¡Me entraron en casa!
La
noche prometía ser perfecta. Habíamos pintado sobre un lienzo imaginario, el
plan ideal. Ya a las siete de la tarde, el invierno respondía a su lógica y nos
prestaba un oscurecer tempranero. El cielo se manchaba cada vez más de nubes
espesas en diferentes tonos púrpura. A lo lejos comenzaban a oírse los primeros
truenos, como tanques avanzando a nuestra trinchera. En la heladera ya teníamos
las provisiones de la ocasión: una caja de ravioles, tomate, ajo, cebolla,
pimiento, carne picada, un pote de crema, un quesito de rallar y un malbec
reserva que esperaba agazapado en un mueble, ansioso de ser descorchado en un
acontecimiento como este.
Las
primeras gotas gruesas ya golpeaban contra el balcón. Ella se paseaba por mi
humilde departamento de noveno piso, en pijama, con una remera larga mía,
marcando figuras abstractas con sus pies descalzos sobre el piso de madera
flotante, meneando lentamente la cabeza al ritmo de una música de fondo que
marinaba perfecta con la escena. La tomé de la cintura, asomé la cabeza por
detrás de su hombro y juntos contemplamos por unos minutos la ciudad ya
empapada por la lluvia. Nos sentíamos refugiados y hermosos.
El
círculo parecía cerrarse de manera perfecta teniendo en la habitación la tele
esperando en pausa con el estreno de la tercera temporada de nuestra serie
preferida. Decidimos entonces, ver un capítulo antes de empezar a cocinar las
pastas. Nos tiramos en la cama pegados y le dimos "play".
El viento
azotaba la ventana con una fuerza que aparentaba ser huracanada, pero nosotros,
ya acostumbrados a que en semejante altura, el viento parezca más fuerte de lo
que en realidad es, no le hicimos caso, y subimos el volumen de la serie, para
escuchar mejor. Fue en ese momento, en ese instante fatal, donde toda nuestra
paz se rompió en mil pedazos. Una sola secuencia nos vulneró por completo y la
noche pasó a ser una absoluta pesadilla.
Algo
golpeó con fuerza la parte de afuera del aire acondicionado, la que daba a la
calle. Acto seguido, en una cuestión de segundos, pude ver como por el mismísimo
frente del aparato entraba la criatura, ese ser despreciable, el nocturno chupa
sangre, la rata alada, un murciélago.
Entró
volando a toda velocidad, con las alas completamente desplegadas, en ese
momento lo vi de unos tres metros, grande como un aguilucho. Salté de la cama
como si mi espalda y mi culo estuvieran conectados a un aparato de propulsión.
No tuve tiempo de gritar, ni decir nada, tampoco me importó que mi compañera quedase
dentro de la habitación y sea devorada por la bestia, mi instinto fue correr
hasta el living. Ella, sin entender bien que pasaba, corrió atrás mío, cerramos
la puerta con todas las fuerzas y nos sentamos en el piso a procesar la
situación.
Las manos
me sudaban a mares. Ver a mi compañera con un intenso blanco pintado en su
rostro no me ayudaba. Todas las señales conducían a un inminente desmayo. Sin
embargo, mi masculinidad se activó, y me paré para diagramar un plan de batalla
y no dejar que el enemigo tenga tiempo de planear su estrategia.
Abrí la
puerta con extrema suavidad, para que el picaporte no haga ruido, la empujé
unos centímetros hasta que mi ojo pueda tener un panorama del interior de la
habitación. Y ahí lo vi, volando en círculos a toda velocidad. Cerré con todas
mis fuerzas y me volví a sentar.
Ella no
aportaba demasiado. Y las pocas frases que llegaba a esbozar no sumaban en
nada: "Tranquilo, llamamos a alguien que lo saque" "Nos podemos
ir a dormir a otro lado" "Vos no tenes que hacer nada, no te sientas
obligado". Mi último resabio de machismo primitivo se veía azotado una y
otra vez con casa palabra que yo recibía con total indiferencia. A partir de
ese momento comencé a convencerme de que esta situación no tenía otra salida
que no fuera enfrentarme a el monstruo y capturarlo, vivo o muerto.
El primer
punto de mi estrategia consistía en ingresar medio metro a la pieza para
alcanzar el interruptor de la luz y así encenderla, eso en mi lógica indicaba
que iba a sacar de su confortable oscuridad al bicho y por ende se quedaría
quieto. Así lo hice, tomé aire, y en un movimiento veloz y preciso logré
entrar, prender la luz, volver a salir y cerrar la puerta, sin mirar al enemigo
que continuaba con su vuelo amenazante. Punto para el equipo humano, chocamos
las manos y celebramos nuestra primera victoria.
