Ese martes 13

 


Ese martes 13 fue transcendental para él. Lo cambió para siempre.
El despertador sonó 40 minutos antes, así lo programó él. Semejante fecha espeluznante ameritaba salir con más tiempo y evitar los eventuales imponderables. Además, se pronosticaba lluvia, y había que ganarle a ese fenómeno. Para completarla, su jefe, ya le había advertido que no volviera a llegar tarde si no quería tener problemas.


Se levantó de la cama con el pie derecho (por supuesto), fue directo al baño a lavarse los dientes, sin ponerse nada de ropa, respetando todas las cábalas. Tocó las ruedas de la bici, infladas. Todo listo, ahora había que ganarle al día.


Salió con fe, confiado. Treinta cuadras separaban su casa de su trabajo. En la mitad exacta del camino, no vio un pozo enorme, y se fue al piso con bici y todo. Sólo unos raspones, nada grave, lo más complicado era el destrozo de la rueda delantera del vehículo. No quedaba otra que llevarla en andas hasta su trabajo, no había tiempo de dejarla en algún lugar para ser reparada.


Apretando los dientes de los nervios y apurando el paso, avanzó como pudo, esperando que al menos el cielo amenazante no suelte el agua antes de estar refugiado. Cosa que obviamente no sucedió, a los pocos metros, la lluvia torrencial se hizo presente, empapando de pies a cabeza al pobre muchacho, que solo llevaba una hora despierto.


Empapado y exhausto, llegó con el último aliento hasta su lugar de trabajo: -“veinte minutos tarde señor, última vez, la próxima directamente no entre y espere en su casa el telegrama de despido”- se escuchó la voz de su cruel patrón. El día laboral fue una tortura, lo hicieron subir y bajar escaleras sin descanso, como una forma tácita de castigo. Para completarla, sus auriculares dejaron de funcionar, y no pudo escuchar la radio en todo el día, sintiéndose más sólo y vulnerable. Ese martes 13, ya se ubicaba entre los más duros de su historia.


Terminó la jornada laboral, se cargó la bicicleta al hombro y emprendió el camino hacia la bicicletería, en busca de una solución. Por suerte, al menos en ese momento, el cielo amenazaba, pero no llovía.


Llegó a destino y entregó el vehículo a un pelado grandote y engrasado, que parecía ser el dueño y único empleado del lugar. El hombre agarró la bici desde el cuadro, la miró, la dio vuelta, la siguió mirando, puso sus mejores caras de preocupación y lanzó: -esto está todo torcido, acá hay que arreglar el cuadro entero, y además cambiar cámara y cubierta de la rueda que metiste en el pozo… mmm… ponele que te va a estar saliendo todo alrededor de 8 lucas, y la tendrías más o menos para el mes que viene-. El muchacho, ya resignado y sin ningún tipo de espíritu de lucha, agachó la cabeza, asintió y se fue del lugar, una vez más apaleado por ese martes 13.


Diez pasos llegó a dar, los contó, antes que nuevamente la tormenta se largue sobre su ser. El camino a casa era largo, y los taxis que pasaban parecían hacerse eco de alguna canción y no lo querían por estar mojado. O quizás estaban atentos a levantar pasajeras femeninas.


Llegó a su casa abatido, arrastrando los pies ampollados, completamente empapado, estornudando, con el alma en un pozo. Abrió la puerta con la lentitud de un hombre sin ganas de nada. Su perro vino corriendo a saltarle, como si hiciera meses que no lo veía, demostrándole todo el amor que un ser vivo puede demostrar. Las dos gatas, que nunca mostraban demasiado interés en nada, al menos levantaron la cabeza desde la comodidad de su sillón calentito, e hicieron una expresión que parecía decir “no nos molesta que estés acá “. Y ella, su compañera de vida, lo atajó con un toallon, lo secó y le dio un abrazo y un beso. Lo invitó a sentarse en la mesa a tomar un café espumoso que ya tenía preparado y a comer unas facturas que recién traía de la panadería.
Ese martes 13, aquel hombre, se dio cuenta, que era la persona más afortunada del mundo.


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