Apocalipsis con WiFi
Un mes pasó ya...¡Un mes!.. aunque me parece una eternidad. En realidad un mes pasó desde el comienzo, desde que vieron ese primer zombi en Brasil, después tardaron dos semanas en llegar acá. Dos semanas encerrados, con miedo a salir y ser mordidos por esos seres espantosos.
Lo único que hago en el día es dar vueltas por mi departamento, dormir y comer. Sólo nos dejan ir a comprar comida a la despensa más cercana y la verdad que tampoco me atrae la idea, en las calles no hay seguridad, cada quien se vale por si mismo, y yo no se si estoy capacitado para lidiar con un muerto vivo, aunque aún no vi a ninguno de cerca por suerte. Las pocas veces que salí a comprar comida fuí al almacen del viejo Don Luis, acá en la esquina de mi casa, por calle Caferata. Es bastante seguro ir de Don Luis ya que el simpático viejito se sube al techo del negocio con un arma que dice que le quedó de los años setenta y le dispara a cuanto zombi se arrime a la cuadra.
Pero llegó el dia en que me sobrepasé, hay algo que no puedo contener más, tengo una necesidad impostergable y voy a arriesgarme a salir, esto ya no da para más, necesito calmar estas ganas incontrolables de comer un plato de papas cheddar y tomarme una cervecita artesanal bien fría.
Empecé por prepararme una especie de armadura: me puse una calza, arriba un jean bien ancho, remera térmica, buzo y un camperon de lluvia hermoso de Central Córdoba. Para completarla, en la cabeza me puse el casco de la moto que me robaron hace tres meses frente a la terminal de colevtivos. Sabía que le iba a dar un buen uso a ese casco.
La idea principal era llegar hasta la zona de Pichincha, dicen que en el bar "Oasis: beers, burguers and friends" hay una zona segura, libre de los sin cerebro.
Serían unas treinta cuadras desde mi casa, un camino nada fácil. A paso rápido y seguro.
Serían cerca de las ocho de la noche. Ni bien salí del departamento me encontré con la primera escena fuerte: casi en la esquina de Caferata y Rioja había un zombi comiendose un cuerpo, parecia de un hombre en situación de calle. Asi que hice lo que me pareció correcto, saqué el celu y me acerqué por la espalda de manera muy sigilosa para tomarme una selfie con esa escena apocalíptica de fondo. Saqué la selfie y salí caminando despacito en contra mano por caferata, allí cometí el primer error: mientras intentaba subir la foto a mis historias y buscaba la canción Thriller de Michael Jakson para ponerle de fondo, bajé el ritmo de la caminata, el hambriento zombi me alcanzó y me dio un rasguño fuerte en el brazo, dejando caer el celu al piso. El dolor era insoportable, pero no podía perder el celu, asi que le di un empujón al muerto, agarré el aparato y salí corriendo. Por suerte todo salió bien, y subí una historia espectacular.
El dolor del rasguño era muy intenso, asi que de camino a el bar me dispuse a pasar por el hospital de calle Urquiza y Francia para ver si alguien podía darme unas vendas o algún calmante. Hice varias cuadras corriendo porque el dolor aumentaba. El hambre y la sed también.
Cuando llegué, a unos veinte metros del hospital me encontré con una escena de película: los médicos estaban todos agrupados en el techo del hospital, y todo alrededor era zombies y cuerpos sin vida. Los médicos gritaban, estaban desesperados, y eso parecía atraer más y más a los muertos que se chocaban entre sí en la odisea por cenar. En ese momento vi mi gran oportunidad. Era la chance de redimirme por la idiotez que había hecho con el zombi anterior. Por eso, aprendiendo de mis errores, fui más sigiloso que la última vez en dirección a la única ambulancia que estaba estacionada, aprovechando la distraccion que generaban los valientes médicos pude hacerme de un paquete de vendas y un frasco de pervinox. Me fuí lo más rápido que pude, no sin antes sacar una foto panorámica extraordinaria de la escena dantesca.
Ahora sí. Corriendo por Urquiza derecho hasta Oroño y de ahi derecho hasta Salta para llegar a Oasis: Beers, burguers and friends.
El camino por Urquiza fue tranquilo, sin gente, ni muerta ni viva. El problema apareció junto con el Boulevard Oroño: decenas de zombis caminando por el cantero central. Esta vez no pude ir en silencio, ni había medicos que me salvaran, esta vez dependía de mí.
Apenas me vieron vinieron a buscarme. No eran rápidos, pero yo tampoco. Venían atrás mío persiguiendome a toda marcha. Logré correr una cuadra sin que me alcanzaran, pero ya en la segunda estaba muy cansado y aún faltaban tres más.
Justo cuando estaba por darme por vencido y entregarme como alimento apareció delante mío una imagen de esperanza y motivación: casi a mitad de cuadra estaba parado un viejito de boina y bastón. Logré ver como la mano que no sostenía el bastón presentaba un puño cerrado dirigido hacia mí en señal de aliento. Entonces saqué mis ultimas fuerzas y corrí, corrí como nunca hacia él.
Me estaban por alcanzar, los sentía atras mio respirando y haciendo esos ruidos espantosos con la garganta al mejor estilo de fumador teniendo un orgasmo. Los zombies a menos de un metro y el viejito a unos tres metros, no podía fallar, la jugada tenía que ser precisa. Asi que tomé aire, afiné la punteria, cargué el empeine derecho como el Bati y le metí un tres dedos esplendido al bastón del viejito que cayó sin apoyo y resultó la carnada perfecta para que la decena de zombis se quedaran entretenidos comiendo. Me sentí un poco mal, pero pensándolo en frío ¿Cuanto más iba a vivir ese viejo en este mundo? Y además ¿Que hacía en la calle? Si no se cuida él, yo no lo voy a cuidar.
Por fin vi el cartel luminoso enorme de Oasis: Beers, burguers and friends. Entré exhausto. Casi arrastrándome pude llegar a la barra y pedir un plato de papas cheddar y una ipa. Me dijeron que suba a la terraza, que me lo alcanzaban ahí.
Me senté en una mesa bien pegado a la cornisa, desde donde se veía gran parte de la ciudad. Me trajeron las papas y la cerveza y me las dejaron en la mesa.
Tomé un trago para matar la sed de la corrida, miré las papas, miré la ciudad, vi el caos y entendí que eso estaba mal, me angustié profundamente, me puse a llorar como un chico. Me di cuenta que no me habían traído cubierdos. Miré el horizonte y me quedé en babia.
El poison.

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