El paso a
seguir, dependía pura y exclusivamente del resultado del encendido eléctrico.
Asi que, unos diez minutos después, abrí la puerta y observé la escena: el
murciélago ya no volaba. Mi estrategia había dado resultado. Observé el
panorama de punta a punta y lo localicé. Estaba apoyado en la cortina blanca,
haciendo un contraste perfecto. Parecía una pelota de futbol en el verde
césped.
Que esté
en la cortina me daba una ventaja tan grande como el miedo que me daba tener
que hacer lo necesario para utilizarla. Detrás de esa cortina se encontraba la
persiana, cerrada de momento, y junto a la persiana, una especie de manivela
con la que se levantaba y bajaba la misma. No había que ser un genio para
asumir que lo que había que hacer era levantar esa persiana para que el animal
vuele nuevamente hacía la libertad.
Me tomé
más o menos media hora de preparación física y mental. Durante todo ese tiempo
miré que no se moviera ni un milímetro. Llegado el momento en el cual mi
necesidad de resolver la situación, le ganó a mi miedo, actué.
Me
acerqué caminando como los ninjas de las películas, sin hacer ni un mínimo de
ruido al pisar. Todo el tiempo con la vista fija en el bicho y la mano extendida
en dirección a la manivela que se encontraba a metro y medio del mismo. Tomé la
manivela con la mano izquierda, e incliné todo el cuerpo hacia el lado
contrario, para realizar la acción lo más lejos posible de mi enemigo. Di la
primera vuelta, la persiana comenzó a ascender, seguí lentamente, sobre la
mitad de la subida el mecanismo hizo un ruido que provocó un lento pero
atemorizante movimiento corporal del murciélago, me frené, junto con mi
corazón. Volví a respirar profundo y terminé de levantarla. Automáticamente
corrí a la base, el living, feliz por mi acto de heroísmo y a la espera de una
victoria asegurada.
Fui
felicitado por mi compañera que me abrazaba como a un héroe de guerra. Pasados
unos minutos decidí entrar para observar la situación. La imagen del murciélago
posado exactamente en el mismo lugar, me heló la sangre. En ese momento
comprendí que nada de lo que venía iba a ser fácil. Y que aquel indeseable
visitante no tenía la más mínima intención de abandonar mi hogar.
Opté
entonces por comenzar con los actos de contacto y agresión. La idea era
arrojarle un objeto semi contundente, intentar no golpearlo, y que ese susto lo
haga volar para afuera. Rápidamente tomé un toallón de esos pesados y gruesos,
lo hice un bollo e ingresé nuevamente al campo de batalla. La cortina se volaba
por el viento tormentoso que entraba, y el tipo seguía ahí aferrado. En ese
momento comprendí que además del terror que me invadía por lo que estaba
haciendo, la situación de había convertido en una batalla contrarreloj. Debía
actuar rápido, para que la persiana completamente abierta no dejara entrar más
visitantes, lo cual desencadenaría en mi deceso. Así que, sin mediar palabras,
apunté el bollo como un jugador de bochas y lo lancé, golpeando medio metro por
debajo del murciélago. Automáticamente, este salió volando, pero nuevamente en
dirección a la pieza. Salí corriendo a toda velocidad, salté en palomita como
si detrás de mí explotara un edificio como en las películas, mi novia cerró la
puerta rápidamente, y volvimos a foja cero.
La lógica
indicaba que sólo voló por el susto, pero que en cuestión de minutos la
claridad de la luz iba a hacer que vuelva a posarse en algún lado, y así fue.
Volví a entrar pasados los minutos y estaba clavado en la puerta del placard, alto,
como a 1, 90 del suelo. Ese mueble estaba directamente en la otra punta de la
persiana abierta, así que aproveché esa ventaja y tras un rodeo con la espalda
en la pared y sin sacarle la mirada de encima a aquel monstruo, pude alcanzar
nuevamente la manivela y levantar la persiana para evitar nuevas desgracias.
Hecho esto, volví a la base a pensar.
Mi
compañera estaba ya prácticamente vestida para irse, el hecho de que el
murciélago se encontrara pegado al placard a casi dos metros, marcaba una
desventaja abrumadora. Yo, ya al borde del llanto, le pedí que me diera unos
minutos más, que yo no iba a perder esa batalla.
