La lágrima de papá
Me levanté antes que sonara el reloj despertaror, hoy moneda corriente, pero ¿a los 14 años?
Los nervios se confundieron con descompostura estomacal. Salí corriendo al baño, pero mi hermano ya me había ganado de mano, y estaba calentando las tablas desde antes.
-Tranquilos, se nos va a dar- dijo mi papá desde el comedor, mientras tomaba café, sabe dios desde que hora. Su discurso intentó trasmitir una calma que no se condijo con su cara y su tono de voz.
En ese momento los nervios se transformaron definitivamente en miedo, terror. Si mi papá, que era un tipo grande, y que además ya había visto campeón al equipo en varias oportunidades, estaba así ¿que quedaba para nosotros?
La realidad marcaba que ese último partido tenía que ser casi un trámite. Un empate nos alcanzaba para dar la vuelta, y para completarla, el rival de turno era un equipo amigo, de hecho las barras de cada club solían juntarse en las mismas tribunas, intercambiaban camisetas, y todo era paz.
Entonces ¿por que tanto miedo? ¿a que se debía semejante revuelta de panza que se transformaba en una incontenible diarrea? ¿Que es lo que hacía que a mi viejo le temblara la voz?
Creo, que como todo en la vida, mientras más entera está la ilusión, más miedo da que se rompa. Si una persona, por ejemplo, empieza a construir su casa, y al terminar la primera pared se le viene todo abajo, no va a sufrir ni un cuarto si el derrumbe se da cuando le faltaba poner el último picaporte. Además, el futbolero (y más aún el argentino) no sabe disfrutar de las finales, no se conforma con haber llegado hasta ahí. Perder una final, es el doble de triste que no haber llegado.
Llegó mi tío, con lentes de sol y la camiseta puesta. A las 9 de la mañana ya hacía unos 15 grados, lo que nos hacía suponer que la jornada iba a venirse muy calurosa.
Subimos los cuatro al Peugeot 206 color azul metalizado de mi viejo, y partimos desde Rosario a Avellaneda, con el auto cargado de ilusiones.
Pusimos el cd de El croto del parque, un loco divino que se le dió por grabar un disco con todas canciones alusivas al club. En ese momento, con los cuatro sacando los cuerpos por las ventanillas, sentí por primera vez ese cosquilleo de gloria.
En la ruta, algo nos hacía suponer que la cantidad de gente que viajaba, superaba en gran número a la capacidad del estadio que nos iba a albergar. Pero como nosotros teníamos nuestras entradas, e ibamos bien de tiempo, no nos preocupamos, y bocineabamos a todos los resagados que hacían dedo con banderas y bombos.
Llegamos a Avellaneda en una confusa marca de 2 horas y 20 minutos, cuando el velocimetro en todo momento marcó 110 k/h. Lo que predecía un sin fin de desperfectos que el auto presentaría más adelante en la vida del pobre de mi viejo.
Llegando a las inmediaciones del estadio, los carteles hacían suponer que todo estaba cocinado, y que solo se jugaba por compromiso:"Bienvenido campeón" "salud campeones" rezaban los pasacalles colocados por quienes debían ser nuestros rivales.
El tiempo nos sobraba, asi que paramos en una pizzeria, a intentar comer. Obviamente poco pudimos tragar, el nudo de la garganta no dejaba pasar mucho, y aquellos pasacalles que parecían indicar tranquilidad, solo habían agregado dos pisos más a la casa que aún tenía peligro de derrumbe.
Entramos a la cancha más o menos dos horas antes del arranque del partido. Empezamos a ver como se llenaban las tribunas, poco a poco fue desapareciendo la pintura original del estadio visitante y vimos como un recinto completante ajeno se teñía de los colores que veíamos en Rosario una vez cada 15 días.
El equipo que peleaba con nosotros el campeonato jugaba a la misma hora, estaban obligados a ganar y esperar el milagro de nuestra derrota para forzarnos a un tercer partido.
