Brusovich Seguros
Brusovich Seguros, fue una empresa que dio comienzo a sus actividades en el año 1988 con un gran éxito, y se fundió exactamente diez años después.
El camino desde el éxito al fracaso rotundo de esta pequeña pero poderosa compañía de seguros está teñido de sucesos insólitos.
"El aleteo de las alas de una mariposa puede sentirse al otro lado del mundo". Este proverbio chino refiere a la famosa teoría de El efecto mariposa, que dice que su solo aleteo en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York, por ejemplo. Básicamente la idea es que, cada decisión que tomamos, cada pequeño movimiento, cada segundo de nuestras vidas, influye en el desenlace del destino.
Bajo este concepto inicial, se podría decir que Brusovich Seguros fue tejiendo su propio destino como empresa. Así mismo, cada suceso ocurrido en esos diez años en los cuales tuvo las puertas abiertas, fueron construyendo el destino de sus empleados, sus familias y posiblemente una red de gente que alcance a muchas personas más.
Tito Brusovich era hijo de un importante empresario textil. Pero Tito no quería vivir a la sombra de su padre. Así que hizo su propio camino, y en el año 1988 fundó una empresa de seguros, que llevaba su apellido como razón social. El comienzo fue mejor de lo esperado, creciendo en clientes de manera exponencial y por ende en empleados.
Uno de los protegidos de Tito era Fernando Cárdenas, un tipo con una capacidad enorme de venta. Carismático, entrador, seductor, y además, un insoportable bromista. Contenido hasta el año 1992 por no tener un chivo expiatorio. En ese año, el propio Brusovich comenzó a desencadenar el efecto mariposa.
Debido a la gran demanda de clientes y el aumento de empleados, el presidente de la empresa decide contratar a un joven contador con ganas e ideas nuevas, para garabatear un poco los números y ayudar a darle un rumbo ganador infalible a Brusovich Seguros.
El elegido fue Marcelo Lunatti, un tipo inteligente, honesto, leal y callado. Hasta ahí todo bien. La cuestión es que Lunatti presentaba una característica física muy marcada: tenía dos paletas enormes, casi como una morsa. No solo era notorio al verlo, sino que el habla de el pobre Lunatti se veía afectada por estos dientes gigantes, eso hacía que transformara casi todas las consonantes en la letra F. Cárdenas, hostigador y burlón por naturaleza, no tardó ni diez segundos en divisar las facciones y el habla de Lunatti.
Quien tiene en su naturaleza la condición de saber burlarse de la gente ve un poco más allá del ojo regular. De esta manera, Cárdenas, identificó que el educado Lunatti vivía pidiendo todo "por favor". Claro está que con su dificultad para pronunciar, la frase era "For favor".
La mecánica de los burlones actúa de manera muy compleja y paciente. En primer lugar identifican el objetivo a hostigar. A continuación intentan apodar a ese individuo, en este caso el apodo ya estaba escrito, y era "Fofavor Lunatti". El paso siguiente es desparramar la burla entre las demás personas, procurando que la víctima no perciba la maniobra, ni que el apodo puesto a escondidas, llegue a sus oídos.
Para esto último se requiere una especie de estructura piramidal. Fernando Cárdenas tenía dos secuaces que querían ser como él : el turco Nazur y el vasco Gorostegui. Ellos dos fueron los primeros en conocer la nueva identidad de Lunatti. Y como festejaban todo lo que su lider inventaba, llevaron rapido la premisa hacía la zona más baja de la pirámide: Retamozo y Barretto.
Estos últimos trabajaban en tareas basicas varias. Cortaban las hojas de papel, reponian elementos de oficina, buscaban almuerzos para los productores de seguros, etcétera. Eran sumamente chismosos y se encargaron de repartir el apodo por toda la empresa. De esta manera el resultado final encuentra al líder burlón limpio, viendo crecer su obra y a la base de la pirámide, en este caso Retamozo y Barretto, sucios como perro de gomería.
La fase a seguir, para que la diversión sea definitiva, era mofarse en la cara del bueno de Lunatti y ver su reacción. Esto lo llevó a cabo Cárdenas una mañana en la que frente a otros diez compañeros le alcanzó unos documentos a Lunatti y le dijo: "Alcanzale estos papeles a Bruzovich, fofavor". La respuesta del pobre Marcelo fue agachar la cabeza y llevar los papeles sin quejarse. Las risas estallaron y la situacion ya no tenía vuelta atrás. El contador, a partir de ese momento pasó a llamarse Fofavor.
Las burlas y el abuso se repitieron durante dos años de manera sistemática. Lunatti soportó estoicamente todas las bromas, derivaciones de su apodo y maltratos, y además nunca dejó de hacer su trabajo de manera impecable. Hasta la tarde del 4 de agosto de 1994, cuando todo se fue de las manos.
El sector que atendía los siniestros viales en la compañía era despiadado. Tenían la orden de no pagar a menos que sea muy necesario. Por eso, volvían locos a los clientes, hasta que se cansaban de reclamar.
