El hombre sustantivo
Por ese bar pasaron todo tipo de personajes y situaciones que escaparon a la realidad, la dignidad y la cordura. De un momento a otro podía entrar una piñata cargada de porros y preservativos, o una manada de gente en bicicleta llevando por delante todas las mesas con el permiso del dueño del lugar. Podías encontrar gente semi desnuda, alguno que otro metiendo los pies en una palangana o un Goofy gigante tomando cerveza caliente por debajo de la máscara. Las noches en ese hermoso antro de rebelión, respeto y paz, quedaron guardadas en mi memoria para siempre.
Por
muchos años transité esos pagos, era habitual mi presencia, hasta cumplí mi
sueño de sentarme en la barra y decir: "cantinero, lo de siempre". En
esas largas noches/mañanas, conocí todo tipo de personaje pintoresco, pero hubo
uno en especial que se clavó en mi corazón: el hombre sustantivo.
Las
primeras veces que me lo nombraron lo tomé como una broma o una de esas
leyendas urbanas. Una exageración, tal vez. Se trataba de un tipo que
presentaba una característica muy peculiar: aparentemente su hablar era sólo
con sustantivos.
Se había
convertido en un clásico ya la escena en la que tres o cuatro rufianes se reunían
en la vereda del bar a intentar diferentes imitaciones del hombre sustantivo.
Yo los escuchaba, e imaginaba una especie de Neandertal. No obstante, mi teoría
seguía siendo que ese personaje no existía y que era una construcción colectiva
producto de los excesos nocturnos.
Una
noche, llegué más temprano que de costumbre. Me acuerdo que había tenido una
cena un tanto formal, cerca del bar, terminé casi a medianoche y llegué,
vestido inusualmente de manera seria, aunque eso no llamaba la atención ahí. De
hecho, podría haber ido en calzoncillos y tampoco hubiera llamado la
atención.
En una de
las mesas de la vereda, vi a un hombre sentado que no había visto nunca (no éramos
muchos los que frecuentábamos el sitio y nos conocíamos casi todos). Mi ilusión
empezó a crecer, se encendía la luz de esperanza de que aquel ignoto bebedor de
lo que aparentaba ser un fernet con poca espuma, sea el ansiado personaje.
Entré al
bar y fui rápido a la barra, primero porque tenía mucha sed, y segundo porque
quería preguntarle a alguien si el que estaba en la puerta era quien yo creía.
Me sentía como un niño a punto de conocer un ídolo.
Eduardo,
uno de los muchachos, se acercó a donde estaba yo, con una sonrisa picaresca,
sin poder contener la emoción de comunicarme la noticia. -¿A que no sabés quién
es ese viejo que está sentado en la vereda chupando un fernet con soda?- me
dijo con la lengua un tanto trabada, dando a entender que ya estaba en el bar
hacía varias horas. Sin responder salté de la silla y fui al trotecito a la
calle. Obviamente ya tenía mi trago en mano.
Salí a la
vereda casi corriendo, y cuando me di cuenta de eso, me frené de golpe, para no
parecer un loco y asustar a ese otro loco. Me acerqué tímidamente, mirando el
suelo, pateando unas colillas de cigarrillo, haciéndome el distraído. El tipo
estaba sentado en una mesa, mirando su vaso, tomando de a sorbos. -Hola, ¿todo
bien?- irrumpí en su tranquilidad. No me respondió, solo movió la cabeza en
formato de respuesta positiva. El error había sido mío, por hacer una pregunta
que se podía responder con gestos. -¿Me puedo sentar acá?- pregunté una vez más
de manera equivoca, ya que su respuesta volvió a ser una simple movida de
cabeza de arriba a abajo.
Me senté,
y por varios segundos nos quedamos en silencio mirando el hermoso cielo
estrellado que nos regalaba aquella jornada. -Que hermosa noche- deslizo en
formato de comentario aleatorio para intentar sacar alguna declaración. Y lo
consigo. -Estrellas, luna, nube no, trago, tranquilidad.- dijo mientras me
clavaba sus ojos color cielo en mi atónita pero entusiasmada mirada.
A partir
de ahí entré en una especie de mixtura de ternura, curiosidad, y hasta algo de
gracia, pero al fin y al cabo, todos eran sentimientos positivos, por ende, ya
con esa sola frase pude anticipar que el hombre sustantivo me iba a caer bien.
Traté de
continuar la charla, pero realmente se hacía difícil. Él solo respondía, no
proponía temas. Y si la respuesta la podía hacer con algún gesto, lo hacía,
como si le diera algo de pudor su manera de hablar. No obstante soltó un par de
frases: "Fernet, soda, hielo. No coca cola, estomago, daño"
"Vereda, aire, paz. Bar, música, oídos, dolor".
