La rueda mágica


 Por aquéllos años, mis amigos del barrio y yo, salíamos de la niñez e ingresabamos a la pre adolescencia. Ese camino fue transcurrido como dentro de un cuento de hadas. A veces de manera más metafórica y otras no tanto. 

Esquivando la parte emocional, evitando que el recuerdo idealizado le gane a la realidad vivida, por momentos sentí que estábamos dentro de una historia que narraba alguien más. Fuimos protagonistas de incontables sucesos realmente peculiares. Envueltos en aventuras, heroísmo y villanos, cada quién aportó con su personalidad y su talento una pizca más de condimento para servir esta historia en un plato caliente y nostálgico. 

El barrio vio crecer a un grupo grande de pibes, entre los que estaba yo. Con el tiempo, y entrando en edades más complejas, la banda se fue desintegrando, y solamente quedamos cuatro.

De menor a mayor: Ivan, el más pequeño, era de esos pibes con un corazón tan grande como su torpeza. Capaz de ir a comprar la gaseosa a un kiosco que quedaba a diez cuadras, y al mismo tiempo capaz de dejarla caer al piso ni bien pegaba la vuelta. Valiente como para tocar timbre y salir corriendo en cualquier situación, pero de igual manera, ingenuo como para contarle a nuestros padres que estábamos jugando a tocar timbre en el barrio y salir corriendo.

Lea, la mascota del equipo, de esas personas que se prestan a todo. El chivo expiatorio con el que probabamos absolutamente cualquier locura que se nos ocurría. Fiel como pocos, energico, culinariamente desordenado, capaz de comer salsa de tomate directamente del envase. 

Maxi, es el tipo más gracioso que conocí en toda mi vida. Su desparpajo y espontaneidad prevalecían en todo momento, incluso ante situaciones que no ameritaban broma alguna. Un pequeño Olmedo. Aunque él no sepa quién es.

Yo, siendo el más grande, aportaba una especie de sabiduría al grupo. Esto no quiere decir que mis decisiones o mis consejos eran siempre correctos, pero era la persona que terminaba decidiendo en las situaciones límites. Además de eso, era el dueño del quincho donde se llevaban acabo la mayoría de las reuniones, lo cual era más importante aún. 

Los días de semana nos costaba un poco más reunirnos. Los diferentes horarios escolares dificultaban mucho que estemos los cuatro juntos, sin embargo, encontrabamos algún hueco, o quizás alguno faltaba al colegio, y ahí sacabamos el máximo provecho en el tiempo que encontrábamos. 

Los fines de semana, practicamente no nos separabamos, y en las vacaciones de verano casi que eramos familia, andando de acá para allá y jugando a todos los juegos que podíamos entender. 

Jugamos tantas veces al truco, por ejemplo, que ya no tenía sentido. Nos conocíamos de memoria, sabíamos cuando alguien mentía o cuando decía la verdad. Inclusive el que intentaba mentir ya sabía que era en vano. No obstante, jugabamos igual.

El fútbol en la calle era muy habitual también. En esos tiempos había muchos menos autos circulando, asi que, la calle era nuestra cancha, y los arcos se improvisaban según que se iba a jugar.

Un buen día, descubrimos dos cosas muy importantes para nuestra historia, una muy buena, y la otra muy mala: la buena era que justo en la puerta de mi casa, casi sobre el cordón de la vereda, se formaba un arco de fútbol casi perfecto. Un pequeño arbol delgado era uno de los palos, y en la otra punta una columna de luz, de esas viejas de madera. Para completarla, justo en ese sector, había pastito crecido, por ende, las voladas de los arqueros de turno, podían ser aún más espectaculares. Pero ese arco perfecto, trajo también, a los malos de este cuento.

Tras un centro venenoso enviado por mí, Ivan la paró con el pecho y le pegó una volea muy potente, pero muy desviada. La pelota salió unos dos metros por fuera de la columna y terminó impactando contra la puerta de chapa de la casa de al lado, causando un ruido tremendo.

La calle te enseña muchas cosas, una de ellas es que si le pegas un pelotazo a algo que no debiste haberle pegado, el entrenamiento indica que hay que tomar el balón (cueste lo que cueste) y salir corriendo hacia la esquina más cercana para ocultarse unos diez minutos, y luego volver a escena, impunes. Y eso hicimos.