Esa tarde, entró un tipo a la oficina, cansado de que le dieran vueltas y no le pagaran una rueda rota por un bache enorme. Ingresó enfurecido, trayendo sobre su hombro la rueda en cuestión. La tiró como si fuera un lanzamiento olimpico de disco por sobre los empleados al grito de: "¡acá tienen la rueda que no me quieren pagar hijos de puta!". Acto seguido, se fue del recinto y obviamente de la cartera de clientes de Brusovich.
En medio de toda esta situacion tensa, el vil Cardenas ordenó al Turco y al Vasco que llevaran la rueda al escritorio de Fofavor. Aprovechando que este estaba haciendo trámites fuera de la empresa. Los secuaces obedecieron y apoyaron la sucia cubierta sobre el escritorio, rompiendo decenas de papeles y llenando todo de grasa.
Lunatti llegó a la media hora y se encontro con la escena. Se sentó y se quedó mirando, casi ido. A unos quince metros y frente a todo el staff de empleados, Cárdenas le gritó: -"Tirame la goma, fofavor"- señalando la rueda con su mano izquierda y tomandose la entrepierna con la mano derecha. Esa fue la gota que derramó el vaso. Lunatti se fue llorando a su casa, y al otro día presentó la renuncia indeclibable, sin culpar a nadie.
A los pocos días, apareció en la sección de cartas de lectores del diario con mayor tirada de la ciudad, una larga reseña sobre la empresa Brusovich Seguros. La carta detallaba el maltrato y la discriminación que se vivía en dicha empresa, y estaba firmada por Marcelo Lunatti. Aquella opinión tuvo tanta repercusión entre los lectores del periódico que dos días más tarde, decidieron hacerle una entrevista al tal Lunatti. Esa nota ocupó las dos páginas centrales de la edición siguiente, y fue leída por muchísima gente.
Ante semejante mala prensa, los clientes comenzaron su éxodo como quienes se van de una reunión en la que una pareja pelea a los gritos.
Brusovich, como buen domador de tormentas, tuvo que dar un golpe de timón urgente y necesario para enderezar el barco. Por eso, decidió contratar a Tato, Teto y Toto, trillizos de 30 años, hijos de su vecina, que venía de Córdoba, escapándose de un marido golpeador.
Tato, Teto y Toto eran sordomudos de nacimiento y carecían de cierto raciocinio. Sus aspectos eran además impactantes, medían casi dos metros, pesaban 180 kilos y eran completamente pelados.
La idea de Brusovich, claro está, era dar una imagen más inclusiva puertas para afuera. Pero primero había que instalar a los sordomudos y arreglar un par de agujeros.
Lo primero que hizo el presidente de la compañía fue llamar a su oficina al revoltoso Cárdenas y explicarle la situación. Le avisó de la contratación de los hermanos y le dijo que si se llegaba a enterar de una burla suya lo iba a echar de la empresa sin importar cuan buen vendedor fuera.
-Igual si me burlo no me van a escuchar- dijo Cárdenas intentando un último chiste. Frente al silencio amenazante de el presidente, el burlón entendió la situación, y cumplió con su palabra, jamás se mofó de Tato, Teto y Toto. La punta de la pirámide quedaba bloqueada y por ende, los trillizos estarían a salvo.
Todo parecía encaminarse, solo restaba encontrarles un puesto a los sordomudos donde no interfirieran tanto en la mecánica de la empresa. Por eso, Brusovich, decidió mandarlos al estacionamiento descubierto de la empresa. Les indicó que debían mantener limpios y cuidados los autos de todos los empleados.
Los hermanos tenían la característica de seguir ordenes a la perfección. Mientras la tarea dada sea factible de realizar, ellos iban a cumplirla como soldados. Y así fue. Se podía ver durante toda la jornada a Tato, Teto y Toto corriendo por el estacionamiento con baldes, palanganas, trapos y jabón. Manteniendo todos los autos impecables. Ni bien caía una hoja, ahí estaba uno de los hermanos para sacarla.
Parecían llevar bien la tarea, pero al cuarto día comenzaron a tener problemas con las palomas. Las aves pasaban por el estacionamiento constantemente defecando los autos y eso enloquecía a los sordomudos, que no tuvieron mejor idea que traer en bolsos a media docena de gatos callejeros y soltarlos para que devoraran a las palomas que ellos no podían exterminar.
Nunca se percataron que media docena de gatos iba a generar más suciedad que las palomas, y cuando Brusovich vio en su auto pelos de gato y sintió olor a orín en el capot ordenó a los trillizos deshacerse de los felinos.
Aquella tarde los maullidos desgarradores de los mininos traumaron por completo a todos los empleados. Los animales desaparecieron y nadie se atrevió a preguntar que habían hecho los obedientes hermanos.
Frente a este traspié, el presidente de la empresa decidió trasladar de sector a Tato, Teto y Toto, antes que el incidente con los gatos tomara trascendencia y la mala prensa cayera nuevamente para demoler lo reconstruido.