Se notaba
que le costaba mucho hablar. Cada palabra que decía venía acompañada de un
cerrar de ojos muy profundo, y un movimiento abrupto de cabeza, como buscando
cada término en su cerebro, o la elección precisa de sustantivos para que se
entienda su concepto general.
La
conversación no duró más de cinco minutos, y antes que pudiera indagar en su
vida personal, se tomó el último traguito de fernet, apoyó el vaso vacío en la
mesa plástica roja y se fue. No sin antes girar y levantarme el pulgar, intuyo
que en forma de agradecimiento.
Entré de
nuevo al bar, y los muchachos me estaban esperando en una especie de fila, como
si me hubiese recibido de alguna carrera, estaban todos tentados de risa, y
esperaban que yo dijera algo gracioso de la situación. Ahí entendí dos cosas:
la primera, que ellos estaban ya muy ebrios o yo muy sobrio. Y la segunda, que
aquel gesto de pulgar arriba del hombre sustantivo no había sido algo al azar o
improvisado. Mi conclusión era que ese buen hombre tuvo su primera charla
verdadera y sin burlas en mucho tiempo.
Yo no me
voy a poner en figura de mártir, ni mucho menos. Tengo una colección de
momentos olvidables de la noche, una mochila llena de arrepentimientos, y una
catarata de idioteces. De hecho, no es ningún secreto que yo quería conocer al
hombre sustantivo para reírme y tener una anécdota jocosa. Pero cuando lo tuve
enfrente algo pasó, una conexión, una incertidumbre.
Durante
varias noches, llegué al bar con la esperanza de que en la vereda esté sentado
el sujeto, pero eso no pasaba. Ya me habían advertido que frecuentaba muy poco,
inclusive en todo el tiempo que yo concurría al antro, no lo había visto, lo
cual desemboca en la inevitable conclusión que el hombre sustantivo hacía muy
pocas apariciones. Yo ya sabía todo eso, pero haberlo conocido hacía que la
espera se haga más larga.
Una buena
noche volvió. Otra jornada esplendida de temperatura primaveral y cielo minado
de estrellas, o al menos las que deja ver la hostil ciudad. No dudé ni un
segundo en sentarme a su lado, para no perder el tiempo, ya le habían traído su
fernet con soda, y sabiendo que al terminarlo posiblemente se esfume, quería
aprovechar para estar un rato con él.
Le
pregunté si se acordaba de mí. Y con una sonrisa movió la cabeza en forma de
respuesta positiva. Le pregunté qué edad tenía, me dijo que 64. Parecía
bastante más grande, tenía muy poco pelo y muy blanco. Además su postura era
exageradamente encorvada, a pesar de que era muy alto.
Intenté
saber a qué se dedicaba, pero sólo respondió "jubilación". Quise
saber si tenía familia, y respondió con el gesto de afirmación, pero no pudo o
no quiso profundizar en el tema. Esa noche, la charla duró un poco más, sin
embargo, la escena se repitió, y al terminar su trago se marchó sin más que su
pulgar arriba.
Durante
todo ese año 2012, las mejores noches se las llevó el hombre sustantivo y sus
pocas pero enriquecedoras apariciones. Recuerdo muy bien el año, porque fue el
mismo en que murió el flaco Spinetta, y en el bar nos la pasábamos escuchando
su música ya que éramos todos muy fanáticos.
Los
encuentros con el hombre sustantivo carecían de lógica, y le escapaban un poco
a la coherencia. Sin embargo, estaban cargados de filosofía y delirio
productivo. Su forma de hablar hacía que todo parezca un poema, y yo me
contagiaba, y sacaba la parte más artística del tipo. Una noche llegamos hasta
elaborar el "manifiesto universal del amor" o algo así. Me encantaría
recordarlo, pero aquella noche, sustantivo, llegó muy tarde y yo ya estaba
bastante pasado de copas. La noche del 8 de febrero del 2013 lo vi por última
vez. Y fue mágico.
Tengo muy
presente la fecha, porque se cumplía un año de la muerte de Luis Alberto
Spinetta, y aquella noche el bar realizó un gran homenaje, haciendo sonar su
música toda la noche. Yo estaba sentado adentro desde hacía rato, deleitándome
con la obra del artista de punta a punta, en orden aleatorio.
Estaba
sonando Cantata de puentes amarillos, y todos estábamos conectados con eso.
