Un día especial
Aquel iba a ser un día especial. Lo
sentía. Había algo dentro mío que me lo decía. Una ansiedad incontrolable me
desbordaba por todos los poros de la piel.
Entré a mi casa a eso de las cinco, cinco y cuarto
de la tarde, corriendo, como si estuviera en un programa de concursos contra
reloj, aunque realmente nada ni nadie me apuraba. Lo primero que hice fue
cerrar ventanas y persianas, pues aquel invierno había venido más duro que de
costumbre y el viento era muy molesto. Aunque si soy sincero, la verdadera
razón es que odio la luz del sol, que amo la oscuridad, que detesto
despertarme, salir de la cama y ver esos malditos rayos de sol entrando por las
aberturas olvidadas. Pero claro, socialmente está muy mal decir todo eso, así
que mejor digo que era por el frío y listo.
Mientras cerraba la última persiana que daba a la
vereda de la calle, aproveché para encender la computadora que estaba en un
escritorio bien al lado. La dejé cargando y me fui a la cocina a buscar algo
para merendar. Creí pertinente utilizar todo el desborde de energía
inexplicable para continuar con la escritura de mi nueva novela, que viene
estancada hace meses. Preparé una taza de cafe bien grande con unos biscochos
que habían sobrado de la mañana y que tostados serían bien reciclados, coloqué
todo en una bandeja que me quedó de mi abuela y me fui derecho a instalarme en
la zona de escritura.
Me senté en mi silla preferida y empecé a volcar
palabras en la computadora como si alguien me estuviese dictando. La inspiración
era tan grande que podía describir con detalles fílmicos lo que quería contar.
Cayó la noche y ahí me encontraba, con la taza
vacía de café y la bandeja con migajas, escribiendo desesperadamente. De pronto
un ruido rompió toda mi concentración: un estruendo muy fuerte. Me sobresalté,
pero el susto duró unos segundos, estaba acostumbrado a que en mi barrio ese
tipo de ruidos eran habituales, podía ser desde un petardo hasta un disparo de
bandas cruzadas, cuando reina el caos hasta la realidad más absurda parece
cercana. Respiré hondo y seguí escribiendo.
Unos minutos más tarde comenzaron las
distracciones: primero me cayó una gota en el hombro, sabía que la casa era
vieja, pero problemas de goteras era de las pocas cosas que no había. Al ser
una casa tan antigua, el techo estaba muy alto, así que fui hasta el lavadero a
buscar una escalera de pintor que tenía. Subí a mirar de cerca la posible
gotera pero no encontré nada.
Guardé la escalera y volví a mi silla a intentar no
distraerme más. Unos pocos minutos más tarde la concentración se volvió a ver
interrumpida, esta vez por una voz en el patio, parecía como si alguien me
llamara por mi nombre. No sentí miedo, no se por que, el patio de mi casa tiene
una medianera que da a la casa de un vecino, no hablamos seguido, pero podía
ser que necesitara algo, así que salí al patio a ver de que se trataba.
Salí con lo puesto, una remera mangas cortas, un
short de fútbol y descalzo. Me quedé parado en el medio del patio y nadie
habló. Entonces pensé que podía haber sido un grito de la calle y que me falló
la percepción auditiva.
Lo que me sorprendió muchísimo fue el cambio de
clima, me resultaba increíble que hasta hace un rato el frío me hacía temblar y
ahora estaba ahí descalzo, pisando el pasto en plena noche, y la verdad, no
sentía nada. Me quedé por un rato ahí, mirando las estrellas, aquella noche
parecían ser más.
Volví a entrar en la casa, está vez decidido a que
nada ni nadie me vuelva a interrumpir, aunque ya realmente no me quedaba mucha
inspiración.
Por supuesto que la interminable serie de
interrupciones iba a tener un capítulo más, cuando me dirigía al lugar de
escritura escuché a mis espaldas el sonido más estremecedor del universo: el
zumbido de una abeja. Para la mayoría de la humanidad sería un sonido más,
apenas alertador por esa fama de la dolorosa picadura. Pero para mí era
distinto, desde chiquito mi mamá me torturaba diciéndome que la alergia que
tenía yo a las abejas era tan grave que un roce con su aguijón podía matarme en
minutos. Por ende, las abejas fueron siempre mi máximo terror.
Pero ese día era especial. Me di vuelta y la vi,
estaba rondando en el recipiente de azúcar que me había olvidado abierto cuando
hice el café de la tarde. Me acerqué, sin miedo, agarré un vaso de vidrio que
estaba sobre la mesada y con un movimiento de ataque al mejor estilo serpiente
asesina la encerré con el vaso, usando la mesa de suelo. La miré durante varios
minutos caminar por el vaso, abriendo y cerrando las alas. Entonces saqué mi
atado de cigarrillos, encendí uno, le di dos pitadas y a la tercera me llevé a
la boca todo el humo posible, levanté unos centímetros uno de los bordes del
vaso y exhalé todo el humo dentro, volví a cerrarlo y me senté a mirar. El vaso
se llenó de humo y pude observar como la abeja se ahogaba lentamente, golpeándose
contra los costados hasta quedar inmóvil. No sentí miedo, no sentí compasión,
no sentí culpa, no sentí nada.
Ya no era momento de seguir escribiendo, no quería
volver a la computadora, así que para festejar mi hazaña con la abeja me serví
un vaso de whisky barato que alguien me regaló con muy mal tino, subí a mi
habitación y me lo tomé de un solo trago. Nunca fui amante del whisky, pero esa
vez pasó como agua, no sentí el alcohol.
Me senté en la cama, con la espalda apoyada en la
pared y las piernas extendidas hacia adelante. Me quedé mirando la nada, no
tenía ganas de dormir pero tampoco ganas de quedarme despierto. En ese momento
empezaron a venirme una cantidad increíble de recuerdos, yo no soy nostálgico
pero en ese momento recordé mucho: me acordé de mi viejo enseñándome a andar en
bici, de mi mamá cantando mientras limpiaba la casa, me acordé cuando ese
amiguito del barrio me metió una trabada y yo me rompí la cabeza contra el
cordón y tuvimos que salir corriendo a la guardia. Me acordé de mi primer beso,
de la vez que la directora de la escuela me enganchó fumando en la escalera y
me puso diez amonestaciones. Me acordé de la primera vez que sentí el viento en
la cara manejando una moto, de las caras de todas mis mascotas, me acordé de
todas las veces que me enamoré. Todo lo recordé con una imagen nítida, con
aromas, como si estuviera ahí.
En un momento escuché en la ventana un pájaro
cantando, esos pájaros que empiezan a cantar cuando sale el sol, que te
recuerdan que ya es de día, que no dormiste nada y que hay que empezar la
rutina diaria. Así que me levanté.
Bajé las escaleras y me encontré con algo que me
frenó el paso: la persiana tenía un pequeño agujero por donde entraba un rayo
de sol. Lo vi y me sentí completamente vacío. Seguí con mi vista el rayo
del sol y vi como finalizaba sobre mi cuerpo sentado en la silla frente a la computadora,
abatido, con una bala en la frente.

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