El contrato
Tenía unos 19 años aproximadamente y me encontraba en ese hermoso limbo
que algunos tenemos la suerte de transitar, ese espacio vacío entre el fin del
colegio y el primer trabajo. "Año sabático" lo llaman algunos,
"el vago no hizo nada durante un año" dicen otros un tanto más
agresivos.
La rutina de esos días tenía al ocio como protagonista estelar. Las
reuniones con amigos en el quincho de mi casa se repetían día tras día y yo
jugaba al límite con la paciencia de mi mamá que era la líder de la casa.
Las noches en las que no había reuniones, el ocio se trasladaba a mi
habitación, donde veía horas y horas de películas que mi hábil zapping
enganchaba o testeaba infinidad de juegos en la play.
Pero una noche me pasó algo distinto. Algo rompió mi comodidad.
Serían las dos o tres de la mañana más o menos y decidí levantarme de la
cama e ir a buscar un vaso de Coca a la cocina, ceremonia bastante común
también en aquellos días. Pero cuando pasé por el living me encontré con un
tipo sentado en el sillón. La primera reacción que tuve fue de cagazo absoluto,
por supuesto. Hice dos pasos para atrás con alguna puteada clásica, y cuando me
disponía a correr, el tipo me llamó por mi nombre, entonces me frené y lo
miré.
Alto, flaco, vestía traje negro con corbata y zapatos rojos. Tenía el
pelo negro muy oscuro, peinado con gomina de manera muy prolija todo para
atrás, y estaba con una pierna cruzada encima de la otra, como si fuera su
casa. En realidad mi sensación era que ese tipo podía sentir que todas eran sus
casas.
Me acerqué despacio y me senté en la mesa ratona que estaba frente al
sofá, a unos tres metros de él. Ahí por primera vez lo pude mirar a los
ojos. Eran negros y con las pupilas muy grandes. Al mirarlo sentí que me hundía
en arena movediza, pero al mismo tiempo no sentí temor. Era hipnótico.
Después de unos segundos de silencio le hice la pregunta necesaria:
"¿Quién sos y que haces acá?"
El tipo se sentó más derecho, torció la cabeza para un costado y sonrió.
Tenía esas sonrisas grandes de dientes muy blancos, carismática, como la de los
políticos, pero sin couchear. Se quedó así unos segundos y me dijo: "Vos
sabes quién soy. Todos saben quién soy". Y ahí entendí que el tipo que
tenía adelante mío era nada más y nada menos que el mismísimo Diablo.
"¡Ay, la puta madre!" Dije tratando de gritar pero con tono
bajo para no despertar a mi vieja. Rápidamente levantó sus manos mostrándome
las palmas como un ladrón que muestra que no tiene armas y pide que no le
disparen. "Tranquilo que no te voy a hacer nada, al contrario, te vengo a
ayudar" me dijo. Al lado suyo había un maletín negro, con una hebilla
dorada grandota de un león de tres cabezas, lo abrió y sacó dos pilas de
papeles, cada una agarrada con clips juntando las parvas de hojas. Yo me
levanté de la mesita y le dije que me quería prender un pucho. Él me señaló el
cenicero y me dijo que ya lo tenía prendido. Efectivamente en el cenicero había
un cigarrillo recién prendido. Se rió como si fuera un truco fácil para él.
Agarré el cigarro con el cenicero y me paré unos metros más atrás, por las
dudas. El tipo se frotó las manos con entusiasmo y tomando la primera pila de
hojas me dijo:
-"Yo sé que vos sos un pibe talentoso, te gusta hacer música y creo
que tu música y tu arte en general tiene potencial para ser recibido por todo
el mundo. Pero también sé que sos vago e inseguro, por eso te vengo a ofrecer
mi ayuda, porque creeme, sin mi ayuda vas a ser cualquier cosa menos
artista"
Una persona insegura como yo es fácilmente comprable con un halago,
incluso si este viene del príncipe de las tinieblas. Así que me volví a sentar,
ya con cierto entusiasmo y curiosidad. Terminé el cigarrillo y con la misma
colilla prendí otro, le pedí que continuara.
-"Claro que mi ayuda no es gratuita, nada en este mundo o en
cualquiera de los mundos lo es, lamentablemente así funciona. Así que yo te voy
a ofrecer dos posibles contratos para que ambos tengamos una ganancia. El
primer contrato que te ofrezco lo conoces bien, con el tiempo se convirtió en
un mito pero en realidad existe, es el famoso club de los 27. En ambos
contratos, lo que yo te ofrezco es fama y fortuna inmediata y a nivel mundial.
En este caso lo que obtengo a cambio es verte morir a los 27 años de manera
trágica y tu alma va a ir a donde corresponda, ahí ya no intervengo más, si
hiciste las cosas bien te vas para el otro lado, y si no, venís para mi equipo.
