Entre bidones y alfileres
Como olvidar aquel momento, aquel equipazo escolar que logró el milagro del sexto puesto. Como olvidar cuando estuve a treinta centímetros de la gloria eterna..
Nunca fui bueno para los deportes, no se que es, algo físico, mental, actitudinal, no se, fuí, soy y seré un mal deportista.
No hay problema real con ser malo en los deportes siempre y cuando uno no sea cabeza dura y quiera dedicarse si o si a eso, y hasta ahí iba todo bien. Yo no tenía ni la más mínima intención de ser futbolista. Pero sí había un problema grave, casi una jugada maestra de los genes: yo siempre fui extremadamente competitivo.
Desde que tengo memoria me cuesta mucho perder. Recuerdo cuando muy niño inventar reglas absurdas para no caer en la derrota. Manipular burocrática y psíquicamente a mi rival era mi única oportunidad de ganar, y así lo hacía.
Pero claro, mi deporte preferido siempre fue el fútbol, y en el fútbol no hay muchos juegos mentales o burocráticos que te permitan ganar, más bien pueden facilitarte un poco las cosas, o al menos eso creí, hasta que fui entrenado por mi papá.
Mi viejo es un tipo apasionado en general, cuando algo lo entusiasma va a fondo, intenta ser el mejor en lo que hace, o al menos se siente el mejor cuando lo hace. Así que cuando armamos con nuestros compañeritos de doce años el equipo para competir en el interescolar yo no dudé en proponer a mi viejo para ser el director técnico.
Todo listo, nos juntamos los diez chicos que íbamos a conformar el plantel de siete titulares y tres suplentes y hasta elegimos un nombre para el equipo, que luego iba a ser desestimado por la organización del torneo, ya que cada equipo debía competir con el nombre de su colegio. Pero no importaba, nosotros juntamos las manos en el recreo al grito de: "¡LA PATERNAL!"
Nos tomó algo así como dos o tres días pedir los formularios correspondientes, llenarlos, autorizarlos en la dirección de la escuela y mandarlos a quien correspondía. Ya estaba todo hecho, lo único que nos quedaba por delante era esperar la confirmación que llegaría unos días más tarde.
Durante esos días la excitación era tan grande que no hacíamos otra cosa en clase que no sea esperar el recreo (mucho más que antes) para armar alguna pelota de papel y poner a entrenar a La Paternal. Todo era una hermosa locura hasta que Nico, uno de mis compañeros de banco y de zaga central me hizo una pregunta que me derrumbó el castillo de naipes: -"Che ¿y tu viejo que dijo de esto?"
Era de suponerse que me iba a olvidar de decirle, pero el tiempo de olvido de esta ocasión debía ser más corto, unas horas, al otro dia como maximo. El equipo ya estaba "entrenando", el torneo empezaba en dos semanas y mi viejo seguía su vida normal sin saber lo que le esperaba.
Cuando le dije, su primera reacción fué declinar mi oferta de contrato, lógico. Mi viejo trabajaba unas doce horas por día, era completamente esperable que no le entusiasme mucho la idea de además agregarle a eso la responsabilidad de entrenar los sábados a un grupo de amigos de su hijo de doce años.
La negociación con mi papá fue más trabada que la de Messi con el Barcelona. Intentaba por todos lados pero no podía convencerlo, y tampoco podía volver a la escuela con la noticia de que no teníamos técnico. Ya me quedaba sin palabras, mi papá en el quincho de atrás arreglaba unas cosas mientras yo lo perseguía para convencerlo sin éxito. Hasta que se me prendió la lamparita, mi ultimo movimiento, este no podía fallar. Agaché la cabeza y le dije; "Igual seguro ni pasamos la primera ronda, somos bastante malos, iba a ser poquito tiempo que te ocupe". Y ahí dejó de hacer lo que sea que estaba haciendo y me miró. El desafío le presentó una oportunidad. Teníamos DT.
No éramos gente de guita, casi ninguno, así que compramos camiseta, short y medias negras y estampamos los números atrás. No había escudo, no había nombre, no había publicidad. Así llegamos al primer partido, ante las burlas escondidas del resto de los chicos que se habían preparado estéticamente para jugar la Champions League.