Cuando salieron los 11 a la cancha, el estadio tembló. Pero literalmente, se movía todo. Ahí vi por primera vez la cara de mi viejo tiesa, tomando aire, tragando ese famoso nudo que no queremos desatar, porque somos muy fuertes como para andar lagrimeando en público.
Los nuestros entraron dormidos, y a poco de comenzar el cotejo nos clavaron la primera pepa. Los jugadores rivales festejaron el gol como si fuera la final de la Libertadores, quizás con algún incentivo más trascendente que la gloria deportiva.
Todos los temores se transofrmaron en realidad. El terror por ver caer la ilusión se materializó en ese campo. Aún nos mantenía cuerdos la idea que el otro partido iba empatado, y que de momento conservabamos el título.
Promediando el segundo tiempo nos metieron otro: 2 a 0 abajo y jugando horrible. Ya solo teníamos la esperanza de que el otro partido termine en empate.
Mi viejo salió a caminar, (como pudo) por las tribunas, no sin antes arrebatarme una bandera de palo que yo ya no tenía fuerzas para flamear.
Faltando unos minutos, el estadio se quedó en silencio. Esperando que alguno con la información radial diera la sentencia final. Cada segundo eran 100 palpitaciones, si el silencio se prolongaba, significaba que no eramos campeones.
Uno de los delanteros nuestros (pibe por aquel entonces, ídolo años más tarde) paró la pelota en mitad de cancha y pateó desde ahí tirandola a la tribuna. Un hombre grande al lado mío lo insultó en todos los idiomas. A partir de ese momento, me subí a la montaña rusa más vertiginosa de mi vida.
El ser humano se acostumbra a llorar por tristezas, es decir: se prepara para sufrir. Entendemos como es el llanto triste, ya lo vemos venir, lo preparamos, lo conocemos, lo transitamos. Pero el llanto de alegría es diferente. Uno nunca sabe cuan feliz lo puede hacer algo, cuanto puede desbordarte la emoción. No se está preparado para llorar de alegría. Es como una especie de desmayo, simplemente sucede, y todos los sentidos se alteran. Una bomba de estruendo quebró el silencio: -¡campeón!- gritó una voz quebrada.
En ese momento se me nubló toda la vista, los ojos se me volvieron completamente permeables, y toda esa emoción contenida estalló en un llanto desgarrador.
Uno al lado mio agarró de la cabeza al viejo insultador y le gritaba llorando -¡putealos ahora viejo de mierda!- mientras lo besaba, en un hermoso degradé de amor y odio.
Una mujer desconocida y mucho más grande me abrazó como si fuera el amor de su vida, y no fue la única. Cualquiera te daba el mejor abrazo de tu vida.
En medio de todo ese descontrol total de amor, humo y gritos, yo tenía una sola cosa en mente: encontrar a mi papá. Yo pensaba encontrarlo en una calma alegría, cantando y bailando, emocionado pero acostumbrado a la gloria. Me abrí paso entre la muchedumbre, caminé varios metros y lo vi. Estaba llorando como un nene.
Uno nunca se acostumbra a ver llorar a los padres, pero ver por primera vez a mi papá derramando lágrimas y que sea de alegría, fue un placer inexplicable, fui un privilegiado.
Lo miré, me miró, salté y lo abracé con todas mis fuerzas. En ese momento, sentí por primera vez que me estaba dando un abrazo con mi papá. No fue un abrazo del día del padre, no fue un saludo de cumpleaños, no fue un "hola" cuando volvía del trabajo. Fue un abrazo de verdad, de esos que se describen en las poesías más premiadas de la historia. Sentí sus manos apretandome la espalda, nos entregamos por completo, nos regalamos nuestras almas. A partir de ese día, mi papá y yo extendimos nuestro vínculo y ya no fuimos sólo familia, fuimos amigos.
Muchos pueden decir que el fútbol es una mugre, que es el negocio más dañino que tiene la sociedad sub desarrollada. Pero aquella tarde, en medio de 40 mil personas, mi papá y yo nos vimos por primera vez, y esa bendita pelota, tan defenestrada, nos abrió el corazón, para no cerrarlo nunca.

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