tal cual se esperaba, mesita en la vereda de un bar, dos pintas de cerveza artesanal cada uno, unas papas con cheddar y cada uno contar más o menos a que se dedicaba o a qué se quería dedicar. Las fotos que se habían mostrado previamente no habían mentido tanto, así que no había mucho por hacer, cuando Facundo quiso invitar a Celeste a una tercera cerveza, ella lo miró y le dijo sonriendo: - ¿Y si mejor vamos a un lugar más tranquilo? - y así fue, pagaron, se levantaron y subieron al auto de Facundo para ir al motel más cercano.

En el camino se dieron unos besitos, para romper el último poquito de hielo que quedaba, los motores estaban listos, y Celeste muy feliz de drenar todas esas energías de una buena vez.

Entraron en la habitación del motel, ella con su carterita y él con una mochila que no había tenido puesta en la cita pero que si tenía guardada en el baúl del auto. Celeste encaró el baño para higienizarse y fue en ese preciso momento cuando su tranquilidad se vio desestabilizada:

-Si querés tardate un ratito en el baño, que cuando salgas tengo una sorpresa para vos- dijo Facundo con una sonrisa sospechosa.

-Jeje... igual tranquilo, no te la vueles, ya así está todo bien...- respondió ella intentando no arriesgar nada.

-No te preocupes, es imposible que no te guste...- cerró él. 

Celeste se metió en el baño, se lavó un poco ciertas partes, se repasó el maquillaje y se puso un poco de perfume. Todo esto mientras le pedía a San Expedito que la sorpresa de su amante no arruinara la noche.

Parece que el santo no la escuchó, porque la escena que se encontró la pobre Celeste al salir del baño superó todas las expectativas: tendido sobre la cama abierto de piernas, estaba Facundo totalmente desnudo y con crema batida tapando toda la zona baja. Sobre la crema, unas frutillitas que coronaban la presentación. Para completar la situación, el entusiasta amante impostó una voz grave y espetó: - ¿Querés comerte el postre? -

Celeste no pudo contener la risa ni un segundo, la carcajada incluso hizo que algún otro huésped llamase a recepción para quejarse. Por supuesto que la situación fue irremontable, y ella se fue sin poder decir ni una palabra más. 

Al llegar a su casa, Celeste pidió un cuarto de helado y llamó a sus amigas para contarles, entre lágrimas y llantos. Facundo, que era un tanto amarrete, no desperdició nada, y se comió las frutillas. 💔

"El Pérdida" y "El Ardilla" eran el terror del barrio, una especie de Tom Sawyer y Huckleberry Finn modernos, solo que algo más macabros en sus travesuras.

Adolescentes (aunque ya mayores de edad) estos dos bandoleros se dedicaban a robar y timar a todo lo que se les cruzara en el camino. Había dos cosas que El Pérdida y El Ardilla nunca dejaban: víctimas físicas y rastros de su presencia. 

El dúo de delincuentes era famoso por su velocidad en los hurtos y su fácil escape. La leyenda se agigantaba a medida que su raid delictivo avanzaba, y aunque sus trabajos eran limpios de sangre, la rudeza de estos muchachos también era comentario frecuente entre sus víctimas. 

La suerte de El Pérdida y El Ardilla cambió una tarde en la que decidieron poner a prueba sus habilidades “pillezcas” y asaltaron el banco central:

-¡Todo el mundo quieto y obedeciendo si no quieren que hagamos de este banco un río de sangre!- gritó El Perdida pateando la puerta del establecimiento con un pasa montañas que solo dejaba ver sus ojos de furia. Atrás suyo entró El Ardilla, con el mismo look, algo más nervioso por el paso que estaban dando en sus carreras.

En medio de la confusión y el griterío que se había desatado, una cajera del banco apretó un botón de alarma, y en cuestión de dos minutos, la siempre eficiente fuerza policial se presentó en las puertas del banco, avisando que iban a entrar si los delincuentes no se entregaban en 10 minutos.

-¡Te dije, Pérdida! ¡Te dije que esto era mucho para nosotros! ¡Hubiésemos afanado en la carnicería! ¡Nos estaríamos comiendo un costillar ahora! -

El Pérdida, que parecía ser la cabeza del dúo, intentaba pensar una estrategia para zafar una vez más de ir tras las rejas, pero los gritos de su compañero lo bloqueaban.

-¡Entreguémonos Pérdida! ¡Por favor! ¡Va a entrar la cana y nos van a meter adentro mucho tiempo! ¡Si nos entregamos capaz nos largan al toque! - sostenía El Ardilla.

Sin embargo, El Pérdida estaba decidido a mantener la posición y aguantar la embestida policial hasta el final. La discusión con su compañero se desató en medio del banco ante la presencia de los rehenes que miraban todo desde el piso con las manos en la nuca:

-¡Siempre fuiste un cagón Ardilla!-

- ¡Y vos siempre querés tener la razón Pérdida!

¡Porque soy el líder! ¡Vos siempre tenés miedo a algo Ardilla! ¿¡Por qué tenés tanto miedo?! ¡¿A qué?!-

- ¡A perderte, mi amor! - gritó el Ardilla y se hizo un silencio atroz. Hasta pareció que las sirenas de la policía se apagaron.

- ¿Que dijiste? -

-Eso Pérdida, que te amo, que estoy enamorado de vos desde que éramos wachines, desde el día que te vi afanando un chicle en el kiosco del colegio. Ya no me importa nada, no me lo guardo más- dijo el Ardilla en un tono más calmado y mirando a los ojos a su incrédulo compañero.

La tensión creció, pero ya no era por el atraco, ya no corrían riesgo las vidas de los rehenes, todo se transformó en una escena de la novela de la tarde. El Pérdida quebró el silencio con un llanto:

-Yo también te amo Ardillita. Te amo con toda mi alma, hermoso- respondió El Pérdida acercándose lentamente.

- ¡Besalo!- gritó un atrevido rehén.

Y así fue. Los delincuentes sellaron su amor con un beso de película bajo un aplauso ensordecedor del público. Claro está que entre ese público aplaudidor se encontraban los policías, quienes apresaron inmediatamente a los atracadores.

Desde el piso, esposados, se miraron y se juraron concretar ese amor. Sin embargo, fueron transferidos a cárceles de distintas zonas y nunca volvieron a cruzarse. 💔

Todos tenemos alguna historia parecida o nos contaron algo similar. Intentar es poder fallar y eso es lo que le da al romance un valor único, cuando falla es una anécdota, cuando se concreta es un momento. Por eso, pase lo que pase, siempre necesitaremos esa adrenalina única e irrepetible.


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