Afuera llovía, así que el total de la concurrencia estaba adentro. Sólo se
escuchaba la música, ni un sonido por fuera de eso. Tanto silencio había, que
se escuchó el ruido de la puerta abriéndose, y ahí lo vi entrar. Por primera
vez, el hombre sustantivo pisaba dentro del bar.
Promediaba
la mitad de la canción, justo en el momento en que Luis hace un hermoso
tarareo. Sustantivo entró casi moviéndose al ritmo de esa parte de la canción.
Caminando en forma recta hacia el centro del bar, como hipnotizado por la música.
Se frenó, y quedó mirando un punto fijo, el vacío, como pensando. Yo me acerqué
e intenté interferir en su línea de visión, para saber si estaba bien. La piel
se me estremeció por completo al ver que tenía los ojos repletos de lágrimas.
Me miro fijo y me dijo algo que no voy a olvidar nunca:
-Esto es
hermoso. Una obra de arte. Cada palabra, inclusive cada sílaba, está cargada de
amor. ¿Sabes qué? Me siento como cuando estuve dentro del vientre de mi mamá.-
Me quedé
completamente atónito. Las palabras le brotaron, le salieron desde lo más
profundo de su alma. Cualquiera sea el problema que tenía, no pudo frenar todo
eso que tenía para decir. Antes de que pueda contestarle, se secó los ojos con
la punta de los dedos y me mostró las lágrimas: -Mirá, hasta se me cayeron
pedacitos de llorar- fue lo último que dijo antes de irse por la puerta y
dejarme totalmente quebrado y con el corazón en la mano. No lo volví a ver.
Varios
meses después, una noche fría de invierno, salí afuera del bar a respirar un
poco de aire, porque el ambiente adentro estaba medio denso. Vi que en la
vereda de enfrente había una chica joven parada, mirando hacia el bar. Me
acerqué para preguntarle si buscaba algo, pude ver que lloraba. En ese momento,
volví a tener una sensación que hasta ese día había sido única e irrepetible,
una especie de anticipación al dolor y al vacío. La tuve el día en que murió el
flaco. Esa tarde, salí del trabajo y cuando llegué a la parada del colectivo vi
como un chico con una guitarra colgada en el hombro, abrazaba llorando a una
chica y ambos repetían "no se pudo haber muerto". Cuando subí al
colectivo, me llegó un mensaje al celular, y antes de abrirlo, me puse a
llorar, anticipándome a todo el dolor que sabía que iba a sentir. Después, pude
ver que era un mensaje de mi papá, que decía "se murió el más grande, ya
nada va a ser igual".
Todo eso
se repitió al ver a esa chica llorando. Supe, y entendí lo que pasaba. Con una
tremenda entereza, la chica mirando fijo la puerta del bar me dijo:
-Este es
el bar al que venía mi papá. Siempre que la noche estaba linda, él aprovechaba
para venir a tomar su fernecito con soda. Estaba enfermo hacía varios años,
desde que murió mi mamá. Automáticamente le diagnosticaron un tumor en la
cabeza que le hizo modificar el habla. Le costaba mucho expresarse.
Irónicamente, antes de eso, era poeta y escritor. Y de los buenos, era todo un
artista. Los médicos me dijeron que no había problema en que lo dejara salir a
hacer cosas que le gustaban, porque más allá de su problema, él podía valerse
por sus propios medios, y no le causaba daño a nadie. La última noche que
estuvo con vida, volvió de este bar. Yo no creo en los milagros, pero esa
noche, me habló un montón, como hacía años no hablaba. Me dijo que había escuchado
músicas hermosas, que tenía ganas de volver a escribir, que se sentía lleno de
amor. Pero no se despertó al otro día.-
Supuse
que las lágrimas delataron mi identidad cuando la joven me dijo: -vos debes ser
"pibe charla". Mi papá te quería mucho. A su manera me hizo entender,
que con vos se sentía muy cómodo, que le gustaban mucho sus charlas, aunque a
veces no las entendía del todo. Gracias por darle esos últimos días de alegría.
- nos dimos un fuerte abrazo fraternal, y no volví a saber de ella.
Justo
antes que se fuera, estuve a punto de frenarla para preguntarle algo que nunca
supe, como se llamaba su papá, pero comprendí que si no lo había sabido hasta
ese momento, por algo era. Quizás, el hombre sustantivo, lo hacía más mítico,
lo elevaba en un escalón por encima de nosotros, los mediocres. Y ahí decidí
mantenerlo.
Hoy,
cuando las noches son muy bellas, y las estrellas se apoderan del cielo,
levanto la cabeza, las miro, escucho un tema del flaco Spinetta, y me quedo sin
palabras.
Tremendo final sr!
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