Ya había
pasado la medianoche, y la cuestión parecía no tener salida. Por más que le
diera vueltas, las opciones seguían siendo dos. Eliminarlo con un golpe fatal,
que quizás dañe también el placard, o... y me vuelvo a persignar... agarrarlo y
sacarlo.
Hay
momentos de la vida que uno imagina como lejanos, insólitos, terribles, los
pone como situaciones hipotéticas en una reunión de amigos para ver que haría
cada uno. Pero en el momento que llegan, que se hacen realidad, que ya son una
posibilidad concreta y necesaria, todo se vuelve negro, y se puede sentir lo
espeso del miedo corriendo por las venas y desembarcando en un apretar constante
de dientes. Uno de esos momentos era enfrentar cara a cara a un murciélago
gigante y quizás agarrarlo. Por eso, tomé la decisión que menos orgullo me
daba: agarré el toallon y lo metí en la ducha para hacerlo bien pesado, un tiro
certero sobre el cuerpo del animal, terminaría con todo, aunque no de la manera
más leal.
Me
acerqué a la escena con mi arma en mano, me paré sobre la cama y por primera
vez lo vi a la cara. Nos miramos, sus ojos blancos se clavaron en mi mirada
perturbada, las manos me temblaban, apreté el toallon con todas mis fuerzas,
cargué potencia... pero no pude. Mi maldita moral, una vez más, se interpuso
ante un acto poco honroso pero enriquecedor. Volví a la base.
Mi
compañera me vio derrotado, caído, fundido. Ya tenía la presión baja, me acosté
en el suelo, todo era tristeza, ella ya estaba parada casi en la puerta para
emprender la cobarde retirada. Me paré después de un buen rato de recuperarme,
ya serían más de la una de la mañana. Tomé la decisión, la miré a los ojos, me
agarré la cara fuerte y le dije: -Lo voy a agarrar-
Me
preparé psicológicamente durante un largo rato, me acerqué de a poco, entrar en
la habitación ya no era un problema, lo miré de cerca, ese toallon que iba a
ser un arma letal, sería finalmente un instrumento de rescate. Me paré en la
cama, lo miré y no pude, volví al living.
La
situación ya era completamente estresante, las horas seguían corriendo, mi
novia se impacientaba y mi hombría fallecía lentamente. Ingresé varias veces
más a la pieza, sólo a mirar, a estudiar la quietud de mi enemigo. Fue entonces
cuando descubrí que una de las cosas que me frenaba era mi desnudez física.
Entonces, me puse un buzo bien grueso, gorra, barbijo y lentes de sol. Cubrí
todo mi cuerpo para que no quedase un centímetro de piel al descubierto. Y ahí
fui decidido a por él.
Entré con
una caminata ya heroica, de esas que te las imaginas en cámara lenta, con tres
planos distintos y humo saliendo de atrás. Me subí a la cama una vez más, nos
miramos. Antes de lanzarme al duelo, le ordené a mi compañera que en la otra
punta de la casa mantuviera abierta la puerta balcón, para correr hacía ahí y
lanzarlo a la libertad. Le pedí también que despeje el camino, para correr lo
más rápido posible.
Tomé
aire, y apoyé mis manos a través del toallón alrededor del bicho, lo agarré.
Grité fuerte y salí corriendo al balcón. Fueron los segundos más largos de mi
vida, durante la corrida imaginaba la mordida en mis dedos. Imaginaba una vida
de vampiro, durmiendo en un ataúd y chupando sangre por las noches.
Llegué a
la meta y lo tiré con toallón y todo, me di vuelta, mi compañera corrió hacia
mí. Nos arrodillamos y nos abrazamos como el chocho Llop y el gringo Scoponi en
la final de la bombonera. Se me caían las lágrimas. Me sentía realizado, un
héroe.
Pero todo
se vio interrumpido por un pensamiento intruso. Vi a mi novia muy jolgoriosa
frente a mí y deduje que si ella estaba ahí y yo no había cerrado la puerta
tampoco... giré la cabeza muy lentamente y vi como el murciélago entraba
caminando como un mini señor de 80 años. Finalmente dormimos en el hotel de
alojamiento que quedaba enfrente.
Al otro
día, vino mi cuñada, y en un acto símil Pocahontas, lo tomó con las manos, sin
telas de por medio, le dio un besito en el lomo y lo dejó libre.
Para mí,
fue una victoria con sabor amargo.
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