Las apariencias engañan




 "Cuando yo era chico era distinto. Era mejor". Una frase que se repite casi en la totalidad de los seres humanos, y creo que es verdad. En veinte años, que se supone que es una cantidad de tiempo en la que las personas crecen, todo cambia. Es tanto lo que cambia el mundo, que ni siquiera somos capaces de acordarnos el valor monetario de las cosas hace veinte años, pero lo que sí nos es fácil identificar son los pequeños detalles que nos hacen creer que la propia infancia fue la mejor y que la infancia de la actualidad está contaminada y está perdida. 

Yo, por ejemplo, recuerdo que cuando era chico jugaba a las escondidas con mis amigos en la calle hasta las dos de la mañana. Dábamos la vuelta a la manzana, nos ocultabamos arriba de los árboles, hasta llegábamos a ir al parque a escondernos, en plena madrugada, lo cual hoy parece una locura total. Pero era así. La libertad era invaluable. La vida valía más que cualquier aparato tecnológico, que cualquier billete, pero lamentablemente eso se fue perdiendo y hoy los chicos y las chicas no tienen libertad. Aunque seguramente sean hoy más libres que lo que van a ser en veinte años, porque los humanos estamos condenados a auto destruirnos, cada vez con mayor intensidad. 

Tan grande era nuestra libertad que recuerdo cuando tenía diez años y salía del colegio, volvía caminando con dos o tres amigos más del barrio unas ocho cuadras, y estaba bien, era normal, hoy parece imposible. 

Nos conocíamos todo el camino de memoria, sabíamos donde iban a estar estacionados los autos, conocíamos los arboles que dejaban caer pelotitas que nos servían como munición de batalla, saludábamos a el mecánico Pablo, a el verdulero Oscar, a la panadera María Clara y a todos los vecinos y vecinas que cruzábamos en esas hermosas ocho cuadras diarias.

Sabíamos también de los peligros. Los grandes nos contaban de algunos personajes que debíamos mantener lejos. El máximo ejemplo era el loco Miguel. Él era un tipo enorme, realmente gigantesco, en ese momento cuando yo le contaba a amigos de otros barrios sobre el loco Miguel, les decía que medía unos cinco metros más o menos, porque a esa edad no sabemos bien cuanto miden o pesan las personas. De todas formas hoy siendo más grande puedo asegurar que Miguel medía no menos de dos metros, así que no estaba muy errado en mi percepción. No solo era alto, si no que además era gordo y ancho. Tenía el pelo largo de color blanco y usaba siempre unos lentes culo de botella.

La peculiaridad del loco Miguel era que no hablaba con absolutamente nadie, se lo veía constantemente entre los tachos de basura de la calle, revolviendo. Cada tanto sacaba algo que le interesaba y lo guardaba en un bolso de mano, esos de viaje, y ahí desaparecía.

Las teorías que circulaban alrededor de el loco eran varias: algunos decían que le fascinaba comer basura, otros más arriesgados decían que juntaba ropas con sudor de la gente porque hacía experimentos con el ADN, y algunos, que hoy en día deben ser terraplanistas, decían que Miguel era un extraterrestre que revisaba los desperdicios humanos para informar de nuestro comportamiento a sus líderes.

Yo en esa época era mucho mas curioso que ahora. Así que el último día de clases me aventuré en la riesgosa misión de seguir al loco Miguel a escondidas para saber quien era y que hacía. Fuí caminando a unos metros de distancia y lo vi haciendo su ritual diario basurero. Como siempre, sacó algo de la basura, lo guardó y empezó a caminar. Yo seguía sigiloso atrás jugando al espía. Llegó hasta una casa muy vieja, de dos pisos, con ventanas grandes de metal. Cuando cerró la puerta vi que había un cartel pegado, así que fuí agachado para ver. Me encontré con algo que me presentó más dudas que certezas. El cartel estaba escrito con colores vivos como los del arcoíris y decía: "Hospital público de juguetes, traiga aquí su amigo o amiga y no lo pierda". Y más abajo pero escrito en negro decía: "Las apariencias engañan".

Quería verlo por la ventana, pero estaba alto, así que trepé a un árbol que estaba en la puerta que tendría dos metros y pude verlo yendo y viniendo con una muñeca de juguete grande en brazos y vestido con un delantal azul pastel y nariz de payaso. De pronto la rama se quebró y yo me caí al piso, me raspé el brazo derecho y las dos rodillas. El ruido debió alertarlo porque no pasó ni un minuto para que saliera y empezara a caminar hacia mí. Yo me quedé duro, el miedo siempre me paraliza, así que me paré y lo único que me salió fue levantar los brazos y decirle que no me haga nada. Él sonrió y me dijo con voz gruesa que no le tenga miedo, que pasara a su casa que me iba a curar las lastimaduras y que me iba a mostrar unos juguetes que coleccionaba. Como dije al principio, los tiempos eran otros, entonces fuí detrás de él y entré en la casa.

El living parecía un taller o una gomería, estaba lleno de herramientas por todos lados. Mientras caminábamos hacia la cocina llegué a ver muchos estantes con botes de pegamento y muñecos de toda clase, la mayoría con algún defecto claro, falta de cabezas, brazos, piernas, etc.

Llegamos a la cocina y el enorme señor vestido de payaso me pidió que me sentara mientras buscaba vendas en su botiquín. Me puso las vendas en las rodillas con un poco de desinfectante y para que yo esté más tranquilo, supongo, empezó a contarme su historia, sin que yo le preguntara nada:

-"Yo sé que me tenes miedo, todos me tienen miedo, pero eso es porque la gente se deja guiar por las apariencias, puedo asegurarte que nadie me temería si supieran que fui médico por más de treinta años"- dijo mientras con su mano izquierda se acomodaba constantemente la nariz de payaso porque se le caía. 

