Las inexactas aventuras de Philakys


 Philakys fue un griego que vivió en la ciudad de Memphis entre los años 105 y 40 ac. Filósofo, actor, poeta, emprendedor e inventor entre otras cualidades. Apodado "el curioso", Philakys desafío todo lo establecido desde que pronunció sus primeras palabras hasta el momento en que dejó de respirar.

Hijo de un pescador y de una granjera, de niño comenzó a cuestionar las enseñanzas de sus padres. Eran incontables las veces que se escapaba de su casa para visitar templos y establecimientos militares en busca de respuestas. A menudo volvía a su hogar arrastrado de la oreja por algún sacerdote, cansado de que el niño pusiera en duda la existencia de los dioses.

En su juventud, Philakys, se dedicó a explorar lugares poco visitados por el hombre. Durante el dia se lo podía ver rondando las pirámides de Giza en busca de tesoros o reliquias, y en la noche solía acostarse a consumir opio y mirar las estrellas.

Philakys no saqueaba tesoros antiguos por ambición, de hecho fue pobre toda su vida. Él buscaba respuestas, necesitaba información. Su ambición era conocer todos los idiomas, toda la historia de la humanidad, todos los secretos. Para Philakys El Curioso, quedarse quieto no era una opción, y mucho menos detenerse en el conocimiento ya adquirido.

Claro está, que estos saqueos de tumbas e irrupciones en propiedades privadas y sagradas, le traían al intrépido Philakys incontables problemas con la ley. El curioso fue perseguido toda su vida por las divisiones militares de turno, pero gracias a su singular talento para crear disfraces y su ingente capacidad de ocultarse, Philakys, no pasó ni un minuto encerrado. 

El curioso, era también un protegido de los rebeldes. Los campamentos de parias y bandidos solían ser asilo del aventurero, que a cambio, les obsequiaba los tesoros saqueados que no representaban un valor intelectual para él. 

Llegando a su vejez, Philakys, dejó de ser perseguido. Se convirtió en una sombra para las autoridades, y el capitan de turno dijo al pueblo de Memphis que era imposible que un hombre escapara tantos años de la autoridad. Que debía estar muerto o que siempre fue una leyenda y que jamás había existido. Fue entonces cuando el premio a la perseverancia y el fisgoneo dieron sus frutos. 

Antorcha en mano y recorriendo la oscura tumba de un viejo faraón, Philakys pudo divisar que una de las piedras de las paredes tenía más escarabajos que las demás. Los insectos entraban a la pared y salían de ella sin parar. Tuvo la idea de empujar esa piedra. Al hacerlo, una nueva habitación se abrió, en el centro de la misma descansaba una especie de casco. Similar a los que usaban los soldados, pero con otra forma, más redonda. De hecho, era bastante más grande, como para cubrir toda la cabeza, y no solo la parte alta. A simple vista parecía estar hecho del hierro ya conocido, pero al tocarlo, Philakys, supo que no era el mismo material. Lo que tenía entre sus manos, aún no había sido conocido por el hombre.

El casco tenía grabada una frase: "La desolación puede ser curada con sol. Renacer antes que morir. Saber que un exceso de sol, puede borrar por siempre la noche".

Philakys sacó su tesoro de la tumba y fue a pasar la noche bajo las estrellas, a pensar. Necesitaba entender que era lo que había descubierto, y el por qué del mensaje. 

El Curioso, no era ningún improvisado, mucho menos un hombre de pocas luces. Por el contrario, su constante estudio de la humanidad y todo lo conocido por la misma, lo convertía en uno de los hombres más inteligentes de la época. No tardó mucho tiempo en descubrir que la clave en el mensaje era el sol, así que a la mañana siguiente llevó su casco a la cima de la montaña de Paso del águila. 

Cuando llegó y se colocó debajo del más puro sol de desierto, Philakys, sacó el casco de una bolsa y lo colocó en el suelo. Inmediatamente al recibir los rayos del sol, el casco se tiñó de un color dorado intenso, y comenzó a hacer una vibración muy fuerte, como cuando pasaban las tropas con los caballos. Asombrado y espantado por la experiencia, el hombre guardó nuevamente el casco y volvió al pueblo. 

Mientras bordeaba la orilla del río, pudo ver a una mujer muy joven llorando y arrojando pétalos de flores al agua. Philakys, siempre predispuesto a ayudar le preguntó que le sucedía: -Acabo de perder a mi pequeña hija, Sophia- respondió la doncella entre lágrimas- todo fue mi culpa, la dejé venir a jugar al río sola, y se ahogó. Un grupo de soldados me la trajo sin vida hace dos dias a mi casa. Ahora yo quiero morir e irme con ella, la culpa es intolerable. 

El Curioso, recordó la frase grabada en el casco y automaticamente le respondió: -renacer antes que morir- La mujer lo miró con cierto recelo y permaneció en su llanto.

