El odio de mi vida


Mi paso por el secundario fue bueno, realmente muy bueno, y no es poca cosa decir algo así, es que, para algunas personas, bastantes diría yo, esos años son muy feos. Bueno no es mi caso, porque sacando de lado alguna que otra travesura en la que quizás me excedí un poco, el resto creo haberlo hecho bien, al menos en la parte humana claro, la más importante supongo.

No fui ni el bueno ni el malo, no era el que hacía bulling ni el que lo recibía. Tampoco era Robin Hood, porque a diferencia de él, a mi me querían por igual los buenos y los malos. Yo no busqué que eso pase, simplemente se dio, y yo se lo atribuyo sin ninguna duda a una sola cuestión y aquí todas las respuestas juntas: Yo era el gracioso.

No es fácil cargar con la presión de ser el gracioso del curso, de verdad no lo es. Claro, al principio era espectacular, el momento en que descubrí que tenía facilidad para decir algo y que todos y todas se rieran, era una forma muy fácil de hacerme notar sin hacer nada malo, aunque las profesoras no lo vieran de la misma manera, obvio. Pero después se empieza a poner más complicado, la frase del tío Ben a el Hombre Araña es cierta: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. O algo así. No lo voy a buscar.

La dicha de hacer reír, poco a poco, se fue convirtiendo casi sin darme cuenta en una especie de trabajo, en el cual yo era mi propio jefe pero al mismo tiempo era mi único empleado. Bastaba una palabra de cualquier profesor o profesora para que todos y todas se den vuelta a mirarme, esperando el remate, ya en cualquier situación.

Todo ese primer año me tomó adaptarme a este personaje que me tocaba encarnar, y fui sorteando obstáculos para afianzarme bien en mi puesto. Terminé el año llevándome solo cuatro materias, aprobé las cuatro en diciembre y pasé a segundo año (que por ese entonces era noveno).

Recuerdo el primer día del segundo año de secundaria como si fuera hoy. Entré en el colegio y me senté con dos de mis amigos en un banco del salón de actos. La excitación de no vernos por varios meses sumada a la de empezar un nuevo año nos llevó a estar gritando y empujándonos cual pogista ricotero matriculado. Y ahí fue cuando la vi a ella, en ese momento mi vida cambió para siempre, no, no es una chica de mi edad, no es una profesora que me gusta, acá en esta historia el amor no se encuentra fácilmente, ese día conocí a la Señora Susana.

Ancha de espaldas, con hombreras que la ayudaban, pelo rubio largo al estilo Mirta, un chaleco colocado por sobre los hombros pero sin ponerse las mangas, las uñas y los parpados pintados violeta oscuro en composé , las manos llenas de anillos de oro y una sonrisa de dientes apretados. Se acercó balanceando su cuerpo lentamente como el león que se acerca a la gacela indefensa y con su voz insoportablemente finita nos dijo: -“¿Que creen que hacen­?”

Mis dos amigos me miraron esperando mi chiste y mi clásica humillación a la autoridad. Y asi fue, mientras levantaba mi cabeza le hice montoncito con los dedos, pero cuando llegué a hacer contacto visual no me salió ninguna palabra. Sus ojos eran las puertas al infierno. La señora me agarró fuerte del brazo y casi susurrando entre dientes me dijo al oído: -“Eso, conmigo no, nunca más”. Y ese momento cambió mi vida para siempre.

Mi mini empresa de quedar bien parado socialmente comenzaba a verse lentamente afectada con la presencia de la Señora Susana, pues es muy complicado hacerse el gracioso frente al miedo o al menos yo aún no estaba preparado para semejante desafío. Y todavía faltaba lo peor, ese año, nuestra profesora de Historia iba a ser ni mas ni menos que la Señora Susana.

Vale aclarar que no le digo la Señora sólo por cordialidad o respeto. Era esa la manera en que todos y todas en la escuela se dirigían a ella. Incluso hasta los profesores mas rebeldes e innovadores. Todos y todas le temían. Por eso, parodiando a la historia de Harry Potter, por momentos no la nombraban, sólo decían “La Señora”, supongo yo que por miedo a que aparezca.

Llegó el día en que por fin nos iba a dar la primera clase, la noche anterior no pude dormir, tuve pesadillas toda la noche:

-“De pie chicos, la Señora Susana” dijo el preceptor. Y todos y todas nos pusimos de pie como lo hacíamos con cualquier profesor o profesora que ingresaba al curso, con el desparpajo y la desprolijidad propia de los adolescentes.

La señora entró en el aula con un paso lento y firme, mirándonos como desde arriba. Lo primero que nos dijo fue que nos volviéramos a sentar y que nos paremos otra vez sin hacer ruido con los bancos, esta secuencia se repitió no menos de cuatro veces. Una vez que logró la ceremonia como se debía sacó una libreta y empezó a caminar entre los alumnos en silencio. Casi como una escena de película de guerra nos leyó uno por uno los requisitos del uniforme escolar, mientras nos miraba y denigraba. Recuerdo frases tales como “­­¿En tu casa no hay lavarropas?” “Lustre esos zapatos” “No venga más con el pelo así engrasado” “Usted señorita baje de peso urgente”. La señora no tenía ningún límite, su objetivo era doblegarnos emocionalmente, y lo consiguió rápidamente. La escuela, el aula y nuestros miedos eran suyos.