Mi cara en ese momento debe haber sido de mucho asombro al escuchar de su antigua profesión, porque al verme, Miguel se largó una carcajada muy fuerte, y luego siguió con su relato:

-"Si claro, no te asombres. Fui médico y de los buenos, muy respetado. Después de cumplir con muchos años de servicio y tras jubilarme decidí hacer esto que ves. Cambié los humanos por los juguetes,y hoy arreglo todos los que encuentro, sin pedir nada a cambio, por eso es el hospital público de juguetes"- terminó su frase guiñando un ojo.

La mente está tan entrenada para el prejuicio que sin darme cuenta, al escuchar que había sido un hombre respetado, el miedo había desaparecido. Miguel había terminado ya hacía unos segundos con las curaciones y yo ya me sentía cómodo. Entré en confianza y le pregunté si vivía solo. En la respuesta lo noté más triste:

-"Si. Hace varios años que vivo solo, estuve casado mucho tiempo y realmente fui muy feliz, pero tengo un problema, no puedo tener hijos, y Victoria, quien era mi esposa, deseaba mucho ser mamá, así que un día de común acuerdo decidimos separarnos para que ella pueda cumplir su sueño. Amar podemos amar todos, pero dejar ir a alguien que amas por su felicidad, eso es verdadero"- se frotó los ojos y me revolvió el pelo. No volví a preguntar del tema.

Me invitó a pasar nuevamente al living donde funcionaba su hospital, para que lo viera detenidamente. Viéndolo con menos miedo y más atención me di cuenta que el lugar estaba más desordenado de lo que había percibido al entrar por primera vez. Me mostró alguno de los juguetes que estaba arreglando y hasta me dejó ver en vivo el proceso mediante el cual pegaba la cola de un tiranosaurio de madera.

Después de una media hora de ver herramientas y juguetes rotos y ante mi cara de evidente aburrimiento, Miguel me miró de reojo desde lejos y me dijo que si quería me podía ir, que no me sintiera mal porque él estaba acostumbrado a estar solo. Yo le dije que en realidad la estaba pasando bien pero que esperaba algo más divertido. Entonces me hizo un gesto con la mano para que lo acompañara hasta otra puerta que no era la de la cocina. Era una puerta color púrpura que nuevamente tenía pegado el cartel: "Las apariencias engañan". Cuando abrió pude ver por primera vez el lugar más bello del mundo: Una habitación enorme, del techo colgaban toda clases de móviles, aviones, pájaros, etc. En una esquina había una pista enorme de autitos a control remoto ¡con rampas y todo! En la otra esquina pude ver una colección de muñequitos de soldados de plomo, todos acomodados para la batalla. Y en el centro de la habitación una especie de montaña que casi llegaba al techo, toda cubierta de nieve artificial y rodeada por un tren enorme que iba hasta casi la cima y volvía por el otro lado. 

Mi fascinación fue tan grande que me quedé durante horas jugando en esa habitación mientras Miguel iba y venía, arreglando los juguetes que rescataba de la basura (dando así por finalizada la enorme fila de absurdas teorías). Cuando se hizo más tarde le dije a Miguel que me tenia que ir, pero que me gustaría volver porque me había divertido mucho. Él me dijo que sí, con una sonrisa de oreja a oreja. Me dijo que me esperaba al otro día con nuevos juguetes para arreglar y sumar a la habitación púrpura. Esa noche casi no pude dormir de la emoción, y así fueron todas las noches de aquel verano. Miguel y su hermoso hospital de juguetes se quedaron con las vacaciones más lindas de mi infancia. Volví a ir todos los días hasta el comienzo de clases. Luego de eso comenzó la escuela secundaria: las chicas, las computadoras y las apariencias. Me olvidé de divertirme. Empece a ser un adolescente y nunca más vi al loco Miguel.

Veinte años después, un día cualquiera, amanecí triste, vacío. Ese día me acordé de aquel hermoso verano en el hospital de Miguel y decidí pasar antes de ir a trabajar, a ver que sería de aquel lugar. Cuando llegué me encontré con algo que me sorprendió muchísimo: una fila de casi una cuadra que desembocaba en lo que solía ser la vieja casa de Miguel. La fila era de padres, madres e hijos pequeños y la casa de el loco ya no existía. Era una tienda de celulares. Observé por un segundo la fila y pude ver que todas las personas que la formaban tenían un gesto apagado en el rostro, casi vacío. Y todos tenían puesta la mirada en su teléfono. Ante el silencio reinante me acerqué a la entrada a preguntar que pasaba. Un hombre robusto vestido de negro me informó que ese día salía a la venta el último modelo de teléfonos celulares, luego me pidió no tan amablemente que si no tenía una reserva me retire. Decidí irme recorriendo el silencio de la fila. De pronto un sonido, algo distinto: una risa. Era un bebé en un cochecito, que jugaba con unas llaves de plástico y reía sin parar. Esa imagen me dibujó una sonrisa grande que intenté sostener el resto del día. 

Al llegar a la noche a mi casa tenía una sensación rara, una mezcla de tristeza y tranquilidad. Tristeza por la imagen de lo que terminó siendo el hospital de Miguel. Y tranquilidad porque después de veinte años entendí que aquel loco era el más cuerdo de todos, que Miguel no cuidaba juguetes, él cuidaba las infancias. Miguel no estaba loco, sólo era un viejo que se animó a seguir jugando. Las apariencias engañan


El poison

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Olas de sangre (novela)

El tipo

Mientras tanto, el café se enfría