Las vueltas

 


Primera vuelta: Estoy chiquito, deduzco que tengo unos 4 o 5 años. Tengo puesto ese delantal color azul con el bolsillo grande bordado en rojo con mi nombre. Meto las manos en el bolsillo y toco unas galletitas de anillito sabor limón, seguramente me las aparté en el desayuno por si más tarde me vuelve a dar hambre.

La veo pasar a ella. A la que me tiene loco, la que sonríe y me hace cosquillitas en la panza. Hoy la miré todo el día en el sube y baja. Esta vez viene hacia mí. La tengo enfrente, me toma las dos manos, se le resbalan por mi sudor, aunque no hace frío. Me mira fijo con esos ojos verde esmeralda y me dice: -¿querés ser mi novio?-

Tengo ganas de decirle que sí, de agarrarla de la cara y darle un pico. De preguntarle a mi mamá si me puedo ir a vivir con ella. Tengo la necesidad de sacarme el corazón y regalárselo. Pero soy muy chiquito, todo eso no corresponde. Freno, y me voy corriendo al baño a llorar. 

Segunda vuelta: El delantal cambió de color, ahora es blanco, pero tiene manchas de sangre. Me duele mucho la nariz. Ese pibe me volvió a pegar. Es un año más chico que yo, pero tiene más calle, y además tiene un hermano más grande que lo defiende de todo. 

Me paro y está ahí, con sus amigos, riéndose de la trompada que me dio. Todos mis compañeros me miran levantarme lentamente. El acosador me mira, se golpea la mejilla y me pone la cara a un metro, incitándome a que le devuelva el golpe. Aprieto el puño con fuerza, cierro los ojos bien fuertes, pero no. Freno, pelear está mal. 

Tercera vuelta: La pelota cayó en el patio de don Chiche. Ese viejo que antes era bueno pero desde que murió la esposa se volvió una basura, nos echa de la puerta de su casa, nos pincha las pelotas con cuchillos, llama a la policía, nos hace la vida imposible. 

No es cualquier pelota, es la del mundial. Me la compró mi papá rompiéndose el lomo en la fábrica todo el año, sólo para darme el gusto. 

Los pibes me alientan a saltar el tapial y buscarla. El miedo me invade, pero igualmente me elevo y me cuelgo con la punta de los dedos. Me gana el terror. Entrar en la casa de alguien sin permiso está mal. Freno. Veo al viejo chiche haciendo mierda mi pelota con una cuchilla de carnicero adelante mío, sonriendo.

Cuarta vuelta: Desde afuera se escuchan los primeros acordes. Ya está por empezar el show de nuestra banda preferida. Nosotros estamos con los pibes en la vereda, sin entradas. Nadie tiene laburo, y los que tienen son changas y con eso compramos las birras.

Todavía queda mucha gente afuera y el recital ya empieza. Uno de la fila grita: -¡dale cornudo dejá pasar! Un policía reacciona y le pega con la cachiporra. En cuestión de segundos todo se desmadra. Empiezan las corridas, gases, balas de gomas, los molinetes destruidos y la muchedumbre entrando sin respetar protocolo alguno. Miro, estoy a punto de correr hacia adentro. Freno. Pienso que a mi me van a ver. Me perdí el último recital de la banda. Murió el guitarrista a la semana, y no volvieron a tocar.

Quinta vuelta: Ya tengo mis primeros tatuajes, paso la adolescencia. Mi amigo el Tano se va para Italia a probar suerte, dice que tiene unas changas allá y que podemos conseguir los papeles. Es mi mejor amigo, ya lo extraño antes de que se vaya. Me pide que vaya con él, lo pienso, me muero de ganas. Acá tengo un laburito fijo de 8 horas en blanco. Freno. No quiero perder lo que tengo. El Tano vive allá hace más de 20 años, está podrido en plata.

Sexta vuelta: Mi hijo más chico me pide una batería para su cumpleaños, sueña con ser músico. Sacando algún crédito chiquito y pateando algunas cosas para otro momento se la puedo comprar. Me encantaría verlo haciendo lo que lo hace feliz. Freno. Tengo miedo de endeudarme. Esa carita de decepción cuando vio que su regalo era una remera y un jean, me quedó clavada por varios años.

Séptima vuelta: Estoy cerca del presente, hace unas horas atrás, fui a comer al pueblo, a la casa de mi hermano, mi sobrino acaba de tomar la comunión y lo estamos festejando en familia. Mi cuñada me ofrece una copa de vino. Hace un montón que no me tomo un vinito en familia, y me encantaría soltar la lengua un rato y hacer esas bromas tontas que se hacen solo con los de más confianza. Freno. Hay que manejar en la ruta a la vuelta.

Octava vuelta: La última, en esta vuelta ya no soporté más, la cabeza me golpeó contra algo, el alma se me desprendió del cuerpo. Veo desde arriba mi auto hecho añicos. Un segundo de distracción. Quise pasar al camión de adelante, hice un mal cálculo. Esta vez, no frené.

La vida se va en una mala maniobra, en un segundo de decisiones equivocas, o en una enfermedad impensada. Hay que apretar el freno, solamente cuando de eso depende nuestra vida o la de alguien más. Después, siempre con el acelerador, para no quedarse con las ganas.


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