Por aquellos tiempos se le exigía a las empresas de cierto tamaño y cantidad de gente que designaran rotativamente a un grupo de empleados que fueran encargados de ser eventuales bomberos voluntarios dentro de la empresa. Es decir, seleccionar semanalmente un grupo de personas y darles la tarea que ante cualquier principio de incendio y hasta que llegaran los bomberos, debían tomar los elementos de seguridad y actuar. Todo esto sin dejar sus labores habituales, obviamente.
Brusovich encomendó a los hermanos el trabajo de ser bomberos permanentemente, los envió al primer piso y los dejó ahí con una orden clara: -Ustedes tienen que quedarse acá, preparados. No se muevan, ni salgan, salvo que vean fuego, o alguien pida por los bomberos-.
Teto, que era quien mejor leía los labios de los tres, entendió la directiva a la perfección, y se la comunicó a sus hermanos.
Los trillizos formaron una mecánica de trabajo básica: uno de ellos se quedaba mirando hacia la planta baja, vigilando y los otros dos se sentaban con su uniforme de bombero a esperar la señal.
Pasaron dos años enteros y la empresa volvía a crecer, todo se había acomodado y reinaba la paz. Por eso Brusovich decidió jugar una carta fuerte: llamó al periodico que había publicado la carta de Lunatti y pidió que se acercaran a su empresa a sacar fotos y hacer un informe sobre la transformación y la inclusión de Brusovich Seguros, con los sordomudos como bandera.
Ese día llegó. Un 22 de junio de 1997 el diario accedió a ir. Aquella jornada iba a ser fatídica.
La mañana laboral había empezado un tanto más jocosa que otras veces. Era lunes y el domingo previo se había jugado el clásico de fútbol de la ciudad, con un movido 3 a 3 en el marcador. Brusovich salió a la puerta del edificio a recibir a noteros y fotógrafos del diario, e hicieron una primera parte larga de la entrevista allí en la vereda.
Mientras esto ocurría en el interior los animos estaban un tanto revueltos, y Cárdenas estaba aburrido, mala señal.
Se acercó a la zona de trabajo de Retamozo y Barretto en busca de algo de diversión. El trabajo de estos últimos era simple pero requería de suma concentración: entre los dos cortaban las pilas de hojas de papel con una guillotina. Retamozo tomaba las pilas con dedos indice y pulgar de cada mano, las colocaba bajo la hoja, quitaba las manos y Barretto bajaba la guillotina, así una y otra vez.
Cárdenas vió que Retamozo tenía puesta una remera de Pink Floyd, y de manera muy seria le dijo: -Che ¿querés ver el lado oscuro de la Luna?-
Acto seguido, se bajó los pantalones, enseñando todo el culo peludo en primer plano.
En medio de las risas y el caos, Retamozo se olvidó de quitar los dedos de la pila de papel. Barretto bajó la guillotina y le corto de raíz los dos dedos índice. A partir de ahí, todo fue un descontrol:
Cárdenas, automáticamente se desmayo y quedó tendido en el suelo boca abajo. Retamozo salió corriendo y desparramando sangre a borbotones por toda la empresa al grito de "¡los dos dedos, los dos dedos!. Toto, que estaba de guardia mirando, y que no era muy ducho para leer los labios, entendió "los bomberos, los bomberos", dió la orden a sus hermanos y bajaron corriendo con sus uniformes.
En medio de todo esto, Brusovich y los del diario entraron a la empresa y se toparon con una escena tarantinezca:
Un tipo en culo desmayado. Otro con dos dedos amputados corriendo. Sangre por todos lados. Tres sordomudos gigantes vestidos de bomberos con hachas, baldes y mangueras haciendo sonidos inentendibles y y una docena de empleados repartidos entre risas y vómitos.
La emision siguiente del diario fue la más vendida de su historia y Brusovich Seguros presentó quiebra casi un año después, a mediados de Mayo de 1998.
En la actualidad Tito Brusovich tiene una panaderia en una esquina céntrica de la ciudad. Dicen que hace las mejores tortitas negras de la región. Piensa abrir otra sucursal, pero le da miedo.
Marcelo "Fofavor" Lunatti, es gerente general de uno de los bancos más importantes del país. No se casó ni tuvo hijos. No por falta oportunidades, simplemente disfruta de la soltería, teniendo sexo casual con cuanta persona le guste. Viaja de vacaciones dos veces por año a Miami y Europa. Nunca quiso operarse los dientes. La gente hoy, tiene miedo de reirse frente a él y a sus espaldas.
Por su parte, Fernando Cárdenas, estuvo preso un año después del cierre de la compañía. Se robó un colectivo en plena madrugada cuando había salido borracho de un bar y chocó 25 autos estacionados. Un año y seis meses de encierro. Al salir se convirtió a la fe evangélica. Está casado y tiene seis hijos. Rara vez bromea con algo. Dice que es feliz.
Los hermanos Tato, Teto y Toto volvieron a su Cordoba natal, se instalaron en una pequeña ciudad a unos 60 kilómetros de la capital, donde formaron un partido político de ultra derecha. Gobiernan hace 10 años de manera ininterrumpida. Sin decir una palabra.
El poison.

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