El problema era que la puerta estaba muy cerca del arco, entonces los pelotazos se repetían con frecuencia. Y al tercer pelotazo, comenzó la pesadilla: antes que podamos recoger el esferico, salió por la puerta una señora que nos dejó pálidos como fantasmas polacos. 

Era muy alta, y además grandota de cuerpo, tenía el pelo corto y enrulado, de una mitad era color rojo y de la otra mitad blanco. Si, así como una bruja. 

Tomó la pelota y nos dijo con un tono muy amenazante que la próxima vez nos la sacaba y no nos la iba a devolver, que fueramos a jugar a otra parte. Sin poder decir una palabra, y paralizados de miedo, nos sentamos en la vereda y dejamos que el tiempo pase, para tratar de asimilar la idea de no poder jugar más en nuestro arco. Porque claramente la opción de enfrentarse a la bruja no estaba en consideración. 

Pasado un largo rato, la calma volvió, y de a poco recuperamos nuestros colores naturales. Pero todo se volvió negro nuevamente cuando la puerta se abrió por segunda vez y de adentro de la casa de la bruja salió un hombre aún más gigante que ella. Sin remera, con la espalda repleta de granos de todos los tamaños y colores. Con una voz de serrucho oxidado nos dijo: "no los quiero ver acá ". La bruja vivía con un ogro.

Durante días, y quizás semanas, dejamos de jugar en la calle. El terror a la bruja y el ogro nos empujó a estar adentro. Habiendo gastado todos los juegos de mesa, no nos quedó otra que volver a salir e intentar jugar lejos de la guarida maligna.

Mentiría si dijera que no podíamos jugar en otra parte de la cuadra, de hecho sobraban los lugares, pero algo tenía ese arco de mi casa.  Por alguna razón nos llamaba. La pelota siempre terminaba yendo a ese sector, no importaba donde estuvieramos jugando. Cada tanto uno pasaba por entre medio de los palos y simulaba una atajada, haciendo crecer el estéril deseo de volver a nuestro lugar. 

Una tarde me rebelé. Me puse en la piel de abogado del grupo y llegué a la conclusión que la bruja y el ogro no podían hacernos nada, porque nosotros estabamos jugando en mi casa, y si la pelota circunstancialmente golpeaba su puerta, era un problema de ellos, por estar mal ubicados.

Y asi, siguiendo esa lógica, durante más de un año, nos enfrentamos sistematicamente todos los dias a la bruja y el ogro. Peloteando su puerta a cada hora, y orbitando siempre la misma discusión sobre el territorio de juego.

Lo que pasó después, responde a la lógica misma de la vida. Nosotros empezamos a crecer y a perder miedos y ellos crecieron pero perdieron fuerza. El ogro murió al poco tiempo, y la bruja, seguramente cansada de toda esta guerra absurda, terminó mudandose. Para ese entonces, ya casi no jugábamos a la pelota.

Ya siendo un hombre adulto, quisiera pedirle perdón de rodillas a la bruja y al ogro, donde quiera que estén. Porque hoy, con 30 años, si escucho pibes jugando a la hora de la siesta, me vuelvo totalmente loco. La rueda de la vida.

Por suerte, sigo viendome con ese grupo de rufianes. Cada tanto, acomodamos nuestras vidas adultas, y nos juntamos. Por alguna razón, cada vez que estamos los cuatro juntos, siento que volvemos a ser chicos. Todo es jugar y reirnos. Hay una energía entre nosotros que nos envuelve constantemente en un cuento.

A veces, siento que los cuatro fingimos no conocernos tanto, para poder seguir jugando al truco.

Comentarios

  1. Que recuerdos el barrio Emi , leo esto y se me pone la piel de Gallina y no por la historia sino porque mientras iba leyendo iba imaginando cada paso y cada situación: la calle , la casa , la pelota, LA BRUJA!!! en fin "El barrio"mismo. Donde fue un antes y un después de mi vida . Donde suelo ir todavía cuando estoy mal o me siento solo. Donde se que todavía algunos quedan y están en el mismo lugar la misma hora de siempre, donde nació mi Abuelo, paso por mamá y donde por cosas de la vida que uno no elije me tocó encontrármelos a esos cuatro locos que los llevo siempre en mi cabeza y en mis anecdotas . Gracias totales al barrio a ustedes por dejarme ser parte también de ese cuarteto (entre otros de los pibes) y perdon vieja gato por hacerte las siestas imposible hoy mas que nunca la entiendo. Aguante el barrio!!

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Olas de sangre (novela)

El tipo

Mientras tanto, el café se enfría