La leyenda del doctor Cueller y la luz mala


 

Rio Manso, ese pueblo en donde la tranquilidad era amiga del tiempo. Sin presiones, sin comodidades y sin lujos, pero con muchas historias, algunas más inverosímiles que otras, todas escalofriantes.

 El doctor Sebastián Cueller, llegó a Rio Manso una inusual mañana calurosa de abril junto a su esposa Catalina y su pequeña hija Dolores. A bordo de un Fiat 600 color azul metalizado, el doctor hizo su entrada triunfal al pueblo echando humo por todos los costados del vehículo, y llamando la atención de los expectantes pueblerinos.

Sin embargo, lo más llamativo, no fue el auto fundiéndose lentamente, tampoco el hecho de que finalmente un médico se instalara en el pueblo y los habitantes no tengan que viajar a la ciudad más cercana por cualquier inconveniente. Lo que realmente dejó a todos boquiabiertos fue la inusual estampa física que presentaba la familia Cueller. Todo lo que la naturaleza le había regalado intelectualmente al doctor Sebastián, se lo había quitado en la estética. Su figura casi circense, de un metro y medio de alto, se apoyaba en unos diminutos pies con forma de empanada y terminaba en una disimulada calva, con algunos pelos engominados intentando proteger la despoblada cabeza. Todo eso se completaba con un sobre peso notorio, y el toque final se lo daba su voz tan chillona que podía romper una copa con sólo susurrar.

Su esposa Catalina, el polo opuesto en cuanto a belleza hegemónica se refiere. Como salida de una película de princesas, alta, delgada, de nariz respingada y cabello lacio casi hasta la cintura, dorado como la primera cosecha de maíz. Sus ojos eran como un laberinto de diferentes colores que variaban según el reflejo del sol. Algunos hombres de la zona, aseguraban haber visto los árboles del bosque sonrojarse al ver la sonrisa que parecía vivir las 24 horas del día en el rostro de Catalina.

El trío Cueller se completaba con la pequeña Dolores, de ojos saltones y cabello castaño oscuro. Tan blanca era ella, que, al pararse al borde del río, fácilmente podía camuflarse con las esponjosas nubes que se avistaban en el horizonte. Algunos decían que era muda, pocas veces se la oía hablar, y acompañaba a su madre en todos los mandados diarios.

Sebastián Cueller era un hombre de pocas palabras, pero de vasto talento para la medicina. Tímido a primera impresión. Dejó la ciudad en busca de algo de tranquilidad y respeto, pues en su antiguo trabajo no dejaba de ser objeto de burla y su trabajo quedaba oculto en el plano del olvido. No obstante, el pueblo de Rio Manso, no fue el mejor lugar para cumplir dicho objetivo, pues la gente que allí habitaba, iba a ser quizás más malévola que la que antes frecuentaba, aun sabiendo que este hombre podía ser una gran herramienta para todos. 

La gente del pueblo y alrededores comenzó a visitar el pequeño consultorio que el doctor Cueller montó en su casa. El hombre lo curaba todo, o al menos eso intentaba. Era común recibir una bandeja de galletas por parte de la siempre sonriente Catalina en la sala de espera. También era frecuente ver a la extravagante Dolores asomándose detrás de alguna puerta con su expresión siempre atónita. 

No faltó caballero en Rio Manso que no preguntara a Catalina sobre su relación con Sebastián. Ella, siempre salía con distintas versiones, siempre esquivando la peculiar figura de su marido: "lo quiero porque es talentoso" "es protector" "me quiere" "es el padre de Dolores" eran algunas de las frases que soltaba ante la insistencia de los incrédulos pretendientes.

La vida de los Cueller transitó en el pueblo entre burlas escondidas y atenciones médicas de todo tipo hasta aquella noche fatídica en la que Sebastián decidió ir a beber solo a la taberna del pueblo, y todo cambió para siempre.

La noche era fría, extremadamente fría. Cualquier abrigo parecía insuficiente. La niebla caía sobre el centro del pueblo dificultando la visión a corta distancia. Los árboles se meneaban abruptamente y el viento entonaba notas agudas. Con semejante panorama tétrico, Sebastián pensó que nadie habría en la taberna, y así podría disfrutar de una cerveza en soledad y lejos de las burlas. 

Cueller, ostentaba una gran inteligencia para la medicina, pero un enorme desconocimiento del comportamiento humano en soledad, no pudo prever que aquellos pueblerinos borrachos no iban a dejar de ir al bar ni aunque el mundo se cayera abajo, y allí se encontró con el establecimiento lleno de hombres entonados por el alcohol. Ya no valía la pena volver después de haber cruzado todo el bosque a pie para llegar hasta ahí, además, sincerándose consigo mismo, Sebastián no tenía la capacidad física para recuperarse tan rápido y emprender el regreso, así qué simplemente decidió sentarse e intentar pasar lo más desapercibido posible.

Poco tardaron los brabucones de turno en identificar la inconfundible figura de Cueller en un rincón. Rápidamente arrimaron sillas y se le sentaron alrededor. El doctor, siempre tímido e introvertido, no se opuso, y saludó a todos con su voz chillona. 