Las primeras clases fueron así, ella leía el libro de historia correspondiente a nuestro año lectivo mientras nosotros anotábamos y hacíamos silencio, solo se permitían preguntas cuando ella lo disponía y tenían que ser preguntas inteligentes, si no se te reía en la cara y no te respondía.

Rápidamente, y como era de esperarse, empezó a circular una frase dirigida a mí que se repetía cada vez que la señora se retiraba del aula: “Con esta no te haces el gracioso”.

Se me caía el personaje en picada y no podía hacer nada para detenerlo, el miedo era tan grande que me tenía paralizado. Pero no me iba a dejar vencer tan fácilmente. Había que idear un plan. Todos los villanos y todas las villanas tienen un punto débil, así tiene que ser para que el héroe tenga una oportunidad de ganar y todas las historias tengan un sentido.

La Criptonita de Susana era su edad. Tendría unos setenta años y le temía mucho al paso del tiempo. Además su edad no era sólo un número, era vieja en su DNI y vieja en sus gustos y costumbres. Por lo tanto no estaba al tanto de ninguna novedad cultural ni tecnológica, pero al mismo tiempo no lo iba a reconocer, por su mismo miedo al paso del tiempo. Así que esa era mi jugada, la burla hacia ella tenía que ser para que la entiendan mis compañeros y compañeras, y que ella no entienda pero le de miedo decirlo.

Las clases de Historia ese año eran partidos de ajedrez entre ella y yo. El resto de los alumnos miraban desde sus asientos como nos desafiábamos constantemente. Ella sabía que yo me burlaba y como no podía hacer nada para no demostrar su edad me atacaba sistemáticamente haciéndome dar lección oral casi todas las clases. No hace falta aclarar que yo no era un alumno aplicado, así que acumulaba reprobaciones constantemente. Pero ese no era un problema, me iba a ocupar de eso en Diciembre, o Marzo en su defecto.

El año lectivo finalizó y yo me llevé siete materias, de las cuales podía dejar dos sin rendir y tenerlas como previas al año siguiente. En limpio, para pasar a tercero tenía que rendir bien cinco de las siete. Mi objetivo era evitar la mesa oral mano a mano con la Señora.

En diciembre me relajé y saqué una sola. Me quedaban seis para febrero, de las cuales tenía que rendir cuatro bien.

Ese año mi familia decidió irse a la costa en la primera semana de marzo y me advirtieron que tenía que pasar de año antes para poder ir.

Las primeras dos materias de febrero las rendí mal, ya no había vuelta atrás, para pasar de año e irme con mi familia de vacaciones tenía que rendir bien las cuatro que me quedaban, la ultima de ellas: Historia.

Estudié como nunca en mi vida y saqué las tres primeras. Por supuesto como era de esperarse, la batalla final era la más difícil. Mano a mano con la señora, frente a frente, de manera oral, si me aprueba paso de año y me voy de vacaciones con mi familia, si no, me quedo, en todo.

La semana previa a ese día fui Rocky Balboa. Me despertaba a las siete, estudiaba tres horas, comía algo en diez minutos y seguía tres horas más. Me costaba dormir por las noches y me despertaba transpirando por las pesadillas.

Llegó el día, entré en el aula y finalmente quedamos mano a mano. “Tome asiento”, dijo la voz finita del horror. La miré a los ojos, como aquel primer día, pero esta vez no me entregué al infierno, estaba firme.

Fueron cuarenta minutos en los que me bombardeó de preguntas, y juro que se las respondí todas, y bien. No le dejé otra opción más que aprobarme.

Sin mirarme, y anotando en su hoja me dijo que me iba a poner un ocho y que me vaya. Le estiré la mano y aún sin levantar la vista me dijo “fuera”. Cuando salí por la puerta, el milagro: “Así lo quiero”, me dijo y sin darme vuelta me fui sonriendo, derechito a mis vacaciones.

Ese verano fue extraño, no tenía ganas de empezar a cursar. Pero por primera vez era enserio, no era de vago, no tenía ganas de otro año estresante desafiándome con Susana.

El primer día de clases llegué tarde, cuando entré al aula todos y todas me sonreían. Me miraban y apretaban los puños. Yo pensaba que se había corrido el rumor de mi épica victoria de Febrero. Pero la noticia me azotó cuando me senté en mi lugar: “¿Viste lo que pasó? La vieja murió hace dos semanas”. En ese momento tuve una mezcla de sentimientos que no volví a tener. Por un lado era alivio, era un triunfo sin haber jugado, la lógica de la vida hizo su trabajo y la parca me dio una mano enorme para seguir mi camino escolar en paz. Pero había otra parte de mí que se sentía vacía.

Todos necesitamos un enemigo o una enemiga, y más cuando es tan grande.

La Señora Susana puso a prueba mi capacidad de re inventarme, me enseñó lo que es el miedo y lo que es el esfuerzo, y aunque nunca en la vida la voy a extrañar, siempre va a haber un vacío, después de ella, nadie puede estar a esa altura.

Todos y todas creemos que tenemos “el amor de nuestra vida”, yo ese año tuve “el odio de mi vida”. Sigan viniendo, enemigos de papel, a la señora, ni a los tobillos.

 

El Poison


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