El torneo se jugaba en un predio en las afueras de la ciudad y consistía de una primera fase de zonas de diez equipos. Todos contra todos, los cuatro primeros pasaban a la fase de grupos y el quinto jugaba un repechaje. El sueño (lejano) era pasar esa primera fase aunque sea por repechaje.
Antes de empezar el torneo yo hablé con mi viejo y le quité toda la presión aclarandole que me mandara al banco de suplentes sin dudarlo, yo iba a colaborar cuando me tocara jugar, entonces el equipo salía de memoria: En el arco Ramiro, estilo loco Gatti, sacaba pelotas imposibles y le hacían goles imposibles también. Dos en el fondo, Nico y el Cabe. El medio se lo repartían entre Héctor y Denis, entre los dos juntaban veinte pulmones, corrían por todo el equipo. Y adelante jugaban Lucas y Fede. Lucas era esos delanteros guapos de barrio, esos que necesitas si o si, los que son capaces de encararse a la esposa del técnico rival si hace falta. Y fede era de esos nueves que de haber tenido una hinchada seguramente habría llevado una hermosa relación de amor y odio con ellos.
Ganamos el primer partido 2 a 0. Un gol de cada delantero, de manual. Estábamos muy felices, nos volvíamos a casa con la primera victoria y ahí llegó nuestro primer cachetazo: La organización había detectado que nuestro arquero el loco Ramiro había repetido un año, y por ende no podía participar del torneo. Mi viejo, hábil chamuyero, habló con uno de los kapangas y lo pudo solucionar. Por un lado era alentador que sigamos con el equipo completo, por otro lado quedaba claro que la legalidad del torneo no era tan inquebrantable como imaginábamos y eso también nos podía jugar en contra.
El torneo fue avanzando y nuestro humilde equipito cosechaba más victorias que derrotas.
El partido que más recuerdo fue un 4 a 2 a favor, en la mitad del torneo, lo recuerdo bien porque ese día nos televisaron por canal 5 para toda la ciudad, un hecho histórico en mi familia que aún sigue inmortalizado en algún vhs que contiene eso y atrás algún programa de Pablo y Pachu. Ese día a la mañana mi viejo me dijo que lo había llamado el papá del cabe, que estaba enfermo y no podía jugar, entonces yo iba a ser titular. Jugué el mejor partido de mi vida, y al terminar mi viejo me abrazó fuerte. Se ve en el vhs.
Pasamos cómodos la primera ronda y el objetivo ya estaba superado, la segunda ronda consistía en una especie de mundial. Grupos de 4, los dos primeros clasificaban y entraban también los dos mejores terceros de todos los grupos. Para esa etapa del torneo nos permitían hacer dos incorporaciones, y mi viejo hizo uso de su derecho: Trajo a dos de la otra división que nos brindaron la solidez necesaria para afrontar esta parte difícil: Seba que era defensor de esos bien difíciles de enfrentar, un mini Ruggeri. E Iván,un nueve grandote con muchísima técnica que rápidamente le sacó el puesto al voluntarioso Fede.
Perdimos el primer partido y empatamos el segundo. Llegamos al tercer partido con sólo una posibilidad, ganar para esperar que se den los resultados y soñar con el pase a octavos de final. Ese día nos pegaron un paseo tremendo, no la veíamos ni cuadrada, pero tuvimos la jugada: la pelota le cayó como un regalo a Denis en la mitad de la cancha, se abrió para la derecha y le metió un bombazo tremendo que se clavó en el ángulo. Uno a cero arriba y a aguantar. Rápido mi viejo sacó un delantero y me puso a mí para armar una línea de tres defensores y sacar todo lo que venga. Minuto final, todos aguantando, tiro libre para ellos en el borde del área, el árbitro anuncia que después de ese tiro libre se terminaba el partido. Armamos la barrera de los seis jugadores al lado del arquero en la línea del arco, mientras se armaba la ceremonia del tiro libre mi papá fue despacio caminando por atrás del arco y se quedó ahí, lo que viene ahora es tan sucio que ni el mismo Bilardo se animó a tanto. Cuando el árbitro dió la orden y el pateador arrancó la carrera a su remate, mi viejo desde atrás del arco empujó toda la barrera para adelante, el recorrido del tiro no tuvo ni veinte centímetros de distancia, la pelota se fue afuera, saltamos todos a abrazarnos y no le dimos ni tiempo a los rivales de protestar, mi viejo al grito de "salgan de la cancha y al auto". La paternal, el equipo de negro con números mal pegados se metía en los play off.