Aquellos varones del lugar, solían molestar al doctor, aprovechándose de su nula defensa, quizás por envidia o quizás por simple estupidez. Pero esa noche decidieron llevar todo un poco más lejos, y hacer que el pobre de Sebastián tenga el susto de su vida. 

Tomás, el herrero y líder de la banda de brabucones, tomó la iniciativa:

-Doctorcito ¿usted conoce la leyenda de la luz mala? - 

-Ehhhh, no, no. No me gustan mucho esas historias de miedo- respondió Cueller mientras su vaso derramaba cerveza por el constante temblequeo nervioso. 

- ¡No sea cobarde doctor! Con todas las cosas que usted ve a diario, no puede asustarse con una historia para niños-

Sebastián, ya resignado y evitando cualquier tipo de problemas, creyó conveniente aceptar escuchar la leyenda, aguantarse todo el miedo y que esos tipos se fueran lo antes posible. Automáticamente, Tomás, empezó a narrar:

-Muchos hombres aseguran que este pueblo está maldito. Que el bosque está encantado, y que allí, la gente se encuentra con la luz mala. Usted podrá haber escuchado cientos de historias sobre eso, pero puedo asegurarle que todas tienen su raíz aquí, en Rio Manso. Por las noches, en el bosque, la luz mala ataca a quienes caminan en soledad. Pocos saben explicar de que se trata puntualmente, pues la mayoría de los que se toparon con el fenómeno, quedaron orates, eso si tuvieron suerte. Sin embargo, algunos pudieron contar lo que vivieron. En medio de la noche, y entre los árboles del bosque, aparece una pequeña luz, que parece lejana, pero que estrepitosamente se hace enorme, acompañada de un sonido parecido a los cantos guturales, la luz envuelve a esas personas y les presenta ante sus ojos el peor de sus miedos, el terror de sus vidas, no hay escape, ni manera de no mirar. Son minutos, quizás segundos, pero que parecen una vida entera. Usted, Cueller, tiene que volver caminando por el bosque a su casa ¿no? Pues tenga mucho cuidado, y si ve una luz, por más pequeña que parezca, corra por su vida, y por su salud mental. -

Cueller guardó silencio, se levantó de su silla y todos pudieron ver como el pobre se había orinado encima del susto. Las risas no tardaron en retumbar en toda la taberna, y el doctor salió corriendo humillado rápidamente. Miró el bosque, tomó aire, y decidió cruzarlo lo más rápido posible, con el único objetivo de llegar a su casa, alistar a su familia y abandonar para siempre ese pueblo de ingratos.

El camino a pie tomaba unos 15 minutos, pero el estado de Cueller hacía que sean 25. Sin embargo, apretó el paso al máximo, exigiendo a sobre manera sus piernas cortas. "Todo es sugestión, nada de lo que vea o escuche puede ser real" se repetía en su cabeza una y otra vez.

El viento golpeaba velozmente la copa de los árboles, y la luna, quizás su única guía luminosa, desaparecía constantemente detrás de los espesos nubarrones que anunciaban la inminente tormenta. El doctor, apuraba su paso cada vez más, ya casi trotando. Por momentos con los ojos cerrados, por si acaso.

Ya corriendo a su máxima velocidad posible, uno de sus zapatos se atoró en una rama, y Sebastián cayó de bruces. En ese momento sin poder desatorar su pie, pudo ver entre dos árboles una pequeña luz, que parecía ser una linterna lejana. Cueller, desde el piso, jugó la carta de la lógica y gritó "señor o señora de la linterna, necesito ayuda". Pero nadie respondió, la luz comenzó a crecer, y el doctor se desgarraba el pantalón, intentando zafarse de alguna manera. De pronto, el ruido gutural, una especie de voz ronca, haciendo un sonido indescifrable. La luz creció y en un par de segundos envolvió a su víctima que apretó fuerte los ojos.

Al abrirlos, se encontró con una obscuridad absoluta, y frente a él, su máximo terror: pudo verse a sí mismo, con las manos manchadas de sangre, y una sonrisa maquiavélica, una expresión completamente aterradora. Gritó tan fuerte que todos los vecinos del pueblo escucharon.

Al día siguiente, todos se encontraron con la espantosa escena: colgado con su cinturón de un árbol, se encontraba el cuerpo sin vida del prestigioso doctor Sebastián Cueller. Catalina, su amada esposa, se abrió paso entre los policías y los morbosos de turno, para reconocer el cuerpo de su marido. Lo miró desde abajo, y sin decir ni una palabra, dio media vuelta y volvió hacia donde la esperaba su hija Dolores. La abrazó fuerte, la miró y con una sonrisa enorme le dijo: "se terminó la pesadilla hija, somos libres". Se fundieron en un abrazo conmovedor.

Nadie en el pueblo se animó a preguntar que clase de bestialidades había llevado a cabo Cueller con su familia. Catalina y Dolores vivieron durante todas sus vidas en Rio Manso. Felices y agradecidas.

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