Cuatro historias sobre un cuarto de helado
Algunas
veces me han preguntado de donde saco las ideas para escribir cuentos, o en que
me baso o en que me inspiro. Claramente, como cualquier movimiento artístico, es
difícil encontrar una sola respuesta a eso. Sin embargo, una de las respuestas
más ciertas que puedo dar, es que observo mucho. En cualquier momento, en
cualquier situación, los detalles son los que hacen a las historias. Un gesto,
un objeto, un nombre, una anécdota, todo puede tener detrás una historia
fascinante, sólo hay que imaginarla.
Hace unos
días, volvía caminando del trabajo, y me encontré con algo genial, simple, pero
totalmente enigmático: apoyado en un árbol de la calle, reposaba un tarrito de
telgopor, destapado, con un cuarto de helado entero adentro, derritiéndose bajo
el sol. Quizás a nadie le hubiese llamado la atención, pero a mí me pareció
fantástico ¿como alguien deja abajo del sol un cuarto de helado completamente
entero? ¿Que le sucedió a ese delicioso postre para finiquitar su vida
haciéndose agua junto a un árbol y no siendo disfrutado por un ser vivo?
Aproveché
todas esas preguntas, y en el camino que restaba hasta mi casa imaginé cuatro
historias cortas sobre que pudo haber pasado con aquel cuarto de helado.
🍦
No fue un
día cualquiera para Francisco. Aquel, particularmente había recibido en el
colegio más bulling del que recibía casi diariamente. El pobre había resistido
estoicamente toda la secundaria recibiendo maltratos, pero ese día, ese maldito
día, todo fue peor.
Laura, su
única amiga, la que lo defendía de los ataques y de la que él estaba enamorado
en secreto, había faltado al colegio, y el pobre Francisco tuvo que pasar la
jornada entera sufriendo todo tipo de acosos y sin su amada secreta.
Cuando la
campana sonó, y los chicos salieron a la calle, Francisco tomó la decisión más
importante de su vida, nunca en sus 17 años había pensado en hacer algo así:
declararle todo su amor a la bella Laura, terminar con el sufrimiento y
comenzar una vida nueva.
Sabía que
su amada era fanática del helado, así que, antes de pasar por su casa, se
detuvo en un local que quedaba de camino, y compró un cuarto, para comerlo
junto a ella y ahí declarar todos sus sentimientos.
Cuando
llegó a la casa de Laura, todo fue un trauma. Pudo verla en el balcón de su
primer piso, sentada en una reposera tomando sol, detrás de ella, un muchacho
mucho más grande, de barba y tatuajes, haciéndole masajes y dándole besos en el
cuello. Francisco sintió que el peso del mundo entero caía sobre sus hombros.
Pudo identificar un tsunami de lágrimas subiendo de manera catastrófica desde
su corazón hasta sus ojos. Dio media vuelta a la esquina, y dejó el pote de
helado junto a un árbol, derritiéndose al sol, igual que su alma.
🍦
La feliz
pareja volvía de una manifestación contra la utilización de productos en
animales de prueba. A bordo de sus bicicletas, mirándose, hablando de los
libros que iban a ir a comprar, siendo felices en su universo romántico.
Ataron
sus vehículos con una cadena un tanto vulnerable, e ingresaron a la librería.
Él compró "la verdad del capitalismo" y ella "por qué las rosas
se marchitan más rápido en países sub desarrollados". Salieron tomados de
la mano, mirándose a los ojos, completamente envueltos entre sí.
Yendo a
buscar sus bicicletas, pudieron ver en la esquina un niño sentado, sólo. Se lo
podía ver descuidado, sucio y hambriento. El pequeño tenía un cartelito donde
indicaba que necesitaba cualquier tipo de ayuda para llevar a su casa.