Los octavos de final pasaron fácil, eran dos partidos consecutivos contra el mismo rival y el mismo día, ganamos dos a cero en la ida y empatamos sin goles en la vuelta, pasamos a cuartos de final y el sueño seguía intacto. Esa noche mi papá, que ya se creía el loco Bielsa, organizó una hamburgueseada para todo el plantel en mi casa para festejar el pase a cuartos. En un momento nos juntó a todos y nos dijo que no solo nos reuníamos para festejar si no para analizar al próximo rival, nos tocaba el equipo más difícil del campeonato: Nuestra Señora de Fátima.
Mi papá había visto al equipo, todos eran más grandotes que nosotros pero había uno que era irrisorio, el nueve de ellos nos sacaba tres cabezas mínimo a cada uno y era el goleador del campeonato, el Pollo. Mi papá nos habló a los tres defensores del plantel para prepararnos psicológicamente ante la adversidad que se venía, a mi solamente me dijo que espere mi momento y que quizás sea muy útil en una situación del partido, a Seba (el mini Ruggeri) le tocó la peor parte. Mi papá le dijo que había visto partidos de el Pollo y que era muy calentón, entonces le dió la orden de volverlo loco todo el partido. "Tocale el culo" "Decile que te encaraste a la novia" "Besale el cuello" "Sacalo del partido", eran algunas de las frases que mi viejo le dijo al atento Seba.
"Si pasamos este partido, somos campeones" fue la frase de mi viejo antes de salir a la cancha. El partido empezó como lo esperábamos, manejaban la pelota ellos y nosotros esperando alguna oportunidad. Allá lejos se lo veía a Seba decirle de todo en el oído al temible goleador rival. Pelota aérea, nuestro Ruggeri cubre para que se vaya al saque de arco, desde atrás patada descalificadora de el Pollo, todos al campo a protestar, disturbios, amarilla solamente. El plan de nuestro DT había funcionado, pero la cobardía del árbitro no ayudó. Ahí se desvaneció nuestra oportunidad.
Llegamos al segundo partido con dos goles de desventaja y perdíamos lentamente las esperanzas, promediando el segundo tiempo nos hacen el tercero y el cuarto. Partido liquidado, sólo restaba esperar el final.
Para la parte que viene ahora les pido que traten de entender que hay pocas cosas que en el fútbol no se pueden tolerar, y una de ellas es que el rival que te va ganando por goleada te goce dentro de la cancha. Tacos, rabonas, bicicletas y risitas sobradoras. Faltando cinco minutos me llama mi viejo para entrar. Nunca me voy a olvidar la indicación que me dió porque fue muy clara: "Entrá y matalo al pollo". Mi cara fue claramente de terror porque ese animal me podía asesinar de un rodillazo si quería, pero mi papá me aclaró que en el momento que yo se la ponga iban a saltar todos y que el partido se terminaba ahí. Entré y tomé posición, pelota por arriba dirigida al Pollo, la para con el pecho de espaldas a mí. Tomo carrera y me lanzo cual Daniel LaRuso con una patada voladora a la columna, la intuición del goleador lo hizo mirar a tiempo para atrás y correrse unos centímetros. Pasé volando por al lado, estuve a treinta centímetros de la gloria. El partido terminó y más allá de alguna linda patadita que pude pegar después, al Pollo lo sacaron rápido y no pudo concretarse la orden de agresión.
Lo lindo de contar cuentos es que una historia real puede servir para inspirarse pero se puede modificar y elegir el final deseado. Yo pude haber contado esta historia como una de Netflix, y el equipo humilde de barrio podría haber sido campeón. Pero elegí contar la verdad, porque aquel recuerdo de las trampas, los amigos y mi viejo en la línea de cal, no los cambio por ningun final inventado. Fuimos héroes, a nuestra manera.
El Poison.

Un espectáculo 👏👏👏
ResponderBorrarGraciasss wachooo tremendoo viaje en el tiempo yo era el delantero voluntarioso jajaja!
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