Perdón por lo de la muerte trágica, pero soy el Diablo, no lo puedo evitar, hay
ciertas mañas que no me puedo quitar. Me gusta ver desgracias"
Dejó esa parva de hojas a un costado y tomó la otra, me miró por unos
segundos esperando si yo quería acotar algo, pero yo solamente le hice un gesto
de confirmación con la cabeza para que continuara. Tomó la otra pila de hojas:
-"Este otro contrato es un poco más complejo, pero no menos
interesante. Es el que firmaron por ejemplo los Rolling Stones, o Paul
McCartney. En este caso mi parte es la misma, te doy la fama y la fortuna
instantánea, vos vivís los años que tengas que vivir, depende de cuánto te
cuides o de las jugadas del destino, y cuando morís, tu alma viene si o si a mi
territorio, serías un residente permanente del infierno"
Lo primero que me salió fue preguntarle si entonces era verdad lo del
alma y el cielo y el infierno. Ni me contestó. Me miró desde abajo como quien
recibe una pregunta típica y bastante boluda. Mi siguiente reflexión fue
decirle que por un lado no me quería morir tan joven y de manera trágica, más
que nada porque no quería traumar a mi familia. No me gustaba esa idea. Pero
tampoco me convencía tanto el temita del infierno, me daba mucho miedo. En ese
momento el tipo se paró y camino hacia mí lentamente. Cuando lo tuve bien
enfrente me agarro la cabeza con las dos manos y pegó su frente contra la mía.
En ese momento mi rango de visión estaba totalmente ocupada por su cara y por
sus ojos, el living desapareció. Después de unos cinco segundos se corrió para
atrás y efectivamente ya no estábamos en mi casa. Estábamos en una esquina, en
una calle oscura, con mucho humo.
Me cruzó la mano por sobre mi hombro y me empezó a guiar a caminar con
él. Hacía calor, bastante calor, pero no era insoportable, era complicado
respirar, el aire era espeso y había mucho ruido, parecido al que hay adentro
de un casino, alarmas, música fuerte e indescifrable y algún que otro estruendo
lejano, parecido a los de un disparo o bomba de pirotecnia. Caminamos unos
minutos y llegamos a una esquina mucho más luminosa y con bastante más tránsito
de gente. Casi como un guía turístico empezó a señalar lugares y a
describirlos:
-"Acá no hay muerte, obviamente, pero sigue existiendo el
sufrimiento. Aquel que está en la esquina se llama Roque. A Roque le encanta
maltratar animales, si ve alguno cerca lo agarra y lo tortura. En aquel boliche
podes entrar armado, son lindas las noches, se arman batallas de cuchillos y
tiros, no sabes la cantidad hermosa de sangre que queda cuando termina la
jornada. El que atiende en la barra del boliche es Raúl, él tiene a su cargo a
un grupo de chicas entre 12 y 16 años, las prostituye. La que está en esa otra
esquina es Raquel, ella es mentirosa compulsiva, hace unos 10 años que está acá
y ya tuvo como cien parejas, no sabes lo que los hace sufrir, la amo. Si seguís
caminando unas cuadras más tenes el barrio Nazi, si sos judío o negro te
recomendaría que no andes por esos pagos"
Siguió caminando unos metros dándome la espalda y ante mi silencio me
dijo:
-"Sinceramente ¿vos me podes asegurar que algo de lo que viste acá
no pasa en tu mundo? El infierno está estigmatizado por la religión y por el
avance del cine y la música. Pero ustedes hace mucho tiempo que viven en un
lugar similar, y creeme, yo no hice nada para que eso pase, lo hicieron ustedes
solitos"
La lengua se me trabó por unos segundos, como cuando querés defender
algo pero ya no tenés argumentos. Una alarma que me era familiar empezó a sonar
fuerte en toda la ciudad, cada vez más fuerte. "¡Está bien, firmo este
contrato, dame la fama y vengo para acá!" Le grité a la espalda del
Diablo. "No te escucho", me dijo sin darse vuelta y poniendo una mano
en su oreja derecha. Se lo grité más fuerte y su respuesta fue la misma. La
secuencia se repitió cuatro veces mientras la intensidad de la alarma subía.
Cerré fuerte los ojos y cargué potencia para gritarlo con todas mis fuerzas.
Cuando los abrí ya no estaba ahí, estaba en mi cama y ya era de día.
Fue un sueño, una pesadilla o una ilusión. No lo sé, hasta el día de hoy
me repito eso para convencerme. Por las dudas, si les toca ir al infierno,
pregunten por mí, si estoy, yo invito las cervezas en el bar.

Muy bueno!!!
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