Philakys sabía que con su nueva herramienta iba a poder ayudarla, así que insistió tendiéndole la mano a la doncella. Sin nada que perder, la mujer tomó la mano de aquel hombre y lo siguió. 

El camino hacia la montaña no tuvo intercambio de palabras. La dolorida madre no tenía fuerzas ni intenciones de averiguar nada y su posible sanador no podía explicar demasiado lo que sucedía. 

Al llegar nuevamente a la cima, Philakys sacó su casco y le pidió a la mujer que se lo pusiera. Ella, mirando siempre al piso, le hizo caso. Se colocó el casco y al instante, este se volvió dorado. Comenzó la vibración, la mujer parecía no estar pasandola bien, pero después de unos segundos todo se detuvo y la doncella cayó desmayada. 

Philakys la reanimó con unas pequeñas palmadas en su cara. Al volver en sí, la mujer tenía una enorme sonrisa de paz, y las lágrimas ya no habitaban su hermoso rostro.

-¿como te sientes?- preguntó El Curioso, -bien, muy bien, estoy muy contenta, no se que me has hecho, pero se que pocas veces había estado tan feliz- respondió la mujer mientras daba pequeños saltos de alegría. 

-Pero ¿no te duele lo de tu hija?- insistió Philakys aun corriendo el riesgo de arruinar el logro.

-¿Que hija? Debes haberte confundido de persona. Es cierto que mi marido y yo estamos buscando tener descendencia, pero aún no hemos sido bendecidos por los dioses. Y por cierto, voy a decirle a mi marido que venga a verte, pues él ha estado muy triste estos últimos días, y quizás tu y tu casco milagroso puedan arreglarlo.

-Ehhhhmmm si, dile que venga cuando quiera, aquí podrá encontrarme durante el día- respondió Philakys atónito por lo recientemente vivido.

En ese momento, El Curioso, supo que lo que tenía entre manos era aún más poderoso de lo que creía. Aparentemente ese antiguo casco era una especie de herramienta para borrar el dolor y los malos recuerdos. Un poder infinito. 

Al otro día, el esposo de la mujer llegó a la montaña en busca de sanación. El proceso se repitió de la misma manera y el hombre olvidó por completo haber tenido una hija. Se fue feliz, saltando y gritando. No sin antes decirle que iba a recomendarle a sus compañeros de el mercado que vayan a visitarlo.

Poco a poco más y más habitantes de Memphis fueron acercandose a Paso del aguila para ser sanados por el casco milagroso. Un pescador se acercó para borrar de su mente que había tenido una aventura con una mujer que no era su esposa. Un soldado fue en busqueda de borrar aquel inocente que había atravesado con su lanza por error. Y así toda clase de problemas se fueron presentando frente a Philakys. 

Pasado un tiempo y ante la creciente felicidad de el pueblo, Philakys comenzó a recibir gente con problemas cada vez más pequeños: el herrero, famoso por su avaricia despiadada, fue a ponerse el casco para olvidar que había perdido una bolsa con monedas, algo que lo tenía atormentado. Solomeo, el bufón que actuaba en las calles, fue para olvidar que una tarde, actuando no pudo hacer reír a nadie, algo que no era normal en él. Berenice, una vendedora de frutas, fue para olvidar que se había tropezado en la calle y que alguien se había reído de ella. Y así fueron pasando, con problemas cada vez más ridículos, en busca de olvidar y seguir.

Philakys, que no podía negarse a ayudar, supo que el camino por el que estaba yendo no era el correcto. La gente empezó a llegar a la montaña sin saber cual era su problema. "Siento un vacío, hay algo que quiero olvidar pero no se que es" la frase se repetía una y otra vez entre los habitantes de Memphis que se ponían el casco. Y ya no se iban sonrientes.  El Curioso, supo en ese momento que lo que la gente del pueblo tenía era el problema de no tener problemas. 

Pasado el tiempo la situación empeoró: la primera mujer que utilizó el casco volvió a tener una hija, y esta también se ahogó en el río. El pescador que había engañado a su esposa no paraba de visitar burdeles y ya casi no aparecía en su casa. El soldado atormentado por su lanza equivoca, ahora mataba a quien lo mirara feo en la calle. El herrero tacaño perdió en una semana más monedas que en toda su vida. El bufón tuvo que buscarse un nuevo empleo, porque jamás hizo reir a alguien más. La mujer que vendía frutas no podia pararse y caminar dos pasos sin tropezar.

Ante el caos inminente, Philakys decidió irse. Un buen día, todo el pueblo fue a la montaña para usar el casco, pero ya no había nadie ahí. 

Cuenta la leyenda que Philakys El Curioso se encerró en una pirámide con su casco milagroso, y murió ahí dentro, no sin antes grabar una nueva frase en la herramienta: "¿Que valor tiene ganar, si no se puede perder?".


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