La feliz
pareja no pudo pasar por alto semejante imagen, y decidieron ayudar. No sin
antes tener un largo debate sobre las obligaciones del estado y como deberían
ayudar a ese pobre niño. Después de muchas idas y vueltas, llegaron a la
conclusión de que si le daban dinero, posiblemente, el joven, lo iba a llevar a
su hogar y quien sabe que pasaría con esa ayuda. Así que tuvieron la brillante
idea de comprarle un cuarto de helado y dejárselo.
El nene,
al ver semejante regalo, se emocionó tanto hasta llenar sus ojos de lágrimas.
Abrazó a los jóvenes quienes se fueron de inmediato publicando una foto del
hecho en sus redes sociales.
El niño
abrió la tapa y se dispuso a disfrutar de su tesoro. Comió el primer sabor,
menta granizada. Rápidamente pasó al segundo, quinotos al whisky, depositó
todas sus esperanzas en el último sabor, sambayon.
Decepcionado
y asqueado, el pequeño, dejó el cuarto de helado entero junto a un árbol.
Olvidado, igual que él.
🍦
Don Cosme
y doña Luisa, eran el ejemplo de amor eterno. Todos en el barrio los conocían y
los admiraban por la hermosa pareja que conservaban después de 55 años de
casados. No dejaban de decir lo felices que eran, se besaban en público, se
miraban a los ojos, se hacían reír y caminaban tomados de la mano haciendo
juntos los mandados.
Un día,
sin previo aviso, la parca se llevó a doña Luisa, murió durmiendo. La vida de
don Cosme se transformó en un completo vacío, más allá del cariño de sus hijos
y nietos, su corazón estaba partido, le faltaba una mitad.
Aquella
tarde, Cosme, decidió recordar a su amada Luisa, todos los viernes, sin
importar el clima que hicera, ellos iban tomaditos de la mano hasta la
heladería, compraban un cuarto de helado y lo comían en el camino de regreso a
casa.
Don Cosme
compró su cuartito de helado y emprendiendo el regreso a su hogar, comió dos
cucharadas entre lagrimas. El nudo en su garganta no dejo pasar ni un bocado
más.
Cosme,
comprendió que nunca fue el helado lo que hacía especial aquellas tardes.
Entendió que lo material se puede comprar, pero lo que no se compra son los
momentos, y aquellos momentos con su amada, jamás iban a volver.
Apoyó el
helado en un árbol, y lo dejó morir, igual que murió su amor.
🍦
Paula
salió de la oficina al grito de "¡por fin viernes!". Se revolvió el
pelo, se cambió los zapatos por unas ojotas, se colocó las gafas de sol, se
puso los auriculares con un disco de reggae y emprendió su caminata hacia
ningún lugar.
El sol
que le acariciaba la cara, y el hecho de que ese era exactamente el momento más
lejano a volver a trabajar, hicieron propicio el momento para prender un porro
y celebrar. Así, la caminata de Paula se hizo perfecta.
Un
helado, pensó Paula. Un helado sentada bajo la sombra de un árbol sería
perfecto. Así que, sin dudarlo, entró y compró un cuarto, con los sabores más
empalagosos que la carta ofrecía.
Se sentó,
acomodó con unos pequeños movimientos su espalda contra el árbol para que las
cortezas no le molesten, y comió los primeros dos bocados. No tardó mucho en
sentir sed, y el plan perfecto ahora necesitaba una coca bien fría. Apoyó el
helado en el árbol y caminó hasta la esquina donde había un kiosco.
Al
salir del negocio, dio los primeros sorbos de la azucarada gaseosa y sintió que
todo era perfecto, así que, se fumó una seca más, volvió a ponerse los
auriculares y se fue contenta a la casa, tomando su coquita y olvidando el
helado en aquel árbol.
Paula,
aquella tarde perdió un cuarto de helado entero, pero ganó otra anécdota más para
su colección.
🍦
Nunca
sabremos cual fue la realidad de ese helado abandonado, ni tampoco es tan
importante.
Las
historias están ahí, siempre, frente a nuestros ojos, sólo hay que saber
verlas, antes